Wednesday, September 16, 2020

A LOS 96 AÑOS FALLECIÓ EL RECORDADO VECINO Y DENTISTA DE PENCO JUANITO RIFO

EL 18 DE AGOSTO PASADO, DON JUANITO RIFO CELEBRÓ 96 AÑOS. Aquí aparece junto a su esposa Leticia Carrasco y sobre la mesa la torta de cumpleaños. (Foto cedida por la familia).
         
         En el cementerio parroquial de Penco fueron sepultados los restos de don Juanito Rifo Benítez, quien falleciera el lunes 14 de septiembre de 2020, en su casa de calle Penco N°478. Había celebrado su cumpleaños 96 recién el 18 de agosto. Gozaba de buena salud general y plena lucidez para su edad por lo que su muerte fue un hecho inesperado para su familia. Don Juanito, de profesión dentista, era un vecino muy querido, además por su fructífera labor comunitaria y social y también por actividades vinculadas con la iglesia. Llegó a Penco con sus padres y hermanos procedente de su natal Curanilahue en 1938. Aquí se casó con Leticia Carrasco Vera. El matrimonio tuvo dos hijas: Carmen (fallecida) y María Amelia, y un hijo, Alejandro.

          Decir que su vida fue un ejemplo podría resultar algo mezquino si no enumeráramos parte de sus logros más importantes producto de su solo esfuerzo, seriedad y perseverancia. Cuando llegó a Penco traía una sólida formación en música, por influencia paterna. Ejecutaba con gran talento un instrumento de bronce. Esa habilidad le permitió ingresar al orfeón de Fanaloza y, por consiguiente, obtuvo un puesto en la empresa. Estaba consciente que necesitaba superar su nivel educacional, pues desde Curanilahue llegó solamente con la primaria cursada (básica). Alternando trabajo y estudios, ingresó al Liceo penquista donde completó las humanidades.

        Gracias a su dominio en la ejecución de instrumentos musicales fue aceptado en la Armada donde se integró a la banda de la Segunda Zona Naval y también se desempeñó en otras funciones. Don Juanito trabajaba, no malgastaba su tiempo y luchaba por alcanza metas, una de ellas fue construir su propia casa en calle Penco. La hizo con sus manos, serrucho, martillo, clavos y chuzo. No se tomó descanso hasta que no puso la última teja. En un nuevo impulso aprobó su bachillerato (equivalente a la PSU o PDT) y se postuló a la escuela de Odontología en la Universidad de Concepción. Por esa razón debió dejar la Armada para dedicar todo su tiempo a conseguir la carrera. Aquellos sí que fueron años duros. Pero, el sacrificio dio frutos en 1964 cuando se recibió de Odontólogo; para entonces tenía 40 años. Como dentista comenzó a atender pacientes en su casa como para recomponer la economía. Sin embargo, logró ser readmitido en la Armada y trabajó como profesional en la Escuela de Grumetes.

      En Penco el matrimonio Rifo Carrasco ha obtenido varios reconocimientos por su trabajo de apoyo a obras sociales. Don Juanito fue presidente del centro de padres de la ex escuela 90 por años. En varios períodos fue presidente del liceo Pencopolitano. Desde 1966 se incorporó a los trabajos con la parroquia local junto al padre Jorge Fajardo y los padres redentoristas, una colaboración que se prolongó por cuarenta años. Integró el comité pro hogar Santa Catalina para niñas en riesgo social.

        Decíamos que su partida fue inesperada. A ella se sumaron las consecuencias de este virus letal como la cuarentena y las medidas sanitarias. Ello impidió que don Juanito recibiera el último adiós de sus numerosos conocidos y amigos. Lo conocí en los años 50 y observé en él un hombre ordenado y amante de su familia. Visitaba periódicamente a sus hermanas Elena y Rosa. Me recibió en su casa el 2016 y conversamos de historias y de ese Penco que ya se fue. En la oportunidad hizo memoria de sus primeros años en el pueblo. Sus ojos brillaron por la emoción de recordar a su madre, quien perdiera la vida junto a dos de sus hermanos en el terremoto de esa noche de enero de 1939.

  DON JUANITO cuando me recibió en su casa para una conversación 
sobre Penco, en 2016.
       El oficio religioso de su despedida lo celebró el sacerdote Carlos Peña, en la parroquia de Nuestra Señora del Carmen en Penco, donde se velaron sus restos. Así fue el adiós de don Juanito Rifo Benítez, un vecino querido. ¡Y qué ejemplos de vida nos ha dejado!
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Más antecedentes de la entrevista de 2016 en:
https://penco-chile.blogspot.com/2016/06/don-juanito-rifo-nos-conto-emotivos.html

   

Sunday, September 06, 2020

LAS INCOMODIDADES DEL PASADO DE ACARREAR AGUA EN VILLARRICA


            Sacar agua de una fuente natural era un acto de pura fineza, según la literatura romántica del siglo XVIII: "... las muchachas de la ciudad acuden por agua: ejercicio inocente y necesario que en otro tiempo desempeñaban las mismas hijas de los reyes”, escribe Werther ₁ en su carta del 12 de mayo a su amigo Guillermo. Pero, el romanticismo alemán de la clase alta difería harto de la realidad pencona 2 siglos después. Es cuestión de saber un poco de esta pequeña historia local.  

           Toda esa hilera de casas que hay en el barrio Villarrica frente a la escala de calle Alcázar se abastecía de agua potable en la fuente natural que había en una estrecha vega al final de la pendiente de sus patios traseros. Para llegar a ella, había un sendero inclinado que bajaba entre las tupidas zarzamoras y los maquis. Luego de unos 100 metros por esa huella descendente al lado izquierdo estaba la fuente, que los vecinos llamaban La Cola. El agua emposada en esa fuente, arreglada por los usuarios de Villarrica, para acopiar y que nunca faltara, era una vertiente natural o una filtración de la laguna Lo Marjú, que estaba unos 200 metros más arriba. O tal vez las dos cosas. El agua que rebalsaba en ese lugar seguía curso por una acequia a lo largo de la vega y desembocaba a un canal que se iniciaba en calle Cruz y que dos cuadras más allá descargaba al estero Penco.

         “No era un agradable trabajo de hijas de reyes como dice esa novela”, me contó un amigo, ex vecino de Villarrica y que vivió el sacrificio de bajar con baldes con mucha frecuencia a esa fuente para abastecerse y regresar cargado a su domicilio. “Los dedos nos llegaban semi rebanados cuando terminábamos de subir la cuesta”, recuerda. La pendiente era (o es) bien inclinada, de modo que en invierno se corría el riesgo de resbalar en el barro o caer y rodar si las personas con los baldes llenos no hacían pie. Los niños de entonces eran los encargados de acarrear agua para uso doméstico desde ese lugar. Ellos sufrían este tipo de incidentes. Algunos llevaban más de 2 baldes, agregaban un par de tarros con aros de alambre. El regreso era más lento en ese caso, porque el acarreador iba haciendo postas. Subía algunos metros con una carga y volvía a buscar los otros tiestos y así hasta que llegaba a la casa.

        La fuente La Cola era un lugar sombrío la mayor parte del año. La cubrían unos frondosos árboles nativos y el cerro que estaba al lado del poniente, por donde subía el sendero, era escarpado y desde temprano en las tardes proyectaba su sombra hacia la vega. Las idas a esa fuente para conseguir agua ya son cosa de la historia, a partir del momento en que llegó el agua potable y el alcantarillado

       O sea, amigos, el romanticismo en la literatura nos pintó un cuadro color rosa, de alegrías y penas. Pero, distorsionó un poco el acto de ir a recoger agua de las fuentes, porque, en realidad esa actividad no fue placentera sino, más bien, estuvo marcada por las incomodidades y las manos llenas de durezas.

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₁ “Las Penas del Joven Werther” de J.W. von Goethe, 1774


Wednesday, September 02, 2020

EN PENCO LA GENTE CANTABA


Foto obtenida de internet.
       En Penco la gente cantaba, en el pueblo y en el campo. En los bosques cantar servía para sentirse acompañado aunque fuera por su propia voz. En las lomas, arreando animales, los arreadores iban cantando también. Las mujeres que barrían veredas frente a sus casas lo hacían cantando, aunque fuera en voz baja. Y lo mejor, los cantores se sabían las letras. El sabérselas no era de casualidad o de imitar a las radios. Había unas revistas de papel diario que se vendían en quioscos y que suplementeros las ofrecían de puerta en puerta: los cancioneros. También se exhibían en las librerías. Incluían un largo menú con la lírica de canciones de moda. Esos cancioneros estaban en cada casa que yo recuerde. Encima de cualquiera mesa o cerca de la cocina había uno a la mano, ahí estaban las últimas novedades o las letras más antiguas.
        Las religiones también influían en este hábito. Los evangélicos tenían himnarios, denominarlos cancioneros hubiera sido una irreverencia. En sus numerosas páginas distribuidas en el formato de libro estaban los versos de los himnos. Cada uno de estos registros impresos se cantaban con el acompañamiento de guitarras, acordeones y mandolinas de hasta 16 cuerdas estas últimas. En Cerro Verde Bajo, los evangélicos tenían y tocaban una buena cantidad de estos instrumentos, donde las mandolinas tenían gran presencia. No habia un grupo mejor para cantar que el que había en Cerro Verde.
         Donde las familias eran católicas, había por lo general dos libros para asistir a las misas: un himnario también con sus líricas enumeradas y un devocionario con las oraciones. A diferencia de los evangélicos que también cantaban en el culto y en las calles a cielo abierto, los católicos lo hacían mayormente que en el recinto de la iglesia. Pero, para las procesiones también cantaban al aire libre aunque eso sí, sin acompañamiento de instrumentos.
        Ya fuera en el ámbito religioso o no religioso, en Penco se cantaba. Eran expresiones de alegría en el primer caso, y en el segundo caso, que quien cantaba demostraba saberse las letras de las canciones en voga. Los primeros cantaban con los himnarios en la mano, los segundos se aprendían las líricas de memoria. No se necesitaba saber música para cantar en cualquiera circunstancia, bastaba poner oído, afinar la garganta y largarse siguiendo la melodía y pronunciando los versos. Muchos años después con los avances de las tecnologías, los cancioneros desaparecieron de los quioscos y de otros puntos de venta, porque las letras están en internet y por la invención del karaoke. ¿Se han fijado que no hay que aprenderse nada?
      Hagan cantar a un par de viejos y les aseguro que se saben de memoria varias de las canciones de esos años: "Me voy p'al pueblo", "La batelera", "Las campanas del rosario", "Pénjamo". Porque se las aprendieron en los cancioneros.

Saturday, August 22, 2020

EL 30 DE AGOSTO ES EL N°78 ANIVERSARIO DE LA CAPILLA DE LA EX CRAV

NOTA DE LA EDITORIAL: Con motivo de cumplirse un nuevo aniversario de la capilla del Divino Redentor, un auténtico ícono del barrio Recinto de la refinería de ex CRAV, presentamos una nota preparada por nuestro colaborador Abel Soto Medina. Incluye un simpático episodio que permanece grabado en su memoria, de la época de su infancia en el barrio San Vicente y que Abel narra con estilo simple, en primera persona, recordando sabrosos detalles. Se relaciona con la capilla refinera y su párroco de entonces Antonio Chandía (1958 aproximadamente). 

CAPILLA DEL DIVINO REDENTOR en
el recinto de la ex refinería de Penco.
         
POR ABEL SOTO MEDINA

      Continuando con el recorrido de recuerdos de infancia, se acerca a mi mente, una experiencia que creo sólo pasaba en ese barrio San Vicente, de Penco, lleno de genialidades, todos en torno a la alegría y a la risa espontánea y buena convivencia, sana para esos años, llena de actividades creativas, donde cada personaje quería llamar la atención, con algo que escuchó, la película que vio, o contar que fue al cerro y vio una enorme culebra, y que fue a Cosmito, a Concepción, todo era un acontecimiento. Para qué decir si alguien viajaba a Santiago, era interrogado, nadie se quería perder o quedarse sin instruirse de lo acontecido… Pero, un buen día domingo del año 1958 o 1959, sucedió algo extraordinario para nuestro barrio, hizo su aparición en forma imprevista el cura de la capilla de Refinería, señor Antonio Chandía Ulloa, iniciando visitas en algunas casa de los pabellones que la ex CRAV tenía en el lugar, y que para todos los vecinos, los pabellones eran el corazón del barrio. Mientras la noticia iba recorriendo el sector, se notaba una agitación poco usual entre los mayores, dueñas de casa y trabajadores de la empresa refinera que salían a comprar algo para el almuerzo, pero todos sabíamos, que era la noticia que se respiraba en el ambiente, lo que se robaba la atención. El Barrio San Vicente no podía estar más congestionado, vecinos para allá, para acá, unos salían, otros llegaban, todos comentado la presencia del religioso, para nosotros los niños, nada nuevo bajo el sol, y en lo de siempre: jugando a las bolitas, al trompo, capítula, o al ensarte (juego con un clavo que consistía en lanzarlos y clavarlo en la tierra en la línea o camino que el rival te había graficado); los jóvenes y mayores, en cambio, jugando dinero al chupe (entretenimiento en que el que hacía de banca, tiraba al aire 5 ó 7 monedas y se apostaba si caían más caras o más sellos), o jugando al dado o tallando el naipe, en resumen, una mañana dominical normal para el barrio... Pero, el Padre Chandía, lo vino a revolucionar, luego de un rato, entre conversaciones, gestos, órdenes, pronto vinieron los llamados… Pedrito, Juan, José, Enrique, Luchito, Choño, Memo, Sanzón, Pelao Nati, vengan porque el sr. cura quiere decirles algo, a todos los que están ahí, no importa si son o no de los pabellones. ¡Incógnita en el aire! El Lucho se pregunta ¿qué será?, y se respondía al instante, ¿capaz que nos quiera invitar a jugar fútbol a la cancha del cura? pero no tenemos pelota, expresó el Juan. Ya puh, vamos a ver, no tenemos nada que perder, y fuimos… Y el Padre nos saludó e hizo juntarnos al lado de los lavaderos de cemento, que formaba parte de los baños comunes de los pabellones. «Niños he llegado hasta éste lugar para conversar sobre Dios», y comenzó a hablarnos de Jesús y la Virgen y nos fue llevando a la parte mágica de la fe. A todos nos impresionó su voz tan particular y su oratoria nos fue llevando más y más a la malla espiritual que nos iba envolviendo en ese mundo mágico nuevo para la mayoría de nosotros. En conclusión nos invitó a participar de una eucaristía en la capilla CRAV y a la vez que jugaríamos en la cancha del cura, un sitio vacuo frente a la capilla... No recuerdo haber pisado la iglesia ni menos la cancha y el tiempo pasó, pasó y pasó.
          Ese episodio se fue guardando en las vicisitudes de mi vida, quizás cubiertos con algunas penas o con los ecos de alegrías, no sé qué fue, pero el olvido siempre triunfa sobre todo con los sueños del hombre. Un día de agosto del año 2006, ya no con la misma inocencia de lo relatado, pero que ese día se cambiaba por algo de incredulidad, digo esto porque inocentemente llego a la casa de mi hija Leslie y Mauricio su marido, y me invitan que los acompañe a una actividad a la capilla Divino Redentor (la capilla de la ex CRAV), no fue necesario el tañer de campanas para que se me viniera a la mente el curita Chandía, a quien de una u otra forma no le había cumplido en lo que, seguramente él había deseado en esa ocasión.
El cura Olivares está a la izquierda
del pontífice.
           Ahora no me podía hacer el desentendido, y accedí a asistir a la capilla, que luego de la eucaristía, vinieron algunas conversaciones sobre los hábitos usados por el Papa Juan Pablo II, (hoy santo de la iglesia católica), en su visita el año 1987, todo ello dado que, el párroco don Héctor Rivera, había tenido una participación muy cercana con el Santo Padre, sobre todo en la Misa que realizó el Papa en el Club Hípico de Concepción. Como para mí y también para mi familia fue un hecho muy significativo la visita Papal, y lo adeudado en mi niñez, consideré entregar algo al Padre Rivera que fuera significativo e hice enmarcar un cuadro con un trozo de la historia de la Capilla Divino Redentor que incluía una fotografía de su imponente fachada. Y ahora, cómo estamos en agosto y próximos al 30, día de Santa Rosa según el Santoral Católico, he considerado aportar un granito de arena a la historia de Penco, especialmente a la parroquia Divino Redentor.
        El siguiente es el contenido del cuadro al que hago mención:

A la Parroquia Divino Redentor en sus 64 años
1942 - 2006

El 30 de Agosto de 1942, la Compañía Refinería de Azúcar de Viña del Mar, Fábrica de Penco, (CRAV), Inauguró un hermoso Templo de líneas arquitectónicas de un singular estilo colonial, para que sus trabajadores y familiares mantuvieran viva la fe en el Dios Creador.- Dicho templo se denominó Capilla Crav, el Administrador Señor Desiderio Guzmán fue quién la entregó oficialmente a la familia refinera como se acostumbraba a decir en esos años.-La solemne Eucaristía y Bendición que se celebró ése día, estuvo a cargo del Excelentísimo señor, padre Diocesano y Arzobispo de Concepción Alfredo Silva Santiago, siendo su primer Capellán Don Arturo Fuentes Tobar.

El 06 de enero de 1961, según Decreto 1706 fue erigida como Parroquia Divino Redentor de Penco, que comprende el territorio de lo que fue Crav hasta el Río Andalién en Concepción. El corazón de la Parroquia lo constituye el Monasterio de las Monjas Trinitarias, que acoge en su interior la venerada Virgen del Boldo, ícono de la iglesia diocesana y que según la tradición se ha aparecido en dos ocasiones en el siglo XVI.-

Estas simples líneas solo tienen como objetivos recordar con veneración y gratitud a los capellanes y párrocos que le han dado vida espiritual a ésta casa de Dios durante los 64 años de existencia, cobijando fe, esperanza, reconfortando el alma y llenando de gozo el espíritu, que se refleja en la alegría y el amor por nuestros seres queridos y en una mano fraterna por nuestros semejantes. En la paz del Señor y en la bendición de la Virgen recordemos a:

- Arturo Fuentes Tobar 1942 – 1946 (D) - Antonio Chandía Ulloa 1948 - 1950 (D)
- Arturo Fuentes Tobar 1950 - 1956 (D) - Jorge Vásquez Merino 1956 - 1957 (D)
- Pedro Malejac 1957 - 1957 (D) - Antonio Chandía Ulloa 1958 - 1967 (D)
- Julio Olivares 1968 - 1977 (D) - Arturo Fuentes 1977 - 1989 (D)
- Jesús Balmaceda 1989 - 1990 (D) - Carlos Neira Prosser 1990 - 1994 (D)
- Pedro Arregui 1994 - 1998 (R) - Héctor Rivera Arce 1998 - (D)
Con todo cariño para el Padre Héctor Rivera Arce
Abel Soto Medina
Aficionado de la Historia de Penco
Agosto 2006















EL CURA Héctor Rivera está
actualmente en Coelemu.

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Revisión de estilo: N.Palma

Thursday, August 13, 2020

ROSITA BRAVO EJECUTÓ COMO NADIE EL ARMONIO DE LA IGLESIA DE PENCO

ARMONIO, foto tomada de internet.

       La iglesia estaba con su capacidad completa. La aglomeración bloqueba la puerta principal que daba a la plaza. Por ese motivo, el silencio se hacía más imponente esa mañana de noviembre en que un grupo de niños de ambos sexos, luego de aprobar su curso de catequesis, se presentaba en el templo para su primera comunión. El cura y sus acólitos con sus relucientes indumentarias para la ocasión observaban a la grey reunida y silente en los momentos previos a la celebración. Las niñas y los niños que comulgarían por primera vez lucían sus tenidas nuevas y cada cual mantenía en su mano y con el brazo semi levantado un nardo de pétalos blancos. Los estómagos crujían vacíos por el respeto debido al precepto de no desayunar antes de recibir la hostia. Siguiendo el uso clásico anterior al Concilio Vaticano II, las mujeres cubrían sus cabezas con velos negros, las mayores, y con velos blancos las jóvenes. Los hombres vestían dignamente sus trajes oscuros. Y aquellos que usaban sombrero, lo sostenían en una mano apegada al pantalón en señal de respeto.
          En ese ambiente de expectación, el sacerdote giró la cabeza a su derecha, todos miraron con él en esa dirección. Ahí estaba la conocida vecina Rosita Bravo sentada frente a un hermoso armonio lutúrgico de color caoba. El cura le hizo un imperceptible gesto. Era la seña que ella esperaba para presionar sus dedos contra el teclado, puesto que desde hacía rato tenía sus falanges apoyadas ahí. Una ayudante le sostenía partituras. El bello y ronco sonido, pleno de personalidad, del armonio se oyó con fuerza en todo el espacio de la iglesia y el coro que estaba cerca de ella cantó con energía el “Espíritu Santo”, una dulce emoción se apoderó de los corazones. La ceremonia de la primera comunión de 1957 en Penco había comenzado.
         La iglesia católica del pueblo ocupaba el solar donde hoy está el auditorio parroquial, como aquella quedara en muy mal estado a causa de los terremotos del 21 y 22 de mayo de 1960, hubo que deshacerla. Seguramente el armonio se dañó también o lo trasladaron a otro recinto. Desde entonces las ceremonias religiosas, en la iglesia que se levantó al lado y que hoy es ícono local, no cuentan con la sonoridad de ese instrumento.
         Interesante es recordar que quien ejecutaba aquel armonio con gran maestría era Rosita Bravo, una mujer de unos 50 años, que vivía en la casa paterna de Las Heras con Alcázar. (En ese lugar ahora funciona un centro de diálisis). Ella trabajaba atendiendo el negocio de abarrotes su padre, don Hipólito Bravo. Rosita era diligente y rápida detrás del mesón. En la esquina opuesta había otro negocio, de propiedad de don Manuel Jesús Aburto, quien trabajaba en la refinería. El local, menos surtido eso sí, lo atendía su hija Elbita Aburto, una mujer un poco menor que Rosita. Ambas eran amigas, a pesar de la competencia comercial.
         Al final del día, Rosita Bravo se arrancaba del negocio e iba a la iglesia a practicar en el armonio. Tocar piezas en ese instrumento exigía gran coordinación porque como usa fuelles que se inflan por la acción de pedales, requiere dedicación y práctica. En virtud de esa habilidad, de sus conocimientos de música, y de su entrega a actividades pastorales, era conocidísima en la comunidad católica local. No supe de otra persona que tocara el armonio en Penco en esos años, de allí que Rosita estuviera presente en casi todas las ceremonias que requerían de ese sonido único, cargado de notas sagradas, que evocaban los coros gregorianos o la misa del Papa Marcello₁... El armonio pencón se lo llevó el terremoto del 60. Algo parecido ocurrió con las frases y las oraciones en latín que pronuncicaba el cura, pero esto último debido a los aires modernizadores del Concilio Vaticano II.
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₁ Autor: Giovanni Pierlugi da Palestrina 1562.

Monday, August 10, 2020

EN PENCO NOS GUSTABAN CANCIONES QUE NO ENTENDÍAMOS


          Las radios de esos años rara vez difundían canciones en otro idioma que no fuera en español. Tonadas, tangos, boleros y marchas conformaban las parrillas de las emisoras comerciales. Las interpretaciones más solicitadas por las audiencias eran de Lucho Gatica, Antonio Prieto, Raúl Shaw Moreno, Violeta Parra, Sonia y Miriam, Ester Soré, Carmencita Ruiz, Carlos Gardel, Guadalupe del Carmen, Enrique Balladares, Monna Bell, etecétera. En realidad los discos de esos cantantes no eran solicitados por el público, salvo en programas especiales, era la oferta que hacían los discotecarios orientados por su intuición. Hasta que irrumpieron masivamente los cantantes extranjeros y las canciones de otras partes del mundo. ¿Y qué pasó entonces? Que de a poco, pero de repente comenzamos a acostumbrarnos a oír música popular en lenguas distintas. Edith Piaf, Johnny Halliday, Gilbert Bécaud (franceses); Doménico Modugno, Adriano Celentano, Mina, Paolo Conte (italianos); Franz Reuther, Wolf Biermann (alemanes).
         Sin embargo, lo que cambió todo y puso el mundo al revés fue la llegada incontenible de los intérpretes y cantautores angloparlantes: Presley, Franklin, Halley, Berry, Lee, Anka, etc. Con toda esta enumeración más la del párrafo anterior, las audiencias locales tuvimos que amoldarnos a escuchar muy buenas creaciones musicales populares, pero nadie entendía nada. Nunca supimos qué decían las letras de esa canciones, a diferencia de las que se cantaban en castellano.
         Los jóvenes tararéabamos e imitábamos los sonidos vocales de esos discos pero el asunto era ininteligible. Con otros compañeros de curso del Licero Vespertino conversábamos esta dificultad con la profesora de inglés, una joven de apellido Rubio, que vivía en la Población Perú. Y ella nos motivaba a que tradujéramos con su ayuda. Algo aprendimos, pero el trabajo era demasido, las canciones eran muchas y cada mes había más estrenos, y cuál todavía mejor. No, intentar traducir así no se podía. ¿Si no entendíamos ni un rábano de lo que decían las letras, por qué nos gustaban y seguíamos oyéndolas incluso más que aquellas en nuestra lengua? Con los años di con la respuesta.
          La voz es un instrumento musical, por eso cantamos y podemos incluso hacerlo sin articular palabra, emitiendo puros sonidos. Si, por el contrario, habamos a nuestro discurso agregamos en forma natural algo de musica, por ejemplo, en las preguntas, en las respuestas, en la risa o el llanto. Sin contar que añadimos acentos locales, zonales o nacionales. Enfrascados en una conversación nos preocupamos de los contenidos, pero también oímos la musiquita disfrazada en la prosodia que usamos.
         De este modo al escuchar la canción que nos gusta en un idioma que no conocemos, nos agrada por la música, por el ritmo, por la voz o las voces. El cantante ejecuta con maestría el instrumento de su voz y las palabras se convierten en rasgueos, toques, golpes, silencios. Las frases funcionan como arpegios, compaces. Los versos originales de su lírica no contienen significados para nosotros. La voz humana es la vibración maravillosa de un instrumento vivo manejado por el artista que la posee y que se traduce en pura música. La semántica no cuenta.
         Si nos interesa investigamos, averiguamos y traducimos, afloran los significados del verso, los que agregan otra dimensión. Pero, el impacto emocional de la primera vez, permanece, la traducción no lo modifica.
        He ahí mi hipótesis de por qué seguimos oyendo canciones populares que nos gustan en otros idiomas. La razón es puro agrado porque nos recuerda algún momento feliz o una etapa linda de la vida, como la juventud por ejemplo. Los versos están vacíos de significado y a nadie le importa. La canción queda grabada en nuestra memoria para siempre. Mmmm, no siempre.
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₁ El discotecario pertenecía al equipo de producción de la radio y su trabajo consistía en mantener y guardar los discos de vinilo en la discoteca, además confeccionaba la lista de las canciones que debían emitirse a tal o cual hora y llevar ese material a la mesa de transmisiones.

Thursday, August 06, 2020

LA PELEA POR SALVAR LA BAHÍA Y LOS CERROS DE PENCO

 OPINIÓN:


        Que haya en Penco personas o grupos de personas que defiendan la bahía, los cerros, el agua del estero, en general la naturaleza, es un asunto que va más allá de simples protestas. Es la conciencia colectiva que valora el entorno, lo quiere, lo respeta y desea mantenerlo, por tanto, merece nuestro respaldo. Y de otro lado están las empresas que buscan generar riqueza interviniendo y alterando el medio natural que además es muy frágil.
           Hay a lo menos 3 razones muy fuertes detrás de este conflicto de la ciudadanía frente a las empresas cuya dedicación es instalar un terminal de gas en la bahía y la explotación de mineral estratégico en el fundo El Cabrito. Analizaremos esta controversia con criterio científico para comprender mejor.
           La primera razón es la economía o, mejor dicho, el capital. Lo que buscan las empresas es generar riqueza y aprovechan cualquiera oportunidad para conseguirlo. A primera vista se ve razonable. Sin embargo, este principio de racionalidad de aumentar la tasa de ganancia se vuelve irracional porque es ambientalmente destructivo. Está probado en todo el mundo, y todos lo pueden ver: las montañas de basura producida por la industria, la tierra irremediablemente destruida por la explotación de minerales, el mar vacío por la pesca indiscriminada y la contaminación. O sea, vamos directo al abismo, al suicidio. Entonces esta es una causa, sino LA causa, del rechazo a que estos proyectos sigan adelante. Los habitantes de Penco intuyen y saben que hay que detener esta lógica, que la economía por sí misma ya no es capaz de parar. Al capital se le cortaron los frenos. Se hace necesario plantear una economía de otra manera.
        Una segunda razón de la lucha pencona contra la lógica del capital es de tipo estético. Y entendemos la estética como una emoción de alegría frente a la vida. Ahí radica el estímulo que proviene de la naturaleza y que en nosotros se traduce como la vibración de la belleza. Entonces comprendemos que los pencones y lirqueninos quieran preservar la belleza de la bahía, ya bastante congestionada, porque cualquier proyecto de la envergadura de la gasífera cambiará eso irremediablemente. O sea, sería una pérdida que todavía se puede evitar. Porque decíamos que el capital sólo quiere ganancias no le interesa la estética. Además, la defensa que hace la gente tiene que ver con lo que los griegos llamaban el telos: eso de dejar que la naturaleza sea y se realice en su fin. Lo opuesto es interrumpir ese fin con el abuso. Lo mismo aplica para la extracción de mineral en los cerros. Es la destrucción de todo el delicado sistema ecológico. Las salvaguardas que la empresa dice emplear son contradictorias. La lucha también es estética.
          Y la tercera razón de este conflicto, es moral. Conseguir detener la destrucción del medio ambiente si la empresa logra los permisos para montar toda la infraestructura de explotación que necesita, es una pelea ética. ¿Cómo no va a ser ético luchar en favor de la vida? De este modo, la postura social de los pencones contiene un principio justo que es innegablemente moral. El capital trabaja como si el planeta fuera infinito, pero es finito, o sea, hay límites. Por un lado con la explotación irracional los recursos se acaban y por otro, la actividad económica produce contaminación, basura inmanejable y destrucción de la que no nos podremos recuperar. Los movimientos pencones que están en esta lucha deben tener claro que pelean contra el poderoso capital, pero que los ampara la moral y la estética. Hallar una forma moderada, equilibrada y humana para construir una economía es un desafío. Y, lamentablemente, la respuesta nadie la tiene. Esto es como el virus no hay remedio ni vacuna, estamos expuestos. Así nuestra única esperanza es tratar de pisar el freno, es lo que está intentando la sociedad pencona.
                                                                                                                     EL DIRECTOR