martes, diciembre 19, 2006

LUCHO VERA, DE PENCO, FUE CAPITÁN DE LA SELECCIÓN CHILENA

Luis Vera, futbolista de Penco, el quinto de izquierda a derecha arriba, integró la selección chilena en 1950 y fue su capitán.
Por Max Wenger M.

Entre las imágenes que aún conservo de la cancha de Penco, asoman algunas que se proyectaron hasta hoy.

Mencioné entre varias otras, la figura de Luis Vera Avendaño, quien diera sus primeros pasos en el fútbol adulto en el “Fanaloza” de principios de los 50.

Sus reconocidas aptitudes lo llevaron rápidamente a Santiago, donde se integró al Audax Italiano, su único club profesional. Sólo jugadores chilenos formaban en aquel Audax, el de Chirinos, Yori, Bello, Olivos, Vera, Cortés, Carrasco, Valenzuela, Espinoza, Tello y Águila. ¡Audax ... campeón... !

No puedo disimular que de niño en Penco fui hincha de Lucho Vera y que seguí a la distancia su trayectoria. Primero por la radio, la prensa, la revista “Estadio”, y más de cerca a su vuelta a la zona en los 60.

Todavía me parece verlo liderando avances del “Fanaloza” a los sones de alguna copla española de moda, tocada por un orfeón presente en “El Fortín”.
Lucho vio el fútbol profesional como un medio y no como un fin, según contó alguna vez. Tuvo la virtud de prepararse para el momento en que cumpliera su ciclo como jugador.

Estudió Contabilidad primero y enseguida Educación Física en la Universidad de Chile. Siguió cursos de técnico y llegó a ser capitán de la Selección Chilena en el Sudamericano de Buenos Aires, en que tuvo como rival nada menos que al mismísimo Pelé.

En ese tiempo no podía imaginar que mi ídolo iba a ser mi profesor en el liceo y más tarde en la universidad penquista.

Mucho menos sospeché siquiera que me iba a corresponder narrar por radio partidos con Luis Vera como protagonista, con la camiseta auri-azul de la “U”, campeón regional en 1964.
Lo más seguro también es que el mismo Lucho nunca haya imaginado que un chicuelo de Penco, un imberbe ex - alumno , ahora micrófono en mano –lo que suele implicar cierto riesgo- se contaba entre los que celebraban su carrera deportiva.

Nunca, claro... hasta que hace un par de años lo encontré casualmente y decidí testimoniarle estos recuerdos. Me escuchó algo sorprendido y silencioso y nos estrechamos luego en un sincero abrazo.

El tiempo pasó y aún hoy mantengo esa admiración viva y agradecida de su ejemplo.

lunes, diciembre 18, 2006

LA ESCUELA QUE EXISTIÓ DONDE HOY ESTÁ EL GIMNASIO MUNICIPAL



Por Max Wenger M.

Cuando comienzo a escribir estas líneas y sin esperarlo, se escucha en un receptor radial que anuncian a Patricio Renán en un programa de recuerdos.

El caso es que evoco nítidamente la imagen del edificio de madera, levantado probablemente después del terremoto del 39, que albergaba a las escuelas Nro. 32 de niñas por las mañanas, y la Nro. 31 de hombres por las tardes. Próximo, al mercado municipal.

El local principal era de trazos simples, sin recovecos. Dos alerones unidos por un ancho y algo oscuro pasillo que separaba otras tantas hileras de salas de clases hasta el fondo.
A la entrada, contrapuestas, dos oficinas: la dirección y al frente la sub-dirección del plantel.
De modo perpendicular a la línea de la playa, hubo otro pabellón más pequeño y un patio de pavimento.

La estructura principal del local , tenía la cualidad de vincular casi todo el ámbito escolar, con chicos y chicas según su jornada, corriendo de un lado a otro en recreos invernales y con el paso seguro y diligente de las profesoras o “señoritas”, como se les llamaba sin tener en cuenta ni entender la figura del estado civil de cada una.

Había también, naturalmente profesores varones, entre los cuales llamaban la atención el transitar discreto y algo solitario del señor Novik y la figura comunicativa del señor Constela. El director era don Amulio Leyton, quien al igual que la directora de la escuela de niñas, doña Ana María Benavente, tenía la facilidad de contar con una vivienda justo al frente del inmueble escolar.

Fui alumno de la escuela 31 con la señorita Eliana, que después ya adolescente, me hacía evocar una novela de Eduardo Barrios.

Cautivaba también mi admiración la señorita Seomara, quien con gracia y talento dirigía el coro de la escuela . Resuenan todavía en mis oídos los sones de “Matecito de plata” y del bolero “Sufrir” cuando ensayaban.

Después me tocó incluso integrar esa agrupación cuando la dirigió doña Matilde Avendaño. Una vez viví una extraña emoción cuando cantábamos la famosa “Canción de cuna” de Brahms.
También conocí la escuela de niñas llevado por mi madre Adriana Meza, profesora de la misma. Las niñas siempre lucían inmaculados delantales blancos a la usanza de la época.

Así pude admirar a profesoras como doña Ana Parada , subdirectora; doña Laura Eriz, doña Dudomilia Matus, a las hermanas Rodríguez, entra varias otras docentes de esos tiempos.
Me llamó siempre la atención que en el local se percibía un aroma peculiar, mezcla rara de ropas a veces humedecidas por lluvias invernales , de útiles escolares y de materiales didácticos, que le daban una cierta característica especial.

La 31 y la 32 no eran las únicas. Tuve un breve pasaje en la escuela 69 de la Refinería, cuando la dirigía don César Hernández.

Y no podría dejar de mencionar el Kinder privado de las hermanas Ulloa, que se daban tiempo para atender además un negocio de paquetería en pleno centro de la ciudad.

Cuántas generaciones pasaron por esas aulas en sus primeros atisbos de conocimiento de un mundo social distinto al de sus hogares.

El tiempo transcurre fugaz... pero las imágenes y los aromas perduran . Gracias escuelas de Penco.

(N. de la R.: La escuela de madera aludida en esta entretenida crónica de nuestro amigo Wenger, se incendió en 1956. En su lugar se emplaza hoy un gimnasio.)

viernes, diciembre 15, 2006

LOS INOLVIDABLES JUGADORES DEL FORTÍN DE PENCO

(Vista de la cancha de la Refinería en 1950)


Por Max Wenger M.

Nunca pude saber por qué a la cancha de fútbol de la Refinería, la única en Penco en esos años, solían llamarla “El Fortín” en crónicas diarísticas de los 50 y 60.

Entiendo que todavía es una cancha cuyo perímetro se observa casi sellado por un prolongado muro blanco que nacía por calle O’Higgins junto al teatro y al gimnasio y seguía por calle Talcahuano prácticamente hasta Las Heras.

Ese campo primero de tierra, polvo y barro, según la época del año, fue escenario de mil batallas futbolísticas, muchas veces con un marco musical que le daba todavía a los encuentros un sentido casi épico, aportado por el orfeón de la Refinería.

El muro en cuestión tenía una altura de unos dos metros, por lo que cualquiera “desafinación” de los jugadores, daba irremisiblemente con la pelota en plena calle pública con la consiguiente demora mientras algún voluntario se acomedía a ir a buscarla.

La ciudad contaba con dos clubes para defender su nombre y su honor deportivo, los que no ocultaban su antagonismo pese a que compartían los colores azul y blanco en sus camisetas: Fanoloza y Coquimbo, nombre este último que nunca nadie me pudo explicar cómo había venido a parar al club refinero al que más adelante se le agregaría la sigla CRAV, aludiendo a la Compañía Refinería de Azúcar de Viña del Mar.

Por su parte, Fanaloza, correspondía a la Fábrica Nacional de Loza de Penco. Pero aparte de loceros y refineros, hacían también de local en El Fortín los equipos de la fábrica de vidrios planos, VIPLA, y Minerales, de la industria del carbón, ambos de la vecina Lirquén.

Cuántas imágenes, cuántos nombres, cuántos recuerdos nacidos justamente en ese recinto deportivo. Jugadores de nombres legendarios pasaron por las filas de los clubes pencones, incluyendo a varios extranjeros.

Partamos por casa: el Zorro Vial, quien había sido incluso seleccionado nacional para después venirse a Schwager y luego a Penco. Su nombre siguió vigente por muchas décadas en la persona de uno de sus hijos, Mario, a quien llamaban Zorrito. También aparecen el Tigre Sandoval, el Melena Cortés, de quien ya hemos hablado en esta páginas virtuales, el Vaca Pardo, Manuel Piñeiro que venía del Audax Italiano, Pedro Caniulao, el Pescado Nemesio Vergara que luego emigrara a cuidar la portería de O’Higgins de Rancagua por varias temporadas y a quien luego imitara el formidable Piturra, quien lució su aptitud y arrojo en el Ferrobádminton de Santiago.

Hay muchos más: El Chueco Sergio Avilés, los arqueros Roca y Prusing, Vargas, Pedro Avendaño, Nilo, Lucho Vera, que se fuera al Audax y llegara a ser capitán de la selección, Jerez, el Negro Varela y el deslumbrante Castrito en la punta izquierda del ataque coquimbano.

En este mismo club estuvieron promediando los 60 el argentino Luis Reyes y el joven uruguayo Cardoso, quienes junto a José Vial, el Chico Pérez y Pardo, hijo del famoso Vaca, llevaron al equipo al título de campeón regional que le dio pasaporte para una histórica gira por Uruguay.
Entre los afuerinos, no se debe olvidar a los peruanos Balbuena y Vásquez, ambos muy bien dotados con la famosa técnica de su país.

Cómo olvidar al locuaz y parlanchín “Quebracho” Contreras, que se lució en el ocaso de su carrera en el Minerales y que patentó la frase de “No me toreen, muchachos” cuando le estrechaban la marca para protegerse de su zurda trasandina.

Por esa misma época tuvo un paso fugaz por el Fanaloza un moreno llamado Napurí, quien más parecía músico de orquesta tropical que futbolista y así parece que lo entendieron después los señores dirigentes. El morocho era un verdadero Dandy, gustador de trajes de verano blanco y con gran fama de conquistador.

Tampoco es posible dejar de nombrar al celebrado Irineo Jara en Fanaloza y en los clubes lirqueninos, a Cumplido, Canales, el arquero Leal, su colega Carlos Bustos que igual también lució en O’Higgins, el Zoquete Correa, reclamador y teatral, Fernández, Floridor Farías, el Churrete Medel, Zacarías Montecinos, y así, tanta figura, tanto recuerdo asociado a nuestros ídolos de infancia.

Dejaremos otros nombres para una próxima croniquilla.