Saturday, January 12, 2019

MÚSICO CIEGO, QUE HIZO CANTAR A UN ÓRGANO COMO SER HUMANO, ASOMBRÓ A LOS RADIOESCUCHAS DE PENCO

Teclado y barras de un órgano Hammond. (Fotograma de Youtube).

          Las radios de Concepción y Talcahuano, que se oían en Penco (no había televisión, tampoco una emisora local), revolucionaron la música que le gente estaba acostumbrada escuchar al reproducir a cada rato el impacto que asombraba al mundo y que venía de México: las interpretaciones de un músico ciego, nacido en Aguas Calientes, que había logrado el prodigio de hacer cantar como ser humano a un órgano, o sea, a un instrumento de barras y teclas inanimado. ¡Claro que era sorprendente!
      Composiciones tradicionales del cancionero mexicano reproducían las radios de la zona pero cantadas por ese poco común instrumento musical con teclado y pedales. El talento fue del músico Ernesto Hill Olvera, quien había estudiado música y con muchas horas de dedicación logró hacer sonar como con voz humana a un órgano Hammond.  
    A este respecto, uno puede leer en el sitio enlacefunkextranet.blogspot.com lo siguiente: “Valiéndose del órgano Hammond, (Hill Olvera) descubrió que al abrir gradualmente las barras, se formaban las vocales y del movimiento de las mismas se iban formando las palabras. Luego, en el momento de la ejecución, con su mano izquierda habilitaba una u otra combinación, en tiempo real, combinándola con ciertos giros musicales que simulaban los sonidos del habla. Otros músicos como Amado Melín en Argentina, y Evaristo Enríquez Zavala y Luis Fernando Zepeda en México hicieron el mismo descubrimiento y perfeccionaron la técnica.”
         Hill Olivera, quien perdió la vista por el destello de un relámpago cuando era guagua, murió a edad de 30 años en 1957. Este novedoso estilo de hacer música popular no persistió en el tiempo y los pocos que la practican hoy lo hacen solamente en fiestas o reuniones familiares, según se dice en internet.
El organista Ernesto Hill Olvera ejecutando el tema "Un Viejo Amor". (Fotograma de Youtube).
           Pues bien, en Penco, decíamos, estas canciones interpretadas por las notas de un Hammond estaban en boca de todos, no por la lírica o la melodía que ya eran bastante conocidas, sino por la novedad de ser emitidas por un instrumento semejando a humanos. Cuando la gente oía “Un viejo amor”, “Reloj”, “Vereda Tropical” ejecutados por Hill Olvera en su órgano hablador era una admiración. “Se le entiende todito”, comentaba sorprendida la señora Chela, una vecina de calle Yerbas Buenas, aficionada a oír la radio. Por esos mismos días de finales de los 50, se anunció la presentación de un show, de aquellos de artistas en gira,  en el Hogar Gimnasio Fanaloza. “Ojalá que venga a Penco uno de esos que hacen cantar el órgano”, decía esperanzado un trabajador de Vipla de Lirquén de apellido Carrasco…  Llegaron los artistas al escenario del gimnasio, recinto que se colmó de público, como siempre ocurría con estos espectáculos en vivo. Pero, no vino el esperado (sin razón alguna) ejecutante del órgano. (Siempre me pregunté por qué hubo gente que se ilusionó con esa fantasía). Pero, sí el plato fuerte de esa noche fue el excelente músico chileno Ariel Arancibia, quien se las mandó con un solo de guitarra eléctrica, extraordinario. “Yo oí que hizo hablar la guitarra”, dijo con fino humor el “Pirincho” Contreras al término del espectáculo afirmación que desató la risa del Lucho Sandoval y de otros que lo rodeaban.


Thursday, January 10, 2019

MALETA DE MADERA Y SERRUCHO: DISTINTIVOS DE UN CARPINTERO EN PENCO

Foto pos producida.
         En Penco era pintoresco el ambiente callejero, por los trabajadores que circulaban por ahí. Uno podía jugar a las adivinanzas viéndolos pasar, cuáles serían sus ocupaciones. Así, por ejemplo, los mineros de Lirquén llevaban sus cascos negros puestos en sus cabezas cuando salían de sus casas en dirección a la mina, los obreros de Fanaloza regresaban de la fábrica trayendo sus viandas vacías, los pescadores, con remos al hombro, bajaban de los cerros en dirección a la playa donde estaban sus botes. Por los objetos que portaban o la vestimenta resultaba fácil reconocer la actividad. Pero, nadie se equivocaría nunca en identificar a un carpintero de la construcción, porque cada cual llevaba una pesada maleta de madera por cuyos lados se asomaban los extremos de un serrucho. Uno se topaba con ellos (y con sus maletas) en las calles o arriba de la micro.
          Aunque para los estándares de hoy resultarían absolutamente poco prácticas, en los años 40 y 50 del siglo XX las maletas al alcance del bolsillo popular estaban hechas de cartón grueso enchapado y reforzado con correas, de tela lacada con armazón, de mimbre tejido o de madera barnizada. En cambio, las de marca, fabricadas en cuero o suela, resultaban ser demasiado costosas para un obrero. Junto con el propósito específico de los carpinteros, que hemos mencionado, aquellas de madera las usaban también los jóvenes que se enrolaban en el ejército. Ahí llevaban sus cosas cuando se presentaban en el regimiento. Quienes hacían estos contenedores escogían maderas livianas, como álamo seco, por ejemplo, pero el usuario notaba igual lo denso de la tara. Pesaban más que el contenido, incluso las de madera terciada. Los kilos se triplicaban cuando llovía. Bueno, ¡qué más se podía exigir si al fin y al cabo era un cajón con una sola asa con el aspecto de una maleta!
        Volvamos a los carpinteros que trabajaban en la construcción. De seguro esos contenedores portátiles de herramientas los hacían ellos mismos. Un martillo, un formón, una cepilladora, un nivel, pliegos de lijas y, sin duda, la comida y una chaqueta además del serrucho, colmaban la capacidad de la maleta. Cuando ya ha pasado tanto tiempo, no hay carpintero de la construcción al que preguntarle por qué no dejaban sus herramientas guardadas en la pega. Por alguna razón, que nosotros no podemos afirmar, andaban con la famosa maleta para todos lados. Conjeturamos, eso sí, que atendían más de un trabajo durante la jornada en lugares distintos hecho que los obligaba a tener sus herramientas cerca. Bueno es recordar, por si acaso, que por esos años los obreros y los artesanos no tenían vehículos propios... y menos uno con porta-maletas.
Fotografía compuesta con imágenes distintas.

Tuesday, January 08, 2019

UNOS PENCONES POSABAN DE RUDOS Y HABÍA MUJERES BUENAS PARA EL MATE


HABÍA ACTITUDES ADOLESCENTES en muchos que ya eran adultos en Penco. Una de esas conductas, por ejemplo, imitar lo que veían en el cine y que no pertenecía al uso local. Los imitadores querían aparentar ser tipos rudos, como los cowboys de las películas. Cuando se presentaba la posibilidad, algunos montaban caballos emulando la forma de cabalgar de los vaqueros del celuloide. Sin embargo, lo más fácil para impresionar a otros era encender un cigarrillo al modo de los rudos. Eso sí, había que hacer una producción y ensayar un par de veces la maniobra para que la acción sorpresa saliera natural, como en las películas. Veamos: El adolescente en cuestión (aunque mayor, por supuesto) le quitaba la banda de lija a una caja de fósforos. La pegaba ya fuera en la suela de sus zapatos o en un lugar elegido para “hacer la talla”, ya fuera el tronco de algún árbol, un poste o una muralla. Así, pues, nuestro personaje durante alguna reunión invitaba a un cigarrillo y encendía el fósforo frotándolo contra la suela de su zapato. Ooooh, decían los otros. Y, si era necesario prender un segundo fósforo, lo hacía rozar contra la muralla, el poste o el árbol (donde estaba la lija previamente pegada), ooooh, continuaban exclamando los contertulios como si estuvieran frente a un mago. Cuando el adolescente-viejo (que se creía cowboy) conseguía ese efecto perfectamente calculado, inflaba el pecho y se hacía el desentendido, como en las películas.

www.desmotivaciones.es

LAS MUJERES HACÍAN VIDA SOCIAL a su modo, en reuniones sólo de ellas. El centro de gravedad de estos encuentros frecuentes era el mate. ¿Cuándo nos vamos a juntar a matear? se preguntaban para convocarse. Por años el mate fue la bebida más consumida por las mujeres de los estratos obreros en sus casas. La yerba se vendía a granel en todos los almacenes de los barrios a un precio conveniente. Para que aquellas reuniones fueran exitosas, ellas compartían sus mates y, cómo no, era la ocasión para conversar, “darle a la sinhueso”, se decía popularmente. Pero, hablar de asuntos familiares o personales era ingresar en la antesala de la etapa siguiente: el pelambre, el segmento más sabroso de la reunión. Quizá por eso tomar mate en la compañía de más personas se interpretaba como pelar. Por consiguiente se decía que en estas reuniones en torno a esa bebida participaban materas-peladoras. Y para cerrar este relato, digamos que había algunas variantes para la infusión del agua y la yerba, también se tomaba mate de leche y cuando hacía frío, las materas le agregaban una pisquita de aguardiente.

Friday, January 04, 2019

DIVERSIÓN CON LAS LIANAS DE LOS BOSQUES NATIVOS DE PENCO

La fecha roja muestra una liana. La foto fue captada en el bosque nativo del cerro Cayumanque.

              Viajar en lianas es una manera poco ortodoxa de ir de un punto a otro. Pero, se puede al menos en la ficción como, en parte,  sólo en parte, en la realidad. Tarzán, por ejemplo, el personaje creado por escritor norteamericano Edgard Rice Burroughs en 1912, como se sabe, vivía en la selva africana y  se desplazaba usando lianas que colgaban de los árboles y que estaban perfectamente ubicadas para que sirvieran al propósito de la historieta. Eso es en la ficción. Pero, centrémonos en las posibilidades que ofrecía Penco para el empleo de tan inusual medio de transporte…

          Se podía imitar a Tarzán en los bosques nativos que para entonces aún había en los cerros pencones. En esos lugares colgaban lianas, esas plantas que trepan adhiriéndose a un tronco firme para llegar al follaje superior y allí recibir la luz solar. Estaban tan bien agarradas, que si uno tomaba un extremo, se aferraba firme y daba un salto con fuerte impulso, la liana funcionaba como un péndulo, llevando su carga humana varios metros más allá, donde uno podía descolgarse y tomar otra liana y seguir “viajando”. Estos juegos disponible sólo en los montes eran comunes en el fundo Coihueco, más allá del tranque donde se podía internar un poco en el tupido bosque chileno.
          Pues bien, la liana a que nos referimos, también recibe el nombre de boqui o voqui, en mapudungún. Los campesinos de antaño y los aborígenes usaban el boqui como cuerdas para atar troncos, por su firmeza y flexibilidad. En los cerros de Penco era frecuente ver cercos en que los palos estaban amarrados con esos tallos. Por estas características, también se lo emplea en cestería. Recién cortado el boqui parece un cordel y su elasticidad es notable. Además tiene la ventaja que una vez que se seca ya es imposible de desatar por su componente de madera dura. En tal caso, no queda más que quebrarlo o usar un hacha. El boqui siempre salvaba si se presentaba la necesidad urgente de algo con qué amarrar y no se disponía de un cable o un cordel a la mano.

     Tenemos que precisar eso de medio de transporte, dicho al comienzo de este post. No es tan así, esas ramas sirven para saltar grandes trechos, pero no es canopy o tirolesa tradicional. No es un medio para viajar dentro del monte. El giro que he usado es sólo una hipérbole para condimentar el cuento. Pero, los niños y niñas montaraces de Penco, en especial los que vivían en Villarrica, hallaban en los boquis no cables que sirvieran para atar, sino "cordeles" pendiendo de árboles con los que divertirse. Grupos de ellos desaparecían de sus casas para ir a jugar a las lianas: volar en el bosque colgando de una rama como Tarzán y Jane. Y cómo no, con el grito característico del héroe salvaje de ficción incluido:   ¡AAAAAAoooooooooooooouuuuuuu!
El actor Johnny Weissmuller, encarnando al célebre Tarzán en el momento del famoso grito.

Thursday, January 03, 2019

CRAV PENCO LO APOSTÓ TODO EN SU PROYECTO DE LA EX GRANJA COSMITO

El arco de la Granja Cosmito, como pudo haber sido en aquellos años. Imagen retocada en computador.

         El arco de la lechería, si es que todavía existe en el ex fundo Cosmito, fue el elemento arquitectónico eje que articuló al núcleo de edificaciones de la industria lechera, que CRAV desarrolló en los años 40, con la idea de cambiar de giro, de refinar azúcar a producir alimentos naturales. El predio era de su propiedad y se situaba a medio camino entre Penco y Concepción. Si uno pretendiera hacer un análisis nada más que de la construcción que subsiste, simplemente hallaríamos que carece de sentido, sin embargo, si miramos antiguas fotografías de las instalaciones desaparecidas, se comprende el concepto estético que pusieron en práctica aquellos arquitectos. Una mirada del conjunto --un ambicioso proyecto agrícola cercano a uno del primer mundo-- demuestra lo que se ha dicho en más de una oportunidad, que la inversión que CRAV hizo en Cosmito fue estratosférica. Todavía más, visto en perspectiva, hay quienes afirman que ese gasto fue intrépido y quizá alocado. No en esos términos, pero el ex administrador del fundo, don Hugo Pinto, nos dijo que lo invertido allí fue enorme y que a poco andar, se dieron cuenta que no era rentable. Por otro lado, don Carlos Crovetto, quien cuando joven acudía frecuentemente a la granja para estudiar el desarrollo de la lechería y la crianza de porcinos, admitió que el proyecto fue bueno, interesante, pero que él lo veía poco viable al corto plazo en virtud de la cantidad de dinero puesta ahí. Si se nos permite un razonamiento sobre la iniciativa Granja Cosmito, ésta partió a lo grande de inmediato, no se hizo de a poco para progresar en el tiempo según las circunstancias. Ésa podría ser una explicación para lo que ocurrió después.
Esta foto real, del calendario que CRAV publicó en 1945,  nos permite entender cómo la arquitectura de proyecto Cosmito se articulaba perfectamente a partir del arco de la lechería y adquiría pleno sentido.
      Todas las construcciones eran de gran calidad en la factura y no se escatimaron recursos para emplear tecnologías modernas para la época, apostar por el uso de  materiales nobles sin olvidar la belleza y el buen gusto. La corajuda decisión de invertir estuvo plena de esperanzas, de poder recuperar el dinero en un plazo corto. Sin embargo, las expectativas de ganancias no se cumplieron según los cálculos y el entusiasmo inicial comenzó a perder fuerza porque cada vez más opiniones en CRAV se pusieron a la defensiva, hasta que la realidad dio su veredicto: no se puede gastar más dinero. Entonces la empresa azucarera puso marcha atrás y el primer impacto fue que esas edificaciones magníficas dejaron de tener el mantenimiento que habían recibido en el comienzo, por lo que el deterioro inició su avance inexorable.
      Y no sólo la falta de cuidados y el olvido participaron en la destrucción del proyecto Cosmito, también contribuyó el expolio. Personas furtivas se llevaron de a poco todo aquello que pudieron sacar. Así la antigua y orgullosa granja fue desvaneciéndose. Ahora, cuando avanza el siglo XXI, Cosmito es  un conglomerado de casas que crece junto con otro tipo de empresas, muy lejanas de la original. Lejos también van quedando en el tiempo aquellos esplendorosos años 40. 
Foto real de la ex Granja  Cosmito captada hace 5 años.
     En el momento en que escribía esta nota escuchaba en Youtube, al cantante español Paco Ibáñez, quien interpretaba su tema: “Ya no hay locos en España”. Y en unos versos, Ibáñez cantaba la pura verdad: “Hoy en día todo el mundo está cuerdo, horriblemente cuerdo…ya no hay locos”. La letra de esta canción y su significado más profundo nos dice que a la luz del duro pragmatismo liberal que impera ahora sería impensable que a alguien se le ocurriera invertir en algo así, porque ¿quién con ilusiones y esperanzas apostaría todo su dinero en un proyecto tan lindo como fue Granja Cosmito?  Es que, “ya no hay locos en Chile” también parece recitar la canción...  

Sunday, December 30, 2018

ANÉCDOTAS EN PENCO DE LA CAMPAÑA PRESIDENCIAL QUE GANÓ PEDRO AGUIRRE CERDA

El Presidente Pedro Aguirre Cerda en una actividad con Carabineros (foto de la revista institucional).

          En Penco había ajetreo político en aquellos últimos días del invierno de 1938, porque el 25 de octubre de ese año el país elegiría al nuevo presidente de Chile, ya que expiraba el mandato de Arturo Alessandri Palma, “El León de Tarapacá”. Para entonces, estaba en plena vigencia la Constitución de 1925, propuesta por aquel mandatario corpulento y de gran vozarrón en su primer período. La “matanza del Seguro Obrero” en Santiago que significó la muerte de 62 jóvenes nazis a manos de la fuerza pública (se salvó uno), a sólo metros de La Moneda, complicó la opción del gobierno saliente. La masacre ocurrió sólo 29 días antes de le elección. Los dos candidatos más importantes que se postulaban eran, el oficialista (de la coalición encabezada por el partido Conservador) Gustavo Ross Santa María, ministro de Hacienda del gobierno saliente y el profesor Pedro Aguirre Cerda, apoyado por el izquierdista Frente Popular. Un tercer candidato fue el general Carlos Ibáñez del Campo, de la Alianza Popular Libertadora, sin embargo, cuando faltaban días para la elección retiró su candidatura, pero su nombre quedó en la papeleta. Porque no se explicaría de otro modo que igual haya obtenido algunos votos, los que quedaron registrados.

          Todos estos antecedentes palpitaban en Penco, una ciudad mayormente obrera, y perfectamente al tanto de los acontecimientos nacionales. Sobre el clima político local, hace muchos años, en una conversación de un círculo de amigos, escuché algunas anécdotas contadas por don José Riquelme Araneda, presidente del club deportivo Atlético. En dicho encuentro, don José recordó aspectos que él observó en Penco en el forcejeo político por alcanzar la Presidencia de Chile.
Don José Riquelme Araneda.
Dijo, por ejemplo, que los partidario de Ross en las marchas y en sus concentraciones en la plaza, adaptaron la música de un himno del cancionero católico, aquel titulado “Hasta tus pies”. Usaron la melodía, de origen mexicano, en la parte del estribillo que dice “a Dios queremos en nuestras leyes, en la escuelas y en el hogar”. Los adeptos a los conservadores lo cantaban en Penco, según el entretenido relato de don José: “A Ross queremos en nuestras leyes…”
          Otras fuentes, como Wikipedia, confirman esa versión y agregan otras creaciones del comando del multimillonario Ross que quería ser presidente y que anduvo bien cerca de lograrlo. A la misma idea de su apellido que rima con arroz le sobrepusieron la música de la canción brasileña “Mamá yo quiero”, o sea, debió resultar: "A Ross yo quiero". Sin embargo, la oposición a esa candidatura, en este caso el Frente Popular también difundió estribillos y gritos de campaña que hacían referencia al arroz, pero con un obvio propósito contrario y sombrío: “Si a Ross tenemos, arroz no tendremos”.
          Gustavo Ross, mientras estuvo en Hacienda, pudo controlar con drásticas medidas la inflación que aquejaba a la economía. Por eso, sus partidarios lo llamaron “el mago de las finanzas”, pero sus oponentes lo apodaron “el ministro del hambre” por el impacto de tales medidas en las clases más desposeídas. En la reñida elección de 1938 Pedro Aguirre Cerda obtuvo el 50,45% de los votos y Ross, el 49,52%.  Este último perdió por 4.111 votos, de los 441.441 sufragios válidamente emitidos. Ibáñez reunió sólo 112 votos, con el 0,03%. En la provincia de Concepción (no tenemos el detalle de Penco) los resultados fueron los siguientes: Aguirre Cerda: 17.417 votos; Ross 9.743. Ibáñez obtuvo 1 solo voto.
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Las cifras de esta nota fueron tomadas de Wikipedia. 

Friday, December 28, 2018

PENCO Y SUS ALREDEDORES NO ESCAPARON DEL TIFUS EN 1933

Gráfica construida  en computador con el  propósito de ilustrar esta nota.

         Debió ser la operación limpieza más grande que recuerde la zona central de Chile, aquel programa del gobierno de la época (Arturo Alessandri) para extinguir el tifus exantemático, una epidemia que azotó a nuestro país entre 1933 y 1939. Penco y sus alrededores no estuvieron ajenos a los devastadores efectos de este mal causado por los piojos.
          Experiencias de la enfermedad y de la campaña de salud nos llegan aún por medio del relato oral. En los campos, incluidas Primer Agua, Cieneguillas y más allá, Rafael, Guarigüe, Ránquil, Peña Blanca, etc., los equipos de salud iban casa por casa o puebla por puebla (así llamaban a las casas de los inquilinos) para someter a sus moradores a drásticos procesos de aseo. Dicen que los equipos llegaban con unos fondos de gran tamaño, hacían una fogata, calentaban agua a la que le añadían unos químicos y echaban ahí toda la ropa de la gente, incluida las camas, colchones, todo. Las ropas permanecían en los tachos hirvientes por largo rato y después se tendían al sol. Mientras tanto, el personal de salud registraba los hogares y hacía un aseo profundo a zona donde se reunían las familias: el comedor, las cocinas y echaban más químicos con bombas de mano por todos los rincones.
        Los moradores de las pueblas miraban con los brazos cruzados  (y con ropa prestada seguramente por el personal de salud) el trabajo profesional desarrollado por los equipos de limpieza. Cortaban el pelo para prevenir la presencia de piojos. Esta operación tomó años en cubrir las zonas potencialmente foco de la enfermedad. El recorrido cubrió la mayor parte de sitios poblados de los campos. Aún quedan personas que durante su niñez vivieron esa experiencia y recuerdan algunos de los detalles que vieron y que hemos incluido en esta historia.
            El tifus exantemático lo padecía mayormente la gente pobre y consiste en presencia de fiebre y problemas cardíacos y respiratorios. Causaba la muerte si no se trataba a tiempo. El mal lo transmiten los piojos que se adhieren en las prendas de vestir y al picar transmiten la enfermedad. Con el avance de la ciencia médica fue posible finalmente controlar la epidemia gracias a programas de limpieza, el uso de nuevos y más efectivos insecticidas contra esos parásitos vectores y a la aparición del cloranfenicol. 
        El programa de salud significó un enorme esfuerzo del gobierno central por erradicar el tifus, en la ciudades se sometieron a riguroso aseo los cines, teatros, iglesias, escuelas, transporte público, lugares de reunión, hospitales. Muchos de esos recintos permanecieron cerrados por cinco o más días con el fin de eliminar todo vestigio del insecto causante de la propagación del tifus.