Saturday, May 26, 2012

DEBUT PÚBLICO DE LA SOCIEDAD DE HISTORIA DE PENCO

Olivia Betanzo, Jaime Robles y Manuel Suárez
Alejandro Witker, Evelyn Elgueta y Armando Cartes
Con una concurrencia superior a lo esperado, los directivos de la recién formada Sociedad de Historia de Penco (SHP) lanzaron la página web de la organización (www.historiadepenco.cl) en un acto público abierto realizado en la Cámara de Comercio. La ocasión sirvió también para entregar un reconocimiento merecido al fallecido profesor e historiador, don Marcos Valdés, en la persona de su viuda, la señora Olivia Betanzo. El concejal, Víctor Hugo Figueroa, expresó el fundamento de la distinción al profesor, un enamorado del pasado pencón y quien además fue el autor de la publicación, “Todo Penco”, una investigación personal que sentó las bases de una historia escrita de Penco desde una perspectiva local. Valdés defendió siempre el carácter de ciudad de Penco frente a quienes le decían pueblo. Así lo expresó en un registro de video proyectado en la ceremonia.

Luis Méndez Briones, distinguido profesor de la Universidad del Biobío, ofició de maestro de ceremonia. En el inicio del acto se refirió a la fundación de Penco después de la Batalla de Penco y reveló aspectos de la dura y cruel interrelación entre dos pueblos el español y el araucano en suelo pencón que culminaría con el nacimiento del pueblo chileno.

El presidente de SHP, Jaime Robles, se refirió al sentido de la creación de esta sociedad que busca investigar los orígenes pencones desde la prehistoria y prolongar la mirada hacia el futuro. Entregó, a modo de primicia, antecedentes de asentamientos humanos en Penco anteriores en el tiempo a la construcción de las pirámides de Giza, en Egipto. “Nuestra historia no comenzó con la llegada de los españoles es mucho más anterior y nos gustaría averiguarlo”, dijo en su discurso.

La página web es un espacio abierto para las colaboraciones o para aquellos que tengan fotos antiguas de la ciudad y que quisieran compartirlas. Así lo explicó el ingeniero Eric Forcael en su presentación del sitio. Invitó a la comunidad a visitar el portal y a conocer la recién creada galería de fotos pencona (que también incluye fotos de otras ciudades). En la indexación de este material tuvo activa participación el profesor de historia y geografía Boris Márquez.

A su turno, el abogado e historiador penquista Armando Cartes expuso su tesis Penco es Chile. Y dijo en tono categórico: “no es una broma y voy a demostrarlo”. En efecto, sustentó su afirmación señalando en términos aproximados que se entendía por Penco ese trozo de gran territorio que se extendía desde el río Maule hasta la frontera. Fue en esta ciudad la que mejor representó el carácter del naciente Chile, porque fue el sitio de encuentro entre los que llegaron y los que ya estaban. Santiago era español, pero Penco era la otra capital del territorio que luchaba por crecer con personalidad propia.

“Estamos parados sobre la historia”, dijo en su momento el historiador chillanejo invitado a esta ceremonia Alejandro Witker, quien hizo referencia al valor que representa para los habitantes conocer su pasado. “Todos los pueblos tienen historia, aunque ella no esté escrita en un libro”, afirmó para subrayar la importancia del pasado para comprender el presente y mirar al porvenir.

Presentó a ambos expositores y dio lectura a sus antecedentes académicos, la historiadora integrante de la directiva de la SHP, Evelyn Elgueta, quien es además coordinadora de un programa de investigación de UNESCO.

Terminado el evento que se prolongó por poco más de una hora, hubo una cena en el restaurant Rincón Marino en Lirquén donde los asistentes disfrutaron de sabrosos platos de la zona y fue una ocasión para conocer curiosas y divertidas historias de personajes conocidos y otros no tanto --ya fallecidos-- que pasaron todas sus vidas en la ciudad de Penco.
Foto de integrantes de SHP en Lirquén

Thursday, April 19, 2012

EL SACRIFICIO DE LOS CORMORANES

Nunca ví un espectáculo más deprimente que el que me correspondió presenciar en la desembocadura del río Andalién. Caía la tarde y estábamos ahí en el bosque de pinos y chochos que entonces había en Playa Negra. La curiosidad me llevó a acercarme a una familia que había llegado en camioneta y en la que se habían acercado casi al borde del río, que para esos años estaba encajonado hacia el sur oeste sobre la isla Rocuant, debido a un plan de manejo del cauce desarrollado por un instituto de Concepción. Por tanto la boca del Andalién estaba controlada y descargaba al mar en un solo brazo cuyo ancho no era mayor de cincuenta metros. (Hoy el río desemboca desordenadamente más cerca de Penco, luego que los pinos fueran indiscriminadamente eliminados y con ello se acabó la barrera de contención que por años había funcionado perfecto).
La familia de mi curiosidad la integraban tres personas: el padre, la madre y un niño de meses. Su llegada al borde de la boca del río no era para disfrutar un picnic hecho que no tenía sentido a esa hora de la tarde, casi el crepúsculo, sino que el propósito era otro. La camioneta quedó estacionada entre los pinos y los recién llegados se sentaron en la arena. Cuando ya el sol se ponía, el jefe familiar se paró y se dirigió a la camioneta. Levantó una lona de la parte posterior y sacó una larga cartuchera de cuero café y una maleta y regresó con ambos implementos al lugar donde estaban la madre y su hijo. Cada vez con más curiosidad yo observaba desde una cierta distancia. Entonces el hombre abrió la cartuchera y extrajo una reluciente escopeta calibre doce de dos cañones. En la maleta tenía los cartuchos. Cargó la escopeta. Se paró y se escondió entre los pinos más próximos al río.

¿A qué le irá a disparar?, pensé preocupado. A esa hora de la tarde regresaban de una jornada de pesca en la bahía miles de cormoranes que residían en los árboles que había al borde del río aguas arriba. La desembocadura era la puerta de regreso al hogar. Algunos volaban muy alto, otros avanzaban por el aire aleteando a nivel del agua, como si sus alas negras tocaran las olas con las puntas. Era una ordenada procesión aérea de esas aves marinas que en Penco se conocen con el nombre de patos guanay o patos lile.

No me había fijado en el rostro del hombre que comenzaba a echarse la escopeta sobre su hombro para comenzar a disparar. Su rostro estaba deformado por algún lamentable accidente. Debió sufrir horrorosas quemaduras, porque su cara estaba desfigurada. Ninguna zona de su piel había escapado a la acción del fuego, del ácido corrosivo o de algún líquido incandescente causa de su infortunio. Pues bien allí estaba de pie este hombre gigantón, con la escopeta en ristre y su cara inexpresiva y horrible. La mujer, en tanto, jugaba con su hijo en la arena.

La placidez de la escena terminó cuando se oyó el primer cataplum. Y desde ese momento, la serie de disparos no terminó hasta pasada una hora. El sujeto disparaba un tiro tras otro y uno a uno caían en la arena los hermosos cormoranes de plumaje negro reluciente que iban de regreso a casa. Me di cuenta que el tipo no falló ni un solo tiro. Su placer era ver caer a esas aves. Al cabo de un cierto rato, caminaba en dirección al lugar donde estaban los cormoranes muertos, los recogía y los traía a la arena donde los iba amontonando. Al final de la salvaje jornada de caza debieron ser un ciento los patos lile derribados. Terminadas las cargas y ya iniciada la noche, el hombre ordenó a su mujer ponerse de pie para volver a la camioneta y marcharse, no sin antes, por cierto, hacerse fotografiar junto a la inmensa ruma de cormoranes sacrificados. Tengo esa imagen espantosa grabada en la memoria.

Sunday, April 15, 2012

LA IRRACIONALIDAD ARREMETIÓ CONTRA EL BOSQUE DE PENCO


Érase una vez que Penco tenía un lindo bosque de añosos pinos color verde botella, que se habían convertido en el fondo visual de su balneario. La vista terminaba allí en la loma donde se levantaban silenciosas dichas coníferas. Su quieta y bondadosa presencia estaba en mente de miles de personas. Pero, de súbito, la realidad se hizo distinta.

Una empresa contratista pagada por el SERVIU, propietaria de ese espacio, comenzó a cortar los árboles del clásico bosque de Penco, terminando sin justificación con el perfil verde tan característico de la comuna. La autoridad insensible no paró el decreto emanado de funcionarios también insensibles que dieron curso a las motosierras. Están condenados los cien pinos que resistieron por casi ochenta años aguaceros, temporales, trombas marinas y terremotos. Simplemente porque ellos no pudieron contra la firma de una orden emitida desde una oficina en Concepción. Tampoco valió de mucho la movilización de vecinos dispuestos a defenderlos. Quien tenía que aplicar el freno, la autoridad comunal, hizo oídos sordos. La loma donde se emplazan quedará pelada, esperando un incierto plan de manejo que pretenderá --según dicen—controlar la erosión seguida de una reforestación.

Los pencones a la distancia presenciamos con impotencia como caen uno tras otros los pinos que hemos visto allí toda la vida. Cuántas aves se quedan sin sus espacios de descanso: guairabos, jotes y otras especies menores que tendrán que mudarse a otro sitio.

¿Y por qué tanto apuro por talar esos pinos? Porque uno de ellos cayó sobre una casa y el SERVIU para evitar pagar una indemnización, optó por cortarlos todos, teniendo clara conciencia que la mayoría de ellos no constituía peligro para nadie. Y el contratista feliz por ganar dinero apuntó sus motosierras contra la totalidad. Una cosa es la prevención razonable frente a una amenaza y cortar los pinos peligrosos, pero otra cosa distinta es arrasar el bosque completo sin tener en cuenta ninguna consideración como la ecología, la estética y las sensibilidades colectivas. Desde este blog apoyamos a quienes se han opuesto a la tala de los pinos como Víctor Hugo Figueroa y Eric Forcael.

Friday, April 13, 2012

UN ALMA QUE SE "LIBERÓ" EN ESE BOSQUE DE PENCO

Durante las tertulias nocturnas de invierno en Penco, cuando no había televisión y la gente se visitaba en las casas para contar historias, hacer vida social y matar el tiempo, recuerdo una que me llamó la atención y que la tengo fresca en la memoria porque entonces me dejó frío de espanto. Y se relaciona con el bosque de pinos que aun permanece ahí en la calle Los Olivos, luchando contra el tiempo y contra quienes quieren eliminarlo. Esos árboles deben tener setenta años, si no más. Que ni se les ocurra cortarlos.


El bosque de Penco
Pero, el cuento que estoy rememorando habla de un exorcismo que tuvo lugar entre esos pinos, según la leyenda que entonces corría de boca en boca. Decían que un conocido empresario pencón dueño de una bodega de vinos que amasó una gran fortuna debía su riqueza a un pacto que habría hecho con el innombrable que consistía en que recibiría dinero a manos llenas a cambio de entregar su alma el día de su muerte. Fue por medio de tal acuerdo –continuaban diciendo—que el hombre tuvo prosperidad. Sin embargo, en algún momento de su vida el nuevo rico recapacitó y decidió terminar ese supuesto acuerdo siniestro. ¿Cómo salir del embrollo si el asunto ya estaba sellado?

Decían en esas noches de animadas conversaciones grupales mientras la lluvia arreciaba sobre los techos que el empresario comenzó a averiguar cómo mandar el acuerdo a la punta del cerro. Y he aquí que los entendidos de esos años le habrían aconsejado simular su muerte y someterse a un velatorio dentro de un ataúd. Aunque la prueba era escalofriante el afligido bodeguero se dispuso a protagonizar su muerte ficticia.

Los que oíamos este relato dábamos por hecho algunos detalles como, por ejemplo, que tuvo que comprar una urna y ordenar servicios funerarios. Donde en cuento se conecta con el bosque de pinos que hoy algunos quieren cortar, fue que el bodeguero optó por efectuar su velatorio (velorio decían entonces) precisamente en ese bosque de Penco. Entre los árboles a cielo descubierto debía ser la prueba. A media falda, en un lugar que mira hacia Cerro Verde Bajo, donde antiguamente había una estructura de concreto que parecía un mausoleo, ahí se efectuó el velatorio sin asistencia de deudos.

Lugar del supuesto velatorio
Apurado el bodeguero y luchando contra el destino que lo condenaba, cerca de la medianoche instaló el ataúd sobre esa estructura, encendió velas a su alrededor y se metió adentro cerrando la tapa. Ahí debería pasar la noche. Previamente contrató servicios religiosos para que unas monjas hicieran guardia junto al ataúd toda la noche, rezos y rosarios incluidos. Fue una experiencia horrorosa, pero valía la pena, dijeron después algunos de sus cercanos. Mientras las monjas rezaban y luchaban por mantener las velas encendidas en medio de un fuerte viento norte. El relato de esa noche pencona bajo lluvia torrencial, prosiguió:

Dicen que se oían quejidos y ruidos indescriptibles y que aves de la noche lanzaban graznidos desgarradores, mientras las monjas no dejaban de rezar. Quien contaba esta historia decía que el bodeguero permanecía frío de espanto dentro de la urna. Y nosotros imaginábamos el cuadro tenebroso en medio del bosque.

Hasta que llegó la mañana.

La historia terminaba conque una vez cumplida la exigencia que le habrían impuesto para terminar el pacto, el bodeguero pudo por fin salir del macabro encierro. Las monjas levantaban sus manos dando gracias. Así concluyó la historia que oímos entonces. El empresario siguió ganando dinero, pero sin ese remordimiento que no lo dejaba dormir. Lo vi un par de veces con su sombrero oscuro circulando en su camioneta celeste por las calles de Penco. Literalmente le había vuelto el alma al cuerpo y el lugar elegido para ganar la batalla había sido ese característico bosque de pinos adorno de Penco.

Wednesday, April 11, 2012

ESE DÍA EN QUE PENCO PERDIÓ A UNA FAMILIA...


Hermosa vista del muelle de Lirquén captada por Cristina Suárez.

Les decían “los gringos” a los hermanos Otto, Carlos y Sergio Wedel, sin duda por el apellido, pero también por la pinta: fornidos y rubios. Un tercer hermano, Eitel, vivía en Huasco por tanto no era conocido en Penco. Carlos y Otto trabajaban en el muelle de Lirquén como estibadores, un empleo muy apetecido en ese tiempo por las remuneraciones altas para los estándares locales. Carlos fue dirigente del gremio. Otto, en cambio, no se metió en cuestiones sindicales. Fruto de su trabajo compró una casa en calles Las Heras casi al llegar a Infante, la pintó de un color alegre y la amononó incluso con una escala lateral en la puerta de calle. Se compró un auto y se convirtió en uno de los pocos pencones no empresarios que circulaba en su vehículo propio.

Eran intrépidos deportistas. Años antes, cuando eran más jóvenes, se contaba entre sus hazañas que cruzaban a nado desde Penco a la isla Quiriquina, se supone acompañados de un bote. Pasaban la noche allí, donde se alimentaban de mariscos y regresaban en el bote a vela al día siguiente. Pareciera que esta proeza la hicieron en más de una oportunidad, de acuerdo con las versiones de esa época.

Otto Wedel (fecha) entre Carlos y Sergio.

Otto tenía la tez blanca, cabello rubio ensortijado y ojos azules. Era clásico verlo caminando a tranco rápido por las calles penconas y de Lirquén. Usaba blujeans de fabricación norteamericana, escasos entonces, y zapatos de seguridad la mayor de las veces. En otras ocasiones guiaba su auto con el vidrio abajo, junto a su mujer Olimpia Mora. Tenía dos hijos Claudio Otto Wedel Alarcón –hijo de su primer matriomonio—y Verónica Wedel Mora. A comienzos de 1967 Otto Wedel comunicó a sus familiares en Penco, en Lirquén y en Huasco que su esposa esperaba un hijo. Erwin nació a fines de ese año. Felices los Wedel Mora veían aumentada la familia. Entretanto, Otto trabajaba duro en el muelle de Lirquén en su tarea de cargar y descargar buques.

Por algún motivo a sus pocos meses de vida Erwin enfermó y en sólo semanas falleció. Con la misma prontitud como informara de la proximidad del nacimiento, Otto comunicó la mala noticia. Fue un golpe emocional inesperado y profundo en el seno de la familia. Impactado también por este lamentable hecho, Eitel le escribió una carta desde Huasco en que invitaba a su hermano a tomarse unos días de descanso en su casa, como una forma de hallar consuelo por la prematura partida de Erwin.

Por esos mismos días en Huasco terminaba la actividad de la producción anual de aceitunas, camiones eran despachados a Santiago para entregar sus barriles en la feria, en la vega, el mercado y en los negocios de avenida La Paz de Santiago.

En junio de ese 1968 el invierno estaba a las puertas en Penco y como siempre se anunciaba fiero. Qué mejor, pensó Otto Wedel, que aceptar la invitación de Eitel y viajar unos días al norte, donde la temporada invernal es más llevadera. Fue así como planificó el viaje al norte. Con su hija Verónica no había problemas, porque no estaba aún en la escuela. Pero, con Claudio Otto sí los había. Tendría que pedir permiso en el colegio para que lo dejaran ir. Así lo hizo. Otto, el padre, se presentó en el establecimiento y la profesora, firme de carácter, le dijo que no, que no autorizaba a ese alumno a abandonar la escuela por tantos días.

De ese modo, la familia Wedel Mora partió al norte, rumbo a Huasco sin el hijo mayor. Casi al mismo tiempo en esa ciudad de la provincia de Copiapó, los peonetas de un camión con barriles de aceitunas amarraban la carga para viajar a Santiago. En Huasco esta actividad era una fiesta anual. En Penco los Wedel se despidieron y partieron.

Otto tomó pasajes en la línea Cóndor de esos años. Desde Penco el viaje al norte tomaba dos días. Uno para llegar a Santiago y otro para ir a Huasco pasando por La Serena. El trayecto transcurrió monótono y lento. En tanto, el camión que venía de la provincia de Copiapó lo hacía a una velocidad aún menor que un bus de pasajeros por las providencias que había que adoptar debido a lo veleidoso del camino. Sin embargo, la máquina tomaba velocidad cada vez que agarraba una bajada. Mala decisión del chofer de aprovechar el impulso si se tenía en cuenta que la carga de barriles podía desestibarse. Fue en una de las curvas de la sinuosa panamericana norte que el camión quedó fuera de control, veloz cruzó el eje central de la calzada y chocó violentamente por un costado al bus de pasajeros en el que viajaban los Wedel Mora. El impacto fue de tal magnitud que los tres integrantes de la familia de Penco murieron en forma instantánea.

Los noticiarios radiales de la época informaron del accidente, hecho que causó hondo dolor en Penco y Lirquén. Los Wedel Mora ya no regresarían a su casa de calle Las Heras al llegar a Infante porque la muerte los había sorprendido precisamente tratando de superar la partida del hijo menor.

Los funerales constituyeron un acontecimiento en Penco y en Lirquén. Después de su velatorio en el sindicato de estibadores, los cuerpos de Otto y Olimpia fueron depositados en una carrosa tirada por caballos con crespones negros. Y más atrás en una carrosa blanca los familiares pusieron el pequeño ataúd de Verónica. Centenares de personas acudieron al funeral para el adiós en el cementerio local. Los comentarios de los vecinos por este hecho y la enorme pena que desató se prolongaron por un buen tiempo. Así fue la despedida de esa conocida familia pencona que tuvo un inimaginado y trágico fin lejos de Penco y que posiblemente todavía está en el recuerdo de muchos.

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Claudio Otto se fue a vivir con la familia de su tío Carlos, quien se preocupó de su educación y protección. Cuando éste alcanzó la mayoría de edad, le hizo entrega de los bienes de su padre.
Nota de la editorial: Gran parte de la información contenida en esta historia la proporcionó Carlos Wedel Muñoz.

Monday, March 26, 2012

1941: EL TRASPIÉ DE SPARRING SUREÑO QUE QUISO NOQUEAR AL CAMPEÓN DE PENCO PETER JOHNSON

El viernes 30 de mayo de 1941, el tren de pasajeros salió de la estación penquista a su hora, las 07:15 AM rumbo a su destino Puerto Montt. La máquina a carbón avanzó resoplando vapor, humo y fuego, elementos que inundaron el amplio andén del recinto ferroviario de Concepción, donde mucha gente se agolpó para despedir a los viajeros. A los pocos minutos haría su primera parada en Chiguayante. Para eso de las cinco de la tarde llegaría a la estación Antilhue, donde los pasajeros que viajaban a Valdivia harían trasbordo para continuar en otro tren con locomotora a vapor rumbo a la ciudad del CalleCalle.

Una delegación de Penco iba en el coche de primera clase del tren sureño: el representativo boxeril “Roberto Ovalle” de la refinería, según la información del diario El Sur de esa fecha. El texto de la publicación decía al pie de la letra:

“La delegación de la prestigiosa institución pencona es la siguiente: Presidente señor Abundio Valderrama; secretario-tesorero señor Manuel Verdugo y los siguientes pugilistas: Raúl Ramírez, mínimo; Juan Amigo, mosca; Guillermo Rivera, gallo; Juan Jurado, pluma; Juan Bustos, liviano; José Amigo, medio liviano; y Rubén Nova, medio liviano. José González  irá como masajista y encargado de los boxeadores”.

Y continuó informando El Sur sobre el “Roberto Ovalle” respecto de ese viaje:

“Competirá mañana sábado contra el Centro Luis Vicentini. En Valdivia existe gran interés por asistir a la velada. Ovalle y Vicentini son instituciones que medirán fuerzas con sus mejores exponentes y los que han sido preparados cuidadosamente. La delegación del Ovalle es buena de verdad y los muchachos van dispuestos a derrochar energías por doquier para dejar en alto los colores que representan y cosechar méritos”.

La velada de boxeo en Valdivia fue al día siguiente de ese viaje en tren. Y es aquí donde sale a la palestra el papel de Peter Johnson, ampliamente conocido en Penco por su buena estatura, su tez oscura y su fama de imparable púgil de la categoría de peso pesado.

Peter Johnson no se llama así. Su nombre de nacimiento era José González, tampoco era chileno ni pencón, sino peruano. Por algún motivo se radicó en Penco, como tantos extranjeros que hicieron su aporte generoso en esta ciudad, y al igual que los otros él también echó raíces. Se relacionó con el “Roberto Ovalle” de la refinería, donde aplicaba sus conocimientos de boxeo a la par que con el equipo de Coquimbo Crav, club en el que las oficiaba de aguatero y masajista.

Cuando le consulté detalles de la vida de este deportista a mi amigo Manuel Suárez Braun, me entregó la siguiente versión, no exenta de simpáticas anécdotas. Lo que me contó fue lo siguiente:

“Lo que he logrado saber de él es que fue campeón Sud Americano de peso pesado y que en una oportunidad en Concepción, en una exhibición fue sparring del gran boxeador chileno Arturo Godoy. El nombre de Peter Johnson lo obtuvo en circunstancias muy particulares y lo que te cuento a continuación, me lo relató don Efraín Maldonado, ex dirigente de las ramas deportivas, de Refinería. Representantes del club “Roberto Ovalle” habían concertado un ínter encuentro con el club “Luis Vicentini” de Valdivia – ciudad donde había otra planta de CRAV--. El encuentro tuvo lugar el 31de mayo de 1941 y entusiasmado por la buena recepción que les brindaron allí, los dirigentes refineros decidieron organizar una pelea de exhibición de un premiado púgil que integraba la delegación de Penco. Se hicieron consultas entre ellos: ¿Cómo lo presentamos? El nombre José González no resultaba apropiado ni comercial para el evento; barajaron varios nombres y se quedaron con Peter Johnson*. Al peruano González lo identificaron como un campeón de muchas competencias en EEUU, Panamá y Perú. Programada la pelea, le advirtieron claramente al sparring Valdiviano que no se entusiasmara arriba del ring ni pretendiera dárselas de campeón porque ésa sería una pelea de exhibición y que por tanto los golpes duros estaban descartados. Todos estaban informados y de acuerdo”.

“Así comenzó la pelea. Peter Johnson, que para el público local era norteamericano, comenzó a bailar arriba del ring, hacía fintas y golpeaba suave a su adversario. Éste lo esquivaba, pero al poco rato cuando habían transcurrido ya algunos rounds se iluminó con una idea que soñó posible…¿ y si gano la pelea? Y en un clinch propinó un violento golpe al boxeador internacional del “Roberto Ovalle”, su contendor, el campeón gringo… Tremenda fue la sorpresa para el pretencioso valdiviano cuando en el siguiente clinch su oponente le dijo en la oreja: ‘Se te olvidó que esto era una exhibición; ahora cagaste por huevón’. Sorprendido por el dominio que el gringo mostraba del castellano, el sparring se distrajo de la pelea. Fue entonces cuando el púgil de Penco le propinó un potente golpe que lo mandó directo a la lona. De ese modo en Valdivia quedó ratificado que Peter Johnson era un auténtico campeón”.

“En Penco era conocido como el Peter Johnson tanto así que muchos pencones no conocían su verdadero nombre. Supongo, que siguió ligado al deporte refinero porque lo conocí siendo yo un niño. Pasaba frente a nuestra casa para visitar a un vecino coterráneo suyo, Ricardo Delgado, dirigente sindical de Fanaloza”.

“Aquí formó familia, conocí a dos de sus hijos que tenían una gran semejanza con él, y también actuaban en clubes de boxeo de Penco. Uno de ellos falleció hace algunos años, y al otro con mucho gusto lo saludé en un acto que la Municipalidad de Penco realizó el 23 de febrero de 2012, con motivo del aniversario pencón y en el que se entregó reconocimientos para él y otros vecinos destacados”.

"Mi saludo a Peter Jonson junior fue para felicitarlo y decirle que muchos vecinos de Penco teníamos presente el recuerdo de su padre y que lo invitaba a que compartiera ese premio con su progenitor.”

Hasta ahí el relato de Manuel Suárez Braun con la historia detrás del personaje. Fuente: Revista Pan de Azúcar nº41,1941número extraordinario de la publicación del Centro Deportivo Refinería. Relato de don Efraín Maldonado Gutiérrez (fallecido). Entrevista a Tomás Arévalo Parra.

NOTA EDITORIAL: * Un boxeador anglosajón de esos años se llamaba igual. Posiblemente ésa fue la inspiración para bautizar Peter Johnson al boxeador peruano y pencón. Pero, hay antecedentes que indican que González había adoptado ese nombre con anterioridad.

Friday, March 23, 2012

EL INCONFUNDIBLE AROMA DEL CAMPO PENCÓN

La gente de los campos que bajaba a la ciudad dejaba sus casas lejos en los cerros y en los valles. Esas personas venían ya fuera a pie, en carretas de bueyes o en caballos. Los propósitos eran variados: ir al médico, comprar remedios, hacer trámites en los juzgados, en el registro civil o simplemente dejar o retirar correspondencia en el correo. También visitaban amigos o parientes. Y he aquí que se producía algo curioso. Era inconfundible que esa gente venía de los campos… por los olores que emanaban de sus ropas humildes.


Álamo solitario en Primer Agua
Los que procedían de Copucho, por ejemplo, olían a pino, seguramente porque para acortar distancia cruzaban bosques de árboles nuevos y éstos impregnaban sus resinas en sus trajes. El aucalipto también dejaba su impronta fresca en las ropas de esa gente. Sus zapatos u ojotas se habían mojado en humedales o esteros escondidos y los pantalones habían recibido los chicotazos de miles de plantas de poleo. La suma era una mezcla de olores frescos recién capturados de la naturaleza.

Aquellos que venían de los altos de Los Barones bajaban con leña, carbón o frutas a granel. La leña nativa los pasaba con su savia ácida y penetrante, el carbón teñía sus manos. Las trazas negras se negaban a dejar esa piel reseca cuando se lavaban antes de entrar a las calles de Penco. Los jugos de las frutas arrancadas por ellos mismos de los árboles también decían presente en las narices de los pencones. Nada desagradable, por el contrario: contenían la frescura limpia de las lomas camino arriba.

Otros que llegaban de los valles escondidos de Coihueco inundaban con esos aromas de miel quizá cosechada ese verano y el penetrante olor del aceite que caracteriza a las plantas de meloza. El boldo, el maqui y la zarzamora agregaban tonos aromáticos a la suma inconfundible del perfume natural de los campos de Penco.

A nadie le desagradaba eso halo perfumado de aquellas gentes las que luego de hacer sus trámites, comprar o ver el médico regresaban a sus casas por sus medios, llevándose con ellos sus perfumadas ropas con flores silvestres, resinas, savias, miel y jugos de frutos maduros.