domingo, diciembre 27, 2009

LA DOLCE VITA PENCONA


La bohemia de Penco tuvo atisbos de esplendor, que en épocas distintas permitió desarrollar un tipo de turismo para fiesteros y noctámbulos, con fama regional. Hubo lugares donde los penquistas amigos de la dolce vita lucían sus buenos autos y mujeres llamativas. Eran sitios para gastar dinero y para hacerse ver.

Recuerdo la quinta recreo El Paragüita, que se ubicaba en la calle Membrillar, en los altos de Penco. El recinto debía su nombre a un enorme ciprés que daba a la calle y que un jardinero podó prolijamente dándole la forma de un gran paraguas. Hasta el Paragüita llegaban autos encopetados y también vehículos de alquiler trayendo a nuevos ricos deseosos de pasarlo bien. Muchos norteamericanos que trabajaban en Huachipato venían a la quinta recreo acompañados de mujeres de lujo.

El Paragüita quedaba cerca de la calle Penco Chico. Era de imaginar el ruido para los vecinos hasta altas horas de la madrugada con bailes, brindis, orquestas en vivo y riñas, los ingredientes típicos de lugares como éstos. Los pencones no visitaban mucho el Paragüita, porque era muy caro o porque estaba reservado para la elite social penquista, que huidiza se arrancaba a sitios como el señalado para retozar a sus anchas.

Años después del cierre o la clausura del Paragüita abrió las puertas otro recinto para gente conspicua, con buenos resultados económicos, me imagino. El Pollo Dorado, copió su nombre al famoso local nocturno de Santiago. El lugar pencón estaba en calle Talcahuano, entre Freire y Las Heras.

El Pollo Dorado era un lugar para ir a comer. Buena cocina, atención refinada y comedores espaciosos. También había música en vivo los fines de semana y la demanda de clientes era fuerte. Ciertamente era más ordenado que el Paragüita, donde después de cierta hora había chipe libre. El Pollo Dorado se eclipsó al poco tiempo y quedó transformado en un almacén.

Con posterioridad se construyó especialmente un local para la diversión en la esquina de Membrillar con Freire. Nunca bien terminado por fuera, volcaba sus adornos hacia dentro. Era El Impero. Tenía un pequeño escenario para los artistas y una pista de baile. Buena cocina también, pero más que nada trago. Los dueños invirtieron y desplegaron grandes pinturas trabajadas directamente en los muros interiores. Los motivos eran étnicos: distintos aspectos del imperio de los incas.
Una de las características del Imperio era su invitación a que los clientes subieran al escenario a hacer sus propias actuaciones, como un karaoke moderno. Roberto Pirincho Contreras (foto) subía periódicamente a cantar tangos gardelianos con la compañía de algún somnoliento guitarrista presente en las mesas. (Pirincho ya ha partido).

También declinó el Imperio. ¿Habrán preservado los murales multicolores y bien logrados que engalanaban sus paredes?

LAS LETANÍAS CALLEJERAS DEL CHELÍN

      El Chelín, me escribe un lector. Acuérdese del Chelín. Claro, me acuerdo de él. Era un vendedor ambulante de verduras, que vivía en un conventillo de calle Freire. Un hombre pobre, solitario. El Chelín tenía una complexión delgada, pelo crespo y sucio, caminaba encorvado. Tosía y escupía constantemente. La gente decía que era tísico. Por su aspecto, se trataba de un hombre enfermo. Pero, la enfermedad no mermaba su coraje por ganarle a la vida y correteaba por las calles de Penco voceando su verdura. La tuberculosis le había robado el vozarrón por lo que su oferta sonaba aguda como un chillido o una letanía “¡perejil, cilantro fresco, orégano para la cazuela!”. Después uno se preguntaba ¿cuánto tiempo haría que el Chelín no probaba una cazuela? Porque era flaco, esmirriado, los pantalones casi se le caían.

          Cuando iba por las calles gritoneando sus verduras daba la sensación de ir siempre apurado, como que iba a perder la movilización si no hacía las cosas rápido. El Chelín tendría unos 50 años, ¿cómo se llamaba? ¿lo supo alguien?

          Como un pencón proveniente de los campos no era inmune a las tentaciones locales: el vino. A veces se lo veía durmiendo la mona cerca de una cuneta, con su inseparable canasto de mimbre al lado. Cuando despertaba de esas borracheras terribles, su enfermedad del pulmón le pasaba la cuenta. Se arrinconaba a las murallas para toser por largos minutos y escupir.

      El Chelín fue un testimonio de la pobreza de Penco y de esfuerzos sin recompensa. No obstante, con todas sus limitaciones luchó, nunca se lo vio pidiendo limosna. Él fue un emprendedor de la nada, un hombre sin recursos que vendió verduras hasta el final aunque hubiera sido nada más que para financiar el único placer al que podía acceder con las pocas monedas de sus ventas: una caña de vino agrio en la bodega de don Leopo, al lado de la vía férrea. Y después toser, toser y toser hasta morir.

sábado, diciembre 26, 2009

LA NOCHE EN QUE LUIS DIMAS DESAFIÓ A UN PENCÓN

Esa noche no había viento y la lluvia caía persistentemente en la ciudad escasamente iluminada por las débiles ampolletas incandescentes del alumbrado público. Las veinte personas que nos habíamos reunido en el gimnasio de Fanaloza esperábamos aplaudir al rey: Luis Dimas.
 
¿Por qué había tan poca gente para ver en vivo a la estrella del rock del momento? Fue la misma pregunta que se hizo el artista cuando miró el recinto vacío desde detrás de las cortinas del escenario. Para entonces yo me sentía seguro de poder identificar a las veinte personas que formábamos la audiencia: estaban los hermanos Cuevas, taxista el mayor; el “Facha”, el Juan y el Orlando Salazar; varios colados; un celador de Fanaloza y punto. Nadie más.

La cortina no se abrió jamás, por lo que el recinto permaneció semi a oscuras, con la sola iluminación mortecina pegada al techo. Un locutor informó que Luis Dimas había suspendido su actuación en Penco por razones de fuerza mayor. La misma voz invitó a los presentes que acudiéramos a la ventanilla a retirar el valor de las entradas. Ahí me di cuenta que los colados eran varios porque salieron el recinto sin acercarse a que les devolvieran la plata.

Fue en el pasillo embaldosado del gimnasio que nos percatamos que Luis Dimas salía junto con nosotros. ¿Por qué no cantaste?, le preguntó patudamente el taxista. ¿No te debes a todos nosotros, ah?, lo siguió provocando Cuevas, el mayor. Dimas se acurrucó en su abrigo de cuello subido y avanzó rápido a la salida, sin responder. Bajó las escalinatas de la puerta y cruzó el puente peatonal que antiguamente unía al gimnasio con la calle Penco.

Hasta ahí lo siguió Cuevas y un grupo de seis personas, entre las que me encontraba. ¡Dinos, pues, por qué no actuaste!, prosiguió agresivo el taxista. Dimas miraba por la calle Penco hacia arriba. Esperaba que lo recogiera un auto, que lo había venido a buscar de Concepción. La lluvia se hizo más densa y por la falta de viento era posible percibir el olor del mar.

Dimas que estaba solo sin sus músicos que se habían ido en otro medio a la ciudad penquista, se dio vueltas, miró a sus fans mojados y decidió enfrentarlos. ¡Mira, viejo –le gritó a Cuevas, el mayor de los hermanos presentes— yo no puedo actuar para diez pelagatos. Un artista de mi categoría necesita actuar para unas cien personas como mínimo! Cuevas el taxista se quedó sin argumentos. Sin embargo, volvió a la carga: ¡Pero, pagamos nuestra entrada, por lo tanto tienes la obligación de actuar! Dimas le respondió: ¡Tienes razón, viejo. Pero, ponte en mi lugar con esta recaudación no alcanzo ni a pagar a mis músicos!

Antes que Cuevas respondiera, Dimas lo desafió: ¡Anda, busca a cien personas, las metes en el gimnasio y actúo, aunque no me paguen ni un peso. Pero tenís que reunirlas ahora, altiro!

Cuevas el taxista nos miró, éramos ocho. El resto, es decir los colados se habían ido. Nunca se interesaron en la polémica farandulera ahí en calle Penco. Era casi la media noche y llovía cada vez más fuerte. El taxista movió la cabeza y miró en todas direcciones, estaba dispuesto a recoger el guante y obligar al cantante a cumplir su palabra. Pero, no andaba ni un alma. La gente se había recogido a dormir temprano. Donde había alguna posibilidad de juntar a unas doce personas sería en el Capri, el restaurant de calle Freire donde los parroquianos permanecían hasta la madrugada. Pero, eso era difícil. En eso llegó el auto. El artista lo abordó y desde el interior le gritó a Cuevas ¡Junta a la gente puh viejo!. El auto arrancó y Cuevas hizo las veces que recogía una piedra para lanzarle al auto en marcha. Al final nos miramos los ocho fans, Cuevas movió la cabeza frustrado. Calabaza, calabaza. Era una noche de junio de 1968.

miércoles, diciembre 23, 2009

LOS AÑOS NUEVOS DE PENCO




Marcaban la medianoche la potente sirena de Fanaloza y al unísono el ronco y profundo silbato del pito a vapor de la Refinería. Los bomberos hacían sonar su alarma.

El ulular de las sirenas y ese silbido similar al de un barco perdido en una tormenta anunciaban la llegada del año nuevo. ¿Esa era la característica de tales celebraciones durante Era Industrial? Al menos así ocurría en Penco en los años cincuenta.

El reloj pulsera a cuerdas podía marcar las doce de la noche, las radios podían emitir sus gongs horarios, pero si no sonaban las tres bocinas antes señaladas, simplemente no había abrazos. Tal era el rito de las fiestas.

La Refinería hacía sonar su pito a vapor durante tres minutos. Fanaloza y los bomberos se tomaban tiempos similares. La gente llenaba sus copas de ponche de frutillas y duraznos, los niños retiraban los viejos calendarios de papel colgados de las murallas y los reemplazaban por nuevos, los que lucían la misma publicidad, del almacén de la esquina.

Acto seguido, todos a la calle, a visitar a los vecinos a repartir abrazos. Los niños más grandes disparaban petardos, empanadas y viejas. Los bolsillos de sus pantalones cortos iban cargados de cohetes y piedras embadurnadas de pólvora seca. Esas piedras se hacían rodar por la calles. Brincaban como trompos cucarros por los golpes y las explosiones.

Los viejos se iban a la cama después de los pitazos; los enamorados caminaban por la plaza en la noche cálida y los borrachos tambaleándose buscaban algún sitio donde comprar más vino.

Temprano al día siguiente, las familias se iban de picnic. Los pinos de Playa Negra; la poza de Coihueco, las bateas de Copucho eran los lugares preferidos. Así se cerraba la celebración de año nuevo en Penco.

¡Feliz 2010!

miércoles, diciembre 16, 2009

MEDIO PIQUE: DE VENEZUELA A CERRO VERDE EN AUTO

     Ocurrió hace 25 años. Don Segua vivía en Caracas donde se había trasladado desde Penco. Se instaló en la capital venezolana, como muchos chilenos que se vieron obligados a abandonar el país y buscar horizontes después del 11 de septiembre de 1973. Al quedar cesante en Cholguán intentó sin suerte volver a Fanaloza, donde antes de irse a las maderas prensadas había trabajado como electricista. O sea, estaba con los brazos cruzados y con el temor vivo y real de ser detenido. Por lo tanto tuvo que dejar su familia y su casa, una linda propiedad con vista al mar en alto Cerro Verde y partir solo a Venezuela. Ya instalado en Caracas tuvo que trabajar duro, pero le fue bien. Logró juntar algo de dinero, adquirió un departamento y se compró un Cadillac de segunda mano.

     Cuando la cosa comenzó a normalizarse, venía a Penco una vez cada dos años. En reuniones familiares y de amigos, don Segua contaba historias venezolanas. Decía, por ejemplo, que una vez cruzó en bote el río Orinoco infestado de pirañas hambrientas que perseguían la embarcación por si algo comestible caía. Afirmaba que él se sujetaba firmemente del borde del bote para no convertirse en alimento vivo de esos voraces peces carnívoros.

     En otra oportunidad contó que se aventuró en la llanura del este venezolano y que vio de cerca una anaconda gigante, escondida entre la espesa hierba de un humedal. Dijo que se quedó paralizado de espanto y que el animal se alejó sin fijarse en él. Porque decía que así cazaban las anacondas a sus víctimas. Esos reptiles, según el relato de don Segua, aprovechaban que sus presas quedaran inmóviles por el terror y ¡zas! se las engullían. Fue honesto en señalar que nunca vio a una anaconda en plan de caza, pero que oyó historias horripilantes de personas siendo devoradas aún con vida por esos ofidios.

     Los vecinos de Penco movían la cabeza sorprendidos al oír las historias que traía don Segua de tan lejos. Sin embargo, lo que no creyeron jamás fue la promesa que les hizo una noche. Les dijo que vendría a Penco en su auto, el Cadillac con dos años de uso que se había comprado en Venezuela. Imposible, le dijeron sus amigos. Estás loco. Caracas está en el hemisferio norte. Imposible.

     Tal como lo afirmó, dos años después don Segua les tapó la boca a los incrédulos. Al volante de un vistoso Cadillac coludo de color verde botella, con registro de Caracas, llegó a Penco. El auto cruzó frente a la puerta del recinto de la Refinería, siguió por calle O’Higgins, Talcahuano, Las Heras, pasó frente a la plaza. La gente se daba vueltas a mirar ese vehículo tan exótico con una patente nunca vista. Don Segua guió su auto por Infante, cruzó la línea férrea, entró en el camino a Cerro Verde y cuando llegó a la calle principal de la población comenzó a hacer sonar la bocina tatatá-tatatá-tatatá. Don Segua había llegado a Penco directo desde Caracas y en auto propio.

    Esa misma noche contó en resumen todos los percances que debió sufrir y sortear en el penoso raid de Venezuela a Penco.  Seis mil kilómetros sentado al volante cruzando selvas, fronteras, aduanas, campos de guerrilleros, zonas de alta peligrosidad, caminos de tierra, de ripio, barriales. Durmiendo en hoteles, en moteles, en casas de pensión o en el Cadillac. Luego de pasar ese verano en Penco, don Segua regresó a Caracas usando el mismo medio. Años después contó que cuando llegó a la capital venezolana se bajó del Cadillac en un supermercado para comprar bebidas. Cuando regresó, se dio cuenta que le habían robado su auto del que no supo más. En ese mismo lugar don Segua juró que jamás intentaría repetir la gracia de viajar a Penco en auto.

(Estimado lector: Debí resguardar el nombre completo del protagonista de este relato, porque no lo pude ubicar para solicitar su autorización).

martes, diciembre 15, 2009

EL PINO DE NAVIDAD EN PENCO


          En Penco el aroma del bosque se metía en las casas y permanecía adentro todo el verano. La brisa del campo entraba por estos días de diciembre, cuando los niños llegábamos con el árbol de Navidad recién cortado. Entonces el aroma recorría todas las piezas, los rincones y escondrijos de la casa.
Ir a buscar el árbol de Navidad era una fiesta. Salíamos en grupos de cinco o de diez. Muy temprano recorríamos los bosques por el cerro Copucho o nos metíamos entre los pinos que crecían a las espaldas de Villarrica. Había árboles para regodearse.
         Se requería tener buen ojo para cortar el árbol preciso: no muy alto, no muy grueso, simétrico por donde se lo mirara, con un cogollo proporcional a las ramas, las hojas debían ser tiernas no rígidas. Con esos criterios en la mente, era seguro que los buscadores de árboles de Navidad podríamos regresar con el mejor ejemplar al hombro.
      Dejar el árbol dentro de la casa incluía la presencia de cuncunas, mariposas, arañas, chinitas y palotes, bichos que habían elegido justamente ese pino como su hogar. Los portadores de esos árboles enfrentábamos un percance esperado: la camisa embadurnada completamente de resina. Esta rutina del árbol de Navidad tenía una segunda etapa. Había que salir con una bolsa derechito a la playa a buscar arena. Con ese ingrediente se plantaba el árbol dentro de un balde.
         Después venía la ceremonia de engalanar el pino. Motas de algodón para que se viera nevado, guirnaldas de papel celofán y globos de todos colores (muchos reventaban por las agujas de las hojas). En algunas casas vecinas vi que al pinito le colgaban cerezas corazón de paloma. Alguien que hubiera llegado a Penco desde Atacama pudo pensar entonces que así serían los cerezos. Bien, había una competencia no declarada en el vecindario del árbol más bonito o más original.
         En todas las casas un pino fresco era el centro de las miradas en Nochebuena: el olor fresco de las hojas y la resina inundaba las narices como si de una esencia exótica se tratara. El pino de Navidad permanecía hasta fines de enero. El paso de los días y el calor iban mermando el aspecto y modificando el aroma del árbol. Cuando lo retirábamos terminaba de resecarse en el patio, quedando en la casa por un buen rato el rico olor de hojas color ocre. Y el próximo mes de diciembre, el ceremonial se repetía.

sábado, diciembre 05, 2009

¿LLEGÓ CHARQUI A PENCO?






     Bartholomew Sharpe fue un bucanero inglés descolgado de la isla Narvis, en el Caribe, --madriguera de piratas-- que se aventuró por los dominios españoles de la costa del Pacífico sur, donde asestó golpes en los que obtuvo botines cuantiosos: llegó a capturar 25 navíos con carga completa. (Fuentes dicen que el apellido es Sharp, pero el documento oficial presentado al rey de Inglaterra dice Sharpe, nos quedamos con esta versión.)

        Sharpe ejerció ese vergonzoso oficio sólo por tres años (gracias a Dios que no fue más) entre 1679 y 1682. Era corsario, un nivel superior al de pirata vulgar porque tenía licencia de la corona británica para asaltar (¡Qué descaro!). Ciudades de Chile y Perú fueron blanco de sus saqueos. Desembarcó en Coquimbo y asaltó La Serena. En Arica los vecinos repelieron su ataque y algunos de sus compañeros fueron detenidos y llevados a la horca.

          Uno de los golpes más formidables de Sharpe fue la captura del barco español San Pedro, frente a la costa chilena, cargado con 37 mil piezas de oro, centenares de jarras de vino, agua ardiente y pólvora. Cuentan que Sharpe repartió el oro entre sus bandidos como pago por sus lealtades.
El autor de este texto en La Planchada. Foto captada
por Alfred Von Auersperg.
     En otra ocasión con su velero Trinidad amenazó al galeón Santo Rosario cerca de El Callao, y lo abordó apropiándose de un libro de mapas, que a la postre le serviría para salvar su vida. Estas andanzas temerarias de Sharpe (se pronunciaría charpi) sembraron el terror en los puertos chilenos por lo que el pueblo lo llamó despectivamente charqui.

      Es probable que el Trinidad haya ingresado a la bahía de Concepción y que Sharpe y sus secuaces se hubieran desistido de un saqueo inminente de la ciudad, tal vez disuadidos por la fama penquista de capital militar y por la semblanza de su aguerrido gobernador Alonso de Ribera .  Esa supuesta visita sería una explicación para el dicho popular “llegó Charqui a Penco”, que quiere significar llegó la peste, porque al respecto existe una segunda historia que explicaremos en otro post.

      En 1682 Sharpe decidió dejar las costas sudamericanas y regresar al Caribe. Su hoja de ruta incluía llegar al Atlántico a través del Estrecho de Magallanes, pero lo sorprendió una tormenta austral y el Trinidad fue arrastrado más al sur, hasta el paso Drake.           La historia cuenta que los piratas se vieron en la obligación de alimentarse con carne de pingüino y Sharpe les administraba a cada uno un cuarto de litro de agua ardiente diario, para mitigar el frío. Por este motivo circunstancial, Sharpe se convirtió en el primer británico en cruzar el tempestuoso mar de Drake de Oeste a Este. Se dice que el corsario se tuvo que comer la mascota del Trinidad, un perro cocker spaniel, cuando el barco estaba cerca de su destino en el Caribe.

Documento presentado por Sharpe al Rey.
      Poco después regresó a Inglaterra donde luego de la recepción fue detenido y encerrado en la Torre de Londres, acusado de crímenes. Sin embargo, justo antes del inicio del juicio, presentó ante la corte del Almirantazgo el libro con mapas robado del galeón Santo Rosario. El documento fue valorado por el rey Charles II y, Sharpe obtuvo la libertad. La Armada británica no tenía ningún registro de las costas sudamericanas del Pacífico.

Bartolomé Sharpe tenía unos 40 años cuando murió alrededor de 1690, una edad bastante "avanzada" para un pirata con harto historial, pero redimido. Desde aquellos años de corsarios, bucaneros y filibusteros dataría el dicho “llegó Charqui a Penco”. A raíz de aquellas amenazas marítimas latentes, la gobernación española de la ciudad dispuso la planificación y construcción de un fuerte que se llamaría La Planchada, para disuadir a piratas. En 1687 cuando fue inaugurada lucía como debía ser: limpia, reluciente y bella.