Tuesday, July 12, 2011

EN CERRO VERDE NO OLVIDAN A QUIEN FUERA SU PATRIARCA

El cortejo comenzó a subir hacia el cementerio desde Cerro Verde Bajo luego de cruzar la línea del tren y pasar junto a la chacra de los Pradenas, porque ése era el camino más corto. Ocho personas agarraban el ataúd por las manillas y subían trastrabillando por el sendero de tierra roja recién mojada por la lluvia de ese invierno. Los zapatos habían aumentado su peso cuatro veces, por la cantidad de barro que se pegaba a las suelas. El sendero serpenteaba la hermosa colina plagada de retamillos. Los portadores de la urna hacían sus relevos para aliviar el cansancio entre resbalón y resbalón. Algunos niños tomados de las manos de sus mayores volvían sus pequeñas cabezas hacia atrás y quedaban extasiados con la hermosa bahía de Concepción que se abría a la vista por encima de las casas de Cerro Verde Bajo. El cortejo iba en silencio subiendo la cuesta. Adelante, en primer lugar, avanzaba apoyado en un palo a modo de bastón un hombre fornido, alto, de bigote frondoso e hirsuta cabellera rojiza. Parecía un patriarca que iba diligente a devolver a la tierra a algún ser querido o una persona conocida. Era Mister Campbell. ¡Cómo no, si él asistía a todos los funerales de vecinos –su gente-- de Cerro Verde Bajo!

Esa tarde invernal de 1954 el cielo estaba densamente nublado, soplaba un fuerte viento norte tan helado que se filtraba entre las ropas enfriando los cuerpos de los vecinos concurrentes al sepelio de tal manera que aquellos daban diente con diente. La lluvia se desataría en cualquier momento y el cielo se vendría abajo sobre esa aguerrida gente.
El modesto cortejo entró en el cementerio por una rajadura de muro que hoy no existe ubicada en dirección a Cerro Verde Bajo. Chapoteando sobre las charcas de los estrechos pasillos del recinto, los portadores de la urna, los deudos, los dolientes, los vecinos más próximos y los conocidos se detuvieron por fin. A una orden de Mister Campbell el ataúd fue dejado sobre los cascajos del suelo. Las mujeres que venían rezando a media voz desde la misma casa de la finada se callaron y de pronto, en un instante, la paz fue absoluta. Se pudieron oír con toda claridad el silbido del viento colándose entre las ramas desojadas y los graznidos de las aves del bosque que rodeaba el cementerio.

Tres niños curiosos se soltaron de las manos de sus mayores y corrieron a mirar el interior de la fosa excavada por dos obreros. Esos trabajadores presentes en el entierro con sus palas en ristre permanecían atentos para tapar el agujero una vez que finalizara la modesta ceremonia. Los niños vieron que el hoyo estaba semi cubierto de agua barrosa. Ellos mismos querían ver cómo se hundiría el ataúd en el fango. Pero, antes de eso había algo en el programa que todos sabían: el discurso de Mister Campbell.

El patriarca de Cerro Verde dio un paso adelante y se ubicó entre el ataúd y los dolientes. Los miró de frente y sin fijar la vista en ninguno dejó oír su voz cargada de figuras retóricas, porque eran los años nerudianos de la poesía y el canto; y las hipérboles:

--Hoy Cerro Verde apagó sus chimeneas; está de luto; toda su gente vino a despedir a nuestra querida vecina Francisca. Y desde la muerte ella lo sabe. Esta es la despedida más triste de una pobladora de la que esta tierra guarde memoria…--

Ése era Mister Campbell, así le decían a Eduardo Campbell Saavedra, vecino de Cerro Verde Bajo, educador y formador de juventudes. Creó un grupo juvenil que vestía pantalón blanco, zapatillas de gimnasia y camisas verdes. Iban a los desfiles del pueblo con sus estandartes y Mister Campbell a la cabeza. Fue la voz de los sin voz en Cerro Verde, golpeó puertas y clamó por ayuda para la gente más desposeída del sector. Era un hombre apasionado por la causa de los más pobres. Sin embargo, había en él contradicciones propias del ser humano para algunos difíciles de explicar: Era comunista y profesaba la religión católica.

Cuando el presidente Gabriel González Videla decretó la Ley Maldita en 1948 que disponía la detención de todos los dirigentes comunistas para ser relegados en Pisagua, Mister Campbell fue al primero que agarraron en Cerro Verde. Junto a varios otros los militares lo echaron en un tren hacia el norte. “Pero, llegué hasta Punta de Parra solamente, donde me bajaron y ahí quedé detenido hasta que vino la gente de Cerro Verde a exigir mi libertad”, comentó una vez en un acto público. Efectivamente Mister Campbell no llegó a Pisagua y regresó en andas a Cerro Verde acompañado de decenas de pobladores.

Por otro lado, todo Penco recordará que el grupo juvenil de Cerro Verde creado por Mister Campbell participaba activamente en la Procesión de la Virgen del Carmen en noviembre. Como siempre él encabezaba el grupo inserto en el largo peregrinaje de la procesión por las calles penconas.

Era un profesor atípico, vestía suelto contrario a las rígidas reglas sociales de entonces. Asistía a clases sin corbata, no usaba vestón, prefería las casacas. El recién nombrado director del establecimiento donde Mister Campbell ejercía le hizo saber que él preferiría verlo vestido como los demás docentes: terno y carbata. Pero, Mister Campbell no le hizo caso, siguió viniendo como siempre. Entonces el director le envió una nota: que asumiera que un profesor debería serlo y parecerlo.

Al día siguiente todos en el colegio no lo podían creer, apareció Mister Campbell vestido de riguroso traje azul oscuro bien planchado, camisa blanca reluciente y una corbata nueva en el tono, los zapatos impecablemente brillantes. ¿Era aquel el profesor Campbell que todos conocían? ¡Sí, era él!

Vestido así se presentó en la dirección del establecimiento y pidió ingresar a la oficna del rector. Éste lo hizo entrar. Entonces Mister Campbell caminó a paso seguro y fue directamente al escritorio de la autoridad académica. Miró al rector sin dirigirle la palabra. Dio media vuelta, regresó caminando a la puerta; de allí caminó nuevamente hacia el pupitre donde sus ojos chocaron con los del rector, pero sin mediar palabra. Giró caminando en círculo, para que el rector lo mirara de punta a cabo. De ahí volvió a la puerta y se fue. El rector quedó pasmado por tan insólita visita que no incluyó comentarios. Fue ésa la única vez que Mister Campbell vistió como un maniquí para el rector. La escena no se repitió y al día siguiente, volvió a la rutina de su vestimenta…

Con su partida Mister Campbell dejó a Cerro Verde lleno de recuerdos y mucha gente agradecida de corazón. El medio académico local recordará por siempre su irónico desfile en la pasarela imaginaria de la oficina del rector. Hoy una hermosa escuela lleva merecidamente su nombre a la entrada de Cerro Verde Bajo.

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