miércoles, diciembre 29, 2010

EL SILBATO DE LA REFINERÍA, EL SILBATO DE PENCO

El aspecto de un silbato de vapor.
¿Cuál parte primero?, ¿la Fanaloza o la Refinería?

Era una apuesta saber en tiempo real cuál de las dos industrias de Penco anunciarían con más precisión la llegada del nuevo año haciendo sonar sus sirenas y silbatos. Los niños permanecíamos con la oreja pegada a la radio, que iba anotando los minutos en cuenta regresiva. Y cuando ya faltaba muy poco para las 12 de la noche de aquellos 31 de diciembre, había que desdoblarse para comprobar si sería la sirena de Fanaloza o el pito de la Refinería el que sonaría primero. Una competencia.

El sonido de la sirena eléctrica locera evocaba las alarmas de la Segunda Guerra Mundial que mostraban en las películas. Cuando había alerta de ataque aéreo, ahí estaban las sirenas para anunciarlo y conseguir con ello que la gente buscara refugio.

El pito de la Refinería era más antiguo aún, una reliquia incluso para el siglo XX. Su poderosa letanía rememoraba los años pujantes de la Revolución Industrial. Era el audio más característico de Penco. Parecía el bramido porfiado de una res mitológica, el sorpresivo alarido de un tiranosaurio agazapado en la espesura o el llamado de un barco acercándose a un puerto. No podría describir de otra forma el timbre de tan especial silbato refinero. Ese sonido, sin embargo, era atildado, firme y robusto. No desafinaba aún en el punto más alto y más prolongado de su tono. Nos sentíamos en casa cuando oíamos el largo balido ronco.

¿Por qué a ningún gerente refinero se le ocurrió haber hecho del pitazo de año nuevo un evento popular?¿ Esto es que la gente hubiera podido ver los preparativos, el alistamiento y el accionar de la llave que daba paso al vapor ardiente que hacía silbar el pito? Son preguntas para las que no hay respuesta.

Las preguntas que sí ameritan hoy son ¿dónde está el pito de la Refinería? Porque debe estar en alguna parte. ¿Estará botado y arrumbado en algún sitio donde estuvo la industria? Si así fuera ¿sería posible recuperarlo y tener de nuevo el silbato de la Refinería de Penco operativo otra vez? Imagino un año nuevo excepcional: el silbato recuperado con un par de ingenieros que lo hagan funcionar, encender una caldera, hervir el agua, conseguir vapor de gran presión y justo a la medianoche hacerlo sonar, como en sus mejores tiempos. ¿No sería acaso un acontecimiento nacional y un orgullo para Penco? ¿Cuánto costará eso?

martes, diciembre 14, 2010

EXAMEN APROBADO DE ESCUELA DE FÚTBOL PENCONA


El maremoto destruyó el gimnasio Municipal de Penco, pero el entusiasmo no ha faltado entre los deportistas pencones. Patricio Ramírez, con su ya conocido espíritu deportivo, y prolongada trayectoria como director técnico de fútbol amateur y profesional, dirigió una escuela de este deporte para niños y jóvenes de la comuna. Las prácticas de esta escuela de fútbol se realizaron en los más diversos espacios de la comuna, entre los meses de mes de abril y noviembre del presente año. El día 11 de noviembre dicha escuela del balompié terminó sus actividades con una exhibición de fútbol calle, en O’Higgins entre Penco y Mipú, con la participación de los jóvenes alumnos futboleros. En esta oportunidad se entregó a cada participante una medalla en reconocimiento a la participación, el entusiasmo y el compañerismo.
Este blog pencón le brinda un cariñoso saludo y reconocimiento a Patricio Ramírez Merino por esta encomiable actividad de apoyar a los niños y jóvenes de la comuna a través de la sana práctica del deporte.

En las fotos se aprecian las actividades realizadas en el acto de clausura de le escuela de fútbol dirigida por Patricio Ramírez, quien aparece a la izquierda en la imagen de abajo. Por último, un video con un hermoso gol callejero.(Colaboración de Julio Méndez Briones).

¡BRAVO! VUELVE EL CASINO ORIENTE


A pesar de que la reconstrucción en Penco ha estado muy lenta, el tradicional casino Oriente, lugar de bohemia de varias generaciones, destruido por el maremoto y posterior saqueo, ya esta casi listo para su relanzamiento. Se espera que para la noche del próximo 31 de diciembre pueda acoger a entusiastas pencones para despedir el año 2010 y dar la bienvenida a un mejor año 2011. En la foto se aprecia el casino oriente con su cara remozada. Nuestras felicitaciones a esos emprendedores pencones dispuestos a levantarse de las cenizas. ¡Que les vaya muy bien! (Colaboración de Julio Méndez Briones)

lunes, diciembre 13, 2010

DIARIO EL PLANETA, UN SUEÑO DE NIÑOS EN PENCO


Mi interés por el periodismo nació una hermosa tarde de verano en la playa de Penco. Estábamos los niños gozando de la luz del sol, de la arena amarilla y de la suave brisa que venía del mar, fenómeno único de Penco. Seguramente era un día domingo porque el balneario estaba pleno de bañistas, sombrillas, toallas con el ambiente inundado por la música que provenía de los casinos (que hoy no existen). ¿Pero cuál fue la semilla?. Mi madre me la plantó ese día en mi alma infantil. Ella me dijo mirando a un fotógrafo que tomaba imágenes con su cámara: "yo quiero que seas como él, que trabaja para el diario". Me concentré en el hombre: pantalón negro, camisa blanca de manga corta y llevaba corbata. Vi como tomaba fotos y anotaba en un cuaderno. Mi madre me sujetó de la mano, quedó en silencio y ambos seguimos mirando como el hombre de la cámara fotográfica avanzaba entre el público hasta que lo perdimos de vista. Los otros niños integrantes del grupo de bañistas no repararon en la situación y me gritaron para salir corriendo a un chapuzón en el frío mar de Penco.

Semanas después del episodio playero tuve la idea de hacer mi propio diario, contaba con un colaborador entusiasta que me seguía en el plan, Víctor Aqueveque. Me daba ánimos y a él le parecía que con el diario dispondríamos de una nueva fórmula para seguir jugando. Y comenzamos a reportear. El primer día, cuando tomamos el acuerdo, salimos a la calle por separado con el fin de obtener noticias. Yo quedé embobado por un taco vehicular que se formó en la subida del cementerio. Autos y micros avanzaban a un metro por hora, situación por lo demás embarazosa en la cuesta. Corrí para averiguar cuál era la razón del taco, una situación muy rara para la época. Hoy eso no revestiría ningún interés. Corrí y llegué al origen del problema. Un enorme camión arrastraba una pesadísima carga bufando como un toro rabioso para ganarle a la subida y avanzaba en primera marcha reforzada a la vuelta de la rueda. El conductor transpiraba mirando hacia adelante y a los instrumentos. De vez en cuando echaba un vistazo por el retrovisor, sin duda le preocupaba el enorme taco que estaba causando. El problema terminó cuando el vehículo de carga alcanzó la cima. Ese hecho me pareció que merecía un relato entretenido porque nunca se había producido un embotellamiento tan grande y tan premonitorio de modo que me puse a escribirlo.

Esa noche nos juntamos con mi colaborador y conversamos las cosas que habíamos visto. Víctor estuvo muy de acuerdo en que el taco debía ser la primera noticia del diario. Él en cambio descubrió que andaban muchos perros sueltos por las calles. Me dio los datos y yo escribí la historia, lo divertido del caso era que Víctor se conocía los nombres de todos los perros del vecindario. La razón de la noticia era las frecuentes peleas de canes ¿la causa podría ser por la hidrofobia? Buen cuento.

Ambos reunimos seis pequeños relatos. ¿Y cómo los publicamos?, me preguntó Víctor y yo le enseñé mi cuaderno de copia. Debo haber sacado unas diez hojas. Me lancé a escribir en una de las hojas sueltas y con la composición periodística llené las dos caras. Se me ocurrió separar las historias con una línea horizontal. Terminado el primer ejemplar, Víctor y yo nos pusimos a copiar con letra manuscritra y caligráfica (para que todos entendieran) los otros ejemplares. Lo bueno era que teníamos paciencia. Diez ejemplares del diario estuvieron terminados y listos para su distribución al cabo de media hora.

Víctor inquieto me preguntó que cómo se llamaba el diario. Yo sonreí porque el nombre de mi diario me daba vueltas en la cabeza. El Planeta, le dije. A mi colaborador le pareció extraordinario. Esa noche salimos a vender el primer ejemplar de El Planeta. Nuestros vecinos estaban sorprendidos, el más alegre de ellos por mi iniciativa era don Roberto Martínez. Recuerdo que tomó el papel y comenzó a leerlo de inmediato. Cobrábamos cincuenta pesos. No estaba mal.

El Planeta siguió circulando normalmente durante un par de semanas. No siempre los vecinos tenían cincuenta pesos, así que en algunos casos teníamos que regalarlo.

La naturaleza sepultó a mi diario. Justo cuando nos preparábamos para una edición especial con una amplia cobertura en Penco del aniversario del Combate Naval de Iquique, el proyecto se truncó para siempre. Ese 21 de mayo de 1960 sobrevino el terremoto. Aterrados por el fenómeno ni mi ayudante ni yo tuvimos ánimos para nuevas publicaciones. Peor aun, al día siguiente vino el movimiento más fuerte y esa noche tuvimos que arrancar a los cerros temerosos de una salida de mar. Mientras observábamos el desastre desde Villarrica, mi ayudante me preguntó: ¿Y qué vamos a hacer con El Planeta? Lo miré y me encogí de hombros. Fue tal el trauma de los efectos devastadores de los sismos, que estimé que el juego había terminado. Y desde entonces El Planeta no volvió a circular por el vecindario, aunque haya amigos que aún recuerdan la tinta fresca y sus modestas historias entretenidas.

viernes, diciembre 03, 2010

MUJERES «QUEMARON SUS PESTAÑAS» TRABAJANDO EN CASA

      Trabajar en casa nos pareció un gran invento de la modernidad. Con el computador conectado a internet puedes trabajar en casa como si estuvieras en la oficina. Es lo mismo, nos decían los gurús y nosotros los mirábamos boquiabiertos. No puede ser –decíamos--, y ¿cómo el jefe va a monitorear nuestro trabajo, cómo nos vamos a mirar a los ojos con los demás? Y los gurús nos respondían: tu PC tiene una cámara y un micrófono por tanto puedes mirar y hablar con tus colegas. Trabajar en casa es mucho mejor. Claro, experimenté después, se trabaja mejor, pero se trabaja mucho más, muchísimo más. Porque puedes estar produciendo hasta altas horas de la madrugada. Los que laboran en una oficina se van de la pega a las 5,30 de la tarde…
        Pero, mucho ojo, este asunto no es un invento nuevo. Son muchas las personas en Penco que pueden dar testimonio que dicha modalidad tiene una historia maciza. En los años cuarenta y cincuenta del siglo XX trabajar en casa era una cuestión del diario vivir. Como no se conocían las importaciones de ropa, en nuestro medio reinaban los sastres. En aquellos años estos señores de Penco se hicieron “la América”. Compraban las telas en Tomé y Bellavista. Las adquirían en las tiendas de las fábricas o se las pagaban directamente a trabajadores textiles que periódicamente recibían un corte de tela de su industria a modo de bono por horas de trabajo. Así se hacían de stock para ofrecer variedades a sus clientes. Los sastres de Penco (Barrientos y Bustos mayormente) atendían en sus talleres a decenas de trabajadores pencones que se mandaban a hacer trajes. Bustos y Barrientos les tomaban las medidas, hacían los cortes siguiendo moldes de cartón y repartían las hechuras a vestoneras y pantaloneras. Es decir, la confección salía de la sastrería. Iba a las casas particulares de dichas trabajadoras las que se encargaban de encandelillar, coser y planchar las prendas. Eran esas mujeres las que tomaban el riesgo de llevar las piezas cortadas para sus hogares donde construían los pantalones y los vestones. Demás está decir que Bustos y Barrientos les pagaban lo que querían quedándose ellos con la parte infinitamente más gruesa de la torta. Ni previsión, ni contrato, ni salud para esas trabajadoras. Las vestoneras y pantaloneras entregaban sus trabajos los viernes por la tarde después de quemarse las pestañas en sus máquinas de coser de manivela. Era la ocasión en que Bustos y Barrientos ejercían el control de calidad. La costura por aquí, los botones por allá, el planchado en la mira. Si el trabajo no recibía su aprobación, de vuelta para la casa a descoser y coser de nuevo. Una amargura, porque la paga quedaba diferida. Hechas las correcciones los obreros clientes de los sastres se llevaban su ropa nueva. Sólo entonces esas mujeres recibían su dinero tan escaso que apenas les daba para sobrevivir. Bueno, pero el asunto era que esas mujeres trabajaban en sus casas hasta avanzada la madrugada sobrepasando con creces toda legislación laboral. Si ellas ahora estuvieran vivas no les vendrían con cuentos que es mejor trabajar en casa ni que es una modalidad nueva, propia del siglo XXI. No. Era una modalidad muy práctica para los sastres de Penco de aquellos años, pues la confección, el arte, la dedicación, el cariño por la confección no estaba en la sastrería, estaba en las casas de las costureras. ¿Hoy día alguien se acuerda de ellas? Yo, sí.

jueves, diciembre 02, 2010

EL ORO DE PENCO: PENCONES AFANADOS DETRÁS DEL VELLOCINO

La búsqueda de oro en las arenas de los esteros fue una actividad no ajena a la realidad de Penco, incluso desde la Colonia. Justamente Pedro de Valdivia intentó hallar oro y lo consiguió con gran éxito en el río Quilacoya, que desemboca en el Bío Bío. Tal fue la cantidad de metal que sus esclavos indios lograron extraer que pronunció su frase para el bronce: “Por fin, ahora voy a ser señor”.

Ya en nuestros tiempos, la gente trató de quebrarle la mano al destino y también buscó oro en los lechos de ríos y esteros. Bastaba con armarse de paciencia, meterse al agua, doblar la espalda y sumergir un plato de madera (challa) en los cascajos del fondo y enjuagar, esperar a que se fuera el barro y ver si en el concho algo relumbraba. No se requería de conocimientos mineros ni metalúrgicos. Todo consistía en agitar pacientemente la challa llena de légamo en cuclillas en medio del río. Vi a mucha gente hacer eso y yo mismo intenté lograrlo.

Todos buscábamos oro en los tiempos libres, por diversión o por la novedad. Nunca vi que nadie saltara gritando ¡bingo! en medio de esta actividad. Pero sí oí decir que más de alguien guardaba pepitas de oro obtenidas del río. En mis conversaciones con la gente simple de los campos cercanos oí historias que me dejaban con la boca abierta. Que fulano de tal un día buscando oro en el río se encontró con un enorme lingote dorado pero que cuando intentó apoderarse de él no pudo, porque la barra de oro resbaló y se introdujo en una piedra hasta desaparecer de la vista. “Es que la suerte no era para él”, decían quienes lamentaban que fulano no hubiera podido hacerse de la barra áurea en cuestión.

Otras personas me contaron que en los campos en las noches oscuras era posible distinguir luces en movimiento entre los montes o en el descampado, sinónimo claro de la existencia de entierros en esos sitios, según la tradición. Entierros significaba: una fortuna escondida bajo tierra por alguien. Pero, no valía mucho la pena seguir las luces o determinar su ubicación para dar con el vellocino, puesto que el premio gordo sólo tenía un ganador. Además había que ser valiente para seguir las señales de luz, a lo mejor de origen alienígena. ¿Con quién se podría encontrar uno ahí en la noche? Brrrrr, ¡qué miedo!

El gobierno de Pinochet incentivó este tipo de búsqueda de oro, como una forma de mantener ocupada a mano de obra sin empleo, alentando la esperanza que dieran el batatazo y se hicieran ricos de la noche a la mañana. Nuevamente no supe que nadie hubiera salido del río corriendo a comprarse un Porsche deportivo.

Debe haber pepitas de oro desperdigadas en el fondo del río Penco fruto de la acción del agua que lava y relava las piedras en su curso de millones de años. Pero, hay que saber la técnica, disponer de tiempo y tener algún dinero para instalarse a batir la challa esperando que el oro relumbre con el sol en el fondo del plato.