Tuesday, January 21, 2020

EL MENSAJE REVELADO DE UNA FOTO DE MI MADRE


             He mirado tantas veces esta foto del rostro amado de mi madre. Es una pose de estudio. Seguramente el fotógrafo le sugirió que no mirara directamente al objetivo de la cámara. Así, más relajada, ella miró hacia el muro. La luz de las lámparas se reflejó en sus facciones y al click del disparo esto que veo se grabó en la placa de compuesto de plata. De ahí al cuarto oscuro del laboratorio, después al papel y muchos años más tarde capturé la imagen con mi cámara digital. La foto me dice “ella ha sido” eso es cierto pero no me agrega nada más. Aunque concentre mi mirada con fuerza no logro averiguar otro indicio. ¿En qué pensaba, qué hora del día era, hacía frío, le hubiera gustado servirse un café? Ya no puedo saberlo, porque ella partió de este mundo hace un par de semanas y nunca se lo pregunté. La noche del día de su muerte salí al patio miré hacia arriba, la luna en creciente de fines de diciembre se había escondido temprano. Así la bóveda del cielo lucía orgullosa todas sus estrellas de primera magnitud. “Las 3 Marías” en el cinto de Orión brillaban sobre mi cabeza. Las identifiqué con tristeza pensando que esa luz celestial llegó tarde a despedirla, sin embargo, al mismo tiempo imaginaba que mientras los rayos estelares viajaban a través de los espacios infinitos hacia acá, ella, mi madre, aún estaba entre nosotros.
          Estudiosos de la fotografía dicen que una foto se ve mejor con los ojos cerrados. ¿Se descubren más cosas? Dicen también que una foto tiene algo de resurrección. Yo vuelvo a mirar detenidamente esta imagen inmóvil. Mi madre se ve hermosa, muy joven. Leo que la dulzura e inocencia de la niña que ella fue están presentes en su cara. En realidad ése es su aire, el halo de su alma que la acompañó desde que fue pequeñita hasta la hora de su muerte. En las lineas del rostro intuyo los rasgos de su ascendencia: de la abuela, la bisabuela, la tatarabuela como un espejo que me conduce hasta lo más profundo de los tiempos.
        Una foto como ésta sólo muestra la exterioridad de la persona que fue, no su intimidad, por eso no sabemos más de aquello que quiséramos conocer. ¿Por qué se hizo tomar esta foto? ¿Qué conversó con el fotógrafo del estudio? Quizá nunca pensó que la luz que ella reflejó y que se congeló en el tiempo permanecería hasta después de su partida. Así hoy decenas de años después, con mi mirada humedecida por la pena de la ausencia definitiva la contemplo, la contemplo, la contemplo.
        Una foto es para mirarla solo, sin compañía, porque es entonces cuando parece que uno oye la voz amada aunque sepamos que es la imaginación. Pero, vuelvo sobre esta foto en particular. Me detengo en sus ojos y digo qué bueno que no miró de frente, porque al no hacerlo ella dejó libre mis pensamientos y mis reflexiones. De lo contrario su mirada directa me habría confundido porque yo habría intentado horadar el fondo de esos ojos descuidando mi observación de lo demás. Ahí están sus ojos ligeramente mirando hacia su lado izquierdo. Y pienso, Dios, esos mismos ojos me miraron desde mi primer día así como también a mis hermanas con la ternura inagotable que hoy yo no puedo describir. Y fuimos los tres con mis hermanas quienes vimos apagarse esa luz que me evoca este retrato. Y la foto silenciosa, como para aventar mi melancolía, me dice no te apenes porque ella ha sido.

Sunday, January 12, 2020

PUENTES PEATONALES DE ARCO ACENTÚAN AMBIENTE VENECIANO EN PENCO

Manuel Suárez en los escalones del umbral del nuevo puente. (Foto de Cristina Suárez).

         Los sueños si no se materializan se relegan en el sótano de la memoria y por último se olvidan porque el tiempo termina por borrarlos. Para el vecino pencón Manuel Suárez, además directivo de la Sociedad de Historia, quien vive en calle Penco 260, el domingo 12 de enero de 2020, uno de sus sueños de niño de unir la puerta de su casa con la plaza que él ya había olvidado, de pronto más de 60 años después se hizo realidad. Así que ese día tras desayunar, abrió la puerta, cruzó la calle, subió 7 escalones del umbral del nuevo puente de arco, lo cruzó y llegó a la plaza. Desde su mampara había dado 74 pasos para llegar al paseo público sin tener que ir a los puentes de O'Higgins o Las Heras.
          Sin rimbombo la Municipalidad de Penco abrió al uso público 2 puentes peatonales, uno frente al número 260, como hemos dicho y el otro a las puertas del Hogar Sindicato de Trabajadores de Fanaloza. Ha trascendido que el municipio tiene la idea de convertir a la calle Penco entre O'Higgins y Freire en un boulevar y que los puentes terminarán con la separación de la calzada con la vereda de la otra orilla del estero. Entre tanto durante el verano 2 tomas retienen las aguas convirtiendo 2 piscinas navegables de 120 metros de largo por 12 de ancho. Así el modesto río de agua limpia se suma ya por tecer año a los proyectos turísticos de Penco creando un ambiente veneciano donde un par de góndolas van y vienen con personas para paseos y para tomarse fotos. Los puentes en arco a su vez permiten el paso de las embarcaciones con sus gondoleros de pie, como es la tradición italiana.
Otra vista del puente peatonal de arco. (Foto Cristina Suárez).
            La nueva conexión que se ubica entre O'Higgins y Las Heras, integra desde ahora calle Penco con la plaza. Así, sin pensarlo ni menos haberlo imaginado, Manuel Suárez, salió de la puerta de su casa y se encontró con que su sueño de infancia que permanecía olvidado ese 12 de enero era un hecho tangible, tanto así que para comprobarlo lo cruzó de ida y de regreso. Las fotos que le tomó su hija Cristina las envió a su hermano el médico Donato Suárez, quien vive en Curicó. Porque en 1950 cuando eran niños ambos comentaban en su casa familiar lo lindo que sería tener un puente exclusivo para cruzarlo con la bici o el scooter e ir a jugar a la plaza.
               Las 2 estructuras metálicas fueron construidas por una maestranza pencona, ubicada al norte de la población Desiderio Guzmán.    

Wednesday, January 08, 2020

EL CONTRAMAESTRE


Imagen tomada de la colección 
"El Tesoro de la Juventud" (1930).
            «¡Es responsabilidad del contramaestre!», dijo el hombre de traje oscuro con voz firme y sin dudar. Y los que estaban a la mesa con él y otras personas invitadas lo miraron sorprendidos.
              Una familia conocida, que tenía su casa en calle Las Heras, al lado de una reparadora de calzados que todavía existe, a media cuadra de la plaza de Penco, nos invitó aquella tarde a cenar por la celebración de un onomástico. Transcurría la primavera de 1957. Me sorprendió que cuando llegamos siendo yo un niño me asignaran un puesto en la mesa de los adultos. Mi silla estaba reservada (hasta hoy agradezco esa fina distinción porque me sentí importante). Mi tía Ana, amiga de la dueña de casa de nombre Ana también, se ubicó a mi lado. Antes de servir los platos, los anfitriones pusieron en el centro de la mesa una gran ensaladera colmada de apio picado con aceitunas, pero mi atención se centró en el enorme pocillo con mayonesa, de cremoso aspecto, hecha en casa. Por entonces ese aderezo no se fabricaba industrialmente como hoy.
               Guardé prudente silencio durante la mayor parte de la cena, según me habían instruido, para no interferir las conversaciones de los mayores. Al frente mío había un señor de traje oscuro, educado, que conversaba con la persona sentada a su lado sobre su profesión, marino. Pero,  decía que él ya se había retirado de la Armada de Chile. El otro caballero, también vestido formalmente para la cena, oía y agregaba comentarios sobre aquellas historias marineras, las que al comienzo parecían ser puramente técnicas, pero que al fin resultaron tan entretenidas que me sumé a la audiencia. En el momento que sintonicé, el marino narraba:
              «...el contramaestre no habría autorizado semejante osadía. Cómo se le pudo ocurrir a ese arponero intentar bajarse de un buque zarandeado por un temporal en el Cabo de Hornos para tomar un bote a remos sólo para ir detrás de una ballena y capturarla. Eso es imposible en la realidad. No son más que narraciones fantásticas. Yo leí la novela Moby Dick ₁ en uno de mis tantos viajes en buques de la Armada y ahí se narra algo parecido». Hizo un silencio y añadió: «Pero, como locos hay en todas partes, me han dicho que gente lo ha hecho para callado, como se dice. Créame que yo no me lo puedo explicar, pero mis fuentes son confiables. Recuerdo en una ocasión en el Mar de Drake con mal tiempo las sacudidas del buque eran tan violentas por las olas gigantes, que era difícil mantenerse en pie. Nadie podía salir a cubierta por seguridad. Entonces fui testigo de la solicitud de un par de marineros dispuestos a bajarse del buque en un chinchorro ₂ para desafiar al león, torear la tempestad, una apuesta tipo ruleta rusa. Hablaron con el contramastre».
               El narrador se dio cuenta que yo estaba con la oreja parada. Aproveché que hizo una pausa y le pedí permiso para una pregunta. Los invitados me oyeron y cortésmente dejaron de hablar para no interrumpirme. Yo dije: ¿quién es un contramaestre? «Mire joven, ‒comenzó a responderme el marino con amabilidad‒, a bordo el contramaestre es un marino experimentado que conoce el buque como si fuera la palma de su mano. Él sabe hasta cuántos tornillos tiene la nave, por ejemplo. Y puede tomar el mando cuando el comandante se enferma. Un contramaestre es una autoridad en alta mar».
              Y yo seguí: ¿Por qué esos marinos que usted contó, no se bajaron del buque así no más sin decirle a nadie? Luego de hacer la pregunta me sentí un poco impertinente. Y el marino en frente mío me respondió con más seriedad que en su afirmación anterior, porque para él mi planteamiento era grave: «¡Imposible! Bajarse de un buque en plena navegación no es broma. Imaginando que eso llegara a ocurrir, la máxima autoridad de abordo tiene que saberlo y autorizarlo. En el caso de los aventureros que les he contado, ellos habrían quedado abandonados y al garete en medio de la nada o del infierno si lo hubieran hecho para callado. Vuelvo sobre detalles de la situación. El contramaestre guiaba el buque en esa oportunidad porque el comandante se mareó y tuvo que encerrarse 2 días en su camarote. Son cosas que pasan, porque los marinos también somos seres humanos. Ocurrió que un grumete y un guardiamarina querían demostrar su valentía bajando al mar embravecido en el chinchorro. Aprovecharon que el capitán no estaba y creían que convencerían fácilmente al contramaestre. Pero, el hombre se tomó la cabeza a 2 manos y los mandó castigados a las bodegas. Es una osadía sin nombre, les dijo. Qué se han imaginado, el mar se los traga a la primera y con la autorización mía, los siguió recriminando. ¿Qué le respondo yo a la Armada y a sus familias si mueren con toda seguridad en el intento? El contramaestre los liquidó con esa pregunta. Yo lo vi. Esas tonterías ocurren con los jovencitos que se las dan de valientes y se desafían unos con otros sin considerar las consecuencias».
            La cena de onomástico terminó cerca de la medianoche, regresamos a nuestra casa en calle Alcázar, distante un par de cuadras. Debe ser entrenido ser amigo de un contramaestre, pensé a mi edad de entonces, para hacerle hartas preguntas y oír más historias de mares lejanos.


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₁ Novela del escritor norteamericano Herman Melville publicada en 1851 que narra la travesía del buque Pequod, comandado por el capitán Ahab a la captura de la ballena blanca Moby Dick.
₂ Un chinchorro es un bote a remos que llevaban los buques de la Armada para realizar tareas menores.

Wednesday, December 18, 2019

EL SECRETO MEJOR GUARDADO DE UN SINDICATO EN CALDERA

Buzos mariscadores del sindicato de Caldera en plena actividad de la crianza de ostiones.


Conocer la historia nos ubica en el espacio, en el tiempo, nos orienta y nos despeja las dudas. El siguiente texto trata de una experiencia vivida a causa de mi desconocimiento de una historia en la hermosa ciudad de Caldera, en el norte de Chile. No saber el pasado puede plantear situaciones tanto embarazosas como anecdóticas. Adelante:   

         Las calles de Caldera tienen ese color amarillento típico del desierto de Atacama. La arenisca ocre que se levanta con el viento parece teñir todo. Y, nada de curioso, por esta circunstancia ése es el tono de la sede del sindicato independiente de trabajadores de mar de la comuna, situada en una esquina cerca de la playa. Como es de suponer un día ellos se organizaron para producir juntos el ostión, el sabroso bivalvo de gran aceptación en la gastronomía mundial. Pero, sin apartarnos del hilo, nuestro relato se enfoca en la sede.
        La casa sindical tiene una sola planta como las demás viviendas del sector. Sobre el dintel, el letrero recién pintado: Sindicato de Mar, que reemplazó al cartel de la otra actividad que cesó muchos años años antes y que nadie había retirado. El antiguo presidente de los mariscadores y buzos adquirió el bien raíz, a la venta y sin moradores, para instalar al sindicato ahí, en un domicilio conocido. La ubicación cerca del centro fue una de las razones para que los buzos se interesaron. Sin embargo, la mejor razón fue el precio, botado por la quiebra. Y eso que el giro fue exitoso por tanto tiempo. Pero, así son los emprendimientos, qué se le va a hacer. El inmueble quizá lo construyeron allá por los años 50 y su diseño, decían, correspondía fielmente al exclusivo propósito del negocio. De seguro que el antiguo presidente del sindicato conoció bien ese comercio al igual que mucha gente de Caldera, de Copiapó y hasta de Vallenar. Eso me lo contó el nuevo presidente.
Gente entra y sale por la estrecha puerta de calle.Pese a esa modesta apariencia externa, el interior fue una sorpresa para mí.  Al ingresar uno encuentra a cada lado dos salas independientes separadas por el pasillo. Si sus puertas se abrieran al mismo tiempo bloquearían el pasadizo. Pues bien, luego de avanzar se llega a un espacio grande con piso de baldosas que se extiende a lo ancho de la propiedad, tal vez unos 15 metros. La primera impresión fue que esa sala grande pudo servir como cancha de baby fútbol así tenían sentido las oficinas de la entrada que pudieron ser los camarines de los equipos. Daba para pensar eso. Aunque costaba imaginarse que en el lugar pudiera realmente funcionar una mini cancha o un gimnasio. Buscándole el ajuste, en la superficie de las baldosas a lo mejor hubo mesones de taca-taca o mesas de pimpón. También daba para pensar eso.
          Al levantar la vista uno se encuentra con los tijerales y las planchas metálicas de la techumbre. No hay cielo raso. Al frente, una especie de mostrador angosto, de concreto, que descansa sobre pedestales de hormigón de 80 centímetros de alto cierra en redondo una de las esquinas del sector embaldosado, y por el otro lado remata en una plataforma de una altura de un metro, la que a su vez termina en uno de los muros. A ella se sube por un par de peldaños a un costado. Hasta un niño pudo creer que la plataforma sirve de escenario para números artísticos.
      Más hacia el fondo hay un amplio patio descubierto. En ese lugar pavimentado mujeres contratadas por el sindicato trabajan remendando redes y reparando trajes de buzos. El visitante comprueba la actividad en todos los ámbitos de la sede: contadores rellenan formularios, secretarias atienden llamadas telefónicas, dirigentes se reúnen con funcionarios de bancos algunos para ofrecer nuevos créditos, otros para recordar pagos de préstamos ya concedidos y usados. Agentes de aseguradoras con folletos de cómo trabajar sin riesgos en el mar esperan su turno. Nada que decir, en el sindicato cada cual hace lo suyo con dedicación.
         Mi anfitrión, el presidente sindical, me explica que es un día agitado así que me insinuó que tuviera paciencia. El hombre no se veía preocupado, irradiaba satisfacción. Sin duda, y con razón, estaba orgulloso de la organización que encabezaba, de la disciplina de los socios, y, por cierto, ─creí entender, para él lo más importante─ la sede sindical, elección del antiguo presidente. Así que me invitó a tomar asiento en el sillón. En la espera me seguí cabeceando para dar con el sentido original del recinto, ya que muchos elementos arquitectónicos no calzaban para servir a  una empresa común y corriente. Aquí debió funcionar otra cosa, pero no imaginé qué.
          Circuló el comentario que en una ocasión alguien le preguntó al antiguo presidente cuál fue el giro verdadero. Respondió orondo: «un supermercado». De acuerdo con su relato en el mostrador de cemento estaban las cajas y la plataforma, con aspecto de escenario, servía para recibir los abastecimientos traídos por los vehículos de carga. El antiguo presidente hablaba con autoridad. No le preguntaron más porque en esas cosas el hombre no mentía (eso decían ellos muy serios, ¿sería cierto?). 
       
Doy otros detalles del lugar. Por ambos muros laterales había en total 6 puertas 5 de ellas cerradas. La única entreabierta permitía ver un pasadizo ciego que conducía a otra puerta interior a lo mejor de una habitación. Era de suponer que las restantes obedecían a la misma idea. A su vez, a ambos lados de la plataforma-escenario había otras dos puertas de los baños para hombres y mujeres.
Jaulas para la crianza de ostiones en el litoral de Caldera, Región de Atacama.
          Elementos propios de la actividad productiva de ahora ocupan la plataforma: remos, timones de madera y tres motores fuera de borda, apoyados contra el muro. Sobre la barra o mostrador semicircular que aislaba el córner de la supuesta cancha de baby, se apilan jaulas tubulares de alambre color café que se usan para las camadas de ostiones que crecen en la zona de mar asignadas.
         Cuando transcurrieron varios minutos de espera en ese sillón y de darle vueltas a mis interpretaciones del uso del recinto en tiempos pretéritos, vi acercarse al presidente del sindicato, quien por fin disponía de un rato para atender el asunto que me había llevado a Caldera a tratar con él. Luego de mirar a su alrededor para asegurarse que nadie más iba a escuchar, comenzó a hablarme de la historia de la sede: «Vea usted lo que el antiguo presidente consiguió para nuestro sindicato». Mi interlocutor estaba orgulloso de ocupar el puesto que antes ejerciera una persona que él admiraba. Pero, para proseguir con su relato, cortésmente me invitó a una de las oficinas laterales de la entrada que describimos al inicio. En la sala una secretaria digitaba frente a un computador. Cuando tomamos asiento le ordenó a la mujer que nos sirviera café, por lo que ella dejó de tipear, se paró sonriente y salió. Entonces me di cuenta que quería hablarme sin que hubiera testigos (esto se pone interesante, pensé). Él lo sentía como si fuera su obligación. Me dijo: «El antiguo presidente aprovechó una auténtica ocasión para adquirir esta propiedad, quien decía ─sólo por decir, sin la intención de mentir─ que acá hubo un supermercado. No, no fue así. Se trataba de otra cosa. La gente mayor de Caldera recuerda bien. Como usted no es de acá, ¿de Penco me dijo?, yo se lo cuento: hace ya mucho tiempo aquí hubo una famosa casa...». Bajó la voz de súbito porque en ese preciso momento la secretaria que estaba en la oficina de enfrente pidió permiso y entró a buscar unos papeles. Cuando los halló y se retiraba, llegó la otra mujer con las tacitas de café.
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POST SCRIPTUM: 

Me escribe de Copiapó el colaborador de este blog, el profesor pencón Juan Espinoza, sobre este relato, que, según me dice ha causado interés en Caldera. Y me agrega que don Vidal Naveas, ex minero quien posee una gran cantidad de libros y publicaciones acopiados por años en las ciudades y localidades del desierto de Atacama, tuvo conocimiento del negocio que funcionó antes en la actual sede del sindicato de buzos y mariscadores.

Resumo la nota del señor Espinoza: 

«Con Vidal estuvimos recordando lugares de Caldera  y desembarcamos en el "supermercado" que relatáis y que algunos viejitos de la zona visitaron en su juventud cuando habían juntado algún dinerillo, o cuando se enganchaban con algún minero que estaba de "bajada"... muchos concurrían a la Boite Rivadavia, donde estaban las mejores muchachas y la mejor música envasada y en vivo (Los Peniques, Los Fenix, Los Viking V, Cecilia la Unica, entre otros)...»

                         








  


Sunday, December 01, 2019

LAS NIÑAS DE PENCO QUE ATESORABAN POESÍAS

Dibujo tomado de la revista SIMBAD (1955).
          Diciembre de 1952 en Penco se inició así, no como un día más. Las alumnas de la escuela 32, vestían sus delantales blancos, más blancos que nunca. Nerviosismo y alegría, porque se acercaban los exámenes de fin de año y también las vacaciones. Con motivo de las fechas, pero en realidad siempre, las niñas arreglaban sus cuadernos con esmero. Pulcros, bien presentados. Aquí el de castellano, allí el de aritmética, el de música, el de caligrafía, el de dibujo. Porque ellas eran (son) ordenadas, cuidadosas. Acrecentaba la alegría que les florecía del alma lo brillante y diáfano del aire y del cielo. En la bahía el mar reposaba sin un rizo, como una tasa de, porque en esa mañana tibia y luminosa no soplaba una brizna. Así era Penco.

         Entre esas niñas estaba Rebecca quien guardaba un cuaderno adicional, cuyo contenido nada tenía que ver con las obligaciones de la 32. De tapa dura empastada, no necesitaba forro, pero aún así tan cuidado como el resto. Sin embargo, ella no era la única. En Penco existía la costumbre entre algunas niñas a tener un cuaderno independiente añadido en sus bolsones escolares. Hoy los podríamos llamar agendas, pero eran más que una ayuda memoria para cumplir compromisos, tampoco diarios de vida, donde algunas anotaban por las noches las emociones del día. No, tales cuadernos contenían poesías.

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
                                       ni trabajos injustos, ni pena inmerecida; ¹
                        Comprar libros era caro para el promedio pencón y esas niñas querían leer, releer y hasta memorizar versos de poetas de fuste. Por eso resolvían escribiendo los poemas desde los libros originales en sus cuadernos particulares. Los copiaban palabra por palabra, punto por punto, coma por coma. Y entre quienes cultivaban esa afición o esa sensibilidad se intercambiaban los cuadernos para leerlos en la soledad de la noche y, si merecía el esfuerzo, recopiarlos también. Por entonces uno de esos cuadernos llegó a mis manos. Las estrofas estaban escritas con lapicera de pluma y tinta de tintero. Arriba, el título; abajo el autor o autora y después el texto cuidadosamente manuscrito. Entre las numerosas poesías y nombres de autores, sólo recuerdo al poeta mexicano Amado Nervo anotado en una de las páginas. La selección y ordenamiento de los poemas era decisión propia, cuál iba primero y cuál después. Así, cada niña era la curadora, editora y copista de un producto único y privado. Por tanto, un trabajo original cuya impronta reproducía gusto y estética a cada ojeada. No supe que alguno de tapa empastada con sus hermosos textos haya llegado al escritorio del profesor o la profesora. O tal vez sí.

      Con el tiempo Rebecca se hizo adulta y después mayor. Hace unos años, cuando me encontré con ella en la calle Freire al llegar a Chacabuco, le pregunté si guardó algunos de los escritos que he mencionado. Me respondió con sonrisa melancólica. Los había perdido en el tráfago de su existencia. Esos cuadernos preciosos, finos, queridos, cuidados, inmaculados, inspirados dieron testimonios de la delicadeza, de la finura, del amor  y de los sueños inalcanzables de tantas niñas de Penco.
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¹ Amado Nervo (En Paz)

Monday, November 25, 2019

LA PORFÍA DE PITICOY

Obtenida de foursquare.com

       Piticoy tenía una paciencia de ésas para aclarar cada vez la confusión de su nombre. Pero, la incomprensión persistía por la malicia. Hoy lo llamaríamos bullying. Trabajaba en Fanaloza y el club de su barrio Villarrica lo incluía los domingo para jugar al fútbol. Reconocido era en la cancha de Gentemar. Bajito, moreno, pelopincho, buen físico. Pura fibra. Desde la tribuna del borde de la línea del tren, sus conocidos y vecinos del cerro lo avivaban cuando llevaba la pelota. ¡Buena Piticoy! ¡Chutea Piticoy!
         Cuando terminaba el partido, los jugadores se vestían a la orilla de la playa luego de bañarse en pantalón corto en las frías aguas penconas y regresaban a sus casas. Cuando pasaban por detrás del arco sur, los abordaban los amigos, esos mismos que los habían apoyado y avivado durante el match. En una de esas oportunidades, Piticoy fue el último. Llevaba su bolso deportivo en la mano y por la cara todavía le corrían gotas del agua salobre del mar. Tenía buen humor. Buena Piticoy, te mandaste el medio partido, le dijo uno de los muchachos. Y entonces Piticoy se detuvo, lo miró sonriente, porque tenía sentido de humor, y le dijo: te lo he dicho tantas veces. Me llamo Villacoy, José Villacoy. 
         Y retomó su camino. ¡Qué paciencia, diosmío!

Sunday, November 10, 2019

DECLARACIÓN DE LA SOCIEDAD DE HISTORIA DE PENCO POR LA CONTINGENCIA SOCIAL




DECLARACIÓN PÚBLICA


La única lucha que se pierde, es la que se abandona.”

Rigoberta Menchú.
Premio Nobel de la Paz.


La Sociedad de Historia de Penco, reunida en Asamblea extraordinaria, el 5 de noviembre, convocada con motivo de la históricas movilizaciones de millones de mujeres, de hombres, de trabajadores, así como de estudiantes y jóvenes, en suma, de prácticamente todas las fuerzas vivas de la patria, de norte a sur y de mar a cordillera, viene en expresar:
  1. Su más plena adhesión y solidaridad, con las justas demandas, para desterrar de nuestra Patria, las desigualdades, la injusticia y los abusos y para establecer realmente la soberanía de los derechos humanos en la vivienda, la salud, el trabajo, la educación, la previsión y la cultura.
  1. El Derecho de nuestros pueblos originarios a gozar de sus derechos consuetudinarios y su real autonomía.
  1. Que considera indispensable la multiplicación de espacios de diálogo y trabajo colaborativo para develar conjuntamente las problemáticas estructurales que nos aquejan, así como las falencias en la gestión de coyuntura que afectan el pleno cumplimiento de la legislación actual.
  1. Que es estrictamente necesario la realización de cabildos vinculantes a nivel comunal y regional para culminar en un plebiscito nacional, para la construcción de una nueva constitución, por la vía que el debate reflexivo aconseje, sea ésta una asamblea constituyente, o un congreso constituyente, o el mecanismo que alcance la plena legitimidad de la nueva carta magna, como único camino para la creación de una Patria verdaderamente en paz, libre, justa, independiente, soberana, solidaria y feliz.
  1. Consecuente con el punto anterior, los poderes del Estado, no pueden caer en la tradicional y nefasta política del “gato pardo"; de hacer cambios para que nada cambie. Ese esquema, es en parte lo que nos ha llevado a la actual situación de crisis social.
  1. Antes de cerrar nuestro planteamiento, queremos señalar que rechazamos tajantemente toda clase de violencia contra el pueblo trabajador, sea ésta de carácter económico, político, social y gubernamental. Asimismo, rechazamos la violencia delictual que furtivamente se escabulle, entre las pacificas manifestaciones de la ciudadanía, durante las legítimas marchas realizadas por los diferentes sectores de la sociedad civil organizada en pro de sus demandas.
Fraternalmente,
En nombre de las socias y los socios de la Sociedad de Historia de Penco,

                                                                 Jaime Robles Rivera
                                                                            Presidente

María Cristina Ferrada Novoa                                      Manuel Suárez Braun
Secretaria                                                                                     Tesorero


Sociedad de Historia de Penco.
Personalidad Jurídica Nº672, del 29/11/2011.-


En Penco, Ciudad Histórica, a 6 de Noviembre, 2019.-