Monday, December 03, 2018

CON UNA CENA, LA SOCIEDAD DE HISTORIA DE PENCO CELEBRÓ SU SÉPTIMO AÑO

En la foto aparecen de izquierda a derecha, Jaime Robles, presidente de la Sociedad de Historia de Penco; el historiador Armando Cartes, Violeta Montero, Ástrid Rojas, Eduardo Medel, Ornaldo Eade, Nicolás Valverde, María Gloria Flores, Gonzalo Bustos, Osvaldo Henríquez, Tais Contreras, Manuel Suárez, María Cristina Ferrada, Boris Márquez, Cecilia Bravo y Luis Méndez.

        Como ya es tradicional a fines de noviembre, la Sociedad de Historia de Penco (SHP) celebra su aniversario con una cena en la que participan sus socios. Esta vez correspondió al séptimo año de su fundación (la obtención de su personalidad jurídica), el 29 de ese mes. El encuentro lo encabezó el presidente de la SHP, Jaime Robles, y tuvo lugar en el restaurant "Café del Palacio", ubicado en la calle Penco 110. El menú consistió en un exquisito plato de la gastronomía peruana con un claro acento colonial, acorde con el evento. La reunión social transcurrió en forma distendida y se habló en general de lo realizado, los lineamientos y las tareas para el año próximo. El alcalde de Penco, Víctor Hugo Figueroa, también socio fundador de la SHP, sólo concurrió a saludar al grupo, debido a otras obligaciones de su recargada agenda de trabajo. Una vez terminada la cena, los socios salieron del recinto para la fotografía que ilustra esta crónica. 

RECORDAR TERREMOTOS NO TIENE ASUNTO, MENOS EN PENCO


            
Un sismógrafo (Wikipedia).
Sería mejor ni siquiera hablar de terremotos aún cuando se nos hayan acabado los temas. Sabemos lo que son por propia experiencia, vivencia, percepción. Cada vez que se aborda el asunto, se vienen a la mente esas imágenes desagradables. Porque recordar es traer hechos del pasado al presente. Y cada cual al respecto tiene su propio cuento. Estamos claros por lo demás, que estos fenómenos naturales son recurrentes. Entonces, ¿para qué?
            Muchos medios publican fotos sacadas de sus archivos sobre la destrucción y el dolor causados por los terremotos para los aniversarios. Mejor no lo hicieran. Distintos es advertir a la gente que hay que estar preparados para emergencias de este tipo, sin abundar en detalles que causen miedo. Cuando una comunidad está preparada, la población tiene más confianza en sí misma.
             Está bien que la historia mantenga un registro, pero está mal vivir dándole vueltas a esas cosas. A quienes les gusten esos temas, que busquen. Hay harto material al respecto por todos lados. Pero, para el común de las personas es mejor vivir la vida productiva y alegremente. En este blog hemos publicado relatos sobre estas experiencias sin otro afán que manifestar un episodio común sin ribetes de algo de otro mundo. El próximo terremoto no lo podremos evitar, pero sí prevenir, lo que es distintos a andar mostrando fotos de casas en el suelo. Los efectos de estos fenómenos no son para estar orgullosos. 

Thursday, November 29, 2018

DELEGACIÓN ESTUDIANTIL DE VALLENAR REALIZÓ UNA ENTRETENIDA GIRA A PENCO

La delegación estudiantil de Vallenar se toma un breve descanso junto a la pileta de la plaza de Penco.

       Un grupo de alumnos de Vallenar, región de Atacama, realizó una entusiasta visita a Penco en los primeros días de noviembre de 2018. La delegación del colegio "Gualberto Kong Fernández" de esa ciudad huasquina estuvo integrada por unas 80 personas entre jóvenes de ambos sexos, apoderados y profesores. El municipio de Penco prestó oportuno apoyo a los visitantes. Los entretenidos detalles, pormenores y entretelones de la gira estudiantil están narrados en la sabrosa crónica que desplegamos a continuación y que preparó el profesor pencón y director del colegio de las visitas, Juan Espinoza Pereira. Nuestro blog agradece una vez más al señor Espinoza la deferencia de habernos hecho llegar este material de fotos y texto para conocimiento y agrado de nuestros lectores.
Los jóvenes visitantes recorren el fuerte de La Planchada.
De Vallenar a Penco

Por Juan Espinoza Pereira (Vallenar/Copiapó)

          Cuando se me acercó un grupo de estudiantes y su profesora para consultarme si podían, en su Gira Pedagógica 2018, ir a Penco para conocer donde había nacido el Dire, quedé sorprendido y de inmediato empecé a buscar excusas: que es muy lejos, que hace frío, que es muy alto el coste, entre otros peros con el fin que desistieran de la idea. En realidad la preocupación que me asistía era la alta responsabilidad de viajar con 80 niños a un lugar que para ellos desconocían.
         Empecé, entonces, a fraguar algunos obstáculos: rendimiento, comportamiento, leer algo sobre la zona, leer libros de Baldomero Lillo, primer capítulo de La Araucana, etc.,  y se dieron algunos plazos, que lamentablemente para mí, se cumplieron a cabalidad.
       Se empezó a gestionar con el alcalde de Penco don Víctor Hugo Figueroa la posibilidad de viajar, quien de inmediato dijo que sí; transfirió el trámite a don Óscar Parra (Jefe DEM), quien sin meditar mucho dijo que sí, al mismo tiempo que el Director de Educación, don Óscar Cruces también daba su aprobación. Todo estaba dado para los niños y niñas de Vallenar y el entusiasmo crecía cada día.
EL VALOR DEL APRENDIZAJE IN SITU         
Nuestra escuela “Gualberto Kong Fernández”, aparte de tener un sello educativo basado en el movimiento, la actividad física y el deporte, también apuesta por un principio ha sido difícil de entender para las autoridades, cual es:  adquisición de capital cultural, esto es, las personas adquieren aprendizajes significativos cuando tienen la oportunidad de estar in situ de lo que los libros hablan, a la vez que viajar y conocer nuevos lugares le permite a las personas abrir puertas para el futuro, para la toma de decisiones, etc.
La delegación  visitó la playa de La Cata, en Lirquén, un área  paleontológica de gran interés.
         La llegada a Penco (04 de noviembre), entre chubascos, cerros pletóricos de bosque, un mar tranquilo, un aire diferente hizo sentir a los niños estar en otro mundo, otro Chile que sólo había observado por la televisión. La llegada a la Escuela Penco, con tanta amabilidad y buen trato de parte de Vanessa (Trabajadora Social-DEM) permitió sentirse como en casa y más aún con el trato y ocupación del personal todo de la Escuela. Fue esta la casa por siete días intensos de estudio con el profe Claudio Jara con una visita a la Cata y sus explicaciones paleontológicas y sobre la cultura Mapuche, dejaron maravillados a los visitantes; y luego el recorrido por el Penco Colonial terminó por convencer a los niños huasquinos que efectivamente Penco es la Tercera Ciudad más Antigua de Chile.
UNA ALUMNA: "TAN BLANQUITA QUE 
ES LA GENTE DEL SUR"
        “No es un pueblo… es una ciudad … y más grande que Vallenar;”  se pasó el profesor que nos habló en mapudungun,” “el otro día vi en la tele Penco, pero nosotros no vimos las góndolas;””tanta historia que tiene Penco;” “lo que más me gustó fue la playa y el fuerte;” “qué linda es la bahía y tan tranquilo el mar;” “No entiendo cómo pudo haber un tsunami y llegar hasta plaza;” “Cuando sea grande voy a llevar a mi familia a la ciudad de Penco;” “tan blanquita que es la gente del sur;” “tanto verde que hay y sin regar;” “y pensar que en estas tierras está el origen de la historia de Chile;” “qué lata que niños no practiquen más deporte para saber jugar mejor.” Son algunas de las expresiones vertidas por los estudiantes, apoderadas y docentes a cargo de la delegación y no cómo lo plantea Sady Zañartu  cuando pone en boca de Lastarria:
        “…alojado en un hotel lleno de preste que rodean a ese cucaracho que llaman Macario Ossa. Me senté en una mesa de más de treinta comensales, entre los que había seis u ocho alemanes con esas caras de aire infantil…”
Los alumnos prestan atención al relato de la historia de fuerte, de parte de un funcionario del municipio de Penco.
MOJADOS Y FELICES EN LA PLAYA BAJO LA LLUVIA
       Penco fue el asiento para desarrollar otras visitas como Talcahuano, Lota, Coronel, Tomé y Dichato. Para  los visitantes todo fue maravilloso; pero faltaba algo: la lluvia, que no llegaba por ningún lado, excepto el  viento; hasta que los dos últimos días por fin pudieron mojarse, correr por la playa bajo la lluvia que caía a raudales. Consecuencias: todos resfriados, pero alegres de haber conocido a una ciudad ordenada, limpia, agradable, con una plaza maravillosamente linda.
          Varias de las actividades que se llevaban planificadas por parte de los educandos como de los docentes no se pudieron realizar por factores ajenos a la voluntad de todos los actores comprometidos, pero nos asiste la convicción que prontamente una próxima crónica por podría titularse: “Desde Penco a Vallenar.”  
El estero Penco, días antes de la inauguración del tramo navegable, captado por la cámara del profesor Espinoza.
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ANTECEDENTES ACADÉMICOS DEL COLEGIO
DE VALLENAR, CUYOS ALUMNOS ESTUVIERON EN PENCO 

  Los estudiantes de Vallenar que visitaron Penco pertenecen al colegio “Gualberto Kong Fernández”, cuya matrícula es de 698 alumnos, desde pre kínder a octavo básico. Su director, el señor Juan Espinoza Pereira espera poder incorporar la enseñanza media hacia el 2020. Por la composición de parte de su alumnado, el colegio tiene un claro sesgo internacional. Incluye niños de Brasil, Ecuador, Venezuela, Colombia, Perú, Bolivia, Austria y Holanda. La impronta del establecimiento se enfoca lo educativo, la actividad física, el deporte y el autocuidado. El equipo docente del colegio ha publicado dos libros para apoyar la comprensión de lectura y muy pronto saldrá a la luz un tercero. Su director tiene varias ideas en carpeta, algunas de ellas inspiradas en el pensamiento clásico para aplicar en su colegio, las que bien podrían tener eco en el Congreso de Filosofía de la Educación del 2019. 

     Las fotografías de abajo, que muestran aspectos del colegio de Vallenar, nos las hizo llegar el director Juan Espinoza Pereira.





Monday, November 26, 2018

SÓLO EL COLOR DE SUS UNIFORMES DIFERENCIÓ A LOS CELADORES LOCEROS DE LOS REFINEROS

Un celador de CRAV en la puerta principal de la Refinería de Azúcar de Viña del Mar, situada entonces en la avenida Limache de la ciudad jardín (hoy ya no existe). Similar aspecto tenían los celadores de la planta pencona de la empresa azucarera. La foto está publicada en la revista  "50 años de CRAV" (1937).

                Las dos industrias más importantes de Penco de esos años, la Refinería y Fanaloza, tenían cada una un grupo de celadores, personal que se desempeñaba en tareas de vigilancia y de orden. También hubo celadores en la fábrica Vidrios Planos de Lirquén. Vestían uniforme y llevaban un terciado de cuero café sobre el pecho y la espalda que terminaba en un cinturón el que se ajustaba por encima de la chaqueta. Allí colgaban su bastón o luma, no portaban armas de fuego. Sobre sus cabezas, una gorra militar. Los funcionarios loceros del orden usaban trajes color "paquete de vela" (azul pálido) y, en esa característica, se parecían a los actuales vigilantes de los bancos o de las empresas de transporte de valores. En cambio, si bien el uniforme de los celadores refineros tenía el mismo aire policial mencionado, la diferencia estaba en su color azul marino. En ambos casos, las telas para su confección que exigían las empresas eran finos paños de lana. Los terciados presentaban detalles en bronce reluciente.
         Los celadores de Fanaloza se veían siempre en las dos puertas de la industria, esto era al fondo de calle Freire y en Cochrane junto al edificio de la administración. También quedaban expuestos a las miradas de la gente en sus visitas frecuentes a la sección empaque de sanitarios que quedaba en Las Heras con Infante. Los de la Refinería, por su parte, se concentraban en el edificio administrativo junto al acceso al recinto. Ellos levantaban las barreras para el paso de los vehículos que ingresaban o salían de ese sector habitacional de la industria. Las garitas construidas en concreto que los celadores ocupaban a ambos lados de la calle les facilitaban también vigilar el paso de peatones. Cualquiera información sobre direcciones de personas en particular en el recinto la proporcionaban ellos. Sin embargo, justo es señalar que estas dos últimas labores las cumplieron en tiempos muy pretéritos.
Una de las oficinas de los celadores a la entrada del recinto en Penco. Foto de hace 4 años.
      Entre los celadores de Fanaloza cómo no recordar al señor Ascanio Urrutia por su altura, corpulencia, afable personalidad y largas y bien pobladas patillas. Era el padre de un especialista en arte que se desempeñaba en la sección Decorados de la fábrica. Y entre los nombres que no se olvidan en el grupo de vigilantes de la Refinería están los de los señores Nicanor Aguayo, el señor Durán y el señor Leiva, según me apunta mi amigo Manuel Suárez.
    Que las industrias de la zona dispusieran de un equipo de celadores pareció ser más un uso generalizado que una real necesidad. En Penco la delincuencia no se conocía como para que constituyera un peligro para los productos o los bienes de las fábricas. Y, por otro lado, los obreros y empleados eran gente de probada honradez, así que nunca se oyó o se supo de la intervención de celadores en la retención de merodeadores o sospechosos dentro de los espacios fabriles a la espera de la llegada de la policía. Por el contrario, los celadores de cada una de estas fábricas gozaron del respeto y la amistad de todo el personal.

Saturday, November 24, 2018

LAS TRIQUIÑUELAS PARA HUMEDECER LA ZONA SECA EN PENCO


          La ley de alcoholes de entonces ordenaba que los establecimientos comerciales del ramo debían cerrar a una determinada hora del último día hábil de la semana. O sea, autorizaba atención a público de lunes a viernes. La ley fue hecha a la medida de las bodegas de vinos para controlarlas; por tanto fueron las más “afectadas” por la ordenanza y, por cierto, los consumidores. Eran los tiempos de la venta de vino a granel. Sábado y domingo, zona seca.
         Como si las costumbres pudieran echarse al saco por la fuerza durante dos días a la semana, la ley obligaba a acatar la normativa. Así, debido a que tal planteamiento resultaba difícil de seguir al pie de la letra, en Penco bodegueros aplicaron estratagemas para sortear la prohibición con la apariencia de respetarla. Para ellos, antes que la ley estaban los clientes 24/7 de consumo de pipeño. Para tal fin, en la mayoría de los casos, estos negocios tenían dos puertas a la calle, una, la oficial y otra ingenua, lateral o posterior. Así se podían burlar, hasta cierto punto, las fiscalizaciones severas los fines de semana.
          Los niños o los muchachos de los mandados sabían que esos días había que golpear la puerta ingenua. Alguien disimulado del interior se asomaba, miraba en todas direcciones y después el comprador, como si de una visita se tratara, entraba. Hartas visitas ingresaban o salían por esa puerta. Ya adentro y bajo el techo de la bodega, se abría un mundo: un hervidero de gente conversando en voz alta, con sus copas en la mano o apoyados en pipas vacías o a medio llenar. Entonces el de los mandados mostraba su botella al dependiente y compraba la medida de vino que le habían encargado. Pagaba y salía, atrás quedaban las conversaciones y los comentarios cada vez más destemplados.
          El de los mandados llevaba su envase envuelto en papel de diario, para que nadie, ni la policía sospecharan que cargaba vino en contravención con la ley. La botella envuelta iba aprisionada entre el brazo y el pecho. Cerca del mediodía o avanzada la tarde de un sábado o un domingo  era frecuente ver en las calles a muchachos portando estos cilíndricos paquetes ya fuera saliendo o ingresando a los domicilios. Nadie era tan un nerd para no darse cuenta de qué se trataba.

Thursday, November 15, 2018

LOS TRABAJOS DEL MAESTRO PERICO Y SU APRENDIZ "EL PIRATA" EN PENCO


            Aparte de dedicarle mucho tiempo a conversar sobre política, su auténtica pasión, don Roberto era un emprendedor independiente dedicado a hacer obras de albañilería en Penco, actividad a la que entonces se le llamaba contratista. En su carpeta de tareas se enumeraban murallas de separación, techos, algunos tramos menores de alcantarillado y sepulturas. Para responder a solicitudes de algún cliente, don Roberto armaba su equipo y convocaba a sus obreros según el volumen o la especialidad del requerimiento. Por amistad, cualidades, cariño o reconocimiento don Roberto llamaba en primer lugar al maestro Perico y su secretario el “Pirata”. Así los identificaba él mientras supervisaba las pegas. Pero, en realidad el titular era Perico porque al “Pirata” no le daba para maestro, alcanzaba sólo para ser el aprendiz.
           Perico (nunca supe su nombre) era un tipo alto, de buena contextura, pelo ondulado y canoso, de unos 55 años, seriote y trabajólico. La mayor de las veces iba con un overol de mezclilla. Conocía todos los secretos de las proporciones de las mezclas del cemento, la arena y el agua. El “Pirata”, un poco más joven, más bajo, pelo rubio oscuro, ancho de espaldas, tenía dentadura completa y boca grande. Con frecuencia reía a mandíbula batiente con picardía. Era seco en el manejo del chuzo, la picota y la pala. Cuando don Roberto no tenía pega para ellos, ambos se ganaban la vida como pescadores y mariscadores porque vivían en Cerro Verde Bajo.
           El mayor número de solicitudes de clientes se centraba en el cementerio: hacer mesas, construir mausoleos familiares, de esos con tragaluz circular a los que se les instalaban marco y vidrio catedral. Al “Pirata” le encargaban construir los moldes en madera consistentes en ruedas que se instalaban durante la obra para conseguir ese tipo de ventanas. Una vez fraguado el cemento se retiraba el molde con fuertes golpes de combos y ahí quedaba el agujero perfecto mirando al cielo en la parte superior del muro del mausoleo… El "Pirata" celebraba lo que le correspondía de esa pega con una estruendosa risa, como era su costumbre. Don Roberto regalaba las ruedas en desuso las que servían como tarimas para instalar árboles de Navidad.
           En una ocasión tuvieron que construir una obra de “ingeniería mayor” en Penco sin el concurso de ingenieros, por cierto: una conexión de alcantarillado de unos 70 metros en línea recta, por consiguiente, trabajo bajo tierra. El “Pirata” echó los bofes con el chuzo, la picota y la pala para hacer el herido donde se tenderían los tubos e instalarían las cámaras de descarga. Mientras el maestro Perico verificaba con plomadas y lienzas la suave pendiente que debía tener la obra para que las aguas avanzaran por gravedad sin volverse, el “Pirata” observaba callado, se escupía las manos sin guantes de protección, agarraba el chuzo y proseguía cavando. De vez en cuando una taza de harinado con vino tinto le devolvía las fuerzas. Así don Roberto y sus trabajadores hicieron la pega y el municipio recibió la obra sin objeciones al término de dos meses de trabajo. Después, que ese nuevo alcantarillado haya funcionado según se esperaba... bueno, será tema de otra crónica.
         El maestro Perico y el “Pirata” recibieron su paga y regresaron a la querencia como don Quijote y Sancho haciendo comentarios pletóricos de orgullo por todo lo realizado. Eso sí, antes del habitual “calabaza” pasaron a empinar el codo y proseguir la conversación donde don Orito, el amigo bodeguero de la orilla de la línea del tren ahí en Cerro Verde Bajo.

Monday, November 12, 2018

DERROCHE DE OPTIMISMO SESENTERO EN PENCO Y LO QUE DIJO LA REALIDAD


                Por alguna razón, tal vez por ilusión o por derroche de optimismo (más pareció esto último), en 1962 la prensa penquista informó en portada con bombos y platillos acerca de un gran programa de ampliación industrial en Penco de vasto alcance y cuyo impulsor principal era la Refinería CRAV. La comuna, que ya contaba con al menos cuatro empresas grandes, aumentaría su potencial incorporando nuevas industrias o diversificando las ya existentes, de manera de convertirse en un polo económico y fabril similar al que entonces rodeaba a la planta siderúrgica de Huachipato, en el área de San Vicente.
         La información, que apareció en el diario La Patria, el viernes 2 de abril de 1962, no menciona fuentes del gobierno detrás de estas iniciativas sino que se centra en versiones emanadas de CRAV y de Cosaf. La portada de esa publicación (el matutino dejó de circular en 1970) debió causar un enorme impacto de optimismo en Penco, porque anunciaba tiempos mejores: más trabajo, más empresas, bienestar, nuevas casas para los trabajadores, escuelas, estadios y qué mejor sin tener que salir de la comuna. Bueno, es cosa que usted mismo lea el texto de las fotos.
           Respecto de la Refinería, la crónica periodística hablaba de la construcción de un edificio en altura para la industria así como la renovación de sus equipos y maquinarias. La causa de esas modificaciones sería la satisfacción de la demanda de azúcar blanca que se había visto afectada por la destrucción de la planta refinadora de la empresa en Valdivia a raíz del terremoto del 22 de mayo de 1960.

      Con relación a Cosaf la noticia agregaba que esta se iba a ampliar e innovar en maquinarias y que se convertiría en la planta procesadora de fertilizantes más grande del país. En esto la información no estuvo lejos de la realidad.
        Tampoco lo estuvo respecto de la construcción del gran muelle de Penco y de las conexiones viales que se construirían para unir a Penco con el aeropuerto de Carriel Sur y con San Vicente. Pero, para ellos debieron transcurrir muchos años, la espera duró demasiado, no fue de un día para otro.
      Respecto del polo fabril de la zona, paralelo al que se había desarrollado durante diez años alrededor de Huachipato, no fue tal. La historia tomó otro rumbo, las inversiones no llegaron y el pilar en torno al que giró este proyecto, CRAV, calapsó en sí mismo; en lugar de crecer, la Refinería se cerró en 1976. Cuando una persona se tropieza, como es mi caso, con este tipo de documentos, que nos hablaba de tanta bonanza y mirando con la perspectiva del presente, uno tiene que verificar la fecha de la publicación porque eso hoy parecería una broma de inocentes.

Sunday, November 11, 2018

EN PENCO LOS CERROS ERAN COMO PARQUES PÚBLICOS

La apacible laguna de Lomarjú, entre los cerros de Penco.

               Curiosa fue esa forma de considerar los cerros de Penco. Entonces eran nuestros, así lo entendíamos y actuábamos con la mayor naturalidad. No se nos pasó por la cabeza que fueran propiedad privada. Para meterse en el monte no se pedía permiso, era simplemente ir, nadie lo impedía. A veces te topabas con guardabosques, pero si se trataba de un paseo apenas se intercambiaban saludos. Disfrutar de esos cerros, explorarlos, jugar en ellos, quererlos era parte de nuestra cultura. Los pencones han tenido los cerros para sí como si se tratara de la extensión de un parque abierto de la comunidad.
               Pero, esa extensión ilimitada con casi todos los matices de verde, llena de vegas, árboles, humedales, pajonales, quebradas, cumbres y valles se redujo con las infraestructuras de la modernidad: las carreteras pusieron límites. Ahora puedes ir al cerro igualmente, pero en algún punto de la marcha, enfrentarás la doble calzada de cemento que no te dejará pasar por los atajos como entonces, hay que hacerlo por un par de pasos sobre o bajo nivel. Por tanto, ya no es lo mismo pasear a tus anchas por allí. Las nuevas vías camineras, construidas en los últimos 30 años, fueron muros que cortaron la  prolongación de Penco por sus cerros y más allá, transformándose en el costo contemporáneo
Una hermosa quebrada a las espaldas de Villarrica.
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              Decíamos que caminar por los cerros significaba quererlos que es igual a cuidarlos. Por eso duelen en el alma los incendios forestales, como si fueran la destrucción del propio jardín. El celo profundo por ese tipo de cuidados descartó a pencones de una autoría de semejantes siniestros. Sin embargo, conductas nuevas han afeado parte de la belleza natural de sus cerros: el acto de algunos de arrojar escombros y basuras en zanjas abiertas al lado de caminos de tierra. Eso no se veía entonces, pero es más o menos común hoy. Lamentable.
             Una categoría particular de nuestros cerros son sus senderos o caminos temporales para la explotación maderera. Estas últimas vías, creadas para la cosecha, permanecen escondidas y cubiertas de sotobosque a la espera de que se las use de nuevo. En este contexto, sin embargo, hay rutas que podríamos llamar “principales” que sirven todo el tiempo. Pues bien, ahora, esta red de caminos las usan para la práctica del deporte mecánico. Organizaciones deportivas tuercas llevan sus competencias a los cerros. El rugido de los motores, las velocidades y maniobras extremas de los pilotos rompen la tranquilidad de los cerros. Se terminó la paz. Ojalá se regule esta práctica teniendo en cuenta los efectos del impacto ambiental, para que nuestros queridos cerros recuperen y mantengan su prístina soledad en los años del porvenir.
Una vista hacia el sur-este desde los altos de Roa, en el camino Penco-Florida.