Sunday, May 21, 2017

"MARÍA DEL RÍO" DE CRAV FUE EL GRAN EQUIPO DEL BÁSQUETBOL FEMENINO DE PENCO

EQUIPO MARÍA DEL RÍO 1965: de izquierda a derecha aparecen en esta foto Rosa Cartes, Ema Figueroa, Estela Vergara, Amalia Villegas, Juanita Figueroa, Isabel Navarrete, Sofía Zambra y Encarnación Rodríguez.
En 1965 el equipo de básquetbol femenino dependiente de la Refinería, el "María del Río" , tuvo una excelente actuación en el torneo penquista. El quinteto lo integraban hijas de familias refineras y la conducción técnica del cuadro era de responsabilidad don Juan Muñiz, un entrenador de nacionalidad uruguaya avecindado en Penco y contratado por CRAV.

El "María del Río" entrenaba en el hoy desaparecido edificio del Deportivo de la empresa en calle San Vicente. La contra parte masculina del balón cesto de la Refinería era el "Federico Carvallo", cuyo jugadores eran mayormente trabajadores de CRAV. Precisamente, uno de ellos que recordamos con mucho cariño es Carlos Romero Espinoza, camiseta N° 12, casado con María Canales (mi madrina de bautizo).


Resulta poco conocido el origen de los nombres de los equipos refineros para muchos pencones en la actualidad. En el caso del básquetbol masculino el quinteto recibió el nombre del administrador de turno de la empresa, don Federico Carvallo. Y en lo relacionado con el equipo femenino, el nombre que recibió correspondía al de la esposa de don Federico, la señora María del Río.

El deporte a nivel competitivo en la Refinería tuvo mucha importancia. Y uno de sus grandes estrategas en todas las disciplinas fue Juan Muñiz. 








A la izquierda, Juanita Figueroa, gran
basquetbolista del "María del Río"
en 1965.

Sunday, May 07, 2017

UN PINTOR NOS DESCRIBE A PENCO CON TODA LA FUERZA DEL COLOR

Una visión multicolor de Penco, según el artista local José Fernando Castro Reyes.
Tal vez nunca Penco ha sido representado con tanto derroche de color como se aprecia en las telas pintadas por el profesor José Fernando Castro Reyes, hijo de refinero. Pintor por vocación, este maestro normalista y asistente social, dedica horas a observar, a preparar sus pinceles y lanzarse a combinar matices, contrastes, dibujos y proporciones sobre una superficie horizontal en el taller de su casa de la villa Lomas del Conquistador entre las poblaciones Desiderio Guzmán y el ex recinto de la Refinería. Admirador y cultor del estilo postimpresionista de Vincent Van Gogh, Castro ha logrado un sello interesante fruto de su pasión por este trabajo. Incluso se fabricó una paleta dentada para conseguir el trazo caprichoso de líneas paralelas especialmente en esos cielos arremolinados que distinguieron la obra del artista neerlandés.
Un detalle de una pintura que revela la influencia de Van Gogh en el estilo del pintor de Penco.
Ha vivido en Penco toda una vida. Hoy, a sus 67 años, se declara un agradecido de la ciudad y de tantas personas con las que compartió en el ámbito profesional tanto en Lirquén como en Penco. Ejerció como profesor en varios establecimientos de la comuna, jugó fútbol por Coquimbo CRAV igual como lo hiciera su padre, don Fernando Castro, fallecido en octubre de 2016. También trabajó como administrador municipal en el municipio pencón por años, donde, en virtud del cargo, le correspondió subrogar al alcalde Ramón Fuentealba en varias ocasiones.
El profesor y pintor José Fernando Castro Reyes en su casa de la villa Bahía Azul de Penco.
Casado con la tomecina Gloria Elgueta, el matrimonio tiene cuatro hijos: Gustavo, audiovisualista; Claudio Sebastián, arquitecto; Valeria, matrona; y Catalina, estudiante de arquitectura en la Universidad Católica. Fernando ha expuesto en forma individual en Yungay, en Ránquil y en dos muestras colectivas en Concepción con motivo del centenario de Nicanor Parra y de Vincent Van Gogh.
La paleta dentada creada por Fernando Castro para
acercarse al estilo de Van Gogh.

En los muros de su casa cuelgan telas con su impronta que embellecen las distintas habitaciones. No sólo el color abigarrado, sino que su conjugación con el dibujo y los temas paisajísticos donde predominan los álamos estilizados que se inclinan en distintas direcciones generan un todo inspirador. Los cuadros marcan también las distintas etapas que ha vivido su autor que van desde lo figurativo a la abstracción. Un toque especial a este ambiente visual predominante es la música seleccionada por el pintor, un plus al momento de oír las descripciones que él hace de esas obras más significativas expuestas allí para sus moradores y sus visitas.

El carácter serio y tranquilo del profesor explota en espontaneidad cuando en su taller solitario suelta las riendas de su imaginación. Los pigmentos de acrílico de todos los tonos se aglomeran y resbalan sobre la superficie en la que va a trabajar. La inspiración, la técnica y el buen gusto complementan su inquieta labor artística. Esta inclinación creadora que había permanecido en potencia y casi oculta durante tanto tiempo en el espíritu del profesor ha salido a la luz y lo ha convertido en un potente artista plástico de la ciudad. Sin duda muy pronto conoceremos nuevos trabajos suyos que nos sorprenderán. Enhorabuena. 
El profesor Castro narra el contenido de su obra Penco en una conversación con nuestro blog.

Monday, May 01, 2017

PENCO, UNA COMUNA LABORIOSA Y UNOS POCOS "PULMONES VíRGENES"

En el Día del Trabajo recuerdo a Penco y Lirquén como una comuna de gente laboriosa. La historia así lo muestra. Sus calles de esos años era transitadas de día y de noche por centenares de empleados y obreros de las distintas industrias y otras actividades productivas, sin contar los trabajadores de los diferentes emprendimientos que los había por todas partes. Penco fue y es modelo de hombres y mujeres que dedicaron y dedican su tiempo al trabajo sacrificado. Ellos celebran hoy su día con justificada razón y orgullo.
Pero. Hubo excepciones.
En más de una oportunidad en el pasado escuché un par de expresiones casi generalizadas en Penco para apuntar a alguien sin ocupación ni trabajo conocidos. Podía haber muchas razones para que el aludido justificara no estar ocupado en labores productivas. A modo de defensa quienes creían en ellos argüirían que dichas personas no tenían carácter, por ejemplo; que carecían de las técnicas básicas para desempeñarse en tal o cual oficio, desconocimiento, falta de habilidades puntuales, incompetencia, etc. Nunca decían, que sus defendidos carecían de voluntad para lanzarse a la aventura en el mundo laboral. Consecuencia de esta situación era que cuando el tema de conversación era el trabajo, salían los comentarios cáusticos: “ese gallo tiene pulmones vírgenes”.
Que los pulmones tengan que marchar a un ritmo superior a su función ordinaria fue sinónimo de trabajo esforzado. Quien no hubiera exigido más a ese órgano corporal en una acción productiva no era digno de afirmar con la frente en alto que había trabajado. De allí entonces que el tal “pulmones vírgenes” era literalmente un flojo, más aún si le nacía serlo. En este sentido, por tanto, no era recomendable tirarse a flojo en Penco porque la opción significaría estar en boca de todos. Pero, había personas que por decisión propia se rehusaban a buscar empleo. Hubo muchos casos reconocidos… Había, por cierto, sinónimos para la metáfora de la flojera. Por ejemplo, a un flojo lo apodaban “solano”, por estar tendido al sol, imagino. Una denominación menos usada era “sotigüe”, cuyo desglose no viene al caso. Y, por último, el alias más hiriente para un flojo era ser "bautizado" “primero de mayo” para significar exactamente lo opuesto, o sea, el alto valor ético y moral del trabajo que nos recuerda esa fecha en todo el mundo.


Tuesday, April 25, 2017

LOS DORADOS RACIMOS DE ABRIL QUE CADA OTOÑO LLEGABAN A PENCO

Racimos de uva Italia momentos antes de ser cortados de las parras.
En abril la gente esperaba las uvas que provenían de las lomas de la cordillera de la costa; ésas que se producían en rulo en parras de tronco corto casi a ras del terreno. A muchos les parecía que entre más cerca del suelo crecían y maduraban los racimos, el fruto era más sabroso. Este producto llegaba a Penco en carretas tiradas por bueyes, que bajaban desde lugares cercanos: Roa, Cieneguillas, Guariligüe, Peña Blanca, Florida. Los racimos venían acomodados en cajones. Las variedades más familiares eran la Corinto (tempranera) y la Italia, más tardía. Las cargas también incluían las uvas negras país. ¡Inigualable el dulzor de estos frutos! Los baquianos picana en ristre con sus carretas iban por las calles ofreciendo el producto de su vendimia. Ellos cuidaban de la buena presentación: racimos enteros, no desgajados, con todos sus granos. Esta oferta era una fiesta callejera, una tradición, un clásico en Penco.
Uva negra de viña El Quillay, Portezuelo.
La imagen de los vendedores de uva a granel –directa del productor al consumidor-- era coherente con el entorno. Las carretas se entrecruzaban en nuestras calles de tierra o adoquinadas. Algunas llevaban otras frutas: manzanas, peras. Sin embargo, el mayor número de éstas transportaban sacos de carbón o iban cargadas con leña de madera nativa de excelente calidad para el fuego. No todos los campesinos vendían la leña cortada a la medida de las cocinas o estufas, muchos ofrecían los palos secos de dos o tres metros de largo. Había una diferencia en el precio, por cierto; más cara, aquella lista para echarla al fuego. Tan familiares como las carretas eran carretones tirados por caballos. Sin embargo, estos últimos no provenían de los campos, eran el medio de transporte de los almacenes pencones para distribuir mercaderías al por mayor.
Pero, no sólo carretas con yuntas de bueyes circulaban por todas partes en Penco; también iba gente montada en caballos con sus atuendos, montura, sombrero, chupalla y rebenque. Y no eran unos pocos, si a ello sumamos que Carabineros tenía ganado en pesebreras detrás de la antigua comisaría. Parejas de policías montadas circulaban con frecuencia por las calles de Cerro Verde y Lirquén. Y, por otro lado, cabalgaban los mencionados jinetes que bajaban a Penco para trámites o para hacer compras.
Carabineros en patrullaje en Cerro Verde.

Pero, volvamos al tema del comienzo. Abril con las carretas con uvas marcaban el final de las ofertas de la temporada estival de los campos. Y los racimos de Italia, los tardíos eran los más dulces del pasado verano. Una característica de esta oferta doméstica fueron las abejas. Cebadas por los jugos de los granos pegajosos por el sol volaban en buena cantidad alrededor de las carretas. Por eso, luego de comprar, el carretero advertía de tener mucho cuidado para no enredarse con ellas y sufrir un lancetazo.
Alejandro Millao y Gladys Ponce, viñateros de El Quillay en Portezuelo en plena labor de vendimias.

Wednesday, April 19, 2017

LOS CAMBIOS DE 50 AÑOS EN LIRQUÉN Y CERRO VERDE ALTO


Una imagen habla por mil palabras, dicen. Y esta foto, del actual calendario municipal, nos transporta a los inicios de los años sesenta (1960). Los cambios han sido notables en más de 50 años. Por ese motivo, para las nuevas generaciones en necesario una breve explicación para conjugar pasado y presente. Con ese propósito he enumerado los puntos emblemáticos de esta imagen para aportar algunos antecedentes.

1.    El sector conocido como la Huasca fue entonces un bosque; un poco a la derecha de la imagen se ve el camino a Tomé con una pista sencilla.
2.   La población de los mineros tenía dos corridas de pabellones construidos en ladrillo, madera y tejas. Ese espacio hoy es ocupado por bodegas del Puerto Lirquén.
3.   La cancha del club deportivo Minerales fue construida con tosca extraída de la mina de carbón de Lirquén. Este material le dio una cierta altura respecto del nivel normal del terreno. Por tal motivo si la pelota se escapaba había que bajar el talud, recuperarla y devolverla a la cancha. Sin embargo, ex jugadores de ese club, como Pedro Avendaño, por ejemplo, la recuerdan como un campo de gran calidad para jugar al fútbol, sólo que no tenía pasto. Tampoco había galerías para sentarse.
4.   El cerro la tosca fue la estampa industrial y minera de Lirquén. Se levantó con material inerte sacado de la mina junto con el carbón a lo largo de cien años. Tal vez alcanzó unos 40 metros de altura. En su cara opuesta al mar la empresa carbonífera sembró pinos, los que crecieron sin problemas, a pesar de la pobreza del suelo. En la actualidad, Puerto Lirquén aplanó este cerro artificial para crear bodegas y espacios para mercaderías en tránsito. Y ahora se llama “patio la tosca”. La entrada de terreno hacia el mar está rotulada con el nombre punta Quintero, según el mapa del SHOA.
5.  Sector El Refugio fue una playita protegida del viento norte que miraba al suroeste. La línea del tren separaba la arena de una agradable superficie empastada que durante un tiempo fue propiedad del Automóvil Club de Chile, entidad que edificó ahí un inmueble denominado el refugio con restaurant para sus socios. De seguro que los años más esplendorosos de ese balneario privado fue en los cuarenta (1940). La playa desapareció con la ampliación del Puerto Lirquén.
6.   La cancha de Vipla. Si bien la Compañía Carbonífera de Lirquén tenía su cancha propia y su club participando del campeonato regional de fútbol, la empresa Vidrios Planos Lirquén no era menos; también tenía su campo deportivo y su club. El Vipla jugaba en ese reducto junto al estero Lirquén. En el lugar que ocupan los pinos que se observan entre la cancha y el camino en esta foto se levanta hoy la empresa Indura.
7.  Todavía no se había poblado del todo Cerro Verde Alto. Se observa con claridad el campo de entonces con sus lomas. En la zona baja había una chacra de gran extensión donde se producían hortalizas de muy buena calidad.



Como decíamos en el inicio de este post, aunque una foto nos hable por sí misma, siempre viene bien un complemento en palabras. 

Thursday, April 13, 2017

UN TERRÓN DE AZÚCAR PARA HACER CARAMELO

Cubos de azúcar en una imagen tomada de Internet. Los panes de azúcar de la Refinería eran más grandes y compactos.
Un pan de azúcar fue una expresión familiar en todo Chile durante la mayor parte del siglo XX. No sólo por muchos cerros distribuidos en la geografía que llevan ese nombre, sino por el bloquecito dulce que se agregaba a la taza de café y que se disolvía al cabo de unos segundos. Sinónimo era la combinación terrón de azúcar.
En una clase de filosofía en la Universidad de Concepción, el profesor Menanteau de esa facultad decía a sus alumnos en el capítulo de lógica formal: “hablamos de un pan de azúcar, por ejemplo, sin darnos cuentas acerca de todas las cualidades que encierra esa expresión. Así, cuando le echamos un pancito a nuestro té no analizamos el contenido y decimos aquí va la blancura, la dulzura y la dureza, decimos implemente ‘agrego un terrón de azúcar’ ”. El profesor se basaba en el elemento pan de azúcar para para ejemplificar que el razonamiento emplea abstracciones.
Panes o terrones de azúcar eran la unidad básica producida por las plantas de CRAV en Penco, Valdivia y Viña del Mar para satisfacer las necesidades del consumidor. Ambas expresiones se usaban en el país con naturalidad. El trocito equivalía en contenido más o menos a una cucharada de té de la azúcar granulada de hoy. El pan de azúcar era el fruto final de los largos procesos de refinación del producto en bruto que llegaba a Penco de países productores como Perú, Ecuador y otros. El endulzante blanco precipitaba en pequeños gránulos que eran prensados en moldes; cuando habían endurecido en forma de bloques se los cortaba con guillotinas.
Algunos consumidores hacían caramelos con la azúcar en panes. Bastaba con poner los terrones sobre una lata expuesta al fuego para que el blanco comenzara a ponerse dorado y marrón. Acto seguido se echaba el caramelo a las infusiones de hierbas con el fin de darles un tinte agradable. En los campos de Penco, la gente fabricaba dulces con la azúcar chamuscada. Y les daban a los niños los terrones dorados como sucedáneos de golosinas. Flora, quien trabajó en la casa del doctor Suárez, en aquellos años contaba que ésas eran las pastillas de los pobres, aludiendo a aquellos que no alcanzaban para comprar dulces para sus hijos con sus escasos recursos.
Un segmento de la portada del número 102 de la revista de octubre de 1964, cuyo tema fue el 35° aniversario del sindicato.
Pero, Pan de Azúcar fue también el nombre de la revista que publicó por muchos años el personal de la Refinería de Penco que destacó por sus contenidos e historias y que alcanzó gran notoriedad. Hoy en día es posible reconstruir parte del pasado refinero gracias a sus textos muy bien elaborados por sus trabajadores. Son muy entretenidos los relatos impresos en sus páginas. Un siete para ese cariño por la cultura local que defendieron  sus editores responsables.
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* Contribuyó a la elaboración de este texto Manuel Suárez B., de la Sociedad de Historia de Penco.

Sunday, April 09, 2017

EL REMEDIO PARA EL ESTRÉS QUE RECETÓ UN BIBLIOTECARIO

El rector del Liceo Enrique Molina Garmendia de Concepción entonces era el profesor de biología señor Luis Céspedes, un hombre bajo de estatura, delgado, de frente amplia y una gran personalidad. En el otro extremo del organigrama del establecimiento estaba el encargado de la biblioteca, un hombre mayor, sonriente y de aparente gran dominio sobre los volúmenes que estaban a su cargo.
Un viernes en la tarde, con ganas de irme luego a mi casa en Penco, pasé a la biblioteca a retirar un libro para una tarea que debía presentar el lunes. Había un mesón largo y al otro lado, los estantes con los libros, una escalera de tijeras para acceder a los que estaban más altos, un piso y nada más. El grueso de los alumnos se había retirado, así que yo debía ser el último cliente que se apersonaba allí con mi solicitud. El bibliotecario me saludó y estaba a punto de atender mi pedido, cuando me di cuenta que miró hacia la puerta por encima de mi cabeza. Sentí unos pasos primero y después un cortés buenas tardes. Quien había llegado era el mismísimo rector, señor Céspedes.
Por cierto que el bibliotecario se olvidó de mi pedido y se dispuso a atender al rector. “Señor Céspedes, en qué puedo ayudarlo”, le dijo solícito el encargado desde detrás del mesón. “Mire, es que quiero descansar este fin de semana. Estaré en el campo y me gustaría leer algo no complicado y que me entretenga después del almuerzo”, le dijo el profesor con aire de apurado (la verdad es que él siempre se veía así). La pregunta la formuló como alguien angustiado que recurre a un médico en la esperanza de que le recetaran un medicamento. Pues bien, la solicitud y la urgencia complicaron al bibliotecario quien debía dar una respuesta eficaz, rápida y además disponer del libro que eventualmente ofreciera; no fuera cosa que no estuviera en su casillero, por ejemplo. Junto con ello su propuesta tenía que ser novedosa que el señor Céspedes no conociera o hubiera leído ya. ¡Buen problema para un viernes! debió quejarse para sus adentros el bibliotecario.

Enfrentado a este asunto, meditó un poco, mientras el rector miraba su reloj. Había dejado su porta documentos sobre el mesón. Entonces, el dependiente pareció tener la respuesta. “Ya sé lo que le facilitaré”, le dijo y caminó por los pasillos interiores en busca del libro. Regresó a los pocos segundos y le extendió un volumen al rector. Y le dijo: “Este libro lo he leído un par de veces, por lo entretenido. Está muy bien escrito y se lo lee en una tarde, señor Céspedes”. Esperando haber dado en el clavo y frente al jefe, el bibliotecario giró la cabeza y me miró a mí, sin duda, porque necesitaba un aliado en esa situación… “Y de qué trata este libro, recuerde que no quiero problemas, que ya tengo bastantes”, le dijo con algunas dudas y el ceño fruncido el rector. “Bueno, es un cuento de marineros en el litoral central de Chile y del ingenio para saciar el hambre por parte del protagonista”, resumió a buena velocidad entusiasmado el bibliotecario. En ese momento, me di cuenta que ambos me miraban con cara de interrogación. “Debe ser bueno este libro, ¿verdad?”, me preguntó directamente el rector considerándome ya parte de la conversación. “Sí, profesor”, le dije arriesgando con mi respuesta que el libro no le agradara. Pero, por el momento había quedado bien con el bibliotecario…

Pensé que el error fue ofrecerle un solo libro, cuando el bibliotecario le pudo pasar a lo menos cuatro, porque el maletín del señor Céspedes era grande y se veía vacío. Así que con mucho esmero el rector guardó la novela de Manuel Rojas “El Vaso de Leche” en su porta documentos, se despidió y se retiró.

COMENTARIO:

¡Qué tiempos aquellos!
Hermoso relato, pero quiero precisar y aportar información.
El nombre del rector era Ezequiel Céspedes Galleguillos, el "Pato" Céspedes que llegó a Concepción luego de ocupar el mismo cargo en los liceos de Limache y Los Andes. Como lo recuerdas tenía mucha personalidad y llegaba a la sala junto a un auxiliar que le traía el libro de clases. Era muy elegante y destacaba por sus ternos cruzados y abrigos entallados y de fino casimir. Fue profesor mío en 2° de humanidades y con mis ex compañeros siempre lo recordamos por sus clases acerca de los protozoos. Fue rector entre 1962 y 1965. Como dato, el vicerrector de la época era don Luis Rivera Gajardo.

El bibliotecario era el profesor Cerda, que compartía esta tarea con sus clases de francés. Era un gran conversador y cuando uno le pedía un libro debía soportar unas latas interminables para luego llenar una orden de salida del ejemplar que él guardaba celosamente en un archivador. Saludos, L.S.M.