Thursday, February 06, 2020

2 COHETES CHILENOS EXITOSOS FUERON NOTICIA EN 1962: UNO DE FANALOZA PENCO Y OTRO QUE DESPEGÓ DESDE SANTO DOMINGO


          En una nota publicada aquí hace 6 años recordamos la fantástica idea que tuvo Fanaloza Penco de marquetear sus productos con un cohete espacial en la Feria Exposición del Sur, en 1962. El post completo está en este blog (1). ¿Por qué fue aquella una idea inspiradora? Bueno, porque todo el mundo estaba en la onda de la cohetería, qué mejor que seguirla. Por eso mientras en Penco Fanaloza planificó construir la aplaudida alegoría de un vector de lanzamiento al cosmos, en Santiago un grupo de jóvenes se lanzó a construirlos de verdad, aunque con las patas y el buche. O sea, tuvieron que hacer más de una vaca para allegar fondos para la carrera hacia el espacio. Ni las universidades ni el estado pusieron dinero, así los muchachos se las ingeniaron solos.
         De aquel domingo 21 de enero de 1962 nadie se acuerda. Por ejemplo que ese día, que pudo haber sido histórico, el cohete Epsilon I, diseñado y fabricado en Chile, despegó exitosamente desde su base en una loma del fundo Las Brisas, a 10 kilómetros del balneario de Santo Domingo junto al camino que va hacia Navidad y Matanzas. La prensa de entonces dijo que el lanzamiento, realizado sin publicidad ni medios, marcaría el inicio del ingreso de Chile en la era espacial. ¿Alguien lo recuerda? ¿Ese cohete, nos abrió las puertas del cielo? Parece que no. Veamos.

          Tengo en mis manos la revista Ercilla del miércoles 24 de enero de ese año. La noticia ocupó toda la portada y los pormenores se desplegaron en las páginas centrales. El texto lleva la firma de un conocido periodista de esos años y que además es de esta zona, nacido en Coelemu Enrique Cid. Las excelente fotos las captó el reportero gráfico Heliodoro Torrente (2).
          Un resumen; la historia fue así: Un grupo de entusiastas jóvenes santiaguinos encandilados por la carrera espacial que protagonizaban Estados Unidos y la Unión Soviética, se organizó para empujar a Chile en la materialización del sueño de conquistar también el espacio pero con medios propios y en forma independiente. Para tal fin crearon CICA, una entidad amateur de la que ya no quedan registros, integrada por amigos cuya sigla se desglosaba Centro de Investigaciones en Cohetería y Astronomía. Carecían de apoyo institucional. Sólo el Ejército permanecía a la expectativa de resultados de estos ensayos extravagantes. Los fondos los juntaban con colectas y recibían algo de dinero de algunas empresas. El líder era Rodrigo de la Vega Letelier, hijo del premio nacional Daniel de la Vega (dramaturgo y periodista). Con los pocos antecedentes del jefe de CICA disponibles en la web, concluimos que era un joven estudioso, autodidacta y amante de la astronomía. Sólo algunos integrantes de su grupo seguían carreras técnicas en universidades. Pero, igualmente ellos trabajaron junto a Rodrigo en la aventura de disparar un cohete chileno que llegara lo más alto posible.

          La crónica de Enrique Cid dice que el Epsilon I medía 3 metros y 55 cm de largo, su diámetro era de 13 cm y el combustible: una mezcla de azufre, zinc y un compuesto secreto. El vector pesaba 120 kilos y fue llevado al fundo por un camino de tierra en una camioneta. CICA consiguió permiso para realizar el ensayo desde una base improvisada en el fundo Las Brisas, pero ese día el dueño no se hizo presente. A juzgar por la nota y las fotos, los jóvenes tuvieron que cruzar la alambrada del cerco para entrar al predio con Epsilon I al hombro. El cohete fue llevado de ese modo desde la camioneta al punto. Allí otros muchachos se dedicaron a erigir la torre de lanzamiento, mientras que el resto ultimaba preparativos y despejaba el sector de pastizales para que la base espacial estuviera lista.

          El Ejército destacó a un general y un coronel quienes llegaron en calidad de observadores y con lentes de larga vista miraron desde una distancia prudente. Un cohete como ése propulsado por combustible sólido es un arma moderna. Obvio que les interesaba. Otra de las curiosidades de este evento científico fue que Carabineros no estaba informado y en el retén de Santo Domingo no se sabía nada de lo que estaba pasando, por tanto no desplegó personal allí. De la Vega había dicho que era mejor realizar la prueba con la menor cantidad de gente en los alrededores ante el riesgo de una explosión. No quisiéramos que los veraneantes llegaran masivamente a mirar, comentó Rodrigo. Así que, dice el relato de Ercilla, en las cercanías había sólo vacas y unos equinos. Una camión que trasladaba ciclistas se detuvo en el lugar brevemente y luego de ver el ajetro de los coheteros retomó su marcha; a los pedaleros no les interesó. Sólo periodistas de medios impresos reporteaban, anotaban, fotografiaban.
          Después de 4 horas de trabajo para montar la torre de lanzamiento, el Epsilon I estuvo listo para viajar a las estrellas, ésa era la metáfora, porque se sabía que no llegaría muy alto. En su ojiva no llevaba carga. Aún en medio del intenso calor del mediodía, la cuenta regresiva debió ser emocionante: 4-3-2-1... Así con el ardiente sol sobre las cabezas de los entusiastas se produjo el disparo. Rugió el motor central quemando su combustible secreto y el cohete se elevó por los aires como un trueno y lanzando enormes llamaradas y humo. Ascendió rectamente, según lo planificado y alcanzó una velocidad cercana a la del sonido. No se supo qué altura máxima logró cuando se le acabó la energía. Tal vez unos 6 kilómetros y desde ahí comenzó a caer hasta chocar contra el suelo adonde llegó silbando debido al roce y quedar semi ensartado en un campo de trigo a 2 kilómetros del lugar del disparo. El despegue fue perfecto, hecho más que suficiente para que la experiencia fuera considera un éxito. 

          La nota periodística añade que después del disparo en “Cabo Santo Domingo”, como le pusieron al lugar copiando la idea de Cabo Cañaveral, posteriormente Cabo Kennedy, los oficiales del Ejército dijeron que ayudarían para que CICA siguiera desarrollando su proyecto. Sin embargo, no sabemos si la Fundición Libertad, de los hermanos Küffer o la maestranza de precisión de Bolívar Carrasco prosiguieron prestando sus recursos a esta aventura, como lo hicieron para el caso del Epsilon I. En cambio las 2 universidades tradicionales no se dieron por aludidas, pese a las solicitudes. En respuesta, De la Vega dijo “seguiremos adelante hasta que nuestros cohetes alcancen los 300 kilómetros de altura”.
          Ercilla añadió que el disparo del Epsilon I correspondía al ensayo n° 37. O sea, el grupo hizo 36 tiros antes, del que no se tienen antecedentes. Pero, según datos vagos de la época, las pruebas las efectuaban cerca de Los Vilos. Después de este episodio, integrantes de CICA sufrieron un accidente automovilístico en uno de los viajes entre Santiago y Los Vilos, hecho que habría marcado la declinación sin marcha atrás de las investigaciones en el campo de la cohetería privada.
       Porque estas pruebas científicas a puro ñeque y entusiasmo no podían continuar enfrentadas a la realidad. Si no hubo entonces una política de estado para contar con recursos y profesionales para investigar, proyectar y lanzar cohetes con miras a alcanzar el espacio exterior, el sueño no pasó más allá de estos sacrificados disparos que por último se convirtieron en anécdotas y se olvidaron. En el obituario de El Mercurio del 2 de diciembre de 2008 aparece un nombre Rodrigo de la Vega Letelier, que podría corresponder al ex jefe de CICA, no lo podemos asegurar.

          Y la segunda curiosidad, que hoy en día sería considerada grave, fue la consecuencia inmediata del lanzamiento en Cabo Santo Domingo. El fuego del despegue inició un incendio de pastizales que todo el equipo de jóvenes debió combatir con rapidez para evitar la propagación del fuego. Las llamas del motor de Epsilon I sobrepasaron la estimación previa y alcazaron la maleza seca situada más allá del perímetro. O sea, al final, la experiencia se convirtió también en causa inédita de incendios de matorrales a tener en cuenta. Así terminó el despegue de un cohete nacional de fabricación amateur cuya misión era abrir el camino de Chile hacia las estrellas.
-------
(1) Dirección de la otra nota de cohetes pencones citada aquí:

(2) Hemos usado algunas fotos de este reportaje de Ercilla, captadas por Heliodoro Torrente por la belleza de ellas así como por su potente valor testimonial.

Monday, February 03, 2020

VALORAR PENCO DESDE LA LITERATURA


Por Juan Espinoza Pereira, desde Copiapó

          Uno de los grandes problemas que enfrenta la educación a nivel mundial es cómo encantar a los educando para que adquieran aprendizajes con cierta profundidad acerca de su entorno más próximo (locus, cultura local) de tal modo que siente unas bases segura sobre su ser y de ese modo mirar hacia el horizonte (globalización). Tamaño problema cuando la educación se ha instrumentalizado con y para fines economicistas; escuelas, liceos y educación superior se han puesto a disposición del mercado para formar seres humanos gentiles a la economía, en buen romance: consumidores empedernidos, esto ha llegado a tal extremo que se ha naturalizado esta forma de hacer educación. Y claro, en una modernidad líquida (Bauman, Z.) que ha sido diseñada y desarrollada por los grandes consorcios (OCDE), han convencido a los sistemas educacionales que todo lo sólido se diluye en el aire (Marx, K.); nada es estable, nada permanece siendo el bien más preciado el tiempo para las compras, para el viaje a ninguna parte, para el zapping televisivo (incluso hay bancos que protegen nuestro tiempo y nos regalan para ocuparnos de lo más interesante). La educación, entonces, ha caído en un reduccionismo cuya meta principal es la enseñanza de competencias para responder formularios diversos (SIMCE, PSU, otros para el ingreso al trabajo) que nos permitan rendir ante ellos y sentirnos exitosos.
           Piedra en la piedra, el hombre, dónde estuvo? Aire en el aire, el hombre, dónde estuvo? (Neruda, P.), parafraseando esta expresión poética podríamos preguntarnos ¿ dónde está el ser humano en la educación actual? La respuesta es la que le debe el sistema educacional y los docentes a los niños, los jóvenes y a las familias en general; máxime cuando hay tanto lamento sobre el estallido social y el rol de los jóvenes, ¿qué reclaman los jóvenes al sistema educacional?
          La dicho propone plantear una forma de valorar el paisaje pencón, ciertos rincones por los cuales niños, jóvenes y adultos caminan y recorren a diario, pero que carecen de sustento histórico y para ello nada mejor que los adultos en familia hagan ciertas lecturas para luego contárselas a los niños y posteriormente visitar los mismos lugares pero con significado local; entonces, caminar ya no será lo mismo, sino que tendrá un plus, el niños comprenderá que está en el mismo lugar donde estuvo el hombre mapuche (Lautaro, Guacolda, Fresia, etc.) y luego los españoles (Valdivia, Inés de Suarez, por nombrar sólo algunos). Entonces, el estero de Penco dejará de ser canal con algas casi todo el año, el lugar de la ermita cobrará sentido, más aún si corre en subida hasta alcanzar la cima, en el cerro Landa se podrá sentir a Lautaro y el trote de su cabalgadura, los olores a vegetación autóctona, en la playa se podrá sentir las conversaciones de los lafkenches.
          Y ¿cómo se hace? Un breve ejemplo: El Mestizo Alejo(Silva, V.D.), las familias pueden leer algunas páginas (las primeras 20) y luego contárselas a los niños(as) para después salir a recorrer los lugares que ahí aparecen y empiezan a tener significado cada espacio recorrido. Es una forma de valorar el locus y que la ciudad en la cual se está inserto tenga sentido para cada niño o joven; de inmediato aparecerán una serie de interrogantes que las familias deberán trasladar a las escuelas y liceos para ser resueltas académicamente, pero lo importante es que se está valorando el entorno y al ser humano que habita ese entorno, venga -entonces- la globalización, pero con los pies bien puesto en la tierra y lo más importante, empoderado con el entorno propio. (*)

-----
(*) Estando en 6° Básico en la Escuela 90, la señorita Fresia Zambrano me hizo leer las 247 páginas del libro que ella me facilitó, que en su momento lo consideré un castigo, pero una vez terminada la lectura ella debió soportar todas las preguntas que le hice durante varios meses; al mismo tiempo me permitió significar mi entorno y que en la actualidad, a pesar de estar a cientos de kilómetros puedo caminar con la imaginación cada calle de Penco, puedo subir a cada cerro y mirar la bahía.
                                                                                                  Revisión de estilo: N.Palma.

Thursday, January 30, 2020

LA ESTACIÓN DONDE NO BAJABA NADIE

Una vista del balneario de Punta de Parra. (Foto tomada del sitio web www.chilesorprendente.com.)

          En ese paradero de tren ubicado en medio del campo al lado de la playa y cerca del túnel no bajaba nadie. Tampoco había nadie en la casucha del andén construida de madera y planchas de zinc para brindar protección ¿a las ánimas? por si llovía. La soledad era absoluta. Incluso había gente que decía sentir miedo ante el sólo hecho de pensar en bajarse ahí y quedar varado en la nada, sin nadie en los alrededores a quien pedirle auxilio en caso de necesidad.
      En cambio, la estación de Penco, estaba siempre concurrida. El primer tren Concepción-Tomé que se detenía en Penco a las 07:30 de la mañana, dejaba y tomaba una buena cantidad de pasajeros y partía para llegar a su destino en la ciudad textil pasado las 8, invierno y verano, lloviera o tronara. Pues bien, este tren matinal trasladaba trabajadores, estudiantes, gente que comerciaba y también servía a las pequeñas empresas locales. Una de las que usaba esta ventaja del servicio era la Panadería Jofré, tradicional amasandería industrial pencona, de muy buen nivel, y que fuera propiedad de don Armando Jofré Suazo, quien además se desempeñara como alcalde por un período (1938-1941). La panadería abastecía los requerimientos de la comuna, incluidos Lirquén y Cerro Verde, pero también atendía pedidos fuera de Penco.
         Gracias a sus contactos sociales, su prestancia y su ojo para los negocios, don Armando logró un contrato con la Armada para entregarle pan de su panadería a la guarnición de la Defensa de Costa, con asiento en los altos de Punta de Parra, Tomé, donde existía un fuerte con cañones para proteger a la bahía en caso de guerra. Para ese fin, a Jofré el tren le venía como anillo al dedo.
        En Penco ofrecía el trabajo que consistía en ir a dejar el pan al fuerte a adolescentes capaces de asumir la responsabilidad, principalmente estudiantes. Así el joven repartidor de turno se presentaba a las 6 de la mañana en el local donde le entregaban un enorme canasto circular de mimbre con asas, colmado de pan caliente, tapado con manteles de algodón hechos con las bolsas de harina, y luego salía de la panadería a la estación distante a 3 cuadras. Allí dejaba el canasto con pan caliente en el piso y compraba un boleto en tercera clase. El tren llagaba resoplando (locomotora a vapor) justo a la hora y el muchacho --como muchas otras personas--  subía con su canasto preocupado de que los manteles permanecieran en su sitio para llevar el pan bien tapado y mantenerlo calentito el mayor tiempo posible. Durante el trayecto se iba mirando alternativamente hacia afuera a través de la ventanilla y a los otros viajeros del vagón sin descuidar su canasto. Rara vez se encontraba con alguien conocido. En Lirquén, parada breve y seguimos. El convoy rumbeaba por la sinuosa línea de la costa. Los pasajeros tenían para sus ojos todo el paisaje de la bahía cada mañana desde los tiesos asiento de tercera. El túnel. Desde el otro lado comenzaba a verse Tomé. La locomotora resollando seguía el trazado ferroviario apegado al cerro. Una curva a la derecha servía para circunvalar una rada sin nombre. Después venía un tramo recto y ahí estaba el paradero de Punta de Parra. Cualquiera persona que se hubiera asomado a la ventanilla vería un andén desierto sin pavimento y la casucha. Antes del pitazo del reinicio de la marcha, aterrizaba un canasto y en un segundo aparecía el muchacho a cargo que lo agarraba y se lo echaba al hombro. En ese paradero no bajaba nadie. De tarde en tarde descendía un militar, quizás. El tren partía hacia Bellavista y Tomé.
           El joven repartidor se armaba a valor y tomaba el sendero de tierra colorada a través de un bosque de pinos. Era la misma caminata que hacían los uniformados asignados a la guarnición que usaban el tren. Pura subida. Se traspiraba para alcanzar el fuerte de Punta de Parra situado en la elevación a poco más de 150 metros de altura. El adolescente entregaba su canasto de pan en la cocina del recinto militar, donde lo esperaban con una sonrisa entre cañones de gran calibre y puertas de hierro.
         Para regresar, tomaba el mismo sendero, pero ahora cuesta a abajo, con el canasto y los trapos harineros en una sola mano. No había apuro, porque el tren que salía de Tomé hacia Concepción vía Penco, pasaba a las 10 AM por Punta Parra y aún faltaba para las 9. Había que esperar en solitario una hora más o menos, bajo la casucha si comenzaba a llover o caminando un ratito por la playa si brillaba el sol, por lo demás se veía de lejos el tren aproximándose. Entre chirridos de fierros y chorros de vapor de la locomotora, «el tomecino», como llamaban a ese tren local, se detenía junto al andén. Apenas el repartidor tiraba el canasto a la plataforma y subía de un brinco, el convoy retomaba la marcha. De nuevo el túnel, después la parada en Lirquén. Por fin la estación de Penco. El joven estudiante, luego del tour matinal, entregaba su canasto vacío en la panadería... hasta el día siguiente en que de nuevo sería el único pasajero en bajar del tren en Punta de Parra. El reloj que había en el concurrido negocio pencón marcaba las 11 de la mañana con 2 minutos.

Tuesday, January 21, 2020

EL MENSAJE REVELADO DE UNA FOTO DE MI MADRE


             He mirado tantas veces esta foto del rostro amado de mi madre. Es una pose de estudio. Seguramente el fotógrafo le sugirió que no mirara directamente al objetivo de la cámara. Así, más relajada, ella miró hacia el muro. La luz de las lámparas se reflejó en sus facciones y al click del disparo esto que veo se grabó en la placa de compuesto de plata. De ahí al cuarto oscuro del laboratorio, después al papel y muchos años más tarde capturé la imagen con mi cámara digital. La foto me dice “ella ha sido” eso es cierto pero no me agrega nada más. Aunque concentre mi mirada con fuerza no logro averiguar otro indicio. ¿En qué pensaba, qué hora del día era, hacía frío, le hubiera gustado servirse un café? Ya no puedo saberlo, porque ella partió de este mundo hace un par de semanas y nunca se lo pregunté. La noche del día de su muerte salí al patio miré hacia arriba, la luna en creciente de fines de diciembre se había escondido temprano. Así la bóveda del cielo lucía orgullosa todas sus estrellas de primera magnitud. “Las 3 Marías” en el cinto de Orión brillaban sobre mi cabeza. Las identifiqué con tristeza pensando que esa luz celestial llegó tarde a despedirla, sin embargo, al mismo tiempo imaginaba que mientras los rayos estelares viajaban a través de los espacios infinitos hacia acá, ella, mi madre, aún estaba entre nosotros.
          Estudiosos de la fotografía dicen que una foto se ve mejor con los ojos cerrados. ¿Se descubren más cosas? Dicen también que una foto tiene algo de resurrección. Yo vuelvo a mirar detenidamente esta imagen inmóvil. Mi madre se ve hermosa, muy joven. Leo que la dulzura e inocencia de la niña que ella fue están presentes en su cara. En realidad ése es su aire, el halo de su alma que la acompañó desde que fue pequeñita hasta la hora de su muerte. En las lineas del rostro intuyo los rasgos de su ascendencia: de la abuela, la bisabuela, la tatarabuela como un espejo que me conduce hasta lo más profundo de los tiempos.
        Una foto como ésta sólo muestra la exterioridad de la persona que fue, no su intimidad, por eso no sabemos más de aquello que quiséramos conocer. ¿Por qué se hizo tomar esta foto? ¿Qué conversó con el fotógrafo del estudio? Quizá nunca pensó que la luz que ella reflejó y que se congeló en el tiempo permanecería hasta después de su partida. Así hoy decenas de años después, con mi mirada humedecida por la pena de la ausencia definitiva la contemplo, la contemplo, la contemplo.
        Una foto es para mirarla solo, sin compañía, porque es entonces cuando parece que uno oye la voz amada aunque sepamos que es la imaginación. Pero, vuelvo sobre esta foto en particular. Me detengo en sus ojos y digo qué bueno que no miró de frente, porque al no hacerlo ella dejó libre mis pensamientos y mis reflexiones. De lo contrario su mirada directa me habría confundido porque yo habría intentado horadar el fondo de esos ojos descuidando mi observación de lo demás. Ahí están sus ojos ligeramente mirando hacia su lado izquierdo. Y pienso, Dios, esos mismos ojos me miraron desde mi primer día así como también a mis hermanas con la ternura inagotable que hoy yo no puedo describir. Y fuimos los tres con mis hermanas quienes vimos apagarse esa luz que me evoca este retrato. Y la foto silenciosa, como para aventar mi melancolía, me dice no te apenes porque ella ha sido.

Sunday, January 12, 2020

PUENTES PEATONALES DE ARCO ACENTÚAN AMBIENTE VENECIANO EN PENCO

Manuel Suárez en los escalones del umbral del nuevo puente. (Foto de Cristina Suárez).

         Los sueños si no se materializan se relegan en el sótano de la memoria y por último se olvidan porque el tiempo termina por borrarlos. Para el vecino pencón Manuel Suárez, además directivo de la Sociedad de Historia, quien vive en calle Penco 260, el domingo 12 de enero de 2020, uno de sus sueños de niño de unir la puerta de su casa con la plaza que él ya había olvidado, de pronto más de 60 años después se hizo realidad. Así que ese día tras desayunar, abrió la puerta, cruzó la calle, subió 7 escalones del umbral del nuevo puente de arco, lo cruzó y llegó a la plaza. Desde su mampara había dado 74 pasos para llegar al paseo público sin tener que ir a los puentes de O'Higgins o Las Heras.
          Sin rimbombo la Municipalidad de Penco abrió al uso público 2 puentes peatonales, uno frente al número 260, como hemos dicho y el otro a las puertas del Hogar Sindicato de Trabajadores de Fanaloza. Ha trascendido que el municipio tiene la idea de convertir a la calle Penco entre O'Higgins y Freire en un boulevar y que los puentes terminarán con la separación de la calzada con la vereda de la otra orilla del estero. Entre tanto durante el verano 2 tomas retienen las aguas convirtiendo 2 piscinas navegables de 120 metros de largo por 12 de ancho. Así el modesto río de agua limpia se suma ya por tecer año a los proyectos turísticos de Penco creando un ambiente veneciano donde un par de góndolas van y vienen con personas para paseos y para tomarse fotos. Los puentes en arco a su vez permiten el paso de las embarcaciones con sus gondoleros de pie, como es la tradición italiana.
Otra vista del puente peatonal de arco. (Foto Cristina Suárez).
            La nueva conexión que se ubica entre O'Higgins y Las Heras, integra desde ahora calle Penco con la plaza. Así, sin pensarlo ni menos haberlo imaginado, Manuel Suárez, salió de la puerta de su casa y se encontró con que su sueño de infancia que permanecía olvidado ese 12 de enero era un hecho tangible, tanto así que para comprobarlo lo cruzó de ida y de regreso. Las fotos que le tomó su hija Cristina las envió a su hermano el médico Donato Suárez, quien vive en Curicó. Porque en 1950 cuando eran niños ambos comentaban en su casa familiar lo lindo que sería tener un puente exclusivo para cruzarlo con la bici o el scooter e ir a jugar a la plaza.
               Las 2 estructuras metálicas fueron construidas por una maestranza pencona, ubicada al norte de la población Desiderio Guzmán.    

Wednesday, January 08, 2020

EL CONTRAMAESTRE


Imagen tomada de la colección 
"El Tesoro de la Juventud" (1930).
            «¡Es responsabilidad absoluta  del contramaestre!», dijo el hombre de traje oscuro con voz firme y sin dudar. Y los que estaban a la mesa con él y otras personas invitadas lo miraron sorprendidos.
              Una familia conocida, que tenía su casa en calle Las Heras, al lado de una reparadora de calzados que todavía existe, a media cuadra de la plaza de Penco, nos invitó aquella tarde a cenar por la celebración de un onomástico. Transcurría la primavera de 1957. Me sorprendió que cuando llegamos siendo yo un niño me asignaran un puesto en la mesa de los adultos. Mi silla estaba reservada (hasta hoy agradezco esa fina distinción porque me sentí importante). Mi tía Ana, amiga de la dueña de casa de nombre Ana también, se ubicó a mi lado. Antes de servir los platos, los anfitriones pusieron en el centro de la mesa una gran ensaladera colmada de apio picado con aceitunas, pero mi atención se centró en el enorme pocillo con mayonesa, de cremoso aspecto, hecha en casa. Por entonces ese aderezo no se fabricaba industrialmente como hoy.
               Guardé prudente silencio durante la mayor parte de la cena, según me habían instruido, para no interferir las conversaciones de los mayores. Al frente mío había un señor de traje oscuro, educado, que conversaba con la persona sentada a su lado sobre su profesión, marino. Pero,  decía que él ya se había retirado de la Armada de Chile. El otro caballero, también vestido formalmente para la cena, oía y agregaba comentarios sobre aquellas historias marineras, las que al comienzo parecían ser puramente técnicas, pero que al fin resultaron tan entretenidas que me sumé a la audiencia. En el momento que sintonicé, el marino narraba:
              «...el contramaestre no habría autorizado semejante osadía. Cómo se le pudo ocurrir a ese arponero intentar bajarse de un buque zarandeado por un temporal en el Cabo de Hornos para tomar un bote a remos sólo para ir detrás de una ballena y capturarla. Eso es imposible en la realidad. No son más que narraciones fantásticas. Yo leí la novela Moby Dick₁ en uno de mis tantos viajes en buques de la Armada y ahí se narra algo parecido». Hizo un silencio y añadió: «Pero, como locos hay en todas partes, me han dicho que gente lo ha hecho para callado, como se dice. Créame que yo no me lo puedo explicar, pero mis fuentes son confiables. Recuerdo en una ocasión en el Mar de Drake con mal tiempo las sacudidas del buque eran tan violentas por las olas gigantes, que era difícil mantenerse en pie. Nadie podía salir a cubierta por seguridad. Entonces fui testigo de la solicitud de un par de marineros dispuestos a bajarse del buque en un chinchorro₂ para desafiar al león, torear la tempestad, una apuesta tipo ruleta rusa. Hablaron con el contramastre».
               El narrador se dio cuenta que yo estaba con la oreja parada. Aproveché que hizo una pausa y le pedí permiso para una pregunta. Los invitados me oyeron y cortésmente dejaron de hablar para no interrumpirme. Yo dije: ¿quién es un contramaestre? «Mire joven, ‒comenzó a responderme el marino con amabilidad‒, a bordo el contramaestre es un marino experimentado que conoce el buque como si fuera la palma de su mano. Él sabe hasta cuántos tornillos tiene la nave, por ejemplo. Y puede tomar el mando cuando el comandante se enferma. Un contramaestre es una autoridad en alta mar».
              Y yo seguí: ¿Por qué esos marinos que usted contó, no se bajaron del buque así no más sin decirle a nadie? Luego de hacer la pregunta me sentí un poco impertinente. Y el marino en frente mío me respondió con más seriedad que en su afirmación anterior, porque para él mi planteamiento era grave: «¡Imposible! Bajarse de un buque en plena navegación no es broma. Imaginando que eso llegara a ocurrir, la máxima autoridad de abordo tiene que saberlo y autorizarlo. En el caso de los aventureros que les he contado, ellos habrían quedado abandonados y al garete en medio de la nada o del infierno si lo hubieran hecho para callado. Vuelvo sobre detalles de la situación. El contramaestre guiaba el buque en esa oportunidad porque el comandante se mareó y tuvo que encerrarse 2 días en su camarote. Son cosas que pasan, porque los marinos también somos seres humanos. Ocurrió que un grumete y un guardiamarina querían demostrar su valentía bajando al mar embravecido en el chinchorro. Aprovecharon que el capitán no estaba y creían que convencerían fácilmente al contramaestre. Pero, el hombre se tomó la cabeza a 2 manos y los mandó castigados a las bodegas. Es una osadía sin nombre, les dijo. Qué se han imaginado, el mar se los traga a la primera y con la autorización mía, los siguió recriminando. ¿Qué le respondo yo a la Armada y a sus familias si mueren con toda seguridad en el intento? El contramaestre los liquidó con esa pregunta. Yo lo vi. Esas tonterías ocurren con los jovencitos que se las dan de valientes y se desafían unos con otros sin considerar las consecuencias».
            La cena de onomástico terminó cerca de la medianoche, regresamos a nuestra casa en calle Alcázar, distante un par de cuadras. Debe ser entrenido ser amigo de un contramaestre, pensé a mi edad de entonces, para hacerle hartas preguntas y oír más historias de mares lejanos.


--------
₁ Novela del escritor norteamericano Herman Melville publicada en 1851 que narra la travesía del buque Pequod, comandado por el capitán Ahab a la captura de la ballena blanca Moby Dick, título de la obra. La situación que menciona el marino de Penco en nuestro relato aparece en la página 320 de la edición 2004 de Collector's Library del libro, versión en inglés. El trozo de texto es el siguiente: 
"Certain. I've lowered for whales from a leaking ship in a gale off Cape Horn".  ("Cierto. Yo he bajado por ballenas de un buque haciendo agua en una tormenta a la cuadra del Cabo de Hornos").

₂ Un chinchorro es un bote a remos que llevaban los buques de la Armada para realizar tareas menores.

Wednesday, December 18, 2019

EL SECRETO MEJOR GUARDADO DE UN SINDICATO EN CALDERA

Buzos mariscadores del sindicato de Caldera en plena actividad de la crianza de ostiones.


Conocer la historia nos ubica en el espacio, en el tiempo, nos orienta y nos despeja las dudas. El siguiente texto trata de una experiencia vivida a causa de mi desconocimiento de una historia en la hermosa ciudad de Caldera, en el norte de Chile. No saber el pasado puede plantear situaciones tanto embarazosas como anecdóticas. Adelante:   

         Las calles de Caldera tienen ese color amarillento típico del desierto de Atacama. La arenisca ocre que se levanta con el viento parece teñir todo. Y, nada de curioso, por esta circunstancia ése es el tono de la sede del sindicato independiente de trabajadores de mar de la comuna, situada en una esquina cerca de la playa. Como es de suponer un día ellos se organizaron para producir juntos el ostión, el sabroso bivalvo de gran aceptación en la gastronomía mundial. Pero, sin apartarnos del hilo, nuestro relato se enfoca en la sede.
        La casa sindical tiene una sola planta como las demás viviendas del sector. Sobre el dintel, el letrero recién pintado: Sindicato de Mar, que reemplazó al cartel de la otra actividad que cesó muchos años años antes y que nadie había retirado. El antiguo presidente de los mariscadores y buzos adquirió el bien raíz, a la venta y sin moradores, para instalar al sindicato ahí, en un domicilio conocido. La ubicación cerca del centro fue una de las razones para que los buzos se interesaron. Sin embargo, la mejor razón fue el precio, botado por la quiebra. Y eso que el giro fue exitoso por tanto tiempo. Pero, así son los emprendimientos, qué se le va a hacer. El inmueble quizá lo construyeron allá por los años 50 y su diseño, decían, correspondía fielmente al exclusivo propósito del negocio. De seguro que el antiguo presidente del sindicato conoció bien ese comercio al igual que mucha gente de Caldera, de Copiapó y hasta de Vallenar. Eso me lo contó el nuevo presidente.
Gente entra y sale por la estrecha puerta de calle.Pese a esa modesta apariencia externa, el interior fue una sorpresa para mí.  Al ingresar uno encuentra a cada lado dos salas independientes separadas por el pasillo. Si sus puertas se abrieran al mismo tiempo bloquearían el pasadizo. Pues bien, luego de avanzar se llega a un espacio grande con piso de baldosas que se extiende a lo ancho de la propiedad, tal vez unos 15 metros. La primera impresión fue que esa sala grande pudo servir como cancha de baby fútbol así tenían sentido las oficinas de la entrada que pudieron ser los camarines de los equipos. Daba para pensar eso. Aunque costaba imaginarse que en el lugar pudiera realmente funcionar una mini cancha o un gimnasio. Buscándole el ajuste, en la superficie de las baldosas a lo mejor hubo mesones de taca-taca o mesas de pimpón. También daba para pensar eso.
          Al levantar la vista uno se encuentra con los tijerales y las planchas metálicas de la techumbre. No hay cielo raso. Al frente, una especie de mostrador angosto, de concreto, que descansa sobre pedestales de hormigón de 80 centímetros de alto cierra en redondo una de las esquinas del sector embaldosado, y por el otro lado remata en una plataforma de una altura de un metro, la que a su vez termina en uno de los muros. A ella se sube por un par de peldaños a un costado. Hasta un niño pudo creer que la plataforma sirve de escenario para números artísticos.
      Más hacia el fondo hay un amplio patio descubierto. En ese lugar pavimentado mujeres contratadas por el sindicato trabajan remendando redes y reparando trajes de buzos. El visitante comprueba la actividad en todos los ámbitos de la sede: contadores rellenan formularios, secretarias atienden llamadas telefónicas, dirigentes se reúnen con funcionarios de bancos algunos para ofrecer nuevos créditos, otros para recordar pagos de préstamos ya concedidos y usados. Agentes de aseguradoras con folletos de cómo trabajar sin riesgos en el mar esperan su turno. Nada que decir, en el sindicato cada cual hace lo suyo con dedicación.
         Mi anfitrión, el presidente sindical, me explica que es un día agitado así que me insinuó que tuviera paciencia. El hombre no se veía preocupado, irradiaba satisfacción. Sin duda, y con razón, estaba orgulloso de la organización que encabezaba, de la disciplina de los socios, y, por cierto, ─creí entender, para él lo más importante─ la sede sindical, elección del antiguo presidente. Así que me invitó a tomar asiento en el sillón. En la espera me seguí cabeceando para dar con el sentido original del recinto, ya que muchos elementos arquitectónicos no calzaban para servir a  una empresa común y corriente. Aquí debió funcionar otra cosa, pero no imaginé qué.
          Circuló el comentario que en una ocasión alguien le preguntó al antiguo presidente cuál fue el giro verdadero. Respondió orondo: «un supermercado». De acuerdo con su relato en el mostrador de cemento estaban las cajas y la plataforma, con aspecto de escenario, servía para recibir los abastecimientos traídos por los vehículos de carga. El antiguo presidente hablaba con autoridad. No le preguntaron más porque en esas cosas el hombre no mentía (eso decían ellos muy serios, ¿sería cierto?). 
       
Doy otros detalles del lugar. Por ambos muros laterales había en total 6 puertas 5 de ellas cerradas. La única entreabierta permitía ver un pasadizo ciego que conducía a otra puerta interior a lo mejor de una habitación. Era de suponer que las restantes obedecían a la misma idea. A su vez, a ambos lados de la plataforma-escenario había otras dos puertas de los baños para hombres y mujeres.
Jaulas para la crianza de ostiones en el litoral de Caldera, Región de Atacama.
          Elementos propios de la actividad productiva de ahora ocupan la plataforma: remos, timones de madera y tres motores fuera de borda, apoyados contra el muro. Sobre la barra o mostrador semicircular que aislaba el córner de la supuesta cancha de baby, se apilan jaulas tubulares de alambre color café que se usan para las camadas de ostiones que crecen en la zona de mar asignadas.
         Cuando transcurrieron varios minutos de espera en ese sillón y de darle vueltas a mis interpretaciones del uso del recinto en tiempos pretéritos, vi acercarse al presidente del sindicato, quien por fin disponía de un rato para atender el asunto que me había llevado a Caldera a tratar con él. Luego de mirar a su alrededor para asegurarse que nadie más iba a escuchar, comenzó a hablarme de la historia de la sede: «Vea usted lo que el antiguo presidente consiguió para nuestro sindicato». Mi interlocutor estaba orgulloso de ocupar el puesto que antes ejerciera una persona que él admiraba. Pero, para proseguir con su relato, cortésmente me invitó a una de las oficinas laterales de la entrada que describimos al inicio. En la sala una secretaria digitaba frente a un computador. Cuando tomamos asiento le ordenó a la mujer que nos sirviera café, por lo que ella dejó de tipear, se paró sonriente y salió. Entonces me di cuenta que quería hablarme sin que hubiera testigos (esto se pone interesante, pensé). Él lo sentía como si fuera su obligación. Me dijo: «El antiguo presidente aprovechó una auténtica ocasión para adquirir esta propiedad, quien decía ─sólo por decir, sin la intención de mentir─ que acá hubo un supermercado. No, no fue así. Se trataba de otra cosa. La gente mayor de Caldera recuerda bien. Como usted no es de acá, ¿de Penco me dijo?, yo se lo cuento: hace ya mucho tiempo aquí hubo una famosa casa...». Bajó la voz de súbito porque en ese preciso momento la secretaria que estaba en la oficina de enfrente pidió permiso y entró a buscar unos papeles. Cuando los halló y se retiraba, llegó la otra mujer con las tacitas de café.
------ 
POST SCRIPTUM: 

Me escribe de Copiapó el colaborador de este blog, el profesor pencón Juan Espinoza, sobre este relato, que, según me dice ha causado interés en Caldera. Y me agrega que don Vidal Naveas, ex minero quien posee una gran cantidad de libros y publicaciones acopiados por años en las ciudades y localidades del desierto de Atacama, tuvo conocimiento del negocio que funcionó antes en la actual sede del sindicato de buzos y mariscadores.

Resumo la nota del señor Espinoza: 

«Con Vidal estuvimos recordando lugares de Caldera  y desembarcamos en el "supermercado" que relatáis y que algunos viejitos de la zona visitaron en su juventud cuando habían juntado algún dinerillo, o cuando se enganchaban con algún minero que estaba de "bajada"... muchos concurrían a la Boite Rivadavia, donde estaban las mejores muchachas y la mejor música envasada y en vivo (Los Peniques, Los Fenix, Los Viking V, Cecilia la Unica, entre otros)...»