
Nadie alcanzó más fama popular en Penco –especialmente entre los niños-- en la década del cincuenta (1950) que el Cabo Polanco, de Carabineros. (En la foto, un policía uniformado de los tiempos de nuestro personaje).Era temido por su aspecto moreno y con ese enorme tórax como un cajón. Si bien temido (o admirado), también era un guardián. Si algo nos pudiera amenazar, pronto llegaría el Cabo Polanco a socorrernos. Bravo era ese carabinero. Los niños lo admirábamos a la vez que nos inspiraba gran respeto.
Se contaban diversas actuaciones del Cabo Polanco como parte de sus servicios, que a nuestros oídos llegaban con la característica de hazañas. Si había un entuerto entre dos mocetones que se agarraban a combos, ahí llegaba el Cabo Polanco a poner orden y a llevarse detenidos a los peleadores.
Una de las andanzas del Cabo Polanco me la contó un amigo: había un tipo porfiado molestando en una población. Oportunamente llegó el carabinero, redujo por la fuerza al molestoso y como éste se negara a acompañarlo al cuartel, el Cabo Polanco se lo llevó al hombro, como un bulto.
El Cabo Polanco se comportaba como un justiciero ante nuestros ojos. Una especie de héroe del pueblo, parecido a esos personajes fantásticos de la revistas de cómics. No le gustaban los aplausos porque era retraído y parco. A su haber tenía la fama de resolver situaciones inesperadas e inconfortables para los vecinos. No diré delictuales, porque la delincuencia con los estándares que conocemos hoy, en Penco no existía.
El Cabo Polanco ponía fin a riñas, controlaba a ebrios peligrosos que deambulaban por ahí y salía al encuentro del “loco”, nombre genérico que dábamos a personajes temidos por sus maluras de cabeza. Sujetos fuera de sí, que lanzaban piedras, proferían ofensas públicas y salían persiguiendo a los niños.
Venía uno de estos “locos” sembrando el pánico por calle Alcázar al llegar a O’Higgins. La gente temerosa cerraba sus puertas y todos pensábamos en meternos debajo del catre, el lugar más seguro imaginable. Antes de huir a mi escondrijo y a una cuadra de distancia, me atreví a mirar cómo venía el “loco” haciendo sus locuras. Y ahí vi aparecer al Cabo Polanco solo. El carabinero de inmediato trató de reducir al “loco”. Los dos rodaron por el suelo en medio de la calle. El Cabo Polanco lo sujetaba firme y el “loco” se defendía. Uf, la lucha se resolvió con la victoria del carabinero, quien todo revolcado al igual que su oponente, esperó la ayuda de un colega para llevarse al “loco” al cuartel o a la casa de orates. Las puertas se las casas se abrieron y los niños volvimos a jugar en la calle.
Temido o admirado --decíamos-- era el Cabo Polanco. Cuando se corría la voz sobre su cercanía, nos venía el susto, pero al mismo tiempo nos sentíamos seguros, porque en el fondo sabíamos que era un carabinero bueno. El Cabo Polanco dejó el servicio en Carabineros de Penco allá por el 1955.
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OTRA HISTORIA DE CARABINEROS EN PENCO: EL CABO TORRES
Por Iván Ramos Castro desde Venezuela
El cabo Polanco sin duda fue un personaje que inspiró mucho respeto y aprecio. Siendo muy pequeño, por ahí por los años de la decada del 50 tuve la suerte de conocerlo. Pero entre todos los funcionarios de carabineros de esa época hubo uno que siempre me pareció además de gracioso, muy colaborador con la comunidad, en especial durante las celebraciones Patrias. Su nombre, Juan Torres Catalán, y si pasaba el metro cincuenta, sería con las botas puestas Tenía el grado de cabo y con un pasado de haber servido en el ejercito como instructor. Una vez llegó destacado a la 3era Comisaría, un Teniente de carácter tranquilo y medio despistado, de quien el "Chico" Torres había sido su instructor en el ejercito cuando este oficial sirvió como conscripto. Cierto en la formación el futuro oficia despistado se encontraba absorto mirando distraídamente hacia ninguna parte; el "Chico" Torres se le acercó y le llenó la boca de tierra para que la mantuviera cerrada en la formación. Años después, el ahora oficial no se cansaba de preguntarle a este Cabo de que si alguna vez estuvo en el Ejército. Por supuesto que él, siempre lo negó, aunque todo el personal sabía la historia. Su casa estaba ubicada en una calle hacia el sector de Membrillar, la cual se veía claramente desde el cuartel. Cuando el estaba en casa mandaba a enarbolar en un mástil un gallardete de un color, para anunciar de que se encontraba en casa, uno diferente para anunciar lo contrario y otro, para anunciar de que dormía y no debía ser molestado. Un Comisario cierta vez le prohibió tal costumbre, a lo cual el le respondió que así como el mandaba en la Comisaría, el en su casa era el General de División, el Comisario dejó las cosas como estaban y las señales del "Chico" Torres continuaron. Cuando salía de patrullaje a caballo, su porte era de aspecto napoleónico, y así un día 17 de septiembre de 1959, llegó una noche a mi casa con su compañero de servicio a tomarse unos mates con mi padre. Alguien hizo un comentario sobre una ramada dieciochera armada en el sector Penco Chico, justo donde hoy se encuentra la sede del club Miramar, final de la prolongación de calle Membrillar de pata al cerro. El asunto era de que unas señoras habían invertido todos sus ahorros en tal empresa, pero el negocio estaba vacío, sin fuerza ni entusiasmo, mientras en otras partes la fiesta ya estaba que ardía; entonces el "Chico" Torres se las echó para allá con su pareja. Amarraron los caballos a la entrada y la dueña al verlos les dijo: no hemos vendido ná mi carabinero y los permisos; no la dejó terminar: Señora, tiene usted...; ella contesta: los permisos mi carabinero me los va a traer la tonta de mi sobrina que los dejó por..; No mijita, dice él, ¿tiene usté una guitarrita por ahí? - Hay mismo le traen una y el se pone a cantar y tocar cuecas y tonadas, unas subidas de tono, entonces su compañero le dice a un asomado: anda guachito, búscame por ahí un acordeón. Ahí mismo llegó el acordeón propiedad del zapatero Rosamel Bravo, (Chamel), quien solo la tocaba para ensalzar el altísimo. Rápido se corrió la noticia: una pareja de pacos, acompañados de guitarra y acordeón tenían la fiesta encendida y en cosa de minutos no cabía un alfiler en la ramada. la fiesta duró unas cuantas horas, hasta mucho después del 3er turno. Cuando se retiraron, las viejitas montaron una radio y los músicos del duo verde, abandonaron el lugar en medio de aplausos y el agradecimiento de la dueña. El Cabo Torres, erguido cual Bonaparte se alejó al paso por la bajada de la calle Maitén. Todavía me parece verlo y escucharlo en especial por este mes de la patria, pulsando la guitarra, echando afuera unos versos y brindando con la gente trabajadora de mi barrio.
¡Viva el 18 de septiembre, viva chile mierda!