Thursday, August 22, 2019

«CHAMBEQUE», MISTERIOSO NOMBRE DE UNA PLAYA DE LOTA

Magnífica foto de Andrés Rivas con ruinas industriales en el Chambeque.

             Con algo de retraso me informo que Lota sigue los pasos de Penco en orden a recuperar su rico pasado histórico, centrado básicamente en la explotación del carbón mineral. Y sobre eso ellos tienen mucha literatura, reliquias, construcciones: patrimonio. Una de las iniciativas puntuales es la recuperación del sector llamado Chambeque, muy querido por los lotinos. Hace poco más de diez años publiqué un texto, que reproduzco aquí, de una experiencia graciosa que tuve veinte años antes en ese lugar:
            «Un gerente de aspecto como sacado de la novela ‘Subterra’ me recibió muy sonriente en su oficina de la entonces empresa Enacar de Lota. Me atendió en mi calidad de reportero de El Diario Color de Concepción (hoy desaparecido).
       El despacho del gerente era muy espacioso y pulcro, demasiado para los estándares lotinos. De un lado miraba hacia una calle de tierra y de atrás se conectaba con las faenas a través de un enorme patio lleno de máquinas de la revolución industrial unas operativas, otras abandonadas y corroídas por el óxido. El gerente me invitó a un pequeño paseo por el lugar. Aquella superficie, con líneas de ferrocarril en desuso sepultadas en el paso, remataba en una playa de arenas amarillas, mar azul y olas espumosas brillando bajo el sol de diciembre. El contraste era brutal entre la maquinaria, los cachureos y la naturaleza,  un espectáculo semejante a una película italiana de los tiempos de Michelangelo Antonioni.
Otra vista del área carbonera de Lota. (Imagen, monumentos.cl)
       Esa playa hermosa, chiquita de un largo no mayor de 100 metros, con cálculo a vuelo de pájaro, y flanqueada por dos peñones, que le servían de rompeolas y la aislaban, capturó mi atención. Mi mirada no se despegaba de ella haciendo abstracción total de las maquinarias de museo, parte de ellas aún en uso productivo. La imagen era tan cautivadora que ni bola le daba a lo que me hablaba el gerente. 
    Mientras caminábamos por ese patio y conversábamos, el tipo se dio cuenta de mi concentrada atención en el mar. 'Bueno esa playita es de nosotros, pues', me dijo con una sonrisa fingida e indisimulado orgullo. Y siguió: 'Como está ubicada en el área industrial, no viene gente. Además tenemos guardias y nadie querría bañarse vigilado por una patrulla de celadores'. Entendí que lo subrayaba como para desalentar una posible solicitud de mi parte para pasar allí un día de sol ese verano. Aunque el uso libre de las playas está garantizado en la constitución, pensaba ilusamente yo.
     Los elementos de la industria que he descrito estorbaban el sendero que conducía a la arena y, para halagar a mi anfitrión, le dije que pese a ello la belleza natural del lugar era incomparable. '¿Cómo se llama?', le pregunté de refilón. 'Es la playa del ′Chambeque′ ', me dijo seriote y retomó la materia que me había llevado hasta allí y que a él le interesaba de todas maneras dar a conocer: el nuevo volumen de producción del mineral de Lota.
    Cuando regresábamos a la oficina, caminando por ese patio industrial, le dije para cerrar el capítulo: 'curioso el nombre de la playa, ′Chambeque′, ¿a qué se deberá y cuál será origen?' Y el gerente detuvo sus pasos, miró hacia atrás y cuando reinició la marcha me respondió:
    'Usted me pilló, reconozco que no sé el origen. Pero, eso es fácil deducir, de seguro ahí antes hubo un ′chambeque′ '.
   (¿Perdón?, pensé) y con esa respuesta en mi libreta de apuntes, regresé al diario».   
Sector de oficinas de la empresa donde en aquellos años (1970) se efectuó la entrevista. (Imagen, monumentos.cl)

Sunday, August 11, 2019

CON EL FUNERAL DE ARTURO VILLEGAS SE COMIENZA A CERRAR UNA HERIDA EN EL ALMA DE PENCO


      En el cementerio parroquial de Penco terminó el sábado 10 de agosto de 2019 el capítulo inconcluso por 45 años, del secuestro y asesinato del dirigente locero Arturo Villegas, quien permanecía en calidad de desaparecido desde el 18 de septiembre de 1973. 
       Sus restos fueron hallados en la tumba de Mario Ávila —otro dirigente asesinado por parte de agentes del Estado en circunstancias similares— e identificados gracias a los peritajes realizados en el extranjero, por una orden judicial.
   Una gran cantidad de amigos, vecinos, trabajadores loceros, dirigentes sociales y políticos, parlamentarios, ediles, entre otros, concurrieron a su funeral y acompañaron a sus familiares. La comunidad testimonió así su reconocimiento al dirigente sindical y expresó su repudio a la crueldad de sus verdugos.
     Arturo Villegas fue un amigo, un hombre recordado, serio, dedicado a sus labores. Su defensa por los intereses y derechos de los trabajadores de Fanaloza está en el historial del sindicato locero. En más de una ocasión y junto a más personas de entonces, Arturo nos hablaba con pasión de sus tareas como dirigente.
           Luego de la misa, el cortejo avanzó seguido por centenares de personas. Uno de los puntos altos en la emotividad del funeral fue el paso por la puerta de la fábrica Fanaloza. El carro mortuorio ingresó por el portal de calle Freire para salir por el acceso al camino a Lirquén. Trabajadores salieron a la puerta de la industria y le tributaron un prolongado y cariñoso aplauso a la vez que el silbato de Fanaloza permaneció sonando largamente, como una letanía de adiós. Este doloroso capítulo en la historia local era una herida abierta en el alma de Penco que a partir de ahora y con el paso del tiempo comenzará a cicatrizar. Descansa en paz Arturo.
Dos aspectos del funeral de Arturo Villegas en su paso por la fábrica Fanaloza. (Imagen obtenida del video de Penco Noticias en Facebook).
 
 

Wednesday, August 07, 2019

LA MINA DE LIRQUÉN PUBLICITABA SU CARBÓN

Portada de la revista «Norte y Sur», donde la mina de Lirquén publicó el aviso que aparece abajo.

               En la década de 1940, la Compañía Carbonífera de Lirquén, dueña  de la mina de carbón, buscaba nuevos mercados y para ello decidió impulsar una campaña publicitaria para aumentar las ventas del producto. Avisos para impulsar el consumo se difundieron, al parecer, en varios medios impresos. El plan de ventas incluyó asociarse con representantes en Santiago y Concepción  para vender directamente. Si bien el carbón lirquenino era consumido por industrias de la zona como CRAV (refinería de azúcar), las textiles de Tomé,  por ejemplo; la compañía propietaria buscaba incentivar el uso doméstico del carbón mineral (de piedra se le llama entonces). Así se entiende, por lo menos, si analizamos el contenido de esa publicidad.
El señor Vidal Naveas Droguet, dueño de esta biblioteca de Copiapó.
               El aviso que acompaña a esta nota fue pagado y puesto en una revista de circulación nacional: «Norte y Sur» en 1943. Un ejemplar de la publicación que lo desplegó fue encontrado en una biblioteca de Copiapó por nuestro colaborador Juan Espinoza Pereira. Según nos cuenta, dicha biblioteca es propiedad de un antiguo minero de la zona don Vidal Naveas Droguet, quien generosamente la ha puesto a disposición del municipio local. Nos dice que en los estantes del señor Droguet es posible hallar volúmenes hasta del siglo XVIII además de revistas y publicaciones antiguas.
           El propósito de la Compañía minera de ampliar su mercado  al consumo doméstico exigía que los hogares tuvieran los equipos adecuados, como, por ejemplo cocinas, braseros o calefactores blindados con ladrillos refractarios en las calderas porque el poder calórico del carbón fósil dañaba el hierro fundido de que estaban hechos. En Penco, hubo familias que se dieron cuenta tarde, del efecto del uso de carbón de piedra en sus equipos desprotegidos de material refractario; en poco tiempo de uso, los braseros o las cocinas se desfondaban a causa del intenso calor del combustible. Hay que recordar que la mina de Lirquén cerró en 1958.  
 
Parte de los estantes donde están los libros de esta espléndida biblioteca particular.

 LAS FOTOS LAS HIZO LLEGAR A  NUESTRA REDACCIÓN EL PROFESOR JUAN ESPINOZA PEREIRA, UN PENCÓN AVECINDADO EN LA REGIÓN DE ATACAMA.

Monday, July 22, 2019

LOS OBREROS DE FANALOZA NO ESTABAN PARA CUALQUIER PEGA


               Las empresas ya no pueden disponer de sus trabajadores para cualquier propósito y esto se acrecentará día a día. Así resumido lo dijo el futurista norteamericano Alvin Toffler (1928-2016) en su libro «El Cambio del Poder» publicado en 1990. La afirmación, sin embargo, ya era un hecho en Fanaloza de Penco harto tiempo antes. Y, puntualmente, la puso en práctica el capataz señor Insunza. Toffler hacía hincapié en la capacitación acotada de cada trabajador que exigía el presente y que sería aún más en el porvenir. Así lo entendía el señor Insunza en 1955. Para él la especialización contaba, pero más que eso, detrás había una cuestión emocional, de orgullo. No se podía mandar así no más a un trabajador a hacer cualquier capricho de los jefes.
               Veamos la situación concreta planteada en Fanaloza. Así me la contó un obrero de apellido Palacios. Me dijo en esos años: «Yo trabajo en la sección embalajes de piezas pequeñas. Se necesita de práctica para colocar los productos ordenadamente y con rapidez en las cajas de madera para su despacho al comercio. Nuestro capataz, el señor Insunza, supervisa esto y reporta informes al jefe de la sección».
               Ocurrió que en una ocasión se necesitó mano de obra urgente para cargar ladrillos en un camión que había ingresado a la fábrica. Se requería despejar un sector próximo a las labores de embalaje ocupado por esos elementos de albañilería. Debido a que los obreros de la sección arreglaban sus cajas y esperaban la próxima hornada de loza, parecían estar con poco trabajo. Así lo creyó alguien de la jefatura superior que pasaba por ahí. Entonces gritó autoritariamente a los obreros para que la cuadrilla de seis fuera a cargar el camión. No había nada que hacer sino obedecer la orden superior, eso sí, con desagrado. Pero, en ese preciso momento entró en la escena el capataz señor Insunza.
               «El señor Insunza vio esto y de inmediato se acercó al jefe macuco», prosiguió contándome Palacios. Y continuó: «Le preguntó que si le podía explicar la insólita e inesperada orden. El súper jefe macuco le echó la caballería y le dijo que menos preguntas y hagamos la pega que estoy ordenando. Pero, se tropezó con la sangre fría del señor Insunza quien lo miró serio pero respetuoso y le dijo: ‘mi gente no va a cargar ningún ladrillo en ese camión, porque son obreros especializados en este trabajo, no se puede disponer de ellos para eso. Son profesionales en esto y están, además a punto de recibir la próxima hornada. Así que lo siento, se quedan aquí y no harán eso que usted está ordenando. Busque trabajadores en otra sección de la fábrica. Discúlpeme, señor, pero, informaré de este problema a la jefatura de mi sección. Mis trabajadores no pueden desatender la tarea para lo que están contratados’. Y el jefe macuco tuvo que dar media vuelta y se fue…» Hasta ahí, lo que me contó Palacios.
       El gallito lo miraban con atención los obreros aludidos, el chofer del camión y otros que iban pasando y que se quedaron a curiosear el incidente. La firmeza y claridad del señor Insunza lo convirtió en un héroe para los trabajadores de la sección. En 1955 ya no se podía disponer de los trabajadores para cualquier función. El señor Insunza lo tenía clarito, 30 años antes que lo escribiera el futurólogo Alvin Toffler.

Tuesday, July 16, 2019

LOS MINEROS SE DESPEDÍAN DE LA LUZ DEL DÍA EN LA BOCA DE LA MINA

Junto al muro recortado del lado derecho de esta foto estuve una vez mirando el quehacer en la boca de la mina de Lirquén.

      Había un penetrante olor a aceite industrial quemado. El ruido de la máquina que arrastraba un cable de acero a media altura sobre rieles de trocha angosta en pendiente no tenía ningún compás. El zumbido concomitante estaba en todas partes dentro de la edificación de ladrillos y hormigón bajo la cual uno de sus muros mostraba un enorme hoyo de medio arco donde se iniciaba el pasadizo del que emergía el cable: la boca de la mina. No sé por qué razón, entonces un niño como yo estaba ahí apegado a una muralla interior mirando con los ojos bien abiertos ese barullo de apariencia caótica. De pronto, en medio del traqueteo, oí que alguien me nombraba y saludaba desde una cierta distancia. Y ahí reconocí a mi amigo Juanito Montoya, quien con un manchado overol de mezclilla azul atendía la faena en la boca del chiflón. Llevaba puestos unos guantes de carnaza que parecían demasiado grandes para sus manos, pero que le servían perfectamente para desenganchar los carros del cable que los arrastraba en la subida y desviarlos por otra trocha a nivel. Así que las vagonetas de fierro seguían su marcha por inercia y se iban juntando varios metros más allá por el desvío. Si alguien no cumplía esa función, los carros de seguro irían directo a chocar contra la máquina empotrada cuya enorme rueda jalaba ese cable sin cesar.
       Aquel era un trabajo de esclavos, que exigía concentración, habilidad y rapidez para echar los carros por el desvío. En tal circunstancia yo no podía entablar una conversación con Juan como era mi deseo, ya que él era un tipo agradable y educado que siempre tenía tema y nunca segregaba a los niños en las tertulias. Vivía en Lirquén con sus padres y hermanos en la población del recinto mina al lado de la playa. Fuera de su trabajo vestía traje de calle, de tonalidad oscura a rayas de confección local, camisa almidonada y corbata angosta como era la usanza. Verlo allí cumpliendo esa labor no se parecía en nada al hombre bueno para la conversación. Así que ahí a la salida o a la entrada de la mina alcanzaba a decir sólo un par de palabras mientras desenganchaba un carro, lo empujaba por la segunda línea, y hacía lo mismo con los seguían. Parecía no tener descanso, porque la cordelada que salía desde abajo no paraba.
       Me pareció extraño que la carga que vi ese día no era carbón, como yo esperaba, sino material de desecho, vigas, maderas y otros objetos. Tampoco vi a nadie que hubiera venido de pasajero viajando a la superficie desde allá abajo. Me dijeron que los mineros usaban esos carros como medio de acercamiento hacia el frente de laboreo. También decían que los que bajaban se despedían de la luz del sol al ingresar en la eterna oscuridad, para ellos así era este mundo por dentro. Al poco rato me despedí por señas de mi amigo Juan, quien al parecer lamentó también no haber podido entablar una conversación por razones del trabajo. Para entonces él debió tener unos 35 años.
Por esta calle que ya no existe caminaban los mineros a la boca de la mina, que ya tampoco existe.
        Salí de ese lugar de regreso a Lirquén por una calle adoquinada en suave pendiente que por el lado poniente tenía casas muy sólidas que se erguían en altura sobre una terraza cuyo muro sería de unos 2 metros. Y por el otro lado había una hilera de árboles junto a la vereda. Los árboles estaban en la base de un talud de material proveniente del fondo de la mina y de escoria cuyo amontonamiento lo habían emparejado para habilitar arriba una cancha de fútbol, la cancha del club «Minerales», de la empresa. Esa calle empalmaba con un tendido ferroviario que se dirigía al muelle y si uno giraba a la derecha a poco andar cruzaba la línea del tren Concepción-Chillán y llegaba a la estación de ferrocarril de Lirquén. Por ahí transitaban los mineros del carbón, seguramente a lo ancho de la calzada de adoquines, a cada cambio de turno.
         Mientras caminaba por esa calle solitaria no olvidaba la imagen de los carros saliendo cargados de cachureos. ¿Tanto material inservible se podía juntar como consecuencia de la explotación carbonera? Un equipo de mineros recogía toda la basura en la oscuridad y aprovechaba el convoy metálico para despacharla a la superficie.
       Años después oí otros relatos tristes de trabajadores. Cuando un accidente fatal se desencadenaba en las profundidades, los cuerpos eran traídos afuera en esos carros, seguramente rodeados por sobrevivientes tal vez de las mismas tragedias. Allí en el punto donde se desempañaba Juan Montoya, probablemente los recibían los familiares, sus viudas en medio de escenas de llanto y desolación. Hubo explosiones por concentración de grisú en la mina de Lirquén, episodios que no sabemos que estén documentados hoy en día. Pero, nombres de víctimas se conocen, por ejemplo Luis Ramírez, un minero de Cerro Verde, muerto en un estallido subterráneo. El padre del ex jugador de fútbol de Penco Pedro Avendaño, murió en otro suceso parecido en la mina de Lirquén. Y así, con seguridad otros tantos.
         La empresa minera optó cambiar de giro allá por 1950 en vista del poco futuro del carbón, la alta competencia con su impacto en los precios y el avance de los motores alimentados por petróleo. Por eso, sus propietarios decidieron alargar el muelle por el que se despachaba el carbón en lanchones y remolcadores hacia los buques y abrirlo a actividades comerciales multi propósito. Por tal motivo en el mes de diciembre de 1958 la mina de Lirquén cesó sus actividades. La empresa tuvo una muy buena excusa para el cambio: la mina comenzó a inundarse. Se hicieron ingentes esfuerzos para retirar el agua con bombas y mangueras de los bomberos. En eso se trabajó por meses día y noche. Pero, la inundación de las galerías resultó incontrolable. Al poco tiempo la entrada del chiflón fue tapiada.
Las poblaciones de los mineros en el recinto mina junto al puerto de Lirquén.
        El cierre de la mina tuvo un impacto social muy fuerte en Penco. Centenares quedaron sin empleo, unos emigraron hacia los centros mineros en la provincia de Arauco y otros derivaron a las tareas portuarias. La transformación de la minería del carbón al funcionamiento del puerto tardó años en Lirquén, pero a la larga fue un acierto. Cambió el paradigma y cambiamos de era. Cuando todavía resonaban en mis oídos los chirridos del cable metálico engrasado y el entrechocar de carros de fierro en el cruce de líneas en la boca de la mina, recuerdo a Juan Montoya con su trajecito bien compuesto, sus zapatos lustrados. No se desdibujaba de su cara esa eterna sonrisa, a pesar del cierre del mineral. Había aceptado el plan de cambio de la empresa y desde hacía un tiempo era estibador. La mudanza de oficio no contuvo su entretenida manera de hablar, socializar y conversar sobre historias como recuerdo que siempre fue su costumbre.

Sunday, July 14, 2019

¿CUÁNDO SE FUNDÓ CERRO VERDE?


         Tengo un amigo en Cerro Verde Bajo que siempre me ha preguntado que cuándo se fundó ese barrio. Difícil es la respuesta, porque no sé de documentos conocidos que lo daten. Quizá no hubo una fundación como un evento propiamente, sino que se trató de un poblamiento sucesivo y espontáneo de pescadores y mineros que llegaron allí con sus bártulos para quedarse. Tanto así que se llamó Cerro Verde a secas y que muy posteriormente hubo de agregarle el «Bajo», luego que las lomas al poniente del cementerio parroquial y hasta la línea comenzaron a poblarse en forma progresiva y desordenada adquiriendo por lógica el nombre de Cerro Verde Alto. Pero, si no tenemos una fecha para el nacimiento del barrio original, sí disponemos de otra información, como por ejemplo características de las casas y de la infraestructura sub urbana de entonces. 
           Incluso avanzados los años, no había camino desde Penco para llegar a Cerro Verde. La gente transitaba por la línea del tren. Pero, para trasladar cosas de gran peso se usaban los botes, viaje por mar. Seguramente cargaban esas pertenencias en las pequeñas embarcaciones donde termina calle Infante y después a darle con los remos. La falta de un camino se debía, en parte, a que existía un cerro de arenisca amarilla entre la línea y la playa. En dicho cerro vivía una familia de apellido García a la que hubo que reubicar cuando en los 60 lo echaron abajo. En la construcción del camino intervino el Ministerio de Obras Públicas.
           En los años 50 existían sólo dos pilones de agua potable en la calle Central para abastecimiento de toda la población. Por consiguiente como tampoco existía alcantarillado no había servicios higiénicos. La ex profesora de Cerro Verde Bajo, señora María Isabel Vergara, recuerda que cuando se instalaron baños en la antigua escuela N° 54 hubo que enseñar a los niños y las niñas a cómo usarlos. La dirección del establecimiento estaba a cargo del recordado educador señor Campbell. Respecto de las casas, ella nos dice también que la casi totalidad de las habitaciones carecían de  pisos de madera. Los pisos eran de tierra apisonada, que cada día sus moradores barrían luego de rociar con agua, para evitar que se levantara polvo. A finales de 1966 comenzaron a llegar los de buses de la ETC del estado a Cerro Verde Bajo. Fue el primer transporte no ferroviario de pasajeros que conectó a ese barrio con el resto. La gente que vivía en Cerro Verde era modesta y sencilla. Se trataba de familias cuyos jefes de hogar trabajaban en la pesca, en la mina carbón y en las industrias de Penco y Lirquén.
          Un detalle importante con respecto a la responsabilidad de esa gente, lo destaca la ex profesora: «A pesar de la falta de agua potable, los niños acudían a clases en la escuela local con sus ropas impecablemente limpias, demostrando la enorme preocupación de sus padres». La escuela N° 54 fue el faro que orientó el desarrollo social de Cerro Verde. Los jóvenes iban por las tardes, después de las horas de clases a charlar, jugar pimpón, etc. En 1993 se construyó el emisario submarino lo que permitió normalizar el servicio de alcantarillado a la población. Por esas mismas fechas se regularizaron las propiedades con el otorgamiento de los títulos de dominio, gracias al impulso y preocupación del ex alcalde Ramón Fuentealba.

Tuesday, July 09, 2019

UN DÍA LLEGÓ A PENCO LA IDEA DE UNA LECTURA RÁPIDA



         
       A inicios de los 60' llegó a Penco una ola de orientación intelectual que se expandía por el mundo: la técnica de lectura rápida. Fue un boom, los profesores trataban de comprender primero el asunto para llevarlo luego a los alumnos. Pareció a todos entrarles el bicho de leer textos en forma veloz, como si fuera posible iniciar el Quijote y llegar a la última página 2 horas después. La gente quería convertirse en máquinas lectoras: devorar libros simples o complicados en el menor tiempo que pudiera ser posible. Tal fue entonces la presión entre los jóvenes por dominar esta técnica, o al menos conocerla, que el equipo de docente del Liceo Vespertino de Penco (alumnos muchos de sus integrantes de la Escuela de Educación de la Universidad), tuvieron que enfrentar este desafío. Explicaron lo que se decía a modo de consejo cómo leer más de prisa. No diremos aquí detalles de esa técnica, que hoy en día está disponible en internet. Pero, mencionaremos algunas recomendaciones que aquellos jóvenes maestros de Penco sugirieron a los liceanos pencones para mejorar el rendimiento.
        Lo obvio era leer relajado y con una buena cuota de concentración, saber qué estabas leyendo, sentarse cómodo, etc. Pero, a mi juicio, luego de escuchar esas explicaciones, lo más desconcertante era la idea de leer un texto en forma vertical llevando la vista por el centro. Como que había que crear una columna imaginaria por la mitad del documento y leerla de arriba abajo sin preocuparse de los extremos. No, eso no me cupo en la cabeza. Hubo alumnos que lo intentaron y quienes afirmaron haber logrado resultados satisfactorio. Pero, a mi esa práctica no me condujo a ningún lado. Debí conformarme con la velocidad promedio de lectura de un ser humano común que es de unas 250 palabras por minuto. En cambio hoy he sabido que en campeonatos mundiales de lectura rápida, hay ágiles que serían capaces de descifrar hasta 4.700 palabras cada 60 segundos.
          Pero, vayamos más despacio.
        No se puede aplicar técnicas de este tipo a textos profundos. Por ejemplo, leer los clásicos o filósofos contemporáneos no es una cuestión cuantitativa. La lectura debe ser reposada para oír la polifonía de las palabras, captar la intención detrás de las oraciones, la sintaxis, el planteamiento, la subjetividad del autor. Con una lectura desenfrenada no comprenderíamos a Heidegger, Derrida, Unamuno, Marión, Nietzsche. Hay que poner el pie en el freno, detenerse en cada capítulo o párrafo y mirar a través de una ventana para meditar el sentido de lo relevante,
         La lectura rápida ni siquiera se la sugeriría a los parlamentario para que nos les «pasen goles de media cancha», aunque haya textos que ni siquiera merezcan la pena poner los ojos en ellos. Mi conclusión es que casi 60 años después del boom de la técnica de leer velozmente, la recomendación es exactamente al revés. Junto con tomar un libro para leerlo, tómese su tiempo.