Tuesday, June 02, 2020

LOS ESTIBADORES DE PENCO Y LIRQUÉN DURANTE EL SIGLO XX DESCARGABAN LOS BARCOS A PURO ÑEQUE

EX DIRIGENTES DE LOS ESTIBADORES de Penco, de izquierda a derecha: Carlos Wedel, tesorero; Rodolfo Jaramillo, secretario; Marcelino Vera, vicepresidente; y Julio Navarrete, presidente.

          En los años 60 y los 70 cargar o descargar buques en el muelle de Lirquén era una tarea pesada porque los productos o venían a granel o en sacos de 80 kilos. El cuerpo sentía ese peso ya fuera en el interior de las bodegas sorportando altas temperaturas y encierro o en cubierta al aire libre, a veces bajo fuertes aguaceros. No había excusas, la tarea tenía que cumplirse en los plazos porque las navieras imponían exigencias; para ellas un retraso les significaba la pérdida de miles de dólares. Estas presiones: las metas, los horarios, la severa mirada del capataz y las inclemencias atmosféricas hacían de los estibadores hombres bizarros. 
          En los años 60 en Penco el gremio marítimo tenía su sede en calle Maipú a pasos de Freire y al lado del paradero de buses, que consistía en un refugio metálico instalado en la vereda que hace años fue retirado. Arrendaban ahí una pieza amplia cuyo amoblado recordaba una sala de clases con butacas y un escritorio frontal al fondo. Allí se reunían los estibadores así fuera para tratar materias gremiales como para la asignación de tareas, esta última consistía en la confección de una lista de nombres correspondientes a los trabajadores que atenderían tal o cual buque, según los requerimientos. Se llamaba «la nombrada». Estar en esa lista significaba tener trabajo y, por tanto, buena paga. Pero, la prioridad para ser incluido la tenían los socios activos del sindicato. Sólo cuando se producían ausencias, suplía un trabajador no afiliado, al que llamaban «medio pollo».
EL EX VICEPRESIDENTE Marcelino «Nino» Vera es entrevistado por un reportero en Valparaíso. 
           Los días en que se confeccionaba «la nombrada», esto era en vísperas de llegadas de buques, los «medios pollos» se achoclonaban en gran número en la puerta de la sede para probar suerte. Los más audaces ponían el pie en el umbral, en cambio los más tímidos o con menos influencias, esto es con menos pitutos, esperaban a distancia prudente que se produjera un milagro: la convocatoria. Las butacas estaban reservadas a los estibadores titulares quienes desde ahí escuchaban las propuestas, la conformación de las cuadrillas, los buques y la carga: «la nombrada». En el escritorio frontal se ubicaban los integrantes de la directiva, la que había sido elegida por votación de los socios, incorporada oficialmente a la confederación nacional y aprobada por la empresa portuaria.
EX INTEGRANTES DEL Sindicato de Estibadores, a la izquierda un señor de apellido Díaz; y a la derecha, Óscar Vera.
        Esos dirigentes tenían prestancia sindical. Vestían impecablemente, corte de pelo, bien afeitados y, dentro de sus tareas mantenían fluida comunicación con representantes nacionales (FEMACH), con sede en Valparaíso. Por lo que había muchos viajes tanto de Penco y Lirquén al puerto como viceversa. Su categoría de dirigentes establecía una diferencia con el resto de los asociados y los convertía en figuras nacionales dentro de la organización. Los sindicatos de estibadores eran poderosos. Una huelga interrumpía la economía por su base: el intercambio comercial del país. Sus contactos internacionales, en particular con sus congéneres norteamericanos, acrecentaban su poder. Por eso no era de extrañar que de vez en cuando llegara una invitación, hecho que permitió a varios de esos dirigentes viajar a Estados Unidos, seguramente a los puertos de Philadelphia y Los Ángeles.
             Los estibadores de Penco, primera línea en la interacción con los buques extranjeros, tenían un privilegio con respecto a los pencones comunes y corrientes, porque accedían a productos exclusivos que traían los marineros y que no estaban en el mercado local, por ejemplo los wiskies, perfumes, cigarrillos, blujeans. En cantidades mínimas los trabajadores marítimos los adquirían a los tripulantes a precios convenientes y los podían revender o regalar entre sus amigos de la comunidad. Era quizá la única ventaja glamorosa de un trabajo propio de hombres rudos.
              Este panorama que hemos descrito se modificó con el aumento del comercio internacional, la automatización y la incorporación de los contenedores. Hoy en día los estibadores ya no usan un garfio de fierro para enganchar sacos, cargarlos en bandejas que se izaban al cabezal del muelle para que la cadena de transporte prosiguiera por tierra.
EL GREMIO DE ESTIBADORES durante un paseo en las cercanías de Penco. A la derecha de traje oscuro, Óscar Vera, y a su lado, más bajito, Guillermo Betancur (Q.E.P.D.), recordado estibador en el ambiente portuario.
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NOTA DE LA REDACCIÓN: Las fotografías fueron facilitadas a nuestro blog por Carlos Wedel, quien a su vez las obtuvo de una hija de don Óscar Vera. Gracias.

Sunday, May 31, 2020

TRADICIÓN LOCERA DE PENCO VIENE DE ANTES DE LOS ESPAÑOLES


En el Día Nacional de Patrimonio año 2020,
Un homenaje al
PENCO ALFARERO
Por Jaime Robles Rivera, Pdte. Soc. Historia de Penco

JAIME ROBLES
No se puede comprender el itinerario histórico de Penco, sin la relación estrecha que desde su más remoto origen tuvo nuestro territorio con la tierra, y aquí me refiero literalmente a la tierra, a los minerales que ésta nos regala, los compuestos arcillosos: en lo particular la greda y el caolín.
En el Penguco ancestral, el actual Penco, anterior a la irrupción de la hueste de conquista, hacia 1550, la alfarería estaba totalmente integrada a la vida cotidiana del pencoche originario.

En prácticamente todas las culturas primigenias los recursos de la naturaleza han sido pródigamente usados para distintos fines, tanto en lo utilitario como en lo ceremonial. Más aún cuando esos recursos se encuentran en abundancia, y ello ocurre hasta nuestros días, con respecto a la greda, en Penco.
Además, la greda se convierte en un punto de convergencia entre el peninsular y el aborigen, dentro de lo distinto que son, de lo extraño el uno para el otro, la alfarería al menos es conocida por ambos.
Los españoles andaluces la elaboran finamente gracias a la influencia árabe de 700 años, botijas y tinajas llegan a América, y acá son incorporadas al repertorio de la naciente artesanía criolla.

Es tan evidente y estrecho el vínculo de Penco con el mineral arcilloso, que una de sus más emblemáticas poblaciones lleva el nombre de "Población La Greda", ubicada en el camino hacia Concepción, antes de llegar a Cosmito.

En el más incipiente desarrollo industrial, de la alfarería pencona, podemos encontrar alguna primera reseña, la que se remonta a los principios del siglo XIX, hacia los estertores de la guerra de Independencia. En 1822 visitó Chile María Graham, viajera y escritora inglesa. Quien compartió tertulias con O'Higgins y Lord Cochrane, en su escritos de viaje hace una referencia a los artículos que se venden en un mercado de Valparaíso.
Relata María Graham:
... la gente del pueblo expone en venta ponchos, sombreros, zapatos, tejidos, útiles de greda y algunas veces jarros de greda fina de Melipilla o de Penco y tacitas del mismo material para tomar mate..."

Junto al uso utilitario doméstico, los primeros emprendimientos en Penco, asociados a la greda, fueron la elaboración de tejas y ladrillos, lo que se acentúa hacia la segunda mitad del siglo XIX.
Esto resulta natural para una ciudad que debe volver a ponerse de pie después de una seguidilla de terremotos Además del cataclismo del 25 de mayo de 1751, que obliga a Concepción a buscar otro emplazamiento, alejado de los maremotos, estaba reciente en la memoria el terremoto de 1835, que terminó por echar al suelo, lo que el anterior había ignorado a su paso. 
Ese mismo año del terremoto 1835, la firma Briges y Cía. de Valparaíso, compra una pequeña fábrica de ladrillos y cal, ubicada en un extremo del pequeño villorrio de Penco. Su intención fue ampliar el rubro y fabricar además tejas, adornos para jardines y vasos de tierra cocida.
 
En lo que se refiere a la cerámica, la primera industria de este tipo en Penco, se llamó "Fábrica de loza i artefactos de arcilla de Penco" Su impulsor fue el empresario penquista Roberto Lacourt, hacia 1888.
Al poco andar le faltó capital y debió vender la empresa a los inversionistas de Valparaíso: Agustín Edwards y Carlos Van Buren, proyectándose una nueva sociedad que mantuvo el nombre inicial de la industria e inyectó los recursos necesarios, comenzando con una política de adquisición de terrenos eriazos en Penco para utilizarlos, luego, como yacimientos de minerales para la fábrica.

Un nuevo tropiezo se presenta al emprendimiento locero: La guerra civil de 1891, que termina dramáticamente con el gobierno del presidente Balmaceda.
Pasada esta enorme crisis institucional, recién se vuelve a retomar el proyecto empresarial alfarero de Penco, en los primeros años del siglo XX.

En 1905, la empresa fue comprada por la sociedad constituida por Juan Gotelli y José Kemn, ceramista industrial de Los Sauces. 
Ellos lograron darle un gran impulso a la empresa con la vajillería de loza, llamada en Europa “Porcelana dura”.
Veremos que la consolidación de una industria locera en Penco, tomo décadas, muchas voluntades y mucho cambios de dueños... 
Gotelli y Kemn, deciden vender a la firma Weir Scott; que la adquiere más con fines especulativos, ya que al poco tiempo también la enajena, a favor del empresario pencón de origen italiano Luis Mancinelli. 
Mancinelli era un reconocido comerciante de Penco, pero no pudo manejar bien la industria, y por tanto, también la vende en 1927.
Ese año, el de 1927, marca un antes y un después en la historia de la fabricación de loza en Penco. 
Debieron pasar 40 años, y muchos traspasos de propiedades, desde el primer emprendimiento locero, para que al fin se pudiera afianzar.

Aparece en escena el ciudadano español Juan Díaz Hernández, quien la compró a fines de 1927, inaugurándola como:
Fábrica Nacional de Loza” aparece entonces, por vez primera la recordada e icónica marca "FANALOZA"; de ello, hace ya 93 años.
De ahí para adelante, todo es crecimiento y consolidación. Juan Díaz involucra en el negocio a toda su familia, a sus 7 hijos.
Hacen estudios en Europa, para conocer de primera fuente todos los entretelones de la elaboración de cerámica fina. Así, junto con la elaboración de la loza funcional y utilitaria, van apareciendo con el paso de las décadas, áreas de producción de piezas decorativas o también de uso domestico pero con un notable sello artístico.

En ese sentido, sus máximos logros fueron las icónicas líneas Sussex Bone China, Walter Stark y el ya famoso Plato Willow, además de floreros, vasos, platillos y jarrones. 
Pero la relación de Penco con la industria de la loza, no se queda sólo en la elaboración de piezas cerámicas de la más alta calidad, de reconocido prestigio más allá de las fronteras nacionales. 
Fanaloza lograría una verdadera simbiosis con los pencones, que generación tras generación irían siendo parte de la empresa, de padres a hijos se traspasaría el talento y la mística para el trabajo locero. 

Hasta nuestros días, dentro de la comuna se reconoce que una alta proporción de nuestros vecinos, son parte de la llamada "Familia Locera". Es que junto a la empresa hicieron sus vidas, formaron sus familias, criaron a sus hijos; y la empresa, Fanaloza, a la par, fue entregando a la comunidad progreso y bienestar.

Desde un teatro, que en 1933 inauguro el Presidente Arturo Alessandri, hasta el Hogar Sindicato Industrial reinaugurado en 1945, ya que el anterior había sido destruido por el terremoto del 39; Fanaloza, irá cada vez más identificándose con Penco y su gente.
Así se desarrollan proyectos habitacionales para sus trabajadores, en diciembre de 1948, el presidente de la época, Gabriel González Videla inaugura la primera población locera de Penco, y en homenaje a su fundador, fallecido en 1932, pasó a llamarse población "Juan Díaz Hernández", hoy la conocemos como población Fanaloza. 

En enero de 1963, se inaugura una segunda población locera, a la que se le dio el nombre de Facundo Díaz, en recuerdo de uno de los jefes fallecidos, quien puso en marcha la planta de azulejos y sanitarios, y uno de los hijos del fundador de la fábrica.
Junto a el desarrollo habitacional, se dio un gran impulso al aspecto deportivo y cultural. 

En Penco, como en toda ciudad industrial, se mantenía una sana y permanente pugna entre los talentos deportivos de las distintas fabricas, y en Penco, los clásicos rivales fueron Fanaloza y Refinería Crav. 
Las Olimpiadas permitían poner a prueba las capacidades de los atletas, en las diversas disciplinas, y los laureles eran compartidos, según el merito de cada equipo, en bregadas competencias, que se acompañaban con el himno oficial del deportivo Fanaloza, que en uno de sus versos pregonaba:
¡Viva el Fanaloza! ¡Viva con Honor! / será este grito que vibre en la canción.
 
Un periódico también circuló al interior de la planta de Fanaloza, y a la comuna entera, ya que en cada familia pencona al menos había un locero, que llevaba un ejemplar al hogar.
Como señalaba al inicio de éstas breves líneas, Penco y Fanaloza han ido más allá del inicio y término de una razón social empresarial. Esa relación se incorporó y arraigó en la gente de Penco, es parte consustancial del Patrimonio local.

Por ello que en los relatos, en las calles, en las poblaciones, en los objetos y en la mesa de cada familia pencona, estará eternamente presente Fanaloza. 
Para los hijos de Penco, un verdadero tesoro cultural e histórico a preservar y difundir.
                                    Jaime Robles Rivera
                                Sociedad de Historia de Penco






Tuesday, May 26, 2020

INMOBILIARIA DEMUELE LAS ANTIGUAS CABALLERIZAS DE COSMITO

Cara sur de las caballerizas de Cosmito, hoy son demolidas.

          Una empresa inmobiliaria inició las demoliciones de los viejos caserones ubicados en la loma sur de Cosmito, antes un fundo, hoy un sector urbano ubicado junto al camino que une a Penco y Concepción, que en sus buenos tiempos fueron las caballerizas de la hacienda, entonces propiedad de CRAV. Esas añosas edificaciones con estilo arquitectónico particular son o fueron parte del paisaje de Cosmito. El nuevo proyecto implica la demolición total, la nivelación superior del terreno y la construcción de edificios de departamentos.
Estructuras como la lechería, al fondo, y la zona de las vacas a la derecha, construidas
con gusto y estilo arquitectónico. 
          Allá por 1940 cuando la refinería de azúcar exploró opciones para reinventarse, destinó una gran cantidad de recursos para echar a andar un proyecto de producción de alimentos en ese fundo. Para tal fin creó la hacienda Cosmito y para hacerla realidad contrató a un especialista en Europa: Walter Zwillinger. Este ingeniero llegó con su esposa a Penco y diseñó la gran máquina de producción de hotalizas, frutos, leche y carne. A todas las construcciones del proyecto que hubo que hacer le imprimió el sello de la arquitectura de los campos de Austria, su país natal: Tejas, muros blancos, serchas café oscuro. Esos trabajos debieron ser muy costosos para CRAV, pero la empresa le dio el amén a Zwillinger y el proyecto siguió adelante, hasta que la hacienda estuvo completa. La explotación de Cosmito como hacienda no duró lo que se esperaba porque al final de cuentas los ingresos no alcanzaban a cubrir los gastos de la marcha de la empresa. Hasta que CRAV perdió la fe y vino un viraje a un sistema de explotación con la participación de medieros. Después los medieros fraccionaron sus partes, las vendieron y comenzaron a instalarse viviendas donde antes hubo generosos terrenos agrícolas... Lo que pasa hoy en día en Cosmito ya es cuento conocido.
La entrada a las pesebreras de los caballos, nótese el estilo y la dedicación original. La foto fue tomada cuand ahí funcionaba una fábrica de puertas.
          Para complementar este panorama macro, me detendré solamente en las caballerizas. Eran una obra de arte. El interior perfectamente compartimentado para los caballos, con sus pesebreras limpias y comederos impecable. Los animales desde sus cubículos tenían vista al camino público a través de ventanas a la altura de sus cabezas. La puerta por donde entraban y salían los caballos cada mañana o cada tarde estaba diseñada a semejanza de una gran herradura, hecha en piedra y ladrillos. Además, en ese punto había una estatua de bronce de un caballo modelada con mucho gusto artístico, que el día menos pensado desapareció junto con la decadencia de la hacienda. ¿Por qué hubo tantos caballos tan bien cuidados? Porque al igual que los bueyes fueron la fuerza motriz que accionó los engranajes de todo el sistema.
La estética europea de la antigua Granja Cosmito.
           Esto que hemos presentado es un resumen de los buenos tiempos de Cosmito. No vamos a hablar de nostalgias, para no causar las risas de los inversionistas ni tampoco para aguar los sueños de quienes quisieran vivir allí. Mientras tanto, retroexcavadoras, demuelen aquellos estilosos galpones. Esta actividad de echar abajo lo que haya, con el fin de recuperar espacios para dedicarlos a otros fines, es un testimonio más de cómo la historia también se reescribe con un chuzo y una pala.
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Nota de la editorial: Agradecemos la alerta de información que nos hizo llegar Andy Urrutia Riquelme.

Saturday, May 23, 2020

NUESTRO PATRICIO RENÁN SE ENCUENTRA BAJO BUENOS CUIDADOS

PATRICIO RENÁN junto a  Miguel Avendaño, dos amigos de infancia, en un encuentro
de pencones en Santiago, el 16 de octubre de 2006. 

          Nuestro cantante pencón Patricio Renán («Son Recuerdos») se encuentra internado en un hogar para adultos mayores en la avenida Príncipe de Gales, comuna de La Reina, en Santiago desde un par de semanas antes del inicio de la peste que nos afecta, según nos informó el doctor Julio César Arriagada, amigo de infancia del artista, quien lo visitó tanto en ese lugar así como también anteriormente en el hospital El Salvador,
PATRICIO RENÁN en una visita a la tienda Menaje LINA
de Penco, aprox. el año 2006. Junto al cantante, aparece
Luis Navarrete F. (Foto facilitada por LINA).
donde permaneció recibiendo atención médica debido a un accidente que le ocurrió en su domicilio. A principios de enero del presente año, Pato sufrió una caída en su casa, accidente que le causó un grave problema a una cadera, hecho que obligó a que lo internaran. Una vez que fue dado de alta, su esposa Maritsa Olivares, quien reside en Estados Unidos, 
lo trasladó al recinto en el que se encuentra en este momento donde recibe buenos cuidados y atenciones. El doctor Arriagada nos dijo que el Pato padece un principio de demencia senil que se le comenzó a presentar hace un tiempo. El cantante tiene 75 años. Sin embargo, se halla bajo condiciones adecuadas para su estado de salud en su actual residencia. Su familia, esto es su esposa y sus tres hijos: María Verónica, quien es enfermera en Estados Unidos y vive en Nueva York; María Elena, dedicada a actividades relacionadas con el arte, vive en Miami; y Sebastián, el menor, quien es docente y vive en Las Vegas donde se desempeña como profesor, financian la permanecencia de Patricio en el hogar que hemos mencionado.

        Antes del inicio de las prohibiciones de visitas a raíz del Covid 19 y de las cuarentenas añadidas, el Pato fue visitado por artistas de la Nueva Ola: Marisa, Wildo, el Pollo Fuentes. Ésas ha sido muestras de solidaridad de esos artistas para con un colega dignas de destacar. Ex gente de Penco también estuvo con él, como por ejemplo dos hermanos Guillet, hijos de don Raúl Guillet Léliva, ex administrador de la Refinería de quienes el Pato es muy amigo. «Lo importante –nos dijo finalmente el doctor Arriagada˗ es que Patricio está bien atendido, en un lugar decente, no ha sido olvidado, lo recuerda harta gente y muchos preguntan para saber acerca de su estado de salud».

Saturday, May 09, 2020

UN RECORRIDO POR EL ALMA DEL BARRIO SAN VICENTE DE PENCO

NOTA DE LA EDITORIAL:
El texto de esta nota fue preparado por Abel Soto Medina, vecino por toda una vida del Barrio San Vicente de Penco. Sus descripciones del entorno y sus relatos de las personas  con nombres y apellidos  —y en algunos casos también con simpáticos apelativos— que fueron de ahí o que ya no están constituyen un testimonio vivificante de ese sector urbano de la comuna. Esta crónica demuestra que San Vicente no es una calle más, sino un barrio con todas sus letras de gente conocida, de familias, de comerciantes, deportistas y de trabajadores que comparten un presente y que atesoran infinitos recuerdos. La narración de Soto Medina está llena de imágenes desempolvadas con chispazos de picardía que hacen amena la lectura del texto de principio a fin. 

CLUB BARRIO SAN VICENTE (1957, aprox.)
De pie: Ascanio Ravanal, Andrés Figueroa, Francisco Cartes, Claudio Figueroa, Humberto Aedo (arquero), Manuel Aedo, Rolando Alarcón, Belisario Sanhueza, Santiago Moncada (DT); Agachados: Gabriel Muñoz, Adrián Sepúlveda, Juan Romero, Jorge Latorre, 
Humberto Monares.
                                        POR  ABEL SOTO MEDINA
ABEL SOTO MEDINA
    Observando una simple fotografía (de arriba) de un equipo de Fútbol del Barrio San Vicente y que estimo fue tomada por el año 1957, me hizo viajar a mi infancia, y en ese viaje voló mi imaginación para recordar a tantos vecinos que con sus características especiales fueron modelando ese bonito barrio. Cómo no recordar a la Familia de los Pérez, la Señora Olga, sus hijos Gastón, Erich, Manuel, Chamin y la preciosa Fanny, el mayor fue aviador y Erich un ingeniero civil, el barrio los respetaba y quería mucho por sus logros en esos entonces, y que fueron íconos para muchos de su generación y también para las futuras. Al vecino que le decíamos Tío Chicho, y que tenía una micro del recorrido Chillancito-Lorenzo Arenas, los jóvenes la empujábamos y él nos compensaba llevándonos a Concepción, pasado el puente Andalién. Su llegada al barrio, fue porque se casó con la Reina del Barrio, la Srta María Esparza. Luego de la casa del sr. Pérez, venía la señora Marta Schon y don Rubén con su negocio de cerveza, que eran parientes de la señora Gume su marido el Chico Herrera como ella le decía y sus hijas. La familia Rivera con varios hermanos, entre ellos Florencio y Guillermo. Contiguo la casa de Don Abel Torres, estibador de Huachipato, y que tenía una bodega de vinos, y que la gente le decía El Agua de Pipa, su señora Delia, dentro de sus hijas e hijos quiero distinguir al Chito Pipa, que recientemente emprendió el viaje sin retorno. Las familias Contreras y Sanhueza, ambas con numerosa descendencia, uno de los integrantes de la fotografía es Belisario Sanhueza, o el Challo. La casa de don Esteban Chávez, el conocido Casero Bueno, su señora Marta, sus hijas Marta, Margarita, Lela, sus hijos Daniel y Exequiel (Chechei), quien compró un camión bautizándolo Copihue, por su color rojo. Ah cómo no recordar los viajes en ese camión los 20 de enero a Yumbel, con pasada el Río Batuquito, o los paseos a los fundo Las Margaritas y/o Trinitarias, en el sector del Río Andalién o esas idas el 01 de noviembre al Cementerio de Curaco, cerca de Rafael.
La calle San Vicente de Penco, a la izquierda, por años fue el límite sur del plan de la comuna.

Don Miguel Maldonado su señora Fidela y sus hijas y don Rafael, quién la oficio de peluquero del barrio. Luego venía un sitio vacuo donde el abuelo Chequelo, tenía una pesebrera para sus bueyes. Hacia el cerro se avecindó la Familia Molina, que eran varios hermanos, me recuerdo a don Segundo, René, Juana, Olga, más hacia Freire don Pancho Seguel, formó familia llegando sus hijos Ester, Norma, Waldo, Pancho, Willy, Luzmira, y el Molo. Este lugar que pertenecía a don Fernando San Martín, se comenzó a poblar, llegando la Familia Sagredo, don Santiago Villegas y su señora Elba, sus hijos Fernando, Mireya, Santiago, Elba, y Nancho. Los Ulloa de don Pancho, su sra. Irma, sus hijos Orlando, Eduardo, Ángela, Jando. Los Pedreros Sagredo, con la comadre Eloísa y sus hermanos. El Viejo Tapia con la sra. Maggie y sus hijos. Luego venía un blok de albañilería similar al del frente de la calle, y dónde vivía don Osvaldo San Martín, La srta. Irma Pachi y su hermano, la familia de don José y Señora, con su negocio de leche con plátano, y sus hijos Chapolo, Ruth y Elías, La sra. Delia y la Mirsa, la familia Pino con los hijos, el mayor no recuerdo el nombre pero le decían Naranjita, Lucho, Teresa y Flor, Ricardo, luego había una sra. que sus hijas eran de apellido García, Anita, Elvira, Magdalena, y en la esquina el zapatero Abdón Vásquez, con sus hermanas Eva, Margarita, posteriormente también estuvo ahí el zapatero Salazar,
Calle San Vicente.
todo esto por el lado del cerro, y atravesando calle Freire, por el mismo lado, la casa esquina de don Santiago Peña, refinero y futbolista de Coquimbo. Apegada a esa casa había un negocio que lo atendía el sr. Urbina, que después hizo famoso su local en calle Maipú, y que dio origen al nombre de un conjunto que se llama «Los Parroquianos de Urbina», hay más casas, pero no recuerdo su gente. Los Ascencio sus hijos Santiago, El Cocheco, Manuel. La familia Poblete, sus hijas Inelda, Raquel, María Lorena, Segundo. Don Miguel Maldonado y sus hijos, Miguel y Fidela, Nina. Los hermanos Concha, Manuel y Fernando me recuerdo con especial cariño a Fernando un funcionario público que ayudó a muchas personas por su calidad humana y la de servidor público, entusiasta dirigente deportivo a través de su vida. Llegando a la calle Heras, se estableció un matrimonio con apellido extranjero don Otto Wedel, familia que falleció trágicamente en un accidente, dejando a un hijo del mismo nombre que con los años encontré en el área marítima específicamente como tripulante de un remolcador. En la primera casa de la esquina pasado Heras, vivió la familia Riffo, que una de las hijas se casó con el afamado futbolista Campeón con Coquimbo Crav el año 1963, me refiero al Chaguito Nova, hombre sencillo, afable y siempre sonriente, proveniente de una familia de Lirquén. Luego venía la familia de los Latorre, cuyo padre fue estibador de Huachipato, uno de sus hijos el Lalo con los años se transformaría en unos de los sastre de importancia de Penco, y Jorge que aparece en fotografía integrando al equipo de San Vicente; el barrio los conocía como Los Juaños, junto a sus hermanos Beto, Manuel, Juan, Gabriel otros que se me escapan sus nombres. Vecinos de ellos había un señor de apellido Soto, y también un poco más hacia Concepción. Los Sandoval que eran varios hermanos, El Goyo, Lorenzo, y en otra casa casi frente a la entrada de Galería del teatro Crav, vivía el sr. Sandoval, celador (guardia) de Refinería y que también se desempeñaba ad honorem como portero del Teatro, su hijo se destacó en las lides de fútbol de Penco como Arquero, y sin que sea peyorativo le decían «El Pavo Sandoval», y a propósito de porteros del teatro me recuerdo a Reyes, Coco Mora, Chepito Martínez, Baeza. Después mi recuerdo alcanza a una familia Chávez, que uno de los hermanos también era celador, otro joven de entonces estibador, a otro le decían El Corocho, y al final una familia Astudillo que eran varios hermanos y hermanas.
El antiguo Teatro CRAV, San Vicente al costado izquierd.

Cómo se termina la calle por el sector del cerro, regreso hacia Freire por la vereda del Teatro Crav, en cuya esquina cada tarde llegaba la sra. Santos, con su hija Blanquita, que fue el amor platónico de muchos adolescentes y jóvenes del barrio y de otras partes que llegaban al Teatro diariamente; ellas vendían productos como avellanas tostadas, piñones, castañas, dulces y golosinas, misma misión realizaba el sr. Careaga y su señora Berta. Todas esas delicias eran devoradas dentro del teatro mientras se exhibía alguna película mexicana o de cowboys. A propósito de películas, recuerdo Lo que el Viento se Llevó, Ben Hur, Los Diez Mandamientos, Al Este del Paraíso, Espartaco, 12 del Patíbulo, La Violetera, y las mexicanas El Gallo Colorado, Juan Charrasqueado o las de Cantinflas, Resortes o Tintán. En el estrado del Teatro recuerdo haber ido a ver la final del Radioteatro de Moya Grau, El Padre Gallo, y escuchado al conjunto de Rock de Penco, que se denominaba Los Truenos, cuyo cantante era un Joven de apellido Alarcón, y Omar Contreras tocaba el Bajo. Quienes conocimos las dependencias de todo ese edificio que incluía el teatro, había un ring de entrenamiento de box al que se ingresaba por el sector de la cancha de fútbol, los camarines de los árbitros, los 2 pabellones de baños que servían para el gimnasio y la cancha, y también para los púgiles, u otros deportistas que albergaba el complejo Deportivo Refinero. Cómo olvidar sus famosos bailes en el gimnasio, tanto para año nuevo como fiestas patrias, resaltando en la orquesta el sr. Candia, Chepito. Las inolvidables veladas de box con el peneca Rivera como ayudante, recordar a Misael Vilugrón un avecindado en Penco que participó en un torneo Panamericano; para los más viejos Peter Johnson, un ciudadano Peruano que residió en Penco, cuyos hijos siguieron su huella del box, siendo César un destacado Vice-Campeón Nacional Amateur en la categoría Pesado; sus clásicas peleas con Leandro Ortaly, un recuerdo a Cachano Burgos, Quico Jara, Tolé Jara, un medio mediano que con el Cachupín Sandoval sacaban chispas en cada encuentro, Vítoco Montesinos, Nova, Ulises Durán, Molina, aunque no lo vi pelear un recuerdo al Cacharro Tibaud de Concepción, y a los más jóvenes, Valencia, Peñailillo, De la Rosa, Cruces. El Club Social un restaurante que estaba dentro de las dependencias, y que atendía especialmente a los trabajadores de refinería, también fue parte de historia. Recuerdo de un señor de apellido Polaco, Mancowszky, que falleció quedando su señora y sus hijos Klauss, Johanna y una guagua que no pasaba de 3 años y que llamaba la atención por su pelo rubio y lo hermosa que era.
JUAN MUÑIZ VILA
En el Gimnasio que ya no está, todavía retumba el vozarrón de don Juan Muñiz Vila, un uruguayo, profesor de Educación Física, que había incursionado como DT en básquetbol y fútbol en Iquique sacando Campeón Nacional a sus equipos allá por los años 50, y que en Penco, con Coquimbo Crav salió Campeón a lo menos 4 veces en el Fútbol Regional. En básquetbol con el club Federico Carvallo, don Juan fue vice campeón de la liga de Concepción, Crav lo trajo para hacerse cargo de las actividades deportivas y que impuso sin duda su impronta, tanto en el fútbol, como en el básquetbol, grupo de scout, y todo lo que tuvo a su cargo que comprendía la recreación y deportes para los trabajadores de crav. Debo recordar también que fue entrenador del Club Alcázar obteniendo el Campeonato de Recopa de la Octava Región, dónde compiten los Campeones de cada liga comunal, un recuerdo también a los otros clubes pencones que obtuvieron el mismo palmarés, me refiero a Gente de Mar, Membrillar y Deportes Lirquén.
En estas humildes líneas y a través de ellas, un reconocimiento a todas las destacadas basquetbolistas de entonces, Amalia Villegas, las hermanas Figueroa, Lidia Monares, Rosita Cartes, Margarita Riffo, Estela Vergara, y por los hombres, Titín Figueroa, El «Sordo» Nova,
EL CARVALLO DE PENCO: 12 Carlos Romero; 15 Suárez; 7 Esparza; 5 García; 8 Muñoz; 9 Figueroa; 10 E. Cartens; 4 L. Cartens; 11 Ascencio y 6 Cabrera.
Juan Esparza, Suárez, Carlos Romero, Esteban Cartes, Chamaco García, en este ámbito hay que obligadamente hacer mención especial, no sólo porque es más joven que los nombrados, sino porque sin duda ha sido el más grande basquetbolista de la comuna me refiero a don Sandro Figueroa.
Siguiendo con mi recorrido ahora hacia el mar por el costado oriente de la calle, en toda la casa esquina Heras con San Vicente, vivía don Santiago Moncada, un enfermero que trabajó en la Clínica que tenía Crav justamente frente a su casa por Heras, pero que el terremoto del año 39 la derrumbó cambiando su ubicación a la calle
La desaparecida Clínica de la ex Crav en 
calle Las Heras al llegar a San Vicente
Membrillar, entre Freire y Línea Férrea. Pues bien, don Santiago aparte de sus labores en la rama de salud fue un entusiasta dirigente deportivo del Barrio, y precisamente aparece él como entrenador del equipo según registra la fotografía, cuyo encuentro fue con un equipo de la capital, encuentro que gestionaó él; cómo vecinos estaban la familia Herrera Pedreros, la abuelita Nina y sus hijos Margot, Nubia, Luis, Boris y mi compadre Williams, destacaba el negocio de las señoritas Pedreros, Nena, Trini, Nina, Carmela, y las sobrinas Alicia y Ana María, al lado un afamado y querido restaurante de la Señora Celfa, encontrándonos con la casa del señor Ériz, futbolista de Coquimbo en los años viejos. Luego venía la casa de la familia Dueñas, al lado en una vivienda antigua pero de material, vivió Carlos Vera con sus padres y hermanos, al llegar a la esquina había un local donde vendían pescados y mariscos de la sra. Zoila. Ya por Freire, mencionaré a la sra. Elda y Lolita con un negocio de abarrotes, hoy vemos al Miguelito prosiguiendo con la tradición familiar, recordando que él fue hijo de la sra. Elda. Más hacia el centro, las familias Salazar, Osorio, Matamala, y por el frente Los Millán, Chandía, Cuevas y la sra. Alicia y don Pancho. Atravesando la calle Freire había un edificio continuo de un piso, construido de albañilería y las ventanas tenían rejas de fierro, su construcción podría haber sido de los años 1850 en adelante, dado los deterioros que se apreciaban a simple vista; en esa esquina vivía la Familia Monares, los más conocidos el «Chiflín» y el «Chiflón», éste último es quién registra la fotografía. Don Pedro Zambra seguía a continuación, él fue un refinero que destacó cómo deportista especialmente en atletismo, su hijo Enrique lo hizo en el Ciclismo de Crav. El sr. Jerez y su familia, los Bustos, a cuyo hijo con cariño le decíamos el «Lauchita», al terminar ese bloque vivía don Carlos Romero, casado con una
MARÍA CANALES
señora María Canales, sus hijos, Juan, Roberto y otros que no recuerdo. Había un pasillo y estaban las familias Hermosilla, Figueroa, precisamente Claudio está en la fotografía, junto a Juan Romero, hermano de Carlos y que vivía en el sector, El Chamiza , personaje que siempre hizo de Tony en las veladas bufas que organizaba Crav, especialmente para la navidad.
Luego venía la gran puerta (que no existía) de los pabellones de madera que tenía su salida por el costado de la línea férrea, dichas construcciones vinieron a solucionar problemas habitacionales del personal de Crav por la destrucción del terremoto de año 1939. Aquel era un mundo aparte y escribían su propia historia, pero siempre ligados al barrio San Vicente, más bien eran el Barrio propiamente tal, le daban vida y anécdotas, vaya para cada integrante de familias como, Manuel Riffo, Benigno Varela, Guillermo Salgado, Pazmiño, Retamal, Canales, San Martin, Montesinos, Cabrera, Barriga, Pradenas, Bustos, entre otras y los Aedo; justamente los hermanos Manuel y Humberto Aedo, aparecen en la foto, éste último como arquero, mismo puesto que desempeñó años más tarde cuando fue campeón con Coquimbo Crav. En la última casa del barrio, por ese costado y la primera desde la línea vivía el señor Amador Corona, que era tornero de Crav, su descendencia a nivel de nieto, la tenemos con el profesor de música y su sobrino, hijo de Carlos que trabaja en una oficina pública de la comuna.
No quiero dejar pasar en éste viaje la casa de arriendo que tenía el sr. Pérez, en las laderas del cerro que nosotros llamábamos Hugo. Tenía su acceso por la misma calle que hoy sube hacia la Villa Belén y que poseía escalera con una cantidad infinita de escalones.
VIPLA (1955, aprox.)

De pie: Cisternas, Soto, Casanueva, Cañulao, Olmos y Zapata.
Agachados: Pedro Flores, Bello, Puentes, Barraza y Baeza.
En esa casa, tuvieron su paso destacados futbolistas que llegaron a Penco, especialmente a Fanaloza, pero me detendré en uno de ellos don Pedro Flores, quién había jugado fútbol profesional en Magallanes, y terminó jugando por Vipla de Lirquén, formando delantera con Bello, Fuentes, Barraza y Baeza, pero aparte de eso en los tiempos que todavía funcionaban los casinos en la playa de Penco, como El Bahamonde, Cuartito Azul, Bahía, Huambaly, él hizo construir unos flotadores de madera, una especie de catamarán que se impulsaban con un remo tipo kayak, total novedad para esos años. En tiempo de verano, nosotros nos ofrecíamos para llevarlos en las mañana desde de Playa Negra al sector de los casinos y los arrendaba a los turistas. y ya que estamos en ésta casa, y de ahí se aprecia claramente la caleta o calle playa negra, y como buenos vecinos del barrio San Vicente, un recuerdo para la Sra. Carlina Gutiérrez y sus hijas, las familias, Lagos, Solís, Ortega, Luthi, Jara, Ascencio, Franchís, Chandía, Careaga, Parra, Torrealba, Chandía, Neira, Llanos, Jara, Vásquez, Zambrano, Mardones, Contreras, González, Ruiz, la señora Marta y el Chinuna, y su hermana Toto.
Quiero mencionar, aunque no es de esa época a Sebastián Alarcón El Chatán que se avecindó con su restaurante Le Chatán, y que se fue a la eternidad hace unos años, pero que se identificó plenamente con Playa Negra, lo mismo que está realizando el amigo Mario San Martín con su restaurante llamado El Rincón de San Martín que es muy apreciado por vecinos y turistas.
ESTAMPA CLÁSICA DEL BARRIO SAN VICENTE. La casa de puerta celeste data quizá de comienzos del siglo XX y ha sido un ícono de la arquitectura urbanística de la era de las grandes industrias de Penco, en la esquina de S. Vicente y Freire.
En las líneas finales quiero mencionar al Chinito Muñoz, quién aparece en la foto junto al sr. Ravanal, quienes de una u otra manera representan al San Vicente del Cerro, hoy sector Bellavista, que en sus orígenes formaron las familias Latorre, Palma, Maldonado, Cabrera, Castillo, Carrasco, Ferrada, Pereira entre otras, así como también, Velásquez, Smith, Escalona, Novoa, Moncada, Amigo, Eriz, Cáceres, Aguilera, Lavín, Bustos, Vergara, Cabrera, Rivera, González, Bravo, Flores, etc,
Personajes inolvidables como, El Pelao Chuma, Zambo, Huaica, Tata Nino, Pata de Goma, Moroco, Chamiza, Cachúo, Chino Cabrera, Pata Gorda, Patas Cagá, Pelao Naty, Choño, Memo, Sanzón, Chundo, Juan Malo, Güeñe, ,Juan Cacho, Chipilín Zapata, Tito Castillo, Carlos Bandido, Pata de Guala, Chundo Vergara, Caco Monares, Mario Canilla, Chundo Bravo, Yeyo Bustos, Ñato Osorio, Perla, Chueco Challo, su hermano Quique, Huiche, Patanga, Mario Bala, El Baila, Chula, Chico Antonio, Teresa Monje, y los cantantes Cabeza de León, con sus canciones mexicanas, El Chaco con las románticas, y tantos otros que no afloraron en estos momentos, pero que también formaron parte del paisaje de entonces del Barrio San Vicente.
He dejado como epitafio a mi familia, resaltando a mi abuela Chepa, mi madre Hilda, mis tíos Carlos y Segundo, mis hermanos, mis primos, todos juntos formamos parte de ese barrio, nuestro Barrio San Vicente, y todo esto por haber observado una simple fotografía y que me hizo viajar por la memoria de mi infancia.
Abel Soto Medina
Aficionado a la historia
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Revisión de estilo Nelson Palma





Tuesday, May 05, 2020

LA MÁQUINA QUE PRODUCÍA MÚSICA

UN MECANISMO PARECIDO A ESTA COSA CON ASPECTO DE MÁQUINA GENERARÍA LA MÚSICA QUE EMITÍAN LAS RADIOS EN LOS 50, SEGÚN IMAGINABAN DOS NIÑOS MENORES DE 10 AÑOS.
          Un día con un amigo oíamos música clásica por una radio AM (no había otro tipo de emisiones públicas entonces), seguramente la «Cóndor» de Concepción. Mientras escuchábamos en silencio,  mirábamos el increíble azul de la bahía sentados en una banca en el patio de la casa de la tía Evangelina en el cerro Alegre de Tomé. El bello color del mar se debía al cielo despejado y precioso. La emisora emitía la novena sinfonía «Coral» de Beethoven . Entonces mi amigo que debía andar en los 8 años, me dijo: «siempre pienso cómo hacen la música». Lo miré y me interesó la pregunta lanzada al voleo. Pero, fue él mismo quien la respondió, casi como un monólogo: «Se me ocurre que ellos tienen una máquina grande y pesada encima de una mesa. Debe ser una máquina limpia de color café oscuro y brillante, con hartas piezas, perillas y ruedas. Esa máquina debe moverse sola después que la echan a andar, debe tener hartos hoyitos por los lados y por ahí sale la música». No supe qué pensar, pero valía la pena preocuparse por cómo lo harían en la radio para producir esa melodía que oíamos en ese día tan hermoso, tal vez en 1956.
          Si bien afinando el oído podíamos apenas destinguir algunos instrumentos, la polifonía era la mezcla perfecta que hacía que ninguno de ellos destacara en particular. Para producir eso, yo pensaba también atendiendo la lógica de mi amigo, era necesaria una máquina que sonara al unísono como si fuera un solo instrumento enorme y magnífico. O sea, no hay duda, tiene que ser una máquina, muy limpia y elegante, además.
         Mi amigo, cuyo nombre no recuerdo, pero le decíamos «Cachín» vivía cerca de la tía, salvo que su casa no tenía esa vista maravillosa. Su padre disponía de una fragua, trabajaba forjando fierros. Se ponía una pechera de cuero, guantes y unas antiparras redondas y oscuras. Sobre un enorme yunque apoyaba las barras de hierro ardiendo al rojoblanco, recién sacadas de las brasas de la fragua y comenzaba a golpearlas, una gran cantidad de chispas saltaba en todas direcciones a cada impacto. El «Cachín» estaba orgulloso del oficio de su padre. En el taller había una radio, de donde provenía la música popular. Esa vez cantaba Antonio Prieto. Mi amigo me miró y en su mirada yo recordé su idea. Pero, ahora había un agregado: un hombre cantando —de todas maneras al lado de la máquina, intuí que me decía el «Cachín» con sus ojos.
         En el siglo XXI mucha música emiten también los computadores, semejantes a la máquina que ideó mi amigo. Incluso, esos equipos puede producir su propia música creada a partir de programas y algoritmos. Sólo que esas composiciones interpretadas por sonidos de instrumentos inexistentes e ininteligibles carecen de la idea original que solo puede generar un cerebro humano inspirado.
         Esa noche regresamos a Penco en el tren chillanejo que en Tomé pasaba a las 8 PM. Durante el viaje en mi cabeza siguió rondando el misterio de la máquina de la música que había en las emisoras, cómo sería en detalle, cómo la cuidarían. Por las noches la debían tapar con un paño limpio y bordado y así el día siguiente un hombre la pondría en marcha y oiríamos sus inagotables composiciones musicales a través de la radio. La desmistificación y el conocimiento de la forma y la estructura de una orquesta vino poco después.
LA WESTERN-EASTERN DIVAN ORCHESTRA DE LONDRES, DIRIGIDA POR DANIEL BAREMBOIM Y EL CORO NACIONAL DE GRAN BRETAÑA, DURANTE LA INTERPRETACIÓN DE LA NOVENA SINFONÍA DE LUDWIG VAN BEETHOVEN.
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₁  Las radios populares de esos años difundían también música culta, aunque con menos frecuencia que la preferida por el vulgo. 

₂ El título de la música que los niños estaban oyendo lo supieron al final, cuando el locutor con voz grave dijo que se trataba de la sinfonía N° 9 «Coral», de Ludwig Van. Los dos amigos por su propia cuenta no tenían conocimiento de los créditos de esa música. 

Sunday, May 03, 2020

LAS SEÑORITAS RODRÍGUEZ: ANFITRIONAS DE GABRIELA MISTRAL EN PENCO

Esta es una foto antigua, de hará unos 12 años aprox. La flecha apunta al lugar de la calle
Cochrane donde tenían su residencia las señoritas Rodríguez, la que se ve insertada en el ángulo superior derecho.
            Imaginemos las calles de Penco en los años 40, gente por aquí y por allá haciendo trámites, compras o simplemente paseando. Cuatro hermanas frecuentaban también ir por ahí como todos, eran las profesoras Rodríguez o, como les decían sus vecinos, «las señoritas Rodríguez». Y una día junto con ellas, en amena conversación, caminó por nuestras calles Gabriela Mistral. Si estas fueran las imágenes para un documental de época, un editor de video las apoyaría con la melancolía de tangos, el salero del charleston, o tal vez con la voz del superestar Lucho Gatica. Pero, mejor entremos en el documental y enfoquémonos en las imágenes particulares de las señoritas Rodríguez. En lo formal, ellas seguían la moda; y cuando no compensaban presentándose de punta en blanco. 
          Por ejemplo, la señorita Ludomila Rodríguez, a quien cariñosamente le decían la «Lulito», profesora de la escuela N°32 de niñas, vestía impecablemente. Siempre muy bien pintada ella, en especial sus labios. Nada que decir del peinado, prolijo hasta el último detalle. Y las medias de seda, también. Motivo de su preocupación era que la costura estuviera en línea perfecta con su peroné. Nada de medias chuecas y torcidas, menos aún con los puntos idos. No.
LAS SEÑORITAS RODRIGUEZ en una foto del libro de Víctor Hugo Figueroa. Suponemos que tres de ellas son las que aparecen sin delantal blanco.
          La «Lulito» era la segunda de cuatro hermanas, conocidas en Penco como las señoritas Rodríguez. (Rodríguez Poblete). La mayor se llamaba Ana Elvira, de una personalidad muy dulce, según nos cuenta la profesora de inglés de Penco, hoy con residencia en Concepción, Luz Irene Contreras quien las conoció bien porque eran sus vecinas en calle Cochrane. La tercera se llamaba Rosa Elena y la cuarta, Carmen Rosa, inteligente y jovial, de acuerdo con la descripción de la misma fuente.
GABRIELA MISTRAL
          «Yo las visitaba con alguna frecuencia, porque vivíamos al lado», nos dijo Luz Irene. Y nos contó una curiosidad: «En una ocasión, mientras me encontraba en el comedor de su casa conversando con ellas, me dijeron “fíjate que en esa silla se sentó a tomar té con nosotras Gabriela Mistral. Y ésta es la taza que ella usó, la guardamos como reliquia”. Yo debí poner cara de incredulidad o de sorpresa, pero ellas insistieron y estaban muy orgullosas. Eso pudo ocurrir durante alguna visita que la poetisa haya hecho a la escuela N°32 y las señoritas Rodríguez, profesoras del plantel, la invitaron a un té en su casa. ¿Por qué no? Si vivían a cuadra y media. Ellas me contaron este epidosio muy serias. Doy fe de lo que me narraron aunque no poseo otra información».
         
LUZ IRENE CONTRERAS
         El mundo de las señoritas Rodríguez Poblete no era muy ancho. Vivían bien en su hermosa casa con jardín que miraba al mar, en el N° 45 de la calle Cochrane a metros del inicio de Maipú. Asistían a misa regularmente los domingo, cruzaban la plaza juntas, conversando, entreveradas con el resto de la gente. Atendían sus obligaciones docentes en las escuelas N°31 y N°32, algún viaje de compras a Concepción y el resto del tiempo lo pasaban en casa. Con ellas vivían dos sobrinos. A veces se las veía en las calles penconas para algún trámite, ir al correo, visitar a familias conocidas o simplemente realizando compras. Las cuatro hermanas solteronas, queridas y respetadas por la comunidad, vestían correctamente destacando, como decíamos, Ludomila por su maquillaje recargado con énfasis en el rojo de los labios, motivo de algún comidillo inocente. Se relacionaron bien con la sociedad de Penco, donde nadie tuvo para con ellas algún mal comentario.
          El poeta y profesor pencón Enrique Fernández dedicó un par de versos a las señoritas Rodríguez, en un poema que él tituló «Escuelas» escrito a fines de los 80 que reconoce la dedicación por enseñar de estas hermanas. Dicen esos versos:

«Es digna de mención, la destacada labor docente,
que, desempeñaron en esa ocasión las señoritas
Rodríguez Poblete, dispuestas en aulas diferentes.
[…]
La Elemental de Mujeres, similar senda los varones
1920, regidas por señoras: Bauxton, Prosperina
Mora Pineda, Ana Elvira Rodríguez ¡Valores!»
        
          La señoritas Rodríguez tuvieron un final silencioso. Todas permanecieron hasta el último de sus días en la casa de Cochrane frente a la actual escuela Los Conquistadores. La última de las hermanas falleció a comienzos de los 60. La vida profesional de ellas en las escuelas penconas transcurrió entre 1915 y 1950 aproximadamente ₂. Posiblemente aún haya en Penco algún ex alumno o alguna ex alumna que recuerde con nostalgia y cariño a alguna de estas queridas profesoras. Igualmente, nosotros desde este blog decimos: no las hemos olvidado.
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₁  Gabriela Mistral efectivamente visitó Penco tal vez en 1921, según una carta que ella envió a Manuel Magallanes Moure y en cuyo encabezamiento le dice: "Vengo llegando de Penco". El dato documentado confirma lo que las señoritas Rodríguez le dijeron a la profesora Luz Irene Contreras que la poetisa tomó té en su casa de Cochrane 45 o que incluso se hospedó ahí. Esta información la rastreó en internet Jaime Robles, presidente de la Sociedad de Historia de Penco, quien a su vez la entregó a nuestro blog. 


No disponemos información acotada sobre el tiempo que ellas ejercieron en las escuelas de Penco. Nuestra afirmación es un cáculo aproximado.