Thursday, November 15, 2018

LOS TRABAJOS DEL MAESTRO PERICO Y SU APRENDIZ "EL PIRATA" EN PENCO


            Aparte de dedicarle mucho tiempo a conversar sobre política, su auténtica pasión, don Roberto era un emprendedor independiente dedicado a hacer obras de albañilería en Penco, actividad a la que entonces se le llamaba contratista. En su carpeta de tareas se enumeraban murallas de separación, techos, algunos tramos menores de alcantarillado y sepulturas. Para responder a solicitudes de algún cliente, don Roberto armaba su equipo y convocaba a sus obreros según el volumen o la especialidad del requerimiento. Por amistad, cualidades, cariño o reconocimiento don Roberto llamaba en primer lugar al maestro Perico y su secretario el “Pirata”. Así los identificaba él mientras supervisaba las pegas. Pero, en realidad el titular era Perico porque al “Pirata” no le daba para maestro, alcanzaba sólo para ser el aprendiz.
           Perico (nunca supe su nombre) era un tipo alto, de buena contextura, pelo ondulado y canoso, de unos 55 años, seriote y trabajólico. La mayor de las veces iba con un overol de mezclilla. Conocía todos los secretos de las proporciones de las mezclas del cemento, la arena y el agua. El “Pirata”, un poco más joven, más bajo, pelo rubio oscuro, ancho de espaldas, tenía dentadura completa y boca grande. Con frecuencia reía a mandíbula batiente con picardía. Era seco en el manejo del chuzo, la picota y la pala. Cuando don Roberto no tenía pega para ellos, ambos se ganaban la vida como pescadores y mariscadores porque vivían en Cerro Verde Bajo.
           El mayor número de solicitudes de clientes se centraba en el cementerio: hacer mesas, construir mausoleos familiares, de esos con tragaluz circular a los que se les instalaban marco y vidrio catedral. Al “Pirata” le encargaban construir los moldes en madera consistentes en ruedas que se instalaban durante la obra para conseguir ese tipo de ventanas. Una vez fraguado el cemento se retiraba el molde con fuertes golpes de combos y ahí quedaba el agujero perfecto mirando al cielo en la parte superior del muro del mausoleo… El "Pirata" celebraba lo que le correspondía de esa pega con una estruendosa risa, como era su costumbre. Don Roberto regalaba las ruedas en desuso las que servían como tarimas para instalar árboles de Navidad.
           En una ocasión tuvieron que construir una obra de “ingeniería mayor” en Penco sin el concurso de ingenieros, por cierto: una conexión de alcantarillado de unos 70 metros en línea recta, por consiguiente, trabajo bajo tierra. El “Pirata” echó los bofes con el chuzo, la picota y la pala para hacer el herido donde se tenderían los tubos e instalarían las cámaras de descarga. Mientras el maestro Perico verificaba con plomadas y lienzas la suave pendiente que debía tener la obra para que las aguas avanzaran por gravedad sin volverse, el “Pirata” observaba callado, se escupía las manos sin guantes de protección, agarraba el chuzo y proseguía cavando. De vez en cuando una taza de harinado con vino tinto le devolvía las fuerzas. Así don Roberto y sus trabajadores hicieron la pega y el municipio recibió la obra sin objeciones al término de dos meses de trabajo. Después, que ese nuevo alcantarillado haya funcionado según se esperaba... bueno, será tema de otra crónica.
         El maestro Perico y el “Pirata” recibieron su paga y regresaron a la querencia como don Quijote y Sancho haciendo comentarios pletóricos de orgullo por todo lo realizado. Eso sí, antes del habitual “calabaza” pasaron a empinar el codo y proseguir la conversación donde don Orito, el amigo bodeguero de la orilla de la línea del tren ahí en Cerro Verde Bajo.

Monday, November 12, 2018

DERROCHE DE OPTIMISMO SESENTERO EN PENCO Y LO QUE DIJO LA REALIDAD


                Por alguna razón, tal vez por ilusión o por derroche de optimismo (más pareció esto último), en 1962 la prensa penquista informó en portada con bombos y platillos acerca de un gran programa de ampliación industrial en Penco de vasto alcance y cuyo impulsor principal era la Refinería CRAV. La comuna, que ya contaba con al menos cuatro empresas grandes, aumentaría su potencial incorporando nuevas industrias o diversificando las ya existentes, de manera de convertirse en un polo económico y fabril similar al que entonces rodeaba a la planta siderúrgica de Huachipato, en el área de San Vicente.
         La información, que apareció en el diario La Patria, el viernes 2 de abril de 1962, no menciona fuentes del gobierno detrás de estas iniciativas sino que se centra en versiones emanadas de CRAV y de Cosaf. La portada de esa publicación (el matutino dejó de circular en 1970) debió causar un enorme impacto de optimismo en Penco, porque anunciaba tiempos mejores: más trabajo, más empresas, bienestar, nuevas casas para los trabajadores, escuelas, estadios y qué mejor sin tener que salir de la comuna. Bueno, es cosa que usted mismo lea el texto de las fotos.
           Respecto de la Refinería, la crónica periodística hablaba de la construcción de un edificio en altura para la industria así como la renovación de sus equipos y maquinarias. La causa de esas modificaciones sería la satisfacción de la demanda de azúcar blanca que se había visto afectada por la destrucción de la planta refinadora de la empresa en Valdivia a raíz del terremoto del 22 de mayo de 1960.

      Con relación a Cosaf la noticia agregaba que esta se iba a ampliar e innovar en maquinarias y que se convertiría en la planta procesadora de fertilizantes más grande del país. En esto la información no estuvo lejos de la realidad.
        Tampoco lo estuvo respecto de la construcción del gran muelle de Penco y de las conexiones viales que se construirían para unir a Penco con el aeropuerto de Carriel Sur y con San Vicente. Pero, para ellos debieron transcurrir muchos años, la espera duró demasiado, no fue de un día para otro.
      Respecto del polo fabril de la zona, paralelo al que se había desarrollado durante diez años alrededor de Huachipato, no fue tal. La historia tomó otro rumbo, las inversiones no llegaron y el pilar en torno al que giró este proyecto, CRAV, calapsó en sí mismo; en lugar de crecer, la Refinería se cerró en 1976. Cuando una persona se tropieza, como es mi caso, con este tipo de documentos, que nos hablaba de tanta bonanza y mirando con la perspectiva del presente, uno tiene que verificar la fecha de la publicación porque eso hoy parecería una broma de inocentes.

Sunday, November 11, 2018

EN PENCO LOS CERROS ERAN COMO PARQUES PÚBLICOS

La apacible laguna de Lomarjú, entre los cerros de Penco.

               Curiosa fue esa forma de considerar los cerros de Penco. Entonces eran nuestros, así lo entendíamos y actuábamos con la mayor naturalidad. No se nos pasó por la cabeza que fueran propiedad privada. Para meterse en el monte no se pedía permiso, era simplemente ir, nadie lo impedía. A veces te topabas con guardabosques, pero si se trataba de un paseo apenas se intercambiaban saludos. Disfrutar de esos cerros, explorarlos, jugar en ellos, quererlos era parte de nuestra cultura. Los pencones han tenido los cerros para sí como si se tratara de la extensión de un parque abierto de la comunidad.
               Pero, esa extensión ilimitada con casi todos los matices de verde, llena de vegas, árboles, humedales, pajonales, quebradas, cumbres y valles se redujo con las infraestructuras de la modernidad: las carreteras pusieron límites. Ahora puedes ir al cerro igualmente, pero en algún punto de la marcha, enfrentarás la doble calzada de cemento que no te dejará pasar por los atajos como entonces, hay que hacerlo por un par de pasos sobre o bajo nivel. Por tanto, ya no es lo mismo pasear a tus anchas por allí. Las nuevas vías camineras, construidas en los últimos 30 años, fueron muros que cortaron la  prolongación de Penco por sus cerros y más allá, transformándose en el costo contemporáneo
Una hermosa quebrada a las espaldas de Villarrica.
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              Decíamos que caminar por los cerros significaba quererlos que es igual a cuidarlos. Por eso duelen en el alma los incendios forestales, como si fueran la destrucción del propio jardín. El celo profundo por ese tipo de cuidados descartó a pencones de una autoría de semejantes siniestros. Sin embargo, conductas nuevas han afeado parte de la belleza natural de sus cerros: el acto de algunos de arrojar escombros y basuras en zanjas abiertas al lado de caminos de tierra. Eso no se veía entonces, pero es más o menos común hoy. Lamentable.
             Una categoría particular de nuestros cerros son sus senderos o caminos temporales para la explotación maderera. Estas últimas vías, creadas para la cosecha, permanecen escondidas y cubiertas de sotobosque a la espera de que se las use de nuevo. En este contexto, sin embargo, hay rutas que podríamos llamar “principales” que sirven todo el tiempo. Pues bien, ahora, esta red de caminos las usan para la práctica del deporte mecánico. Organizaciones deportivas tuercas llevan sus competencias a los cerros. El rugido de los motores, las velocidades y maniobras extremas de los pilotos rompen la tranquilidad de los cerros. Se terminó la paz. Ojalá se regule esta práctica teniendo en cuenta los efectos del impacto ambiental, para que nuestros queridos cerros recuperen y mantengan su prístina soledad en los años del porvenir.
Una vista hacia el sur-este desde los altos de Roa, en el camino Penco-Florida.


Thursday, November 01, 2018

UN NOVIEMBRE EN PENCO

El sol se levanta, a nuestras espaldas, sobre los cerros de Primer Agua en Penco...
                   Si usted quiere conocer y visitar Penco, le sugiero   que 
prefiera noviembre. No es que durante el resto del año no fuera aconsejable, es simplemente porque el penúltimo mes del año es excepcional y desmenuzaremos el porqué de esta afirmación. Incluso la gente local pareciera esforzarse por hacer ese mes más largo, que ojalá no terminara nunca. Y ratifica esa apreciación, el hecho que el día que se inicia noviembre, muchos se levantan antes que el sol asome por encima de los cerros de Primer Agua. Ellos dicen que madrugan para llevar flores frescas al cementerio, en el día de los difuntos. La luz lechosa del alba recién comienza a barrer la oscuridad cuando ya centenares de personas caminan por las callejuelas del panteón con brazadas de rosas, claveles, reinas-luisas, crisantemos para hermosear las tumbas de los que partieron. A primera vista, eso que afirman de levantarse más temprano ese día es verdadero, pero también una excusa. El propósito añadido sería no perderse ni un minuto de tan bendito mes para Penco.
               ¿Qué pasa en noviembre que lo hace especial? Primero, el estallido verde de las plantas y de los árboles de hojas caducas es avasallador, como si su despertar de la modorra del invierno fuera de súbito, sin aviso. Todo se vuelve verde desde el cerro hasta la playa. También es el mes de la novena de la Virgen del Carmen, que comienza el 8 y se prolonga por nueve días, concluyendo con la gran procesión por las calles penconas. Si uno va cruzando la plaza o camina por sus alrededores al caer la tarde se oye con claridad el tañer de las antiguas campanas de bronce de la parroquia que siguen sonando igual como hace décadas. Es un sonido evocador, familiar, de nuestro pasado, la tónica auditiva de Penco que llama y llama a la novena. Entonces la gente se acerca a la entrada de la iglesia, a oír el mensaje del cura, a rezar u orar. Allí todavía hay jóvenes que se miran, se saludan, se enamoran. El mes contiene la promesa que el verano se acerca.
               En noviembre se preparan los exámenes. Los alumnos sacan sus promedios, hacen los cálculos que les permitan materializar el sueño de pasar de curso. El tiempo se acelera, se acorta y los plazos se vienen encima. Los estudiantes son parte importante del paisaje humano de Penco.
               Durante este mes irrumpen los primores. Una visita a la feria de calle Robles (El Roble) basta para comprobarlo y sorprenderse. Las mujeres compran las arvejas sin desgranar, las habas en sus capis, las papas nuevas todavía embadurnadas con barro. Asoman los nísperos, aparecen las primeras cerezas y en canastos apoyados en el suelo se ofrecen los digüeñes y sus parientes mayores: las pinatras. Por último, sobre un encatrado lleno de polvo, la gente del campo muestra los tallo de los pangues: las nalcas de piel verde, espinuda y refrescante pulpa color sandía. Los vecinos que tienen huertas, en cambio, se solazan sacando sus propias habas, sus porotillos verdes, sus puerros, plantados por ellos mismos, desmalezan y riegan. Por esta razón las comidas saben más ricas durante estos días. Y qué decir de los aromas: las huertas se inundan de olor a albahacas, algunas calles adquieren el característico tono oloroso de la inflorescencia del manzanillón, el hinojo…
               En Penco, noviembre es una paleta de colores y olores, de caras alegres, de niños corriendo de la mano de sus madres, de trabajadores de rostros viriles y de mujeres con altivez en sus  miradas. Si me dieran a elegir, me quedo con noviembre… Pero, ah, bueno, un verano en Penco es…

Thursday, October 25, 2018

ALFONSO PIÑERO, EL BAILARÍN DE BALLET DE PENCO QUE BRILLÓ EN LOS SELECTOS ESCENARIOS DE EUROPA

Alfonso Piñero en  el escenario.

                            Quienes compartían amistad con él, estaban acostumbrados a que cuando Alfonso Piñero Miranda participaba en alguna conversación informal, practicaba pasos de baile. Era su manera de ser, le gustaba, le nacía. Y él hablaba a veces con las manos en la cintura, otras con los dedos tensados sobre su cabeza como si estuviera practicando yoga. Una estrella se ocultaba en su cuerpo y titilaba en su cabeza. En los años sesenta era un adolescente soñador. Vivía en la casa familiar signada con el n°651 de calle Freire en Penco, que hoy en día ya no existe y en la que los Piñero Miranda se instalaron a inicios de los años cincuenta. Esa casa la consiguió Guillermo Díaz, uno de los gerentes de Fanaloza, al padre de la familia Manuel Piñero (la madre era María Inés Miranda), quien se vino de Santiago para incorporarse como wing derecho al club locero de fútbol, provenía de Audax Italiano. Los hijos del jugador, aunque nacidos en la capital, todos crecieron y se formaron en Penco, entre ellos, Alfonso.

EL DÍA QUE INGRESÓ A FANALOZA
               Alfonso terminó sus estudios básicos en la escuela n°31 y de allí siguió su formación en el colegio San Ignacio de Concepción. Sin embargo, antes de terminar la secundaria, optó por cambiarse a una carrera técnica y se matriculó en Los Salesianos para estudiar sastrería. Luego de enfrentar dificultades con algún profesor decidió dejar esos estudios y le planteó a su padre, su deseo de entrar a trabajar en la fábrica Fanaloza. Piñero papá atendió la solicitud, hizo trámites y logró que Alfonso ingresara. En la planta de azulejos de la industria trabajaba su hermano Julio.
Otra imagen del bailarín de ballet pencón.
En calidad de obrero, Alfonso fue destinado a la sección sanitarios y su labor consistía en guiar un carro con plataforma para transportar artefactos en proceso de fabricación. Sin embargo, ese ambiente gris y opaco de la rutina fabril no apagaba sus sueños de luces, bailes, escenarios y aplausos. Julio recuerda que un día, de su breve paso por la fábrica, Alfonso le preguntó: “¿Dime con franqueza, qué futuro tengo yo de continuar aquí?”. Julio, quien sabía de esa potente vocación artística a punto de estallar en la personalidad de su hermano, le respondió: “¡Ningún porvenir, por eso te dije no dejaras de estudiar!” Se retiró de la fábrica y le dijo a su padre que se iría a Santiago, donde sus abuelos y que estudiaría taquigrafía.

A LAS PUERTAS DEL TEATRO MUNICIPAL
               Cuando llegó a la capital proveniente de Penco, Alfonso ya tenía 18 años. A los pocos días se decidió a acercarse al Teatro Municipal. Planteó allí a la persona correspondiente su deseo de tomar clases de baile clásico. No le pusieron inconvenientes y le dieron una oportunidad. Hizo progresos tan sorprendentes en el curso que a sólo tres meses de haber sido aceptado, ya formaba parte del cuerpo de baile del teatro. Su vida comenzaba a tomar otro rumbo, atrás quedaban Penco y Fanaloza, ahora daba rienda suelta a esa energía explosiva del baile que él llevaba en su ADN y que soñaba que lo impulsaría lejos.
Alfonso y un boceto de su cabeza en arcilla.
               Julio recuerda que en Santiago, una persona llamaba Gastón Baltra, hermano de la ex diputada y ex ministra Mireya Baltra, lo ayudó a dar el paso siguiente: saltar a los escenarios de Europa. En 1968, Alfonso voló a Buenos Aires y allí tomó un buque comercial para viajar a Hamburgo.

LLEGAR A LA CÚSPIDE
En Alemania comenzaría otra historia. Fue aceptado en el cuerpo de baile del teatro de Hannover donde trabajó codo a codo con las más destacadas luminarias del ballet mundial. Actuó con ellos en los clásicos “Cascanueces”, “El Lago de los Cisnes” y otros. En este ambiente estelar Alfonso recorrió numerosos países y se presentó con su arte en distintos teatros frente a públicos diversos, exigentes y desconocidos. Él ya estaba en el pináculo de su carrera.
               De vez en cuando viajaba a Santiago y a Penco. En la ciudad pencona visitaba a amigos y a quienes se interesaban les hacía breves cursos de baile. Lamentaba, sin embargo, que la cultura escénica estuviera tan lejos del lugar que lo vio crecer. Julio Piñero recuerda que en una ocasión, cuando ambos viajaban en tren de Santiago a Yumbel, para una festividad de San Sebastián, Alfonso le dijo estar feliz viviendo en Alemania, pero que igualmente él no había solicitado la nacionalidad. A modo de anécdota le dijo también que en todos los países en donde actuaba presentaba su pasaporte chileno y cuando le preguntaban su origen respondía soy chileno y de Penco. En esa misma oportunidad, Julio recuerda que él en forma premonitoria le dijo: “Si ocurriera que me muero en Europa, yo sé que tú querrás traer mi cuerpo a Chile. Pero, te lo pido, por favor, no quiero volver, quiero ser sepultado en Alemania.”
EL ADIÓS A LOS 52 AÑOS
               Alfonso vivía en Hannover con su pareja, una bailarina de Sudáfrica, de nombre Julie. Un trágico día de 1988, cuando él se dirigía al teatro y cruzar una calle, fue víctima de un atropello. Las lesiones que le provocó el accidente fueron numerosas e invalidantes. Luego de tres meses murió como consecuencia de ese episodio. Tal como fue su deseo, sus restos fueron sepultados en el cementerio de la ciudad donde residía. En su funeral participaron unas 30 personas entre amigos, músicos y bailarines. Detrás de la urna caminaba su madre María Inés Miranda, quien pudo viajar desde Chile para estar presente en los últimos momentos de Alfonso y asistir a dar el adiós a su hijo, quien tenía 52 años.
Alfonso Piñero en uno de sus viajes a Chile.

Wednesday, October 24, 2018

LA CARGA MÁS CURIOSA QUE HAYA DESEMBARCADO EN EL MUELLE DE LIRQUÉN

Ovejas australes en su corral. Foto original del autor de esta nota, captada en una estancia cerca de Coyhaique.

                   A lo largo de la historia del puerto de Lirquén han ingresado por sus instalaciones productos de la más diversa índole y procedencia. Sin embargo, la carga más curiosa de todas la constituyó un desembarco masivo de ovejas provenientes de Puerto Chacabuco en los canales de Aysén.
                    La información publicada en la prensa penquista el primero de abril de 1962 indicaba que ese mediodía día arribaría al muelle de Lirquén la motonave “Valdivia” proveniente de la zona austral. El buque incluía una carga de 4.114 ovejas. Las maniobras de descarga, decía el diario La Patria, se iniciarían tan pronto atracara el “Valdivia” y que los animales serían conducidos a carros de tren dispuestos a la entrada del terminal marítimo por la empresa de Ferrocarriles del Estado. 19 de estos carros, agregaba la noticia, habían sido preparados con un par de plataformas, o sea les habían agregado un segundo piso, para facilitar el transporte de los lanares.
                   El destino final de las ovejas australes era la estación de Quinta, ubicada entre las localidades de Rengo y Chimbarongo. La edición periodística no hizo una descripción de cómo desembarcaría el ganado, ni cómo los trabajadores conducirían esas ovejas caminando o corriendo a lo largo del muelle lirquenino rumbo a los vagones para continuar viaje por ferrocarril. El dato era interesante, teniendo en cuenta que quienes debían cumplir esa labor eran estibadores de Penco, acostumbrados a descargar productos inertes y no a arrear animales díscolos. Es de imaginar todos los chascarros que pudieron contar después los estibadores fruto de esta esta inusual actividad de desembarco.  

Sunday, October 21, 2018

AQUELLOS SIGNOS QUE ORIENTARON O DESORIENTARON A LOS PENCONES

Imagen compuesta. El guairavo es una foto de www.picbon.com/user/gusvarelam  y el fondo de www.wikiwand.com (horizonte crepuscular de Santander, España).

               Es una costumbre que viene de la Antigüedad: la gente ve signos por todas partes. Y sus creencias, que suelen ser arraigadas, les otorgan significaciones. Como en todas las sociedades, en Penco había creencias respecto de signos los que eran, unos artificiales y otros naturales.
               Si bien, estos signos eran muchos, en este texto nos enfocaremos en dos y comenzaremos con uno natural. Se relaciona con un ave: el guairavo. Este pájaro, de comportamiento diurno o nocturno, de buen tamaño, parecido a una garza y de plumaje gris opaco, decían que traía noticias malas por anticipado. La causa de su fama premonitoria se la atribuyeron al sonido destemplado de su graznido el que rasgaba el aire de las noches penconas.  En los campos más allá de Primer Agua creían, incluso, creían que el plumífero, con su desafortunado canto, anunciaba la muerte de alguna persona. En esos parajes se hacían comentarios al respecto y trataban de hallarle una justificación. Tanto así que en esas conversaciones a medio terminar no faltaba quien completaba la idea que andaba rondando: “se nos va ña Domitila…” aludiendo así, con nombre, al frágil estado de salud de una vecina mayor de las inmediaciones.
               En Penco mismo los guairavos surcaban el cielo nocturno emitiendo sus gritos como almas en pena. Para la gente letrada y citadina el sonido no pasaba de ser una cuestión habitual. Pero, no para aquellos recién llegados de los campos para afincarse aquí en la expectativa de un futuro más atractivo. Ellos traían bajo la piel el significado que comentaban sus ancestros. Por eso, se difundía también en la ciudad el supuesto mensaje de muerte detrás del canto de un guairavo.
               Entre Penco Chico y Membrillar falda abajo hacia la población FECH, hubo un bosque de pinos añosos. Eran árboles enormes, con un altísimo e inalcanzable follaje verde oscuro. Pues bien, entre el enramado más elevado de esas coníferas, anidaban guairavos. Bastaba una honda para lanzarles piedras y obligarlos a volar en bandada a pleno sol. La llegada del nuevo siglo parece haber terminado con la mala fama que les achacaron a esas aves. Asimismo, a juzgar por su escaso número, los nuevos tiempos amenazan la existencia misma de los últimos guairavos. Pobres pájaros, qué culpa tienen.
               El segundo signo que nos corresponde ver es artificial y se lo interpretaba según la conveniencia. Para entonces se usaban pañuelos confeccionados en tela de algodón. La acción con el pañuelo que detallaremos funcionaba, decían, como ayuda memoria(*). Consistía en que había que hacer un nudo en una de sus cuatro puntas para recordar realizar algo impostergable, no fuera cosa que el encargo se olvidara. El nudito era un recordatorio que había que deshacer una vez realizado el compromiso “tarea cumplida”. La conveniencia funcionaba y el significado dependía de cada cual: si pagar una deuda, si ir a retirar algo, si entregar un recado, lo que fuera. El nudito, sin embargo, servía cuando el encargo era uno solo. Si las obligaciones impostergables eran muchas, ya no había nudo que ayudara… Hubo personas con hasta cuatro pequeños nudos en sus pañuelos. Si la memoria era frágil, los recordatorios se volvían en contra y se convertían en un quebradero de cabeza, ¿qué era lo que tenía que hacer?
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(*) La costumbre de anudar
una esquina de un pañuelo
y el significado que se le dio
fue un uso común en Europa.
Umberto Eco "Los Límites
de la Interpretación", 1990.