Penco está lleno de historias olvidadas de pescadores que salieron a la mar y no regresaron. Se adentraban en sus botes a capturar la merluza que abundaba de tal manera que algunas veces cardúmenes acorralados por depredadores terminaban varados en la playa. La gente se reunía en las noches de luna menguante con faroles hechos de tarros y velas a pescar las merluzas despistadas ahí donde rompía la ola. A esta especie se le conocía en Penco como la “pescada”. Pero, como aquel no era una fenómeno común, los pescadores se iban en sus botes a remo a capturar pescadas con sus redes y trasmallos mar afuera. Durante el día zurcían las mallas hechas de tela de algodón, revisaban las pequeñas boyas para que las redes no se fueran al fondo. Estos flotadores eran de raíces de matas de chupones y tallos de puyas. Cuando caía la noche, se despedían y se iban rumbo al centro de la bahía o hacia la boca grande, desde donde se orientaban y decidían adónde lanzar las redes. Este trabajo de largas horas terminaba en la madrugada. Muy de mañana se veía el regreso de los botes con abundante captura de pescadas. La gente iba a la playa a comprar directamente a los pescadores. Había pescadores de todas las edades. Los viejos eran los menos, los niños eran los más que se sumaban a la aventura de la pesca nocturna en la bahía de Concepción. Recuerdo la imagen de uno de estos niños, cuyo nombre nunca supe, sólo oí que lo llamaban “Zalagarda” seguramente por lo risueño y parlanchín. Era de Cerro Verde. El “Zalagarda” salía a pescar y ganarse el sustento, en los botes con sus parientes pescadores. Cuando él estaba en la tripulación, las tallas llovían. Contaban que el “Zalagarda” cantaba en voz alta y que su voz se escuchaba en las noches en el ámbito de la pesca mar afuera. Durante esa faenas lo tenían que hacer callar para que no ahuyentara a las pescadas. Un niño púber, entretenido y querido. Pero, la actividad de la pesca no se daba siempre en condiciones de lago quieto. A veces se levantaba un sorpresivo viento norte y el mar se crispaba. Esos pescadores no disponían de los pronósticos meteorlógicos que pudieran manejar hoy. Una noche, el bote que llevaba a bordo al “Zalagarda” quedó atrapado en una marejada, volcó y se hundió. Los pescadores que horas después salieron en su búsqueda sólo hallaron flotando remos, parte de los aparejos y las boyas de raíz de matas de chupones y puyas. El “Zalagarda” sumó su nombre o su sobrenombre a la desconocida lista de pescadores de Penco que no regresaron y cuyos restos no aparecieron.
Convencidas del interés del público por la entretención, las editoriales como Warren, Cea y otras, publicaban toneladas de revistas de ficción o comics o historietas, las que venían en formato de cuadernos con tapas, contratapas y material interior a pleno color. Los quioscos estaban inundados de esas publicaciones ofrecidas a los consumidores, a la vez que florecían los mercados secundarios de revistas usadas o leídas en varios puntos de Penco.
Algunas escenas de BATMAN en historietas.
Por otro lado, como en esos años no había televisión, las salas de cines estaban siempre colmadas de público precisamente por esa carencia. Las películas permanecían semanas en cartelera, para que la viera el mayor número de gente posible. Las primeras transmisiones de televisión que se conocieron en Penco fueron precisamente a través del cine, porque algunos títulos incluían escenas hogareñas –de familias muy acomodadas y norteamericanas, por cierto—donde aparecían aparatos de televisión encendidos, en los que era posible ver ese fenomenal medio de comunicaciones en funcionamiento. Entonces la gente regresaba del teatro de la Refinería a sus casas comentando aquello que hoy es rutina, pero que entonces era una realidad muy lejana. Incluso hubo una película mexicana de un actor cómico que se titulaba “Te vi en TV”, que narraba una historia simplona, pero que en el fondo se proponía mostrar qué era la tele. Y para ese efecto, el teatro CRAV estaba con su capacidad completa.
Pero, volvamos a las revistas. No había casa en Penco, donde uno no encontrara una de esas revistas sobre la mesa. A veces uno se sorprendía porque familias completas estaban leyendo o viendo esas publicaciones, cada uno enfrascado en su tema, como hoy lo es la tele o el iPhone . Puesto que como en cada pieza es posible que haya un aparato, todos ven programas por separado. Algo así era la cosa con las revistas.
Como había tantas y de los más variados temas, la gente las coleccionaba pero no para guardarlas como recuerdo, sino para intercambiarlas. Las personas iban por la calle con turros de revistas bajo el brazo. Si se encontraba con otra que viniera caminando con otro lote, se paraban frente a frente, se saludaban, aunque no se conocieran, y procedían a cielo descubierto a cambiar revistas. Era posible que, incluso, llegaran a cambiarlas todas. Esto era típico, en las esquinas, gente intercambiando revistas. Pero, ¿de qué revistas se trataba?
Eran publicaciones de personajes o de acontecimientos, históricos, religiosos o ficticios. Algunos: Superman, cada revista era una aventura aparte; Batman y Robin con sus cuentos en ciudad gótica; Vidas Ejemplares, centradas en las vidas de santos sin duda detrás estaba la mano de la iglesia católica; Roy Rogers, El Llanero Solitario, Whiatt Hearp, Far West, eran títulos de episodios de vaqueros; Brick Bradford, un justiciero interplanetario; Bucaneros, cuentos de piratas; Tarzán y la Mona Chita. La lista de otros títulos era enorme. La mejor de esas editoriales era la mexicana Cea, los lectores la preferían por la calidad del papel, el color y la historia. Hoy en día una revista nueva de esa editorial comprada en un quiosco costaría unos 1.200 pesos. Así que era cosa de armarse de un lote para intercambiar y leer de segunda mano a costo cero. Pero, en Penco había negocios donde se efectuaban cambios masivos de revistas de segunda mano, claro que ahí había que pagar cien pesos por cada intercambio. Ese era el negocio; la diferencia en la calle era que no se pagaba.
Los niños se contaban los contenidos de esas revistas, hecho que generaba la necesidad por leer y ver la historia: texto y mono. Cuando se juntaban para el rito del intercambio el diálogo que surgía era más o menos el siguiente: No la tengo, la ví, la ví, no la tengo, la ví, te la cambio, no me gusta, está muy charra (descuidada o sucia) o –lo realmente más divertido--: ésa no le leí, pero me la contaron y no me interesa.
El caballo del Llanero Solitario fue un personaje en sí mismo.
También circulaban revistas truchas que tenían la pura tapa o que llegaban en los barcos que atracaban en Lirquén. Había que tener cuidado porque eran las que tenían el mejor aspecto y la tentación era grande. Yo caí en la trampa en una oportunidad: una revista de intercambio mostraba a un hermoso caballo blanco que tenía historias propias súper entretenidas, especialmente para las personas amantes de los animales y por añadidura era el caballo Plata del Llanero Solitario. Así que entregué una buena revista mía a cambio de esa del caballo. Por cierto que no le leí el título. Cuando la mostré orgulloso en casa, alguien lo leyó en voz alta: “¿Silver?”. Bueno, sólo entonces me di cuenta que la revista estaba en inglés.
Hasta década de 1950 las hortalizas en Penco se compraban en las verdulerías, en el mercado local, a vendedores ambulantes con canastos colgando de los brazos, en huertas de vecinos aplicados a los cultivos o había que ir a la vega de Concepción, un mercado al aire libre que se extendía a lo largo de calle Caupolicán desde Maipú hasta la línea del ferrocarril. La gente volvía con bolsas y pilguas (mallas) enredadas entre sus dedos llenas de productos. Tomaban el tren que tenía un paradero precisamente en Caupolicán y llegaban de regreso a la estación pencona luego de media hora de paciente viaje al ritmo del tac-tac de los vagones.
Porque en Penco no había feria.
Inicio de la feria en Robles esquina Las Heras.
Muchas familias suplían esta falta plantando ellos mismos las verduras necesarias en sus patios interiores. Así se abastecían de choclos, porros, betarragas, cilantro, cebollas.
Esta necesidad rondaba en esferas de la alcaldía, sin duda. Y había quienes proponían abrir una calle para que funcionara una feria al aire libre. Hasta que en el invierno de 1961 o 1962, la autoridad desplegó una gran campaña de información a la comunidad anunciando la propuesta de traer verduras frescas y sanas del norte. La gente se entusiasmó porque Penco dispondría de las mismas hortalizas que se vendían en Santiago. La campaña daba detalles de la procedencia de esas verduras: el valle del Maipo y Melipilla. Los camiones viajarían durante la noche para desplegar sus productos al amanecer, para que así las dueñas de casa de Penco encontraran avanzada la mañana una amplia variedad de productos frescos, cosechados la víspera en las chacras de las cercanías de la capital.
La primera opción para instalar la feria la tuvo la calle Robles. Así una mañana de ese invierno llegaron los primeros dos camiones con lechugas, apio, cebollas y papas. La gente se abalanzó por interés de comprar y por la novedad. Esa primera vez los feriantes recién llegado al pueblo ni siquiera bajaron sus productos para exponerlos en mesas, los comerciantes atendían arriba de sus camiones. Parte de ese equipo se las arreglaba para dormir en lonas debajo de las máquinas. Porque habían viajado toda la noche. Para ellos debió ser imposible conciliar el sueño en pleno día y con tanto bullicio de gente.
La llegada de la feria de hortalizas fue un hito en la historia comercial de Penco, porque cambió las costumbres y puso a la ciudad al ritmo de la cultura de las ferias de la capital. Lo que comenzó como una idea para suplir temporalmente una carencia terminó por quedarse y desarrollarse. Otro de los argumentos para darle luz verde a los camiones fueron los precios bajos, porque se trataría de productores directos. Claro que la abundancia de hortalizas, sin embargo, no fue coherente con la retórica, porque las verduras nunca fueron una ganga. Junto con las ofertas, la feria pencona se convirtió en un paseo público y en un centro para hacer política. Los candidatos no escatiman esfuerzos para darle la mano a sus potenciales electores en la feria de calle Robles.
Una enorme variedad de ofertas y buenos precios se pueden hallar en la feria de Penco.