N. de la R.: El siguiente relato vivencial lo envió Iván Ramos Castro.
Les voy a contar algo que muchos de nuestros lectores no saben o porque nacieron después de 1970 o porque no estuvieron donde estuve yo.
Era el mes de septiembre de ese año. Lo recuerdo no solo por la alegría desbordante que hizo de las suyas en esas fiestas patrias dieciocheras, plenas de regocijo y esperanza popular. Pero toda alegría colectiva tiene su contra en parte. Un par de semanas antes, en nuestra querida plaza de armas Pencona estuvo a punto de ocurrir una tragedia. Sucede que los cómputos extra oficiales de la elección presidencial del 4 de septiembre daban como ganador al candidato de la Unidad Popular, Dr. Salvador Allende. Por supuesto que la diferencia era estrecha, pero se había repetido hasta el cansancio de que el candidato que sacara si fuera un voto más que su oponente más próximo, debía ser declarado ganador. Bueno, Allende y su coalición era el que en ese momento llevaba una ventaja relativa sobre las candidaturas de don Jorge Alessandri del bloque derechista y el oficialista Radomiro Tomic. Espontáneamente la multitud partidaria de Allende a la que hidalgamente se le unen grupos de la juventud democratacristiana pencona, cuya dirigencia interpretando los postulados de campaña de don Radomiro Tomic, tenían una mayor coincidencia programática con la izquierda que con el programa del candidato derechista. En cosa de minutos y a inicios de la madrugada, esa gran marcha popular se dirigió hasta la plaza y desde el quiosco ubicado a orillas del estero, junto a la calle penco, comenzaron los discursos que certificaban el triunfo del compañero Allende. En esas estábamos cuando de la Tercera Comisaría de carabineros se desplegó un escalón de militares de artillería armados con carabinas styer y bandolera cruzada. El oficial que los comandaba, después de formarlos frente a la multitud se acercó a nosotros con paso decidido. - Seguro viene a felicitarnos, dijo un chistoso, pero por su expresión el mensaje parecía ser otro. Se dirigió derechito hacia el compañero Arturo Villegas, diciendo: Soy el Jefe de Plaza de esta comuna, ¿quién es el cabecilla aquí? Nadie responde, entonces miramos al compañero Arturo y él asume tal responsabilidad, la de la dirección política de esta manifestación, que hasta ese momento era de carácter espontánea. Arturo era un probado dirigente del Partido Socialista de nuestra comuna, él y su familia vivían una esquina de las calles Cruz con Penco. Por un momento pensé de su postura iba a ser confrontación. Yo estoy a cargo, contestó, avanzando un paso hacia el oficial, quien le replica y ordena de manera tajante. Esto no cuenta con autorización oficial alguna, mira su reloj y dice: tiene un minuto para desalojar la plaza y de que todos se retiren. Entonces vuelve junto a su pelotón y ordena tomar posiciones de abrir fuego sobre la multitud. Consulta su reloj. El tiempo parece avanzar más rápido que de costumbre y todos nosotros parados detrás de Arturo quien parecía una estatua de hierro. De pronto se voltea y dice: ya compañeros, no les demos excusa a los golpistas para robarnos el triunfo, vámonos a casa.., ¡Todos a sus casas, a celebrar y a escuchar la radio compañeros, vamos, vámonos! Poco a poco por fortuna, el lugar se fue despejando y la provocación dispuesta desde el Alto Mando por orden del general Camilo Valenzuela, jefe de la Guarnición de Santiago no pasó a mayores. Estando en nuestras casas escuchamos la voz de nuestro candidato hablando desde el balcón de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, en donde le pedía a la militancia, "irse a sus casas, abrazar a sus hijos." y celebrar en familia esta victoria popular. Días después le decíamos a Arturo que se había adelantado a las palabras del compañero Allende al pedirnos aquella madrugada que nos retiráramos pacíficamente y mantenernos alertas para la defensa del triunfo en nuestras casas. Seguro que aquello hubiera constituido la primera masacre del golpismo oculto, que tardó mil días más para lograr sus oscuros propósitos. Esa madrugada del 5 de septiembre de 1973 en nuestra comuna tiene un nombre a quién agradecer el que muchos aun estemos contando el cuento: Arturo Villegas, quién pagaría también con su vida su lealtad con la causa de los trabajadores y la revolución democrática representada por Salvador Allende, cual antorcha que se eleva como punto de referencia a la esperanza por los pueblos de Latinoamérica. Pido desde acá, de estas lejanías al Partido Socialista de Penco, un reconocimiento especial para el Compañero Arturo Villegas, la mayoría de los héroes son gente sencilla, están entre nosotros y tan cerca que no percatamos su presencia.



