sábado, mayo 28, 2011

... Y PENCO NO TUVO COMPASIÓN

Se levantó, se puso sus pantalones anchos y sueltos con dobleces hacia afuera a la altura de los tobillos. Se ajustó la vieja correa que le servía de cinturón por debajo de las tetillas  y en el baño se miró al espejo. Tenía los ojos chicos y unas protuberantes bolsas bajo las pestañas inferiores y también sobre las superiores. Una peineta le ayudó a ordenar su pelo mojado, el que a los pocos minutos se separaba justo en la mitad de la cabeza hacia los costados. Era un tipo chico de un metro sesenta, pero ancho como una cómoda. No tenía pinta, pero sí mucho carácter. De no haber sido así no habría sobrevivido en un pueblo sin compasión. Su físico y su aspecto no daban para una segunda mirada. Si se hubiera puesto una guerrera verde abotonada hasta el cuello, lo habrían confundido con un rozagante dirigente chino de la revolución cultural.

Con esa rutina comenzaba cada día. Trabajaba en el muelle de Lirquén cargando y descargando buques mercantes, porque nuestro personaje tenía matrícula de estibador. Se echaba encima su chaquetón de castilla y comenzaba a bajar por la calle Maipú hacia la playa. Su casa solitaria quedaba abandonada, su cama desordenada y junto con el ambiente de encierro, un reseco olor a vino descorchado días antes. Porque en esa casa de calle Cruz sólo vivía un morador. Tampoco se le conocían familiares.

Aquella mañana estaba fría en Penco y una bruma espesa envolvía la ciudad. Respirar el gélido vaho matinal pelaba el gaznate. A causa de la densa neblina, tan propia del invierno local, nadie se veía por las calles. Pero, si la gente no se veía, sí era posible escucharla. Porque estaba en todas partes, detrás de las puertas de sus casas, detrás de los árboles, detrás de los postes del tendido eléctrico, detrás de las ventanas encortinadas de los segundos pisos. En eso, entre la masa informe de la bruma, una voz ronca e irreverente, proveniente de ninguna parte, gritó de súbito:

--¡Cuco!--

Silencio y algunas risas difícilmente contenidas.

El aludido, nuestro personaje de Penco, se detuvo en la niebla, molesto y humillado gritó fuerte para quien quisiera oírlo:

--¡Tu abuelo será cuco, desmantelado de mierda!--

Las risas estallaron por todas partes.

Claro, no era la primera vez que nuestro personaje oía esa palabra que él asumía como un sobrenombre suyo. Irrespetuosamente le gritaban “¡Cuco!” en las circunstancias menos esperadas. La niebla de esa mañana ayudó a ocultar la identidad del ofendedor. Aquel, desternillándose de la risa, escuchó la estentórea respuesta junto con mucha gente que a esa hora de la mañana estaba con la oreja parada.

De vuelta del trabajo, la misma cosa. Nuestro personaje oía de nuevo gritos cobardes, imposibles de ubicar. “¡Cuco!, ¡Cuco!, ¡hola, puh Cuco! Anoche te vieron donde la tía Olga, Cuco!”
Y la desagradable rutina seguía. El hombre se detenía en su rápida caminata y lanzaba quemantes y airadas respuestas en cualquiera dirección:

--¡Sí y no te pedí plata a vos, atorrante, muerto de hambre!--

Y se oían las risitas burlonas, como un coro. Y entonces, nuestro hombre con gran dignidad retomaba su marcha de pasos cortitos, caminado como Charles Chaplin, contoneándose por el ritmo de su esmerada caminata.

Pueblo sin Compasión, interpretado por Gene Pitney.
Las mujeres de Penco, solteras y en edad de merecer, lamentaban que Cuco fuera tan feo --según ellas--  porque el hombre tenía plata y eso claro que lo hacía interesante. Pero, resultaba impensable para ellas trabar amistad con un personaje tan poco favorecido por la madre Natura --según ellas--. Entre el vecindario también surgían mitos con respecto al Cuco ¿en qué gastaba su plata? Bebía con pocos amigos en las cantinas. Pero, ese gasto era ínfimo para el dinero que recibía. Había una sospecha: mujeres. Decían que cuando andaba generoso se iba a Concepción donde la tía Olga donde hacía zumbar la plata. Algunas mujeres de Penco que oían estas historias amplificadas, por cierto, ponían cara de asco o por la conducta de Cuco de ir a ese lugar o por el valor de las sobrinas de la famosa tía que tenían que hacer de tripas corazón para agradar al platudo estibador.
La mayoría de los pencones de esos años conocía al Cuco porque lo veían caminar rapidito por las calles, detenerse súbitamente para responder con justificada ira las anónimas ofensas que le gritaban. Para ese efecto profería gruesas palabrotas que él lanzaba mirando al vacío.

Recientemente supe que murió hace años solo en su casa de calle Cruz. Me dijeron también que un ex alcalde se preocupó que alguien le diera un poco de agua y le prestara atenciones en sus últimos días. Cuando falleció, el edil corrió con los gastos del funeral y después vendió la casa y sus enseres para solventar los costos en los que incurrió por la enfermedad, el velatorio y el sepelio. Ironías de la vida, me dijeron que tiene una linda tumba en el cementerio pencón. Para algunos, una tardía forma de justicia para quien debió convivir con aquel mordaz e indigno sobrenombre.

sábado, mayo 21, 2011

EX REFINEROS EVOCARON SUS TIEMPOS DE CAMPEÓN


         Ex refineros de Penco contaron anécdotas del fútbol regional en un grato encuentro en un restaurant ubicado en el camino de Villarrica hacia Los Barones. Algunas de ésas fueron las siguientes:

    No existe ni existió en el mundo un campo de juego para competencias de liga oficial como la cancha del club Minerales de Lirquén. Era una meseta perfecta con empinados taludes en sus cuatro costados, los que caían apenas cincuenta centímetros más allá de las líneas demarcadoras. Por tanto, una pelota que salía corría decenas de metros guarda abajo. Un jugador que no alcanzaba a sujetarse rodaba por la pendiente hasta que pudiera agarrarse de alguna piedra. El terreno de la cancha era de greda, por tanto el sol la ponía dura como cerámica mientras que la lluvia la convertía en trampa por el resbaladizo barrial. No había tribunas. ¿Y si no las había entonces, el público dónde veía el partido? Pues de pie en la pasarela de cincuenta centímetros entre las líneas de sentencia y el comienzo del talud. Cuando la convocatoria era grande, la gente traspasaba las rayas de cal y se metía dentro de la cancha. ¡Ese era el estadio de Minerales, el renombrado equipo del Regional!
       Tales fueron algunas de las historias y todos sus detalles que salieron a la palestra en ese encuentro de ex jugadores de Coquimbo CRAV que se juntaron a instancia e iniciativa de Abel Soto ─hijo de refinero y un entusiasta de la historia pencona y sus valores─, en un almuerzo de camaradería realizado en el restaurant de doña Zulema en el kilómetro 4,5 del camino a Primeragua el sábado 14 de mayo de 2011. Entre las personas que asistieron estaban los hermanos Jorge y Eduardo Villegas Saavedra, Lito Manríquez, el dirigente Jorge Soto, Chenko Muñoz, Chico Pérez, Miguel Villagra y Chocolate Andrade, entre otros.
Los convocados e invitados nos reunimos en la plaza de Penco a la espera de la movilización especial que nos condujo al mencionado lugar donde nos esperaba un sabroso aperitivo que consistió en unas ricas empanadas fritas de pino, cerveza y vino con harina ─muy propio de Penco─. Después, ya reunidos más formalmente, el grupo de amigos interpretó la Canción Nacional hecho que le dio solemnidad al inicio del evento. Abel Soto y su hijo prepararon una presentación con una novedosa galería de fotos del recuerdo que evocaban a personajes y situaciones deportivas con protagonistas de Coquimbo Crav, Fanaloza, Minerales, Vipla y otros clubes del Regional.
     A la presentación siguió el almuerzo consistente en una paila marina caliente y como plato de fondo distintos cortes de carne asada a las brasas. En el intertanto el periodista Luis Osses Guiñez de vasta trayectoria en los medios escritos de Concepción, invitado especial al evento, dio una charla sobre el fútbol de la zona haciendo una interesante conexión entre el desarrollo del balompié y el ferrocarril de esos años. El fútbol y el tren permitieron que centenares de personas, por ejemplo, conocieran el mar. Eran las que venían del interior acompañando a sus clubes en los convoyes de entonces. En ese momento uno de los presentes, Chenko Muñoz, recordó que él mismo conoció el Pacífico cuando llegó por primera vez para instalarse en Penco procedente de Yungay durante su niñez.
     En la parte final del encuentro refinero se entregaron unos jockeys de color negro con la inscripción Coquimbo CRAV Campeón y una medalla dorada con cinta tricolor a todas las personas que concurrieron. Abel Soto destacó que tales regalos fueron posibles gracias a la gentileza de la empresa www.comercialignavic.cl
Antes de la despedida, los hermanos Villegas interpretaron canciones con el acompañamiento de guitarra. Los ex refineros y los invitados regresamos a Penco en el transporte especial contratado para el servicio cuando ya había caído la noche, no sin antes haber tributado un caluroso aplauso de reconocimiento al organizador del encuentro Abel Soto.

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Fotos de arriba hacia abajo: Chico Pérez, Chenko Muñoz y Miguel Villagra.

Una escena del almuerzo en el restaurant Doña Zulema.

Abel Soto en la presentación del encuentro.

Ex refineros e invitados posan al aire libre para la posteridad.

domingo, mayo 15, 2011

ESA NOCHE EN QUE PENCO REENCONTRÓ SU ORGULLOSO PASADO


EXITOSO LANZAMIENTO DEL LIBRO "CRÓNICAS DE PENCO"



Tal vez como nunca antes en su larga historia, la comunidad de Penco tuvo la oportunidad de tomar contacto en vivo con las páginas de su glorioso pasado la noche del viernes 13 de mayo de 2011. Los vecinos colmaron el espacioso auditorio parroquial y un grupo enorme de ellos debió conformarse con permanecer de pie a la entrada del recinto, en el evento en que el concejal Víctor Hugo Figueroa Rebolledo (foto) lanzara su trabajo impreso “Crónicas de Penco” que resume en una galería de fotos y textos breves, la notable y a la vez desconocida historia pencona.

En un saludo grabado en video, el periodista de Televisión Nacional Alejandro Guillier subrayó el valor del libro diciendo que era un tremendo mensaje para las nuevas generaciones por su concepto visual y sabrosos relatos y porque a partir del pasado es como se construye el porvenir.

“Penco es una de las ciudades con más historia relevante en Chile, pero es a la vez la menos historiada”, hizo notar el escritor Armando Cartes en su discurso durante el lanzamiento, dando a entender que la obra de Víctor Hugo Figueroa es el primer paso para reconstruir, rescatar y testimoniar los grandes, curiosos y a la vez sorprendentes hechos que encierra su pasado.

Testimonios increíbles como por ejemplo el arrojo de Mencía de los Nidos, una pencona que enferma empuñó la espada para defender al pueblo cuando los hombres huyeron ante la amenaza de Lautaro y sus huestes. La milagrosa protección que brindó a Penco la Virgen del Boldo en una circunstancia similar. Pruebas veraces de la existencia de la Universidad Pencopolitana a través de un título con timbre y sello y que acreditan que aquella fue la primera universidad que tuvo Chile. El levantamiento de los vecinos que destituyeron a un gobernador por inepto, hecho que constituyó la primera rebelión popular que registra el país. El enorme impulso de las empresas que funcionaron en la ciudad durante el siglo XX y fotos de los dolorosos terremotos que han marcado su historia… Todos estos ingredientes y más incluye “Crónicas de Penco”.

Cuando el autor hizo referencia a que en el período colonial los gobernadores de Chile tenían su residencia y sede en Penco, donde también funcionaba la Real Audiencia, el escritor Armando Cartes lo interrumpió cortésmente para dirigirse al público diciendo: "Vecinos, tengan en cuenta lo que acaba de decir Víctor Hugo, aquí estaba la Real Audiencia, entidad que resumía todos los poderes de la corona, incluido el poder militar. Esto es muy importante en el pasado de esta ciudad y es bueno que ustedes lo tengan claro".
Después Figueroa Rebolledo desplegó en dos pantallas gigantes una gran cantidad de imágenes no incluidas en el libro y que fueron un deleite para los presentes. En capítulo muy interesante de su exposición fue el pasado del nacionalmente famoso Hotel Coddou, donde veraneaba el Presidente de la República y otros conspicuos turistas procedentes de la capital. Dicho recinto estaba junto a la estación del ferrocarril, de modo que los viajeros descendían de los carros e ingresaban de inmediato al lobby del hotel. Víctor Hugo Figueroa explicó que el Coddou era un complejo que tenía una novedosa extensión hacia la playa donde se levantaba un muelle destinado al turismo y que contaba con dos niveles. En la planta baja, apenas a un par de metros sobre el mar, estaban los vestidores, el de las damas a la izquierda, el de los varones a la derecha. Contaba con una cómoda escala para bajar hasta el agua. Y arriba a modo de techo se abría una gran pista de baile. La banda del regimiento Chacabuco de Concepción amenizaba con marchas, vals y pasodobles algunas memorables tardes de los veranos de esos años. Una fina pasarela evitaba que los turistas tuvieran que llegar al muelle caminando por la arena.

A la ceremonia asistieron el senador Hossaín Sabag, ex alcaldes de Penco como Marcelo Careaga González y Ramón Fuentealba, dirigentes vecinales y políticos de la localidad, niños jóvenes y adultos. Muchas personas mayores se emocionaron al ver en las distintas fotos a sus padres, abuelos y bisabuelos en su mejor forma, salud y prestancia. “¡Mira, allí está mi papá cuando era niño y más atrás nuestra tía hoy fallecida!”, eran algunas de las expresiones que se podían escuchar entre el público sorprendido por el maravilloso contenido de las imágenes.

Por momentos y preocupado de que su exposición fuese demasiado larga, Víctor Hugo Figueroa, preguntaba si terminaba ahí o seguía mostrando fotos. Sin que nadie se moviera de sus asientos se escucha a coro: “¡Que siga, que siga!”. El evento incluyó también la danza de una hermosa niña bailarina de ballet. Y a modo de símbolo, como un mensaje hacia el futuro, el concejal Figueroa entregó a varios niños presentes un ejemplar de su libro. Posteriormente él mismo se instaló en el pasillo exterior del auditorio parroquial a firmar y dedicar ejemplares. Los mayores que hicieron fila esperando su turno, sin duda recordaron que en ese lugar --escogido por el autor para el lanzamiento-- donde tuvieron un tú a tú con su pasado, era el solar de la antigua iglesia de Penco destruida en parte por el terremoto de 1939 y echada a tierra definitivamente por los sismos de 1960. Por eso tal vez como nunca antes las familias se retiraron a paso lento por las calles o cruzaron la plaza, conversando del pasado, orgullosos de ser pencones de corazón y se perdieron envueltos por la fría bruma de esa noche mágica rumbo a sus hogares.
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“Crónicas de Penco” fue financiado por el Gobierno Regional del Bío Bío y copias fueron repartidas gratuitamente a las familias de penconas.

viernes, mayo 06, 2011

UNA ODISEA ORIENTAL ARRIBA DEL CUADRILÁTERO

Nota de la redacción: El siguiente es un cuento narrado por
nuestro amigo pencón Iván Ramos Castro (foto), quien reside en
Venezuela.

Por fin de vuelta, nos internamos hacia el centro del pueblo y estacionamos frente al Barrio Chino. Seguía igual de pintoresco, paradójicamente allí no vive ningún chino, de vez en cuando bajan como tripulantes de algún barco de bandera oriental, por lo general filipinos.

-¡Vamos a comer empanadas y le llevamos a la Chica!. El pater famili no olvidaba detalle. Nos sentamos en las banquetas dispuestas alrededor de la venta. Por allá, al final del pasillo donde hace cuarenta años apuñalearon al Care´Vieja, el pater famili divisó al Chucha Grande vaciando un saco de mejillones sobre una batea. Se conservaba mejor que muchos de su edad, quizás más gordito, pero entero. En otra época fue un auténtico ídolo del boxeo nacional. Enrique conocía su historial mejor que nadie. "De chiquitito le gustaba caerse a los puños", decía don Gervasio Montero, abuelo, papá y entrenador, y gran entusiasta del nieto, hijo y discípulo. Ni qué decir de doña Teo: "Mi cabro no perdió ni una pelea fíjese". Ellas, las incondicionales: “¿y de adonde sacó tanta energía este muchacho, doña Teo?”

"Y de dónde va ser puh, de estos pechitos, si nació pesando casi seis kilos mi niñito, me querían hacer la censaria pero yo se las canté clarito a la partera: si viene así, es porque tengo chucha pa´parir algo grande, en esa estaba, un médico flacuchentico él parado junto a mí con la cuchilla tiritándole en su mano, mis gritos sacudían el ambulatorio y el cabro atascado en la abiertura de mis piernas, entonces entró don Rafaelito, el practicante recién llegado al turno. ¡Epa Teo! me´ijo, hizo un ademán de pegar su oreja en mi panza inflada y ¡zuass!, se cargó sobre ella con todo su peso. Sentí como el descorcharse de una botella de sidra, era mi cabro que salía disparado hacia los brazos de la matrona, qué guagua más linda oiga, ¡Dios me lo bendiga..!”
“Y usted, ¿como quedó mi doña?”. Doña Teo miraba hacia el suelo, meneó la cabeza en gesto grave y la soltó:
“¡Y cómo iba a quedar puh, con la chucha grande!”
El Chucha Grande en su época gloriosa, quizá por su condición de niño mimado, era su carácter reservado pero con un ego que no le cabía en la pechuga, era notoria su mirada hacia los demás, como por encima del hombro.
“¡Ojalá lo jodan a este cabrito!, sí ¿pero por qué?” Yo no lo entendía, él era el único campeón del pueblo, después de la provincia, de la nación, del continente, del..., bueno, pudo haber llegado a Marte si hubiese querido, a no ser por...

El Chano Burgos andaba dando carreras, eran las dos de la tarde cuando le confirman que el contendor de su pupilo, un boxeador japonés que venía de bajada pues hace nueve años había figurado de número uno en el ranking mundial no ha dado señales de aparecerse por ahí. Era una pelea estelar pactada a diez asaltos, la de fondo pues. “Eso me pasa por bocón, quién me mandó a decir que esta pelea nos abriría las puertas al título miéchica”. El Chano estaba neurótico. Agarró a chuchadas al Poto Mocho quién oficiaría de second, por atreverse a pedir un anticipo. Se revolvía en la sala del gimnasio como alacrán acorralado. --¿Y vos que pensai Peneca? El Peneca Rivera era el entrenador del Chuchita, según los entendidos el más asolapado de los tramposos visto en la esquina de los cuadriláteros. “Llévame pal puerto y arreglaremos esto”, dijo.

En la parada de la estación de autobuses, había tres súbditos orientales. Por señas comenzaron a entablar conversación, el Peneca manoteaba haciendo fintas frente a ellos, luego paró y les dijo: yu anderstán? yo boxer, and yiustedes? Los chinos estaban encantados con la escena, entonces le pidió un par de billetes grandes a Chano y lanzando un par de jabs en zurda se los ofreció. Dos de ellos miraron al más viejo, algo le dijeron al oído y el chino viejo asintió con la cabeza, el asunto es que se concretó el trato, el chino viejo pasaba por un campesino maya. “¡No hay buey Chanito, además, estos chinos son todos igualitos”. Para asegurarse, ahí mismo los acuartelaron en una pensión próxima al lugar del evento.

“Oye Peneca”, dijo el Chano, “¿dónde aprendió a hablar tan bien el Inglés?
“¿Quién, yo?”, dijo dándose bomba. “Aprendí con las británicas”.
“¡Qué gilipollas!”, dijo el Ratón Pérez. “¿Britaniqué, las negritas de Yerbas Buenas? Ja,ja,ja”.
“Bueno púh, ¿Y qué paso con el Chucha Grande..?” Alberto preguntó más por diplomacia que por un interés real. Yo en cambio a la expectativa: “¡Mierda, sería lindo!”

“¿Lindo qué?”, el Beto creía adivinar en mí otra de mis jodas. Él no entendía un pito el significado.

“De tener por fin un Campeón, un Campeón de boxeo y de nivel mundial, ¿te parece poco?, bueno pues mi coronel, siga con el cuento”.
“¿Cuento?, la realidad suele ser más inverosímil que la ficción, ¿ustedes saben lo que es un gato afeitado?, bueno, el bululú que se armó al llegar la hora del Duelo Incontinente, nombre incorporado de facto por don Chano, pues él, creía que este encuentro desataría algo más que todas las pasiones juntas.

“Mañana, cuando las gentes de este pueblo se levanten, lo harán sintiéndose como verdaderos campeones”. La prensa de aquel día destacó la noticia: “Nuestro extraordinario prospecto en el arte de la fisteana, Romualdo Valderrama, más conocido como el ...Lechuza Grande, ahora a dos pasos del título”. Más adelante agrega: El rudo Campeón japonés del peso gualter Tomosake -O-ronzito viene de derrotar al número uno del ranking. Una victoria del criollo lo llevaría a una pelea por el título universal. Ni que hablar de la prensa, los fotógrafos ¿pero a quién buscar de reemplazante? Bueno, esto debía ser secreto grado treinta y tres.

“¡Peneca!”, grita el Chano y este se acerca arrastrando los cauchos y con un tufo como si hubiera oficiado cien misas al hilo. Le hizo un ademán de jeta “¿y?”, dijo como buscando aprobación.
“Menos mal que no son chinos, usté sabe, esos hijos de Fumanchú tienen fama de traicioneros, en cambio estos dicen venir de.. ¡ah, recuerdo! de Bancóng, de un lugar llamado Talanandia, Tialandia o algo así”.

Pero el Chano presintió algo raro en el ambiente. Tanta suerte no la veía completa.
“Mira Peneca, hay que andarse mosca, mira que hay tanto billete como prestigio en juego”. El estadio estaba abarrotado de fanáticos, éxito total en la taquilla, los financistas felices, el público, expectante. El Chano y el Peneca pegados al frasco para bajar tensiones.

LA PELEA

Suben los púgiles, Chucha Grande se sienta en la banqueta que le pone el Poto Mocho; el Peneca le ata los guantes y le da los consejos de rigor: “Hazlo durar cuatro, cinco asaltos, después lo sacas de circulación, ya sabes, recto de derecha al swiche con gancho al hígado y todos pa´la casa”. Por ahí salió una música extraña y todos de pie, según el Gato Maldonado era el himno del Sol Naciente, aunque según el profesor González era un trozo de la ópera Madame Butterflay. Luego el Himno Nacional, después el himno de los Rotarios y de los Leones Pencopolitanos. Después el silencio. Absoluta expectación. El púgil extranjero inició una extraña danza la cual terminó de rodillas y saludando hacia las cuatro esquinas. El árbitro los llama al centro del cuadrilátero, las advertencias de rigor, se dan la mano y regresan a sus esquinas.

“¡Este chinito es un show carajo! Penequita, te anotaste un poroto”. Al aludido se le infló la jeta de emoción.
“¡Saquen a ese pelícano de la esquina!”, le gritan al Peneca, “¡Anda a comer sardinas a otro lado gil..!”

Entonces el Gato Maldonado golpea la campana con el pomo de bronce de su bastón dando inicio al primer round. Ambos púgiles salen hacia el centro del cuadrilátero. El primer minuto fue puro estudio, después un intento flojo del asiático, quien intentó conectar un jab al rostro así como un par de hooks por los flancos del muchacho del patio. De pronto el criollo lanza una combinación certera al rostro, el asiático se estremece, sus piernas trastabillan y doblan, se agarra de las cuerdas, “¡Romualdito, --recuerda el consejo del manager--, de que juegues con él hasta el quinto!”

Fin del primer round, 10 puntos a 9 a favor de Romualdo, y así continúa la historia hasta terminar el cuarto. Hasta ahí solo había un prodigio que daba y un chinito que aguantaba. El Romualdo castigaba arriba, por las orejas y el mentón, el asiático cubriéndose para de cuando en vez, soltar uno que otro guantazo sobre la línea media del criollo. Al principio no le importó cubrirse, pero en el quinto asalto, comenzó a resentir los efectos de la medicina oriental en su cuerpo. Sentía un dolor cada vez más intenso al recibir tal castigo, pesadez en brazos y piernas y el chino, aun cuando había recibido de todo los primeros cuatro rounds, parecía renacer como el Fénix moviéndose entre las cuerdas, protegiendo cabeza y línea media, amarrándolo o traidoramente puyándole con la punta de los codos sus doloridas costillas. “¡En el sexto sales pajarito!”. Campanazo y fin de round. Pero ya Romualdo tiene la duda...”¡Que rápido pasa el tiempo en mi esquina!”, El Poto Mocho le hace aspirar amoniaco para reanimarlo, le exprime la esponja con agua fría por entre los genitales y Romualdito siente como un renacer. Vamos al sexto, con decisión y bravura, arrincona al chinito por su propia esquina con una seguidilla en combinación brutal, de jabs, cross, ganchos, todos tan fuertes que la defensiva del asiático se vio mermar ante la embestida del Romualdo. Fue entonces que el chino cae sentado y arañando las cuerdas junto a sus paisanos. Cuenta de ocho y las acciones se reanudan con más ímpetu. “¡Vamos Chucha Grande, remátalo!”. La fanaticada estaba delirante, el boxeador asiático baja las manos y él lo busca con un golpe en gancho al rostro, pero este lo burla con una finta hacia a un costado. El puño de Romualdo se pierde en al vacío, el asiático riposta con otro gancho en corto al hígado. Intenta salirse pero siente un dolor penetrante que parece rajarle desde el plexo a los riñones, un pertinaz entumecimiento le invade de sus genitales hacia abajo paralizándole las piernas. Cae de rodillas y boqueando sangre y baba espumosa se paraliza como una res después de recibir la mortal estocada de manos del matador.

“¡Párese mijito, levántese!”. Era la voz de don Gervasio Montero, su abuelo, pero él, seguía arrastrándose penitente por su calvario personal. Suena el gong el Poto Mocho brinca al centro del cuadrilátero y lo arrastra acomodándolo en la banqueta, le tiran agua por el vientre y por la jeta, le dan a inhalar un toque de amoniaco y medio lo devuelven al mundo. ¡Campana! comienzo del.. qué más da, a este chino lo voy a... “Ponte pilas Chucha Grande, muévete”. Si el asiático era una roca y su pegada era cada vez más poderosa, el séptimo asalto pasaba sin pena ni gloria. Una mano del criollo impacta al mentón del rival, éste se dobla e intenta agarrarse, Romualdo lo aparta y con renovados bríos descarga una furiosa ráfaga de golpes a la cabeza que impactan en la cerrada guardia del asiático. Acorralado en la esquina neutral, el chino se recuesta en las cuerdas oscilando el cuerpo hacia los costados, se sienta en una de las cuerdas del ensogado, baja las manos y Romualdo le envía un golpe recto de derecha al rostro, el chino esquiva con inusitada maestría y riposta con un jab que impacta en la punta de su barbilla y un gancho de derecha que al impactar en su sien lo tiró boca abajo en su propia esquina. Comienza otro conteo y de nuevo otro campanazo. El Chano se acerca al Peneca: “¿Que está pasando ahí carajo?”

“¿Que que está pasando, acaso estás ciego viejo? que los chinitos estos nos cagaron”.
El Chano puso la peor de sus caras, es decir todas. Entonces agarró el viejo maletín de primeros auxilios, lo vació y se fue directo a la taquilla. Otro campanazo y el Poto Mocho debe esta vez empujar al Chucha Grande al centro del huracán. Esta vez es el chino quien toma la iniciativa, el Romualdo intenta trabarlo, pero el chino le muele las costillas, los riñones, los bofes, todo.., Aquello era como el umbral de la muerte, intenta un último recurso, cabecea pero impacta con la frente del rival, un hilillo de sangre brota por el corte de una de sus cejas. “¡Campana, campana, toca viejo e´mierda!” El Chano había regresado ya sin maletín, sube a la esquina de su pupilo y le advierte: “Mira güeñe, párame oreja y no te desesperes, este round debe ser tuyo a como dé lugar, has ganado cinco de diez, uno más y el chino se entrega, déjalo que ataque, cúbrete y de pronto lánzale una de las tuyas”. Campana, el Romualdo se mueve indeciso, el chino se le viene encima, se cubre como puede, se enredan y él lo empuja y golpea por los costados, de repente el chino comienza a bajar el ritmo, éste le golpea el rostro pero siente que la potencia de los puños del asiático es débil. Escuchó tres palmoteos sobre la lona, señal ataque, lo busca y éste le enfrenta lanzándole una seguidilla de golpes por sus flancos, se protege retrocediendo e involuntariamente lanza un tímido recto de izquierda que siente apenas rozar la barbilla del chino, pero a quién ve caer, para su sorpresa sobre la lona. La cuenta pudo llegar a cien. En medio de pifias e insultos el árbitro levanta la mano al triunfante e invicto Chucha Grande, mientras el médico pide una camilla en la que sacan al chino en calidad de bulto hacia los vestuarios escoltado por la policía. Ahí resucitó fresco como una lechuga y de inmediato, acompañados por el Chano se fueron de allí bajando por la escalera de incendio esperando abordar el taxi que los aguardaba. Romualdo logró ver a uno de ellos llevarse el viejo maletín de cuero negro de los primeros auxilios: “¡Epa, chino, devuelve eso”, gritó. El Peneca le hizo un gesto conciliatorio: “¡Tranquilo muchacho, calma!, ¿te parece poco como lo dejaste?”. Y a falta de un doctor no quedó más remedio que darles el maletín.