viernes, julio 22, 2011

CHANGLES: DELICIA DE LOS BOSQUES DE PENCO


Si bien la frutilla, originaria de Penco, es hoy una especie universal, cuidemos que no nos despojen de esa otra exquisitez de la tierra: el changle. Pero, no nos vamos a pelear por esas cosas patrioteras. El changle de Penco tendría que ser degustado también por todo el mundo, como las frutillas.

El changle es un hongo muy característico por su forma, parece un arbolito bonsái sin hojas, que nace y crece en los bosques nativos de Penco y en todos aquellos situados entre Maule y Valdivia. Los mejores son los que toman cuerpo al pie de los troncos de robles jóvenes o hualles. Se dan en abundancia al final del otoño y en el invierno, cuando las hojas caducas de esas especies, desparramadas en los suelos sombríos y húmedos, entran en descomposición para formar humus o tierra vegetal. Muchos pencones identifican esos bosques como “huallizadas”.

El changle tiene una carne consistente de textura suave y sabor más que agradable. Los hay de color claro pálido y otros con tendencia al marrón. Si no es posible recogerlos directamente de la naturaleza, existe un comercio informal de estos hongos en las calles de Penco o Concepción.

Comercialmente el changle aún no entra en las grandes ligas. No he visto que los restaurantes locales lo incluyan en sus cartas. Pero, de verdad, es un producto de exportación: una zeta de gran calidad y sabor fuera de lo común, cualidades más que suficientes para permitirle abrirse paso como un producto exclusivo de nuestra zona en la gastronomía mundial.

¿Cómo preparar un rico plato de changles?

Veamos algunas opciones.

Pino de changles: picar una cebolla en cuadritos y quitarle la fuerza en un cedazo al agua corriente. Dejar escurrir. Cortar los changles bien lavados en una fuente aparte. En una sartén bien caliente con un poco de aceite echar a dorar las cebollas. Una vez que éstas estén semi doradas echar sobre ella los changles picados. Agregar un poco de aceite de oliva, aliños y sal. Al cabo de unos diez minutos la cocción está terminada. Servir el pino de changles en un plato junto a papas cocidas. Agregar un poco de cilantro picado.

Empanadas de changles: Prepare un pino como en la receta anterior. Amase una delgada masita de harina, muy fina que en Penco la llamaban farasca. Estas farasca extendida sobre la batea es la base para cargar las cucharadas de pino de changle. Cierre la farasca al modo de pequeñas empanadas y échelas al aceite hirviente en la sartén. Servir las empanadas de pino de changle y sorprenda a sus invitados.

Ensalada de changles: Escoja los changles más tiernos y échelos a cocer en una olla de agua hirviendo, por menos de cinco minutos. Retire los changles con una espumador. Viértalos en una ensaladera amplia. Alíñelos con abundante aceite de oliva, una gotitas de jugo de limón de pica. Añada una cucharada de perejil picado muy fino y ponga la ensaladera en el centro de su mesa. Ud. verá cómo sus invitados consumen rápidamente esta exquisitez de los bosque nativos que aún pueden encontrarse en los cerros de Penco.

Si usted tiene otra receta para preparar changles háganoslo saber. ¡Buen provecho!

martes, julio 12, 2011

CERRO VERDE RECORDARÁ POR SIEMPRE A SU PATRIARCA


Eduardo Campbell Saavedra, inolvidable educador de
Cerro Verde de mediados del siglo XX.
          El cortejo comenzó a subir hacia el cementerio parroquial de Penco desde Cerro Verde Bajo luego de cruzar la línea del tren y pasar junto a la chacra de los Pradenas, porque ése era el camino más corto. Ocho personas agarraban el ataúd por las manillas y subían trastabillando por el sendero de tierra roja mojada por la lluvia de ese invierno. Los zapatos habían aumentado su peso cuatro veces, por la cantidad de barro que se pegaba a las suelas. El sendero serpenteaba la suave colina engalanada de retamillos. Los portadores de la urna hacían sus relevos para aliviar el cansancio entre resbalón y resbalón. Algunos niños tomados de las manos de sus mayores y portando ramos de flores silvestres volvían sus pequeñas cabezas hacia atrás y quedaban extasiados con la hermosa bahía de Concepción que se abría a la vista por encima de los techos de Cerro Verde, a pesar de las nubes. El cortejo iba en silencio subiendo la cuesta. Adelante, en primer lugar, avanzaba apoyado en un palo a modo de bastón un hombre fornido, alto, de bigote delgado e hirsuta cabellera rojiza. Parecía un patriarca que iba diligente a devolver a la tierra a algún ser querido o una persona conocida. Era el profesor Eduardo Campbell. ¡Cómo no, si él asistía a todos los funerales de vecinos –su gente-- de Cerro Verde Bajo!
Cerro Verde, la cara cerroverdina que mira hacia Lirquén.
          Esa tarde invernal de 1954 el cielo estaba amenazante, soplaba un fuerte viento norte tan helado que se filtraba entre las ropas enfriando los cuerpos de los vecinos concurrentes al modesto funeral de tal manera que aquellos daban diente con diente. La lluvia se desataría en cualquier momento y el cielo se vendría abajo sobre esa humilde y aguerrida gente.
              El cortejo ingresó al cementerio parroquial no por la puerta principal, sino por una brecha de muro que también servía de acceso informal en el lado poniente. Chapoteando sobre las charcas de los estrechos pasillos del recinto, los portadores de la urna, los deudos, los dolientes, los vecinos más próximos y los conocidos se detuvieron por fin. A una orden del señor Campbell el ataúd fue dejado sobre los cascajos del suelo. Las mujeres que venían rezando a media voz desde la misma casa de la finada se callaron y de pronto; en un instante, la paz fue absoluta. Se pudieron oír con toda claridad el silbido del viento colándose entre las ramas deshojadas y los graznidos de las aves del bosque que rodeaba el cementerio.
Arriba a la derecha de la fotografía, se ven los pinos en la subida que conducía a la parte trasera del cementerio parroquial de Penco. El profesor Campbell aparece al lado izquierdo de esta formación escolar de Cerro Verde.
          Tres niños curiosos se soltaron de las manos de sus madres y corrieron a mirar el interior de la fosa excavada por dos obreros que se habían quitado sus sombreros a modo de respeto. Esos trabajadores presentes en el entierro con sus palas en ristre permanecían atentos para tapar el agujero una vez que finalizara la ceremonia modesta. Los niños vieron que el hoyo sin un toldo protector estaba inundado de agua barrosa. Ellos mismos querían ver cómo se hundiría el ataúd en el fango. Pero, antes de eso había algo en el programa que todos sabían: el discurso del señor Campbell.

       El patriarca de Cerro Verde dio un paso adelante y se ubicó entre el ataúd y los dolientes. Los miró de frente y sin fijar la vista en ninguno dejó oír su voz cargada de figuras retóricas, porque eran los años nerudianos de la poesía y el canto; y las hipérboles:

     --Hoy en Cerro Verde no sale humo por las chimeneas de nuestras casas; porque Cerro Verde está de luto; toda su gente vino a despedir a nuestra querida vecina Francisca. Y desde la muerte ella lo sabe. Esta es la despedida más triste de una pobladora, una madre y una trabajadora de la que esta tierra guarde memoria…--

          La imagen de ese funeral, la retengo en mi recuerdo, porque yo, como un niño entonces, por algún motivo me encontraba junto a otra gente ese día en el cementerio parroquial. Y los detalles que he descrito son como una secuencia de fotos. Aunque la finada señora Francisca pudo ser una humilde mujer de Cerro Verde Bajo, su despedida tuvo un discurso, y nada menos que del profesor y director de la escuela.  No todos los muertos de Penco tenían el honor de ser homenajeados con un discurso.   
       Ése era mister Campbell, así le decían a Eduardo Campbell Saavedra, vecino de Cerro Verde, educador y formador de juventudes. Creó un grupo juvenil que vestía pantalón blanco, zapatillas de gimnasia y camisas verdes. Iban a los desfiles del pueblo con sus estandartes, porque para él Cerro Verde y su gente no podía estar al margen. Sin embargo, había en Campbell contradicciones para algunos difíciles de explicar: era comunista y profesaba la religión católica. Todo Penco recordará que el grupo juvenil de Campbell participaba activamente en la Procesión de la Virgen del Carmen en noviembre. Como siempre él encabezaba su séquito inserto en el largo peregrinaje de la procesión por las calles penconas.

          Campbell conocía a toda la gente de Cerro Verde. Visitaba a las familias en sus casas, se informaba de sus problemas. Ayudaba a los más desposeídos a superar sus pellejerías hasta donde fuera posible. Armaba los casamientos ayudando a los novios con todos los trámites y la papelería. Fue la voz de los sin voz en Cerro Verde, golpeó puertas y clamó por ayuda para los menos afortunados. Era un hombre apasionado por la causa de los más pobres. Su sentido de solidaridad social no tenía límites; lo daba todo por nada a cambio. 

         Cuando el Presidente Gabriel González Videla decretó la Ley Maldita en 1948 que ordenaba la detención de todos los dirigentes comunistas para ser relegados en Pisagua, mister Campbell fue al primero que agarraron en Cerro Verde. Junto a varios otros los militares lo echaron en un tren hacia el norte. “Pero, llegué hasta Punta de Parra solamente, donde me bajaron y ahí quedé detenido hasta que vino la gente de Cerro Verde a exigir mi libertad”, comentó una vez en un acto público. Efectivamente Campbell no llegó a Pisagua y regresó en andas a Cerro Verde acompañado de una muchedumbre. En el gran barrio cerroverdino esa noche hubo una fiesta.
          Era un profesor atípico, vestía contrario a las rígidas reglas sociales de entonces. Asistía a clases sin corbata, no usaba vestón, prefería las casacas. 
  
La imponente escuela de Cerro Verde que lleva el nombre de Eduardo Campbell.

Con su partida, ocurrida ya hace años, Eduardo Campbell dejó a Cerro Verde lleno de recuerdos y mucha gente agradecida de corazón. El medio académico local recordará por siempre. Hoy una hermosa escuela lleva merecidamente su nombre a la entrada de Cerro Verde Bajo.

lunes, julio 11, 2011

PENCO QUIERE HACER VALER EL PESO DE SU HISTORIA

--Papá, ¿para qué sirve la Historia?
Así comienza el libro “Introducción a la Historia” del autor judío francés asesinado por los nazis en 1944, Mark Bloch.
--¿Para qué nos puede servir la historia de Penco?--, fue la pregunta que formulé la noche del 9 de julio de 2011 en la reunión exploratoria para formar una sociedad pencopolitana de historia en uno de los comedores del casino Oriente, a iniciativa del concejal Víctor Hugo Figueroa y en el que participaron 13 invitados especiales, entre ellos, yo. Todos en la foto de arriba.
La respuesta a la pregunta general de Mark Bloch y la particular que hice cuando me concedieron la palabra tuvo su respuesta natural a lo largo de la reunión: investigar el pasado de la ciudad para contribuir a hacerla mejor.
Esa noche había interés, pero por sobre todo entusiasmo por investigar, por lanzar ideas, por buscar apoyos. Esta sociedad en ciernes buscará una personería jurídica e intentará tener una página web para iniciar su acariciado propósito de zambullirse en el pasado buscando y precisando la información y los datos que nos llegan del ayer a través de los documentos, la historia escrita y la cultura oral.
La sociedad pencopolitana de historia --la escribo en minúscula, mientras no tenga cuerpo oficial—desearía canalizar la gran cantidad de textos sobre Penco, bitácoras, relatos, narraciones en primera persona, fotos y gráficas que deben estar en bibliotecas y álbumes familiares en las casas penconas. La sociedad averiguará nuestro pasado para anclar el presente y desde ahí lanzar líneas hacia el mañana.
El historiador y destacado investigador penquista Armando Cartes Montory, presente en la reunión, dio un dato para tener en cuenta, un llamado de alerta: “Penco tiene un hermoso cielo y su gente puede ir a la playa sin impedimentos para gozar de ella. Todo eso que está pero podría perfectamente no estar. Recordemos lo que pasa con Coronel que se quedó sin su playa. Aquello que es un don de la Naturaleza, es lo que tenemos que preservar en Penco”.
Otra de las inquietudes expuesta fue aprovechar el momento para colocar nombres de pencones connotados a la nueva población que se comenzará a construir en los cerros a la salida del camino a Concepción.
Ésas tendrían que ser algunas de las tantas actividades de la sociedad en formación. Porque, ¡para eso sirve la Historia!
La reunión se efectuó con la participación de 13 personas, todos profesionales, gente que ha demostrado a su modo un gran amor por la ciudad. Hubo algunos invitados ausentes que justificaron. Entre las ideas que se barajaron fue identificar a Penco con sus personajes clásicos: don Pedro de Valdivia, el fundador o Lautaro el indómito que intentó desalojar a los conquistadores de Penco. Pero, una idea distinta fue buscar al personaje unificador y ése, sin duda, fue el poeta Alonso de Ercilla y Zúñiga, autor del poema épico La Araucana.
Esta tarea recién comienza, hay mucho por hacer. Ya vendrán nuevas reuniones para preparar una nueva publicación similar a la reciente “Crónicas de Penco”, para realizar el trámite burocrático de la organización y, en seguida, comenzar a trabajar para impulsar a la ciudad a un destino más meritorio. Como las urbes desarrolladas del primer mundo, muy pronto Penco tendrá su Sociedad de Historia Pencopolitana o con algún otro nombre de fantasía, que velará por el patrimonio y rescatará el orgullo de haber sido la tercera ciudad de Chile y fundada por el conquistador don Pedro de Valdivia.

martes, julio 05, 2011

PENCO EN LOS DÍAS Y NOCHES DE RADIO

No hace mucho alguien me preguntó que cómo era Penco antes de la llegada de la televisión ¿Qué hacía la gente sin tele? Quedé mirando a esa persona sin atreverme a responder a tontas y a locas. Porque hoy con la TV y la internet cuesta reconstruir una imagen de cómo era la sociedad pencona de entonces.

Le dije que como la gente no conocía la televisión ni internet no las echaba de menos. Ellos estaban felices con la radio. La mayoría de las casas tenía un receptor radial a corriente; nada más que uno. El equipo se instalaba en altura sobre una repisa lejos del alcance de las manos de los niños. La gente acostumbraba a usar el volumen fuerte. Caminar por las calles era oír el sonido sordo de las bocinas de esas radios emitiendo programas grabados: radioteatro, música mexicana, publicidad. Informaciones no, porque la cultura de entonces consideraba que las noticias iban al aire a una hora determinada. Nadie hubiera imaginado que hechos noticiosos comunes rompieran una programación. Si se estaba acabando el mundo, no había que impacientarse. Usted lo sabrá todo en el “Reporter Esso”. Escúchelo a las 9 de la noche. La única noticia de quiebre que recuerdo fue un flash de unos 20 segundos y se refería al asesinato del Presidente Kennedy, hecho ocurrido en 1963. Inusualmente se oyó la música de las noticias y una voz seca y afectada de un locutor de la época que leyó el siguiente texto: “Dallas, Texas, Estados Unidos, esta tarde fue asesinado el Presidente John Kennedy”. El comunicador repitió un par de veces esa noticia. Y nada más. No hubo más despliegue informativo hasta las 9 de la noche, hora del noticiario "Reporter Esso" que duraba diez minutos.

Las radios transmitían desde muy temprano hasta última hora de la noche. Los programas eran entretenidos y los había en gran variedad. Uno se podía pasear por el dial (zapping decimos hoy) e ir de Radio Almirante Latorre de Talcahuano, a Simón Bolívar, Interamericana, Araucanía o El Sur de Concepción. La propuesta radial era, además creativa: La Noche es Joven, música romántica y lectura de cartas de amor a partir de las 11 PM en Araucanía con Enrique Arjona Martínez y Manola Pachuante; Don Crispín y la Señora Concepción a la una de la tarde por Almirante Latorre, que consistía en un singular diálogo de un hombre y una mujer en que salían a relucir las rivalidades entre penquistas y choreros. Ráfagas, un espacio de noticias estilo denuncias por Simón Bolívar acaparaba las audiencias en domingo a la una de la tarde, con libretos de Alfredo Pacheco Barrera y Hernán Osses Santa María. Ritmo y Canción de los Domingo con Anatole Figueras era imperdible en horario AM.

Esa era la actividad radial con la que se entretenían los pencones y penconas en esos años. Pero, para entonces ¡Penco no tenía radio! Así que la participación local en los medios de comunicación era escasa. Los grupos musicales no tenían dónde expresarse. Fue realmente gracias a sus talentos que Cecilia de Tomé y Patricio Renán de Penco hayan podido penetrar y posicionarse a través de esos medios. No era fácil.

Y mi amigo de la pregunta me dijo con tono desafiante ¿y qué más? ¡Sáltese los medios de comunicación que a Ud. tanto le gustan! ¿Qué más? Buen reto, pensé, y proseguí compelido para satisfacer la ingeniosa curiosidad de mi interlocutor.

A veces en las noches la gente apagaba la radio y los vecinos se visitaban en las casas, así se armaban tertulias que se prolongaba hasta bien avanzada la madrugada. De por medio un brasero, por cierto y sobre la mesa algo para comer, pan, dulces y vino. En esas reuniones se oían historias increíbles de apariciones, entierros, fantasmas, animitas. Estos cuentos se matizaban con personajes bíblicos y hechos narrados en el Antiguo Testamento. No había farándula o pelambres de otros vecinos o vecinas.  Los pelambrillos se vertían en ambientes más cerrados no donde hubiera muchas antenas paradas. En esas tertulias memorables se hablaba de cosas para quedar sin aliento.Demás está afirmar que estas reuniones de vecinos eran entretenidísimas. Terminaba un cuento y venía otro parecido o radicalmente opuesto. Lo cierto es que al final uno quedaba pálido de incredulidad.

Existía también una costumbre de juntarse en la calle. Las esquinas eran sitios ideales para conversar temas de juventud, del trabajo o los deportes, donde predominaba el fútbol. Y entre los adolescentes no faltaba el aventajado en el amor quien aprovechaba estos encuentros para dar rienda suelta a su ego de vencedor de mil conquistas femeninas. En las noches era común ver a estos grupos de jóvenes en casi todas las esquinas céntricas de la ciudad. Sólo la lluvia o el viento ponían término a estas singulares tertulias callejeras. En este sentido, el mundo de Penco sin televisión ni internet era más diverso porque la agenda de conversación estaba abierta y los protagonistas de esas historias podían ser infinitos desde los muy reales a los más mitológicos, a diferencia de hoy en que los personajes los construye la televisión y tienen comienzo y final. Los de entonces, eran cuentos libres, animados, llenos de sorpresas y desenlaces fuera del alcance de la imaginación más desarrollada.

Así era Penco, le dije a esa persona, quien me quedó mirando unos segundos en silencio sin poder entender cómo pudo haber sido posible un mundo ajeno a la televisión. Después me dio la mano y se fue. Me dije: parece que pasé el examen.

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