Sunday, December 01, 2019

LAS NIÑAS DE PENCO QUE ATESORABAN POESÍAS

Dibujo tomado de la revista SIMBAD (1955).
          Diciembre de 1952 en Penco se inició así, no como un día más. Las alumnas de la escuela 32, vestían sus delantales blancos, más blancos que nunca. Nerviosismo y alegría, porque se acercaban los exámenes de fin de año y también las vacaciones. Con motivo de las fechas, pero en realidad siempre, las niñas arreglaban sus cuadernos con esmero. Pulcros, bien presentados. Aquí el de castellano, allí el de aritmética, el de música, el de caligrafía, el de dibujo. Porque ellas eran (son) ordenadas, cuidadosas. Acrecentaba la alegría que les florecía del alma lo brillante y diáfano del aire y del cielo. En la bahía el mar reposaba sin un rizo, como una tasa de, porque en esa mañana tibia y luminosa no soplaba una brizna. Así era Penco.

         Entre esas niñas estaba Rebecca quien guardaba un cuaderno adicional, cuyo contenido nada tenía que ver con las obligaciones de la 32. De tapa dura empastada, no necesitaba forro, pero aún así tan cuidado como el resto. Sin embargo, ella no era la única. En Penco existía la costumbre entre algunas niñas a tener un cuaderno independiente añadido en sus bolsones escolares. Hoy los podríamos llamar agendas, pero eran más que una ayuda memoria para cumplir compromisos, tampoco diarios de vida, donde algunas anotaban por las noches las emociones del día. No, tales cuadernos contenían poesías.

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
                                       ni trabajos injustos, ni pena inmerecida; ¹
                        Comprar libros era caro para el promedio pencón y esas niñas querían leer, releer y hasta memorizar versos de poetas de fuste. Por eso resolvían escribiendo los poemas desde los libros originales en sus cuadernos particulares. Los copiaban palabra por palabra, punto por punto, coma por coma. Y entre quienes cultivaban esa afición o esa sensibilidad se intercambiaban los cuadernos para leerlos en la soledad de la noche y, si merecía el esfuerzo, recopiarlos también. Por entonces uno de esos cuadernos llegó a mis manos. Las estrofas estaban escritas con lapicera de pluma y tinta de tintero. Arriba, el título; abajo el autor o autora y después el texto cuidadosamente manuscrito. Entre las numerosas poesías y nombres de autores, sólo recuerdo al poeta mexicano Amado Nervo anotado en una de las páginas. La selección y ordenamiento de los poemas era decisión propia, cuál iba primero y cuál después. Así, cada niña era la curadora, editora y copista de un producto único y privado. Por tanto, un trabajo original cuya impronta reproducía gusto y estética a cada ojeada. No supe que alguno de tapa empastada con sus hermosos textos haya llegado al escritorio del profesor o la profesora. O tal vez sí.

      Con el tiempo Rebecca se hizo adulta y después mayor. Hace unos años, cuando me encontré con ella en la calle Freire al llegar a Chacabuco, le pregunté si guardó algunos de los escritos que he mencionado. Me respondió con sonrisa melancólica. Los había perdido en el tráfago de su existencia. Esos cuadernos preciosos, finos, queridos, cuidados, inmaculados, inspirados dieron testimonios de la delicadeza, de la finura, del amor  y de los sueños inalcanzables de tantas niñas de Penco.
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¹ Amado Nervo (En Paz)

Monday, November 25, 2019

LA PORFÍA DE PITICOY

Obtenida de foursquare.com

       Piticoy tenía una paciencia de ésas para aclarar cada vez la confusión de su nombre. Pero, la incomprensión persistía por la malicia. Hoy lo llamaríamos bullying. Trabajaba en Fanaloza y el club de su barrio Villarrica lo incluía los domingo para jugar al fútbol. Reconocido era en la cancha de Gentemar. Bajito, moreno, pelopincho, buen físico. Pura fibra. Desde la tribuna del borde de la línea del tren, sus conocidos y vecinos del cerro lo avivaban cuando llevaba la pelota. ¡Buena Piticoy! ¡Chutea Piticoy!
         Cuando terminaba el partido, los jugadores se vestían a la orilla de la playa luego de bañarse en pantalón corto en las frías aguas penconas y regresaban a sus casas. Cuando pasaban por detrás del arco sur, los abordaban los amigos, esos mismos que los habían apoyado y avivado durante el match. En una de esas oportunidades, Piticoy fue el último. Llevaba su bolso deportivo en la mano y por la cara todavía le corrían gotas del agua salobre del mar. Tenía buen humor. Buena Piticoy, te mandaste el medio partido, le dijo uno de los muchachos. Y entonces Piticoy se detuvo, lo miró sonriente, porque tenía sentido de humor, y le dijo: te lo he dicho tantas veces. Me llamo Villacoy, José Villacoy. 
         Y retomó su camino. ¡Qué paciencia, diosmío!

Sunday, November 10, 2019

DECLARACIÓN DE LA SOCIEDAD DE HISTORIA DE PENCO POR LA CONTINGENCIA SOCIAL




DECLARACIÓN PÚBLICA


La única lucha que se pierde, es la que se abandona.”

Rigoberta Menchú.
Premio Nobel de la Paz.


La Sociedad de Historia de Penco, reunida en Asamblea extraordinaria, el 5 de noviembre, convocada con motivo de la históricas movilizaciones de millones de mujeres, de hombres, de trabajadores, así como de estudiantes y jóvenes, en suma, de prácticamente todas las fuerzas vivas de la patria, de norte a sur y de mar a cordillera, viene en expresar:
  1. Su más plena adhesión y solidaridad, con las justas demandas, para desterrar de nuestra Patria, las desigualdades, la injusticia y los abusos y para establecer realmente la soberanía de los derechos humanos en la vivienda, la salud, el trabajo, la educación, la previsión y la cultura.
  1. El Derecho de nuestros pueblos originarios a gozar de sus derechos consuetudinarios y su real autonomía.
  1. Que considera indispensable la multiplicación de espacios de diálogo y trabajo colaborativo para develar conjuntamente las problemáticas estructurales que nos aquejan, así como las falencias en la gestión de coyuntura que afectan el pleno cumplimiento de la legislación actual.
  1. Que es estrictamente necesario la realización de cabildos vinculantes a nivel comunal y regional para culminar en un plebiscito nacional, para la construcción de una nueva constitución, por la vía que el debate reflexivo aconseje, sea ésta una asamblea constituyente, o un congreso constituyente, o el mecanismo que alcance la plena legitimidad de la nueva carta magna, como único camino para la creación de una Patria verdaderamente en paz, libre, justa, independiente, soberana, solidaria y feliz.
  1. Consecuente con el punto anterior, los poderes del Estado, no pueden caer en la tradicional y nefasta política del “gato pardo"; de hacer cambios para que nada cambie. Ese esquema, es en parte lo que nos ha llevado a la actual situación de crisis social.
  1. Antes de cerrar nuestro planteamiento, queremos señalar que rechazamos tajantemente toda clase de violencia contra el pueblo trabajador, sea ésta de carácter económico, político, social y gubernamental. Asimismo, rechazamos la violencia delictual que furtivamente se escabulle, entre las pacificas manifestaciones de la ciudadanía, durante las legítimas marchas realizadas por los diferentes sectores de la sociedad civil organizada en pro de sus demandas.
Fraternalmente,
En nombre de las socias y los socios de la Sociedad de Historia de Penco,

                                                                 Jaime Robles Rivera
                                                                            Presidente

María Cristina Ferrada Novoa                                      Manuel Suárez Braun
Secretaria                                                                                     Tesorero


Sociedad de Historia de Penco.
Personalidad Jurídica Nº672, del 29/11/2011.-


En Penco, Ciudad Histórica, a 6 de Noviembre, 2019.-


Thursday, November 07, 2019

EN PENCO, UNA VEZ UN MAGO


           La gente se apretujaba para ingresar por la estrecha puerta de una hoja del teatro CRAV por calle San Vicente. El espectáculo de variedades, con todo. Las radios habían publicitado con insistencia el show de aquel día invernal. Nunca en Penco se presentaría algo de ese nivel. La expectiva no podía ser más. ¿Cómo no pegar codazos en las costillas para un asiento en la galería? Primera fila. El escenario a 6 metros, con sus cortinas vino tinto cerradas. El chivateo de la gente, imposible de controlar. El menú incluía 3 cantantes conocidos —por la radios— más el plato fuerte. Un mago, el Mago Fosio, el plato fuerte.
             Un trajinado tocadiscos en la sala de proyecciones del teatro se puso en marcha. Un vinilo rayado por el uso emitió un chirrido al roce de la aguja gastada por el uso. Una voz de un barítono italiano se oyó en la sala refinera. Una canción napolitana de finales de la segunda guerra mundial que ni las radios más modestas difundían ya.
                                        ♪ D'amore io muoio.
             Falta poco.
           Amigos que entre la multitud se descubrían, se gritaban sus apodos desde distintos extremos para decir estoy aquí. Pateguala, Porongo, Cántaro, Piticoy, Chamiza, Pataslargas, Tomate, Canario, Cayapo,  Meñique y. 
         Sólo había una fórmula para poner orden en la sala en ese caótico preámbulo. Las cortinas del escenario. A la más mínima vibración del largo paño de terciopelo, los molestosos sentados en los bancos y otros arranados sobre las tablas del piso, que un rato antes aseadores habían rociado, lanzaban largos shhhhhhh. ¡Silencio! El barítono del vinilo se silenció (en fade), las luces de la sala se apagaron y las cortinas se abrieron, se abrieron, se abrieron, se abrie. 
              Ahora sí, silencio total.
             Primer número, una cantante muy joven que con su belleza y talento rompió el fuego o el hielo. Cantó sus mejores títulos y estrenó otros dos. Un guitarrista y un ejecutante de una tuba al fondo del escenario. Más aplausos. La galería y la platea estaban arrobadas.
               Después de una hora de canciones, el plato de fondo.
               El Mago Fosio.
         Expectación, silencio. Escenario en semi penumbra. Se sienten unos pasos que se acercan desde detrás de las cortinas. Arriba aparece un hombre flaco, alto en sus sesentas. Fino mustache afrancesado (sin ser él franchute), pelo peinado hacia atrás, gomina. Levita oscura, corbata humita. Me presento, (voz grave como de ultratumba) soy el Mago Fosio y pasaremos un rato agradable. Aplausos a rabiar. Era lo que se esperaba. No vengo solo, me acompaña mi secretaria Mistades. Adelante, Mistades, pase usted. La galería enloqueció. La platea, más atrás, aplaudió colijunta, como de costumbre. Pero, la ayudante demoraba.
               El Cayapo miró al Porongo a la espera de la secretaria de Fosio. Hasta que ella apareció en la escena con un traje negro y medias de fantasía. Atractiva. Al verla, la platea le dio harto volumen a su clap-clap-clap que antes había sido mezquino. En cambio, los de la galería perdieron todo atisbo de compostura. Zafados.
              Fosio, sin embargo, se apropió de su show, como correspondía con oficio, sus trucos y sorpresas, por los próximos 40 minutos. Comenzó presentando sus manos juntas y apretadas contra el pecho. De pronto las separó y de cada una de ellas salieron unas llamas enormes, como si sus manos hubieran sido fuentes de fuego. Acto seguido las volvió a la posición original y las llamas desaparecieron. Así empezó la cosa. Y siguió con un conejo sacado de su sombrero, después del interior de su chaqueta extrajo una paloma. Mistades recogía los animales y los llevaba para adentro. Fosio continuaba con unos pases mágicos con monedas, unas cartas de naipes. Y, lo más entretenido, en cada caso contaba historias de lugares remotos e ignotos por donde había ido en actuaciones o correrías: el Peloponeso, en Grecia; Tbilisi, en la Georgia soviética; en Manila, Filipinas; en El Cairo, Egipto; en el mítico puerto de Basora en Irak. Un mago viajado. Y en sus narraciones incluía derrotas profesionales sufridas frente a otros ilusionistas. Todos muertos. Hay que ser honestos, honestos. Esas cosas de magos.
           A ver, Mistades, elija usted a alguien de la platea para el próximo número. Que sea un voluntario. La curvilínea bajó del escenario del teatro CRAV por una escondida escala lateral y se contoneó por la galería. Pudimos verla en detalle, su cara con un grueso maquillaje y pestañas postizas, ojos grandes y claros, pelo al carbón. Eligió al voluntario, comillas: el Porongo. Lo tomó de la mano y lo condujo a la puerta lateral, opuesta a la salida, por la que había llegado e hizo pasar al voluntario delante de ella con un leve empujoncito. Ambos desaparecieron detrás de esa puerta y asomaron segundos después de frente al público en el escenario. Nunca el Porongo había subido ahí, ni menos de cara a tanta gente. Fosio, como un gran caballero, pidió un aplauso para el voluntario. El mago se puso de espalda al público para el truco que incluiría al pencón. De su bolsillo oscuro sacó una especie de rueda dorada, más grande que la palma de su mano. Este es un símbolo oriental que el ilusionista chino Xieng —también RIP— me regaló en Pekín. Se lo mostró al Porongo. Movimiento afirmativo de cabeza. El mago siguió hablando del símbolo, dio pormenores inventados de su viaje al oriente y de los problemas para regresar con esa rueda dorada y brillante porque se la querían quitar unos monjes de ojos almendrados. No dijo por qué. Ante todo este maravilloso público de Penco, yo haré desaparecer este símbolo mágico. Lo elevó con las manos sobre su cabeza, como cuando un cura consagra la hostia. Y ante los ojos de todos, y del Porongo, la rueda dorada desapareció entre sus manos ¿Dónde está el símbolo?, le preguntó. Movimiento negativo de cabeza. Y entonces tomó al voluntario del brazo y lo hizo girar para que quedara de espaldas al público. ¿Dónde está el símbolo?, insistió. Y la galería y la platea gritaron: pegada en la espalda del Porongo. En efecto, una réplica estaba adherida en la chaqueta del inocente voluntario. Mistades se la pegó cuando subió la escala detrás de la puerta y, el pencón, en su nerviosismo, no se dio ni cuenta. Aplausos.
                  Número final. 
               En Fosio, mi tierra natal, cerca de Parma en Italia, hubo un viejo mago que me enseñó el siguiente truco. Les ruego mucho silencio, atención y concentración para que esto pueda resultar. Gracias. El silencio que siguió fue tal que por un momento sólo se sintió una nubada que cayó sobre el techo. Mistades, venga usted. La mujer se había despojado del vestido negro y llevaba sólo una malla en el tono con sus medias de fantasía. Tacos. Más bella. Nuevos aplausos..
                  No les diré de qué se trata, descúbranlo ustedes.
          Las luces del escenario bajaron su luminosidad. Fade out. Arriba, Fosio y Mistades, brazo con brazo, de cara al auditorio. Hubo un tambor, en redoble... Y ambos comenzaron a elevarse, a levitar... Y se cerraron las cortinas. Ooooooh. Oscuridad total. A los pocos segundos retornó la luz y las cortinas de nuevo se abrieron. Ahí estaban sonrientes el Mago y Mistades despidiendo su show. Cuando vaya por el mundo, (la voz ronca y profunda de Fosio) les contaré de Penco y de las cosas hermosas que he visto acá y que ustedes me han enseñado. Muchas gracias. Los magos son honestos, honestos.
          La gente abandonó en silencio la galería... En la sala semi vacía comenzó a oírse
                                      ♪ D'amore io muoio.
                                          Muoio.♫
           Afuera del teatro de CRAV, en Penco, llovía y llovía y llovía y llov.

«RECORDAR A PENCO DESDE AFUERA TRAE UNA CIERTA MELANCOLÍA»

Fiesta de la Chilenidad en la escuela «Vicente Sepúlveda Rojo», de Copaipó.

Abandono de la Matria (*)

Texto y fotografías: Juan Espinoza Pereira, desde Copiapó.
        
            Son muchas las razones que hacen que una persona abandone su lugar de nacimiento, ese paisaje que le da confianza y que lo hace sentirse seguro, pues conoce su geografía natural y artificial; sus personajes y actuaciones; sus tradiciones y juegos; sus olores y colores; los sentires y pesares. Es que la matria permite el desarrollo y crecimiento humano, acoge al sujeto en un ambiente en que el peligro pareciera que no existe.
            La decisión de la partida, la «salida del cascarón» no es fácil máxime cuando la persona ha de enfrentarse a un ambiente hostil al cual deberá adaptarse; hostil porque ya no es el nido en el cual se encontraba. Imaginemos cuando una masa significativa de campesinos de diferentes lugares del Bio Bio, se encandilaron con la ciudad de Penco porque le ofrecía una promesa: tener una mejor calidad de vida con el trabajo industrial y vivir en la ciudad. Sin embargo, el símbolo del progreso para muchos fue una promesa incumplida, sobre todo cuando la vida de campo se reprodujo en la ciudad pero claro, fueron reemplazados los olores del poleo, de las vertientes, de las fecas de animales; las carretas, los bueyes, el yugo, cabresto y la coyunda fueron reemplazados por carritos de metal cargados de azulejos que debían ser arrastrados por la fuerza humana hasta los hornos; por sacos de azufres que debían ser cargados hasta los vagones del tren o los camiones tolvas.
            Para un pencón común y corriente salir del terruño hoy día es también una decisión compleja, pero son muchos los que emprenden la partida con un dolor en la garganta y los ojos húmedos; el trabajo es una buena excusa. ¡Pero, cómo le duele a ese pencón salir de la matria! En mi estar en Atacama he conocido a muchos que sienten una melancolía en extremo por su lugar de origen, incluso llegando hasta el llanto, pruebas:
    ― Cuando se produjo el eclipse solar total del 2 de julio de 2019 y encontrándome en la localidad de Cachiyuyo, me encontré accidentalmente con siete pencones patiperros que están en diferentes faenas mineras sea en Antofagasta o en la zona de Atacama (aún no entiendo cómo nos reconocemos los pencones, pero algo hay ahí) y una vez que el fenómeno se había acabado empecé a escuchar lugares comunes, personajes que me evocaban recuerdos, nombre de barrios, etc.; después de unos vasos de agua compartidos por el extremo calor, un abrazo de despedida y el famoso «nos volvamos a encontrar», sobre todo cuando a los más jóvenes se les humedecen sus ojos al saber que aún falta tanto tiempo para la bajada.
    ― Este año me cambié de lugar de trabajo hacia Copiapó para dirigir una escuela de barrio con una gran población de inmigrantes de toda Sudamérica (ecuatorianos, venezolanos, brasileños, argentinos, bolivianos, peruanos y haitianos; en total nuestra comunidad educativa tiene 802 estudiantes y 90 adultos). Para celebrar el «Día de la chilenidad» la escuela se transforma en una gran fonda ciudadana con mucho baile nacional y cocinerías. Fue ahí donde encontré a don Francisco, su mujer y sus dos hijos todos pencones, al poco rato de conversación y teniendo como música de fondo las cuecas y zapateos en la patio, con niños de diferentes nacionalidades, me contaron que él había nacido en Vipla y ella cerca del barrio del Cementerio (cerca de donde me crié) y los niños nacidos en Penco, pero copiapinos de crianza. Ante la pregunta de por qué se vinieron tan lejos, me sorprendió la respuesta… «para sanar mi alma… es que había tocado fondo con la muerte de mi mamita… necesitaba volver a empezar, con la ida de ella me destruí». Ante su lenguajear, dejé que fluyera lo que tenían que decir: él un gran futbolista local, vendedor de pancito y empanadas en el puerto de Lirquén para los estibadores, ningún trabajo le quedaba chico; ella trabajadora desde su más temprana infancia hasta ahora. A la música de fondo se sumaron: el mercado de Penco, clubes de futbol, el tren, La Cata, las apancoras, Primer Agua, las nalcas, los chupones, el pelillo; y aparecieron también los sentimientos familiares y el deseo de volver a esa matria fraterna, porque «la vida acá es dura oiga y se extraña Penco»
    Pencones en Atacama
          No importa la razón de la salida de Penco, más aún cuando las fronteras solo son virtuales, lo importante es asumir que una forma de sobrevivir estando fuera de matria original, es asumir un nuevo mundo, una nueva matria que le dé sentido a la existencia cotidiana personal y colectiva, volver a construirse sin olvidar el origen. Habrá nuevos olores y sabores, nuevos paisajes pero jamás olvidar el punto de origen, es por eso que cada cierto tiempo se vuelve a Penco para redescubrirlo, pasear por aquellas calles comunes, mirar esa mansa bahía, imaginar al Mestizo Alejo por los bosque que ya no existen o corriendo por el estero; imaginar a los lafkenches sacando machas y ulte en la orilla de la playa o en la isla chica.

       ¡Un abrazo fraternal desde Atacama para los pencones y para aquellos que están fuera!
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(*) Matria es un neologismo usado por algunos escritores, entre ellos Isabel Allende, para hacer referencia a la propia tierra del nacimiento y del sentimiento. Se usó también el término en la antigua Grecia. (Wikipedia).

Monday, October 28, 2019

CRUELES NIÑOS DE PENCO, CAZADORES DE JILGUEROS

Jilguero chileno. Foto de José Cañas, 
sitio web Aves de Chile.
                Estallaba con fuerza la primavera de 1957. Tiempo de cazadores. De pájaros. Pero, no para matarlos. Para algo peor: jaulas estrechas y maltrechas. Ni hondas ni piedras se requerían para el horrible propósito. Una red e implementos menores bastaban para la tortura de esas avecitas inocentes. Crueles eran los niños de Penco. El viento se había llevado lejos los párrafos de «Los cazadores crueles» de Gabriela Mistral, que días antes con tanto sentimiento les leyera a esos bribonzuelos la profesora. En la 31.
               El niño Santana, con aires de capitán, ordenó. Mañana a las 6 de la mañana. A la hora en punto nos juntamos tres. Santana, Víctor y yo. Me tocó llevar lo más pesado, la jaula. Toscamente construida con madera —pasada de agua— y un entramado de alambres oxidados. La oreja para agarrarla me rebanaba los dedos. Envuelta en una lona Santana llevaba la red y la soguilla. El timbel (*) en la otra mano. Los bolsillos de los pantalones llenos de pan. Partimos.
               Llegamos a la cima del camino a Lirquén en el sector del cementerio. Giramos a la derecha, subiendo por el actual algas de Chile, que entonces no existía. Puro campo, puro aire diáfano como el cristal, recién rayando el sol. Centenares de pájaros celebraban la primavera con sus trinos y vuelos ordenados y desordenados. Una pequeña pampa se abría orientada al norte antes de caer fuertemente al valle que antecede la subida del hospital.
               Aquí es, dijo el capitán. Los tres miramos el entorno y tomamos una estrategia. Santana pidió una piedra que le sirviera de martillo. Tenía que fijar las estacas en el pasto. Extendió la red que había tejido con hebras de seda color marrón. La dejó tensa entre las estacas. Alargó por 40 metros la soguilla. En el otro extremo de la red, al final de la línea nos instalamos los tres, semi escondidos en un arbusto. Ambushed. Santana olvidó dos cosas, en la primera acción, de las cuales se lamentó. Porque del cielo se dejaron caer decenas de jilgueros matinales curiosos. Y perdió la partida, porque no había regado con alpiste el sector de la red. Tampoco usó el timbel, pero en este caso porque todavía no había capturado ni un pájaro para someterlo como carnada. Hasta que cayó uno.
         «Este pájaro tiene cerca un nidillo suave, que con afán y dedicación tejió esta primavera. En el nido hay dos hijos, hermanos de la estrella y de la flor».            
              Nos resonaba lejana la voz de nuestra profesora leyendo a Gabriela.


         
           Con destreza Santana ató la torpe avecilla capturada al timbel  y nuevamente, instalados en nuestro puesto de comando. AmbushedSantana jalaba periódicamente el timbel y el pobre pájaro atado al mecanismo piaba de dolor. Bajaban decenas, seguramente a prestar ayuda o a curiosear. Qué onda.  Entonces, Santana aprovechaba su ardid, tiraba de la soguilla y al cerrarse la red, a lo menos 8 quedaban atrapados entre los hilos de seda y el pasto. Nos íbamos corriendo a recoger el botín. La jaula se hizo chica. Pero, una vez prisioneros entre los alambres, los bulliciosos jilgueros guardaban silencio. La cacería terminó a las 11 de la mañana. Santana era un conocedor de esta técnica y de la conducta de las aves «hay que venir más temprano». En el regreso, a través de los burdos alambres, se venían los plumajes verde tornasol.
              
               Y de nuevo nos penó Gabriela:
               
          «El ciego cazador que ha roto esta ala fina no sabe que mandó a morir a tres divinas gargantas, a cantar destinadas, desde un árbol, el gozo de vivir».
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(*) Timbel: burdo mecanismo de palanca hecho con alambre grueso que se usaba como una campana accionada a distancia, salvo que no había tal campana sino un pájaro.
           

Saturday, October 26, 2019

EN DOMINGO LOS TRABAJADORES DE PENCO LUCÍAN TRAJE Y CORBATA

Escena de la película  mexicana «El Derecho de Nacer» dirigida por Zacarías Gómez Urquiza, fue estrenada en Penco en 1953. Los actores de cine con traje y corbata inspiraban con sus vestimentas a los trabajadores pencones de la época.

                   Hasta el «Ñajo» usaba corbata en Penco(*). «Flores» no se la sacaba, menos aún su abrigo café moro que le chicoteaba en los tobillos. 
             Muy lejos de lo anecdótica que nos pudo parecer la vida de esos personajes, estaba la realidad objetiva de los obreros. Por razón de su trabajo, en las horas laborales no la podían usar. Pero se desquitaban los fines de semana. Por ese motivo en la jerga pencona la tenida compuesta por traje, zapatos lustrados, camisa blanca y corbata era la «pinta dominguera». Sin embargo desde esos años, los tiempos han cambiado y harto.
               En nuestra cultura y en particular en nuestro medio, la corbata pierde terreno. Y no es que pierda algo, se la ha desplazado casi por completo. A modo de ejemplo, diremos que ya muy pocos recordarán el apelativo de un antiguo buen vecino pencón: el carbatita, hecho de sirve para reafirmar el olvidado uso de corbatas. Porque el cambio en las modas es profundo. Sin embargo, en Europa la corbata sigue mandando y, como tal, llevarla bien puesta y mejor ceñida es una obligación en una parte significativa de las oficinas. En ese continente tienden a no mirar con buenos ojos una actitud desdeñosa hacia ella.
               Remitámonos 60 años atrás. El mundo obrero de Penco —que era la población mayoritaria del pueblo— usaba diariamente su ropa del trajín: overoles, cotonas, pantalones de mezclilla con pechera, vestuario viejo por lo general para desempeñarse en labores básicas. Zapatos calamorros, alpargatas, ojotas. Esos trabajadores sentían la necesidad de lucir bien presentados, «achutados», como se decía, para ir por las calles penconas.
               El domingo, como ningún otro, era EL DÍA, la única oportunidad para mostrarse como Dios manda. Por eso, en Penco se veían obreros con sus tenidas bien planchadas y sus vistosas corbatas en fines de semana. Se estrenaban los trajes nuevos confeccionados por los conocidos y afamados sastres pencones. Y los paseos o los lugares donde ellos iban para hacerse ver con sus ropas domingueras eran las canchas de Gente de Mar, el fortín de La Refinería o los cines CRAV o de Concepción.
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(*) El Ñajo y Flores, entre otros personajes de Penco de los años 50, eran vagabundos conocidos en el pueblo. Ambos llevaban vestimentas muy pobres y sucias y cada cual usaba corbata aunque de color indefinido.

Wednesday, October 16, 2019

LOS ALUMNOS DE PENCO QUE OBTUVIERON NOTA 7 EN MORAL


               El día de entrega de las libretas de notas congregó a los padres, las madres y los apoderados en la puerta de aquella escuela de Penco que tenía una amplia plataforma de concretocomo un escenario, que por un lado conducía a la entrada de la edificación de una planta toda de madera, y por el otro contaba con 3 escalones que daban a la vereda. Debió ser finales de junio de 1956. Se disponían a entregar esos delgados cuadernillos los profesores Leyton, Montero, Bustos, etc. De manos de cada maestro, cada apoderado recibió cada libreta, mientras cada alumno evaluado esperaba con dudas sus propias calificaciones registradas en ese documento. Decenas de pequeños ojos castaños miraban el trayecto de la libreta de las manos de sus profesores a las otras, de sus padres o madres. Una primera lectura de los resultados se reflejaba en los rostros de los mayores: alegría, orgullo, seriedad, indiferencia, preocupación. El día de la verdad. Castellano 7, matemática 6, religión 7, educación física 6, moral 7. Sonrisas, apretones de mano, saludos. ¿Un helado barquillo donde el turco Marcos? No, en invierno está cerrado. Caminata por la línea de regreso a casa. Hora de almuerzo.

              —¿Qué cosa es moral, papá?—, preguntó José, el alumno de las mejores calificaciones del curso cuyo profesor era el señor Servio Leyton. No recordaba ese ramo,  ni tenía ninguna anotación sobre eso de moral en su cuaderno de vida. ¿Entonces, de dónde salió?
               —¡Veámoslo después!—. Siguieron caminando dando saltitos sobre los durmientes (porque la línea del tren también se usaba como una peatonal). José no insistió porque comprendió que su papá estaba cansado, tal vez no lo escuchó bien o quizá tampoco sabía. Mejor sería preguntarle a la mamá. Ella estuvo muy feliz de revisar y confirmar las excelentes calificaciones del hijo, pero ahí mismo le cayó la pregunta, en la mesa, mientras almorzaban. Su respuesta.
             —Mira, José, la moral es no decir atrevimientos. Es no andar repitiendo malas palabras, menos en la escuela.
                 Punto.
               La pregunta planteada por José a propósito de su nota en moral es en realidad una pregunta muy antigua en filosofía. Qué es moral y, por añadido, qué es ética. Son palabras distintas, pero en el lenguaje común no hay diferencia. En las universidades se las imparte como una sola cosa, ética, en prácticamente todas las carreras. Ambas voces etimológicamente tienen la misma raíz griega «ethos», término que en castellano se traduce también con dos palabras: costumbre y carácter. Esta última se entiende como la creencia, por parte del individuo, en valores los cuales al hacerse hábitos conforman su personalidad moral. O sea, la persona reflexiona acerca de cuáles son las mejores costumbres o las buenas prácticas para vivir en sociedad.
Fotograma tomado del video El Talón de Aquiles, de Youtube.com

               Estudiosos de esta materia afirman que moral son los valores verdaderos que permean una comunidad y cuyos miembros practican. (*)
               Pero, el asunto no es simple. Hay inconvenientes como, por ejemplo, que la ética presenta dos caras: cara 1, como la persona concibe los valores morales y cara 2, como esa persona se comporta en la vida diaria.  Entonces se da la contradicción: que baste con hablar de estas cosas morales pero no practicarlas. Por eso, los griegos sostuvieron que la ética no podría enseñarse como las otras ciencias. Si se la enseñara como un curso teórico se agravaría la contradicción entre lo que se piensa y lo que se hace. Por tanto enseñarla implica comprometer hábitos de buena conducta. O sea, la mejor manera de aprender la moral es seguir los buenos ejemplos éticos y cuyo resultado es la bondad.
               José hizo una gran pregunta a su padre cuando iban por la línea del tren en Penco. «¿Qué es la moral?». Pero, fue su mamá quien le entregó una gran respuesta, durante el almuerzo, dentro de su modestia como una dueña de casa esposa de obrero. «Es no decir atrevimientos»(**). A partir de lo dicho, si analizamos por un momento la calificación en moral que el señor Leyton le anotó a José en su libreta, el 7 no lo logró en la sala de clases, sino que fue el resultado de lo aprendido en casa y practicarlo en la escuela. José siguió los buenos ejemplos que observó en el seno de su familia. Y eso es lo que los profesores evaluaban para llenar el casillero «moral» en la libreta de notas.
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(*) Resumen de conceptos incluidos en el curso de Ética, del profesor Miguel Giusti, UC de Perú, en youtube.

(**) El sustantivo atrevimiento se usó en Penco como sinónimo de grosería en el hablar, garabato.