Monday, June 03, 2019

UNA VISIÓN PENCONA, CON UN POCO DE TEMOR, DE UN ECLIPSE TOTAL DE SOL


       
      Vi varios eclipses parciales de sol en Penco en mi niñez y en mi juventud. Pero, nunca había observado uno total y las ganas no me faltaban. La ocasión se me presentó el 2 de noviembre de 1994 cuando hubo un eclipse completo en el norte de Chile. Viajé a Arica para estar presente. El fenómeno ocurriría alrededor de las 12. Me temblaban las piernas por tener la vivencia. Había leído harto sobre eso. Que se hace de noche en pleno día, que los animales de corral se ponen inquietos, que los gallos empezaban a cantar como si estuviera anocheciendo o amaneciendo… en fin. Y para aumentar las tensiones a horas del eclipse, recordaba clarito el comentario de un astrónomo amigo de un par de años antes. Da miedo, me había dicho, ver cómo la sombra oscura de la luna se dibuja sobre la superficie del mar y se acerca a gran velocidad. Añadió: es como si fuera Dios apuntándote con su dedo directamente a la cara: “¡Culpable!”. Son momentos aterradores, dan ganas de esconderse, me había dicho.

      Lo que había leído más las advertencias metafóricas de ese astrónomo habían motivado en mí ese deseo morboso de estar en el punto exacto del próximo eclipse, de pararme en medio de la línea del tren cuando una gigantesca locomotora se aproxima veloz y sin que puedas salir de ahí. Las expectativas de ver el eclipse en la ciudad de Arica eran pocas, porque la vaguada costera matinal habitual de ese mes difícilmente permitiría observar cómo el sol quedaría oculto por la luna. Como no quería quedarme con las ganas me fui al interior, a San Miguel de Azapa donde el pronóstico para ese día era "despejado" y subí por el antiguo camino a La Paz, Bolivia. Me instalé en unas dunas grises como de cenizas lejos, más arriba de las últimas plantaciones de olivos típicas de esa localidad azapeña al borde de un valle quieto, sin ruido y bucólico. Prácticamente, en medio de esa soledad me aprestaría a presenciar el eclipse solar del siglo en el norte de Chile.
San Miguel de Azapa, al interior de Arica.
      Tenía mi cámara fotográfica Canon dispuesta con un rollo completo de película de 36 cuadros, de 200 asa. Y me había guardado otra carga en el bolsillo. En el sector que había elegido para quedarme no había un alma, allí me sorprendería la noche programada para ese mediodía. La cuenta regresiva avanzaba, como avanzaría también, imaginaba yo, la luna en el cielo aproximándose al sol mientras proyectaba su sombra veloz volando sobre el mar, rumbo al continente. Desde donde me encontraba lograba ver a la distancia la única calle de Azapa, con sus casas viejas y la pasividad de ese lugar provinciano. La oscuridad anunciada nos inundaría de un momento a otro. El cielo estaba despejado, toda hacía presumir que tendríamos un espectáculo celestial visto en primera fila.
COMO LO VIERON LOS ANTIGUOS
      El primer eclipse de la historia que fue vaticinado con precisión se registró en mayo del año 585 antes de Cristo. Lo anunció uno de los siete sabios de la Grecia antigua: Tales de Mileto. Hubo asombro por la capacidad de predicción, pero antes que ocurriera eso, no se sabía cuándo se presentarían estos fenómenos de modo que al momento de oscurecerse el sol, la sorpresa era enorme y los temores y miedos entre las gentes generaban mitos junto con anuncios divinos terroríficos. Han pasado casi 2600 años desde entonces y todavía ronda un cierto temor,  curiosidad y excitación ante la proximidad de la ocurrencia de un eclipse.
Tales de Mileto
      Pues bien, allí estaba yo en medio de la nada, con los zapatos hundidos en la arena cenicienta esperando el fenómeno. Sin más y en este entorno de silencio y abandono, el sol se puso extraño, el azul intenso del cielo decayó hacia occidente, por ese lado estaba mucho más oscuro que el resto brillante del oriente. Ésa tiene que ser la sombra, pensé. Pasó menos de un minuto y me percaté que al sol le faltaba un pedazo por uno de sus bordes, como el mordisco de la manzana de la marca de computadoras. Pasaron más segundos y el mordisco crecía, a la vez que el cielo iba perdiendo su luminosidad. Se levantó un poco de viento y yo me encontraba demasiado lejos para oír el canto de los gallos, de los que hablaba la literatura que había leído. Eso sí, comenzó a salir gente de las casas aparentemente solitarias. Los habitantes de San Miguel se instalaron en plena calle mientras orientaban sus miradas hacia el sol mordido. Hasta que el disco solar se cubrió por completo. El cielo se oscureció pero no como si fuera plena  noche, más bien tenía el aspecto del crepúsculo. Sin embargo, lo que pude ver con toda nitidez fueron las estrellas que brillaron en pleno medio día. La constelación de Escorpión, que es típica de nuestro invierno austral, estaba ahí arriba con su estrella principal Antares titilando con energía. De toda la bóveda del cielo el círculo más próximo al horizonte mostraba claridad diurna.
       La luna permaneció interponiéndose muy corto tiempo, tanto que no pude medir el paso del tiempo, porque estaba ocupado en tomar fotos y en mirar a los alrededores. Por los bordes negros de la sombra salían llamaradas rectas, como largas lenguas de gases calientes que provenían de la superficie del sol, oculto en esos momentos. Hasta que el tránsito astronómico comenzó a llegar a su fin. Por el lado del oeste, el sol comenzó a brillar de nuevo, iba asomando de a poco, como saliendo desde detrás de un biombo negro. Un par de minutos después, la tierra entera recuperó la bendición de la luz y la sombra se perdió. Es extraño que la luna cerca del sol o sobre él se vea negra, completamente negra a diferencia de la noche, cuando muestra su cara buena reflejando el resplandor del astro rey. Yo volví al auto que me esperaba en la cuesta. Cuando minutos más tarde pasé de regreso por la única calle de San Miguel, la gente seguía conversando, ellos tenían para un buen rato. Mi camino de vuelta a Arica lo hice sin apuro. En la ciudad nortina, no se hablaba de otra cosa. En lo que a mi concernía, había salido del empacho, pero igualmente hoy sigo leyendo literatura sobre estos fenómenos naturales, que sobrecogen y asustan, porque nadie está acostumbrado a que una sombra negra borre el sol del cielo exactamente al medio día... 
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Un eclipse total de sol está anunciado para el 2 de julio de 2019 en la región de Coquimbo, Chile. 
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PRECISIONES SOBRE ESTE ECLIPSE EN NOTA ENVIADA POR EL PROFESOR JUAN ESPINOZA DESDE COPIAPÓ

Estimado Nelson,

       He leído con interés la nota sobre tu experiencia sobre el eclipse solar del  ’94, en esa oportunidad me encontraba trabajando en la comuna de Diego de Almagro (un pencón perdido en el desierto), no era un día más de clases, sino “la clase del año,” pues tendríamos la experiencia única de presenciar un eclipse; se dispusieron los espacios para la clase de ciencia (con  corrales para estudiar el comportamiento animalitos), de historia para explicar el fenómeno desde la más temprana historia, de física para medir la velocidad de los astros, etc.

       Todo resultó un éxito para los educando y para nosotros los adultos. Este año me encuentro trabajando en una escuela en Copiapó y tengo el privilegio de ser protagonista nuevamente de un fenómeno natural y lo disfrutaré al máximo, pues en Atacama se dará el máximo de oscuridad. En tu nota señalas que será Coquimbo, pero hay un error ya que las comunidades que conforman la comuna de Vallenar: Domeyko, Cachiyuyo e Incahuasi tendrán el privilegio de presenciar el eclipse en su total magnitud y recibirán a miles de personas con su lentes ahumados, cámaras fotográficas; miles de selfies serán tomadas; y Vallenar se ha esmerado en brindar todas las comodidades y seguridad para que todo se desarrolle con total normalidad.

        Lamentablemente, regiones más influyentes se han atribuido el eclipse como propio y que se dará en su territorio, pero es con fines comerciales, nada más que eso. Vallenar es la comuna que se abrirá al mundo con este eclipse solar, histórico para muchos de nosotros.

     En mi caso, estaré en el epicentro con un grupo de niños disfrutando y estudiando esta experiencia, única para estos pequeños.

Un abrazo a la distancia.

Friday, May 31, 2019

UN INTENTO POR SABER CÓMO SE DATEABAN LAS COMUNIDADES PREHISTÓRICAS DE LA ZONA


               La prehistoria es la NADA. En cambio la historia, ese magnífico relato ordenado de la trayectoria en el tiempo de la humanidad letrada, permanece en los libros. La historia existe, está ahí; la otra, no. Así lo pensaba el filósofo y escritor español Miguel de Unamuno. A su vez, los griegos decían que la NADA no existe, al punto que ni siquiera puede ser pensada. Pero… un momento. Eso no significa que no busquemos en el pasado anterior a la invención de la escritura, donde radica el inicio de la historia. Allí trabajan la antropología y la arqueología. Pero, intentar hallar en ese período un relato de sucesiones de acontecimientos como lo entendemos hoy, no es posible. De ahí, la NADA de Unamuno.
             Sin embargo, si no hubo historia en todo el pasado de la humanidad, nuestros ancestros prehistóricos tuvieron comunicación. Porque sin ella la existencia misma no hubiera sido posible. Tanto así que incluso los animales más básicos se comunican de alguna manera porque es una cuestión vital. En los seres más complejos, la comunicación también es más compleja. Así los primeros humanos debieron entenderse con algún código y después con un lenguaje aunque no hubieran dejado un relato.
Diego de Almagro
           En nuestra prehistoria chilena y pencona (siempre me ha intrigado eso) los antiguos habitantes vivían en comunidades o tribus, a lo mejor eran nómadas para aprovechar las ventajas de las estaciones cálidas y protegerse en las frías. En aquellos grupos alguien dirigía, daba las órdenes. Ellos, jefes y subalternos empleaban un lenguaje comprensible. Pero, sin duda existió otra comunicación que es la que viene al caso.
           Las comunidades sabían más o menos lo que pasaba en las comunidades vecinas y en menor escala en las más alejadas. Les tenían que llegar datos a través de las visitas de amigos, de los parientes, de los que se fueron lejos y que regresaron. Y es por eso que es dable pensar que al poco tiempo que los descubridores de América llegaron, la noticia se difundió de alguna manera que  no sabemos en toda la tierra descubierta. Es cierto que había correos, esos jóvenes que viajaban largas distancias recogiendo noticias para llevarlas a las jefaturas políticas, como fue el caso de los chasquis de los incas. Pero, las noticias no oficiales, ésas que conocían o sorprendían a las familias, corrían también a su  modo.
             Para fundamentar esta sospecha, remitámonos a la llegada a Chile de Diego de Almagro en 1536 y su intento de viajar al sur. No pudo cruzar el río Itata, porque las huestes mapuches se lo impidieron. Tuvo que regresar. Los aborígenes estaban preparados para contenerlo. ¿Y cómo iban a estarlo si no  hubieran tenido esa comunicación rápida  de alerta entre comunidades que hemos insinuado más arriba? La incógnita es cómo si no tenían medios de comunicación. En este escenario de desconocimientos e incertidumbres, un esbozo de respuesta surge de la ficción y la encuentro en la última novela del japonés Haruki Murakami “La Muerte del Comendador”. Uno de los personajes (una mujer) le dice al protagonista, angustiado por saber cómo corrían las noticias entre los escasos habitantes de un bosque sin internet ni teléfono, en una remota zona montañosa de Japón. “La respuesta es muy simple –le dice ella, haciendo gala del femenino sentido práctico–, ellos usan el medio clásico de la selva: el tamtam de los tambores”… 
  


Sunday, May 12, 2019

"CABEZÓN" LÓPEZ, TESTIMONIO DE PERSEVERANCIA, SUPERACIÓN Y HUMILDAD EN PENCO

Fernando López entrega un juego de fina loza, hecha por las manos de los trabajadores loceros de Penco, al Papa Juan Pablo II, durante la visita del Santo Padre a Chile en 1987. La tercera persona que aparece al centro de la foto es Luis Germani, gerente general de la entonces empresa Loza Penco.

NOTA DE LA EDITORIAL: Hay personas que tienen ese don particular de sobreponerse a la iniquidades de la vida y desde la nada alcanzar logros muchas veces espectaculares. Para ello se ha que contar con una personalidad a la vez perseverante, honesta, transparente, alegre y firme ante los desafíos. Tal es el caso de Fernando López, ex jugador de fútbol y entrenador, conocido en Penco con el apodo de "Cabezón" López. "He sido una persona afortunada en la vida. Mi personalidad es la que me dio el Señor. Por eso hay gente que cree que las tengo todas pero, en el fondo no tengo nada", dijo hace algún tiempo para una producción de youtube.  No se obnubiló a consecuencia de sus éxitos como técnico amateur. Al contrario permanecer siempre humilde ha sido su impronta. Su querido barrio de Gente de Mar lo vio crecer desde los 5 o 6 años cuando llegó aquí con su familia que emigraba en la esperanza de hallar un mundo mejor. Su encuentro cara cara con el Papa Juan Pablo II, hoy santo de la Iglesia, es un hito en su historia personal de logros pero también lo es para Penco, porque se trata de un querido vecino de la comuna. La semblanza del "Cabezón" que incluimos a continuación la preparó Abel Soto, quien lo conoce desde hace muchos años.

LOS LOGROS EN LA VIDA DE "CABEZÓN" LÓPEZ

          El “Cabezón” López es un personaje de Penco muy especial. Representa un poco a Pedro Urdemales, Condorito, Cantinflas u otros que se han educado en la Universidad de la vida, hijo de un capataz de fundo sector Florida, y su madre una partera con mucha experiencia, un día en que su padre discutió con el patrón, dejó el trabajo y se decidió a partir en busca de nuevos horizontes. Así fue que cargó su carreta de 3 pisos y las endilgó hacia donde la yunta de  bueyes cortara, a la buena de Dios. Así llegó a Penco por el sector de Villarrica. 
       Acá el “Cabezón”, niño aún, y por sobrevivir, ayudaba a los pescadores de Gente de Mar, y calentaba el agua a los matarifes del matadero municipal ubicado en calle infante, cerca de la cancha del club. Ésas fueron sus aulas, se graduó de experto en preparar yeso para la fabricación de loza. Gracias a su robusto carácter, conoció y disfrutó almuerzos con Don Gregorio Díaz o Don “Goyito”, como le decían, dueño de Fanaloza.
López con la camiseta de la U de Conce.
         El “Cabezón” López jugaba al fútbol. Un día Luis Tirado lo vio jugar, vino y le ofreció integrarse a Temuco. Pero, no, su Penco pudo más. Un tiempo después Don Lucho Vera lo llevó al Universitario de Concepción y después pasó al Fernández Vial. Terminado su ciclo como jugador se convirtió en entrenador amateur de los clubes de Penco. Desempeñando ese rol consiguió varios títulos comunales así como en la competencia de Recopa y Copa de Campeones de la Región. López es amigo de los amigos y es conocido en muchos ámbitos pencones. Su mayor orgullo seguirá siendo el haber sido designado junto al ex gerente general de Loza Penco Don Luis "Cato" Germany, para entregar un presente a nombre de la empresa y sus trabajadores, al Santo Padre Juan Pablo II en abril de 1987.
El equipo de Loza Penco dirigido por Fernando López, meses antes que llegara al cargo Luis Santibáñez.
        Otra de las peculiaridades del “Cabezón” es el uso de la expresión “excelente” para responder a cualquier consulta relacionada con su persona o simplemente para responder a los saludos de los amigos. Hoy, todo el mundo lo saluda con esa palabra excelente. Y ante la pregunta ¿cómo estás “Cabezón”?, la respuesta del aludido es infalible: excelente, seguida de una sonrisa y su inigualable y contagiosa alegría...(Abel Soto).

Revisión de estilo: N.Palma
El "Cabezón" López junto al club que lo vio nacer Gente de Mar. Él siempre sonriente.


Thursday, May 09, 2019

ESTE EQUIPAZO DE FÚTBOL TUVO LA REFINERÍA EN LOS SESENTA


ESTA FOTO LA PUBLICÓ CON GRAN ORGULLO LA REVISTA REFINERA "PAN DE AZÚCAR" EN 1966


COQUIMBRO CRAV, flamante Campeón Regional 1966, sabe sacarle lustre al título y fue así como voló vía LAN Chile a Punta Arenas, desde donde regresó invicto luego de 5 partidos. La delegación la integraron las siguientes personas, de pie de izquierda a derecha: José M. Vera, Víctor Neira, Santiago Nova, José Baeza, José Pérez, Heriberto Villegas, Adolfo González, Jorge Moena, Roberto Pardo, Franklin Opazo, Mario Zúñiga y Humberto Aedo. Agachados: Víctor Sepúlveda, Juan Marín, Enrique Tapia, Danilo Inostroza, René Fuentealba, Luis Reyes (entrenador), José Vial y Roberto Sánchez.

Friday, May 03, 2019

CAMIONES FRANCESES DE PELÍCULA PROTAGONIZARON SU PROPIA "PELÍCULA" EN PENCO

Los conductores de un camión Berliet de Cosaf, José Herrera Osses y Víctor Godoy, posan junto a su máquina, la N° 9 en el Salto del Laja, de regreso a Penco luego de realizar una entrega de fertilizantes  a clientes en el sur de Chile.  Los camiones eran de color ocre.
(Fotografía de Abel Soto).

          Mi amigo Abel Soto, que conoció la Cosaf como ninguno, me entregó una detallada información de los camiones franceses Berliet que transportaron por años la “fosforita”. En una nota escrita por él y que se despliega a continuación, se rinde tributo a los hombres de Penco que operaron esos camiones, máquinas enormes, de gran tonelaje, que llegaron a formar parte por años de la fisonomía urbana de Penco con sus ruidosos motores Diesel y esa presencia imponente.
          Uno de los choferes de estos gigantescos vehículos era “El Gitano”, de gran físico también, acorde con la fisonomía de los camiones. En los veranos era un cuadro clásico ver al “Gitano” conduciendo su Berliet por calle Freire, con las ventanillas abajo y sus dos muñequeras de cuero. Parecía un actor de cine tipo “Espartaco” luciendo sus lustrosas protecciones en los antebrazos. La lista de los conductores y mecánicos de esos equipos franceses los incluye más abajo Abel Soto en su nota.
El actor Jean Paul Belmondo observa a su pasajera Andrea Parisy, en la cabina de su camión Berliet. La escena corresponde a la película "100 Mil Dólares Bajo el Sol" que se exhibió en Penco en 1964, cuando los vehículos Berliet eran una imagen familiar en la comuna.
         A fines de 1964, se exhibió en el teatro de la Refinería, la película francesa de acción “100 Mil Dólares Bajo el Sol”, con las actuaciones de Lino Ventura y Jean Paul Belmondo, cuya trama se desarrollaba en el desierto de Marruecos. La producción fue una auténtica monografía de los camiones Berliet, mostrando todas sus virtudes y capacidades de fuerza y velocidad. Durante una secuencia de persecución y carreras de dos de estas máquinas a través de las arenas del norte africano, iguales a las que transitaban por Penco, había gente "que echaba la talla" en la galería del teatro: “¡Dale 'Gitano', que a ti no te la gana nadie. Dale, dale, dale!” Los cinéfilos pencones, al salir del teatro, se encontraban con los Berliet de Cosaf, pero sin la bella Andrea Parisy a bordo, ésa que acompañaba a Belmondo. Tal era la "película" de la rutina de cada día en Penco, con los camiones circulando por ahí pero que nada tenía que ver con el filme francés. La cinta fue postulada a la Palma de Oro, del Festival de Cannes, pero no alcanzó el galardón. Y cómo pretendería ganarlo con un argumento pueril y más publicidad de vehículos de carga que contenido... 

          La flota de Berliet pasaba todos los días con su carga de fosforita, cubierta por una lona. Sin embargo, el material en forma de arenisca caía a la calzada y se acumulaba en las cunetas. Algunos recogían eso y lo llevaban a sus huertas. Es probable que hayan sido los únicos camiones de esa marca que operaron en Chile. Berliet tenía su factoría en la ciudad francesa de Lyon. Esa empresa inició la fabricación de automóviles, buses y camiones a escala comercial en 1901, la que se prolongó hasta 1974, cuando fue absorbida definitivamente por la actual marca Renault.
          Pues bien, para terminar esta nota y antes de leer el texto preparado por Abel Soto,  volvemos al personaje “El Gitano”, un hombre popular en Playa Negra por su carácter y la excentricidad de sus muñequeras de cuero, que lucía con orgullo al mando de su Berliet. De las personas consultadas sobre este conductor tan especial, recuerdan su apodo de “El Gitano”, pero nadie retiene hoy en la memoria su nombre verdadero. Seguiremos averiguando…
En la fotografía se observa parte del equipo de mantenimiento de la flota de Berliet en Playa Negra. De cotona blanca está don Miguel Parra; sobre la pisadera del camión se ve a don Guillermo Salazar; al centro, de buzo, don Sebastián Rebolledo "don Chabita" y a la derecha está don Jorge Garrido. Entre ambos se ve un tractor Benotto, de Cosaf y más atrás 2 camiones Berliet.
(Fotografía de Abel Soto). 

CAMIONES BERLIET RUGIERON 
EN PENCO

Por Abel Soto Medina


           Entre los años 1956 y 1970 la empresa Cosaf para acarrear su materia prima denominada roca fosfórica o fosforita --que se traía vía marítima desde África y se descargaba en el Puerto de Lirquén-- tuvo que disponer de 4 camiones tolva de alto tonelaje para la época.
            Su maciza estructura los hacía verse imponentes en su andar entre Lirquén y Penco. Cada viaje transportaban  unas 20 toneladas eran de fabricación francesa y su marca Berliet, todo ello por la cercanía  con la empresa de la misma nacionalidad la “Compagnie  Nord Africaine de LHyperphosphate Reno”, que aportó maquinarias y tecnología a Cosaf. Para hacer una comparación de camiones podríamos volver la memoria a esos tiempo y decir que en Penco  Don Abraham Retamal, comerciante y Rotario de la comuna, tenía un camión Ford de color Rojo con una capacidad de 6 toneladas que disponía para sus negocios. También la gente recordará  que el vehículo de carga se improvisaba para viajar  a Yumbel cada 20 de enero para pagar mandas a San Sebastián. Una situación similar ocurría con el camión propiedad de don Mario Zúñiga. Al compararlos físicamente, su diferencia era muy notoria,  situación que hacía aún más grande el impacto visual al ver a los Berliet, que se dejaban admirar en sus recorridos de trabajo.
          El año 1971 al inaugurar Cosaf su Muelle Mecanizado y descargar a través de él su materia prima llamada fosforita, los Berliet terminaron así su labor cumpliendo plenamente su función y se enajenaron, quedando solamente los 4 de la 2da partida ya que éstos eran de carrocería plana y con remolque. Así continuaron en tareas de distribución de fertilizantes a clientes en  los campos al sur de Concepción.
Los camiones de Cosaf tenían el mismo aspecto, incluso el color era igual, de la máquina que aparece en esta fotografía de Internet. Berliet tiene un museo de sus vehículos del siglo XX en Lyon, Francia.

            El tiempo de funcionamiento de estos camiones se debe a sus buenos choferes y a los mecánicos de mantención. Como estas máquinas fueron importantes en el funcionamiento de la empresa hemos querido dedicarle  estas palabras y también a través de ellas queremos recordar a los varios de sus conductores y mecánicos que hicieron posible operar y mantener estos equipos petroleros, nos referimos a:
            Oscar Rivas y su hermano, Arturo Ríos, José Herrera Osses, Víctor Godoy, Oscar Ramírez y su padre, Américo Riffo Labraña, y el “Gitano”, un  personaje  por su físico y porque usaba una muñequeras de cuero; pero que no pudimos recordar su nombre, Augusto Poblete, Jorge Garrido, Guillermo Salazar. Muchos de los nombrados ya no están con nosotros, por tanto sea este texto un recuerdo en su memoria y a los que quedan un reconocimiento.
                             (Abel Soto Medina, un aficionado de la historia).

Revisión de estilo: N.P.





Saturday, April 27, 2019

UN SENTIMIENTO DE NOSTALGIA DEJARON LOS CARGADORES FRONTALES DE LA EX COSAF PENCO LUEGO DE SU RETIRO

Los cargadores frontales que se fueron  de la ex Cosaf, se quedaron en el corazón
de sus ex operadores.

NOTA DE LA EDITORIAL: Son muchos los trabajadores  que se enamoran de las máquinas o de los equipos que ellos operan en la industria en sus labores cotidianas. El siguiente texto habla del cariño tácito hacia esa contraparte mecánica. Si se tratara de analizar este sentimiento sutil se concluiría que en el fondo es simplemente amor por el trabajo, por modesto o rutinario que éste sea. Para esos trabajadores, pareciera que los fríos equipos de hierro tienen alma y merecerían reconocimiento al final de su vida útil. El relato que aborda este sentimiento tuvo lugar en la ex Cosaf, ahora Muelles de Penco.                               

CATERPILLAR 920
Por Abel Soto Medina

               En el ámbito laboral y más específicamente cuando se trata de una industria o Puerto, las maquinarias pasan  a ser fundamentales para el desarrollo de la gestión. El caso en particular al que me quiero referir, son los últimos dos cargadores frontales marca Caterpillar 920 de “Muelles de Penco”, que luego de una dilatada trayectoria fueron vendidas el 17 de abril de 2014. No hay que olvidar que esos equipos algunas vez también fueron último modelo y que reemplazaron a sus similares marca JCB y CASE. Su año de fabricación fue 1973, llegando a Penco un año después a prestar servicios e  impulsar los nuevos desafíos  productivos.
               En estos 40 años han sido muchos los operadores de Penco que supieron de sus virtudes. Basta recordar a:  Oscar “Ñato” Riquelme, Oscar “Camalo” Torrealba, Sergio Mellado, Leoncio “Cachorro” Valdebenito,   Juan “Geo” Valdebenito,  José “Mingo” Parra, Eduardo “Don Torre” Torres, Pedro Ascencio,  José Alarcón, Víctor “Choro” Godoy, Luis “Cambuchita” Jara,  Héctor “Chico Meli” Benimelis,  y  muchos más. Pero me detendré en  José Ernesto Torrealba Campos,  padre de Franco Torrealba Fierro, quién por esas casualidades de la vida, fue el encargado de conducirlas  y subirlas al camión que las llevaría a abrir otras páginas de trabajo en otras latitudes, porque las de aquí, se cerraron para siempre con su última maniobra.
               Partícipes principales de esta larga permanencia en servicio, fue la abnegación y dedicación de quienes tuvieron a su cargo la mantención y reparación de las mismas,  entre otros me refiero a los señores: Jorge Garrido  S., Augusto Poblete, Guillermo Salazar y Felidor Manquel.  
              “Es bueno mantener una página abierta de la historia, el no hacerlo significa simplemente el olvido”. A.S.M. (Aficionado a la Historia, Penco).
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Revisión de estilo, N.P.


Tuesday, April 23, 2019

LA PELUQUERÍA JIMÉNEZ, LA MÁS ONDERA DE PENCO EN LOS AÑOS 50

Foto obtenida de Internet.

               Unos carteles rojos del tamaño de hojas de diario mercurio, que sobraron de la reciente campaña política, sirvieron al señor Jiménez, arrendatario del local donde funcionaba su peluquería, para empapelar por dentro el negocio, cubrir la vieja pintura deteriorada y tapar los muros resquebrajados por los frecuentes temblores. “Al abordaje con Prat” decía cada hoja con un dibujo del ilustre marino chileno saltando a la cubierta del monitor enemigo. Y más abajo, decía: “Ibáñez Presidente”. La presencia de tantos papeles pegados unos al lado del otro, de esa furiosa tonalidad, molestaba a la vista, pero le daba un carácter exclusivo e inolvidable a la peluquería Jiménez, de Penco, ubicada en un caserón de Freire pasado Maipú, que se levantaba junto al hoy el edificio de una planta de una empresa de teléfonos.
               Pudo ser la peluquería más ondera*, más rimbombante de Penco en los años 50, además por ser la más céntrica, por su empapelado que hemos descrito y por quienes prestaban el servicio de cortar el pelo a una siempre concurrida clientela: el señor Jiménez y don Crispín. Un gran espejo estaba pegado al muro, dos sillones giratorios enfrentaban a un mesón y el espejo. El mobiliario lo completaban tres o cuatro sillas, de espaldas al muro que daba a la calle, en las que esperaban su turno clientes que se embarcaban en conversaciones con los peluqueros y con quienes en ese momento recibían las atenciones del corte de pelo. El espejo servía además para enlazar las miradas de los ocasionales contertulios. Una luz solitaria caía sobre esta escena en la mitad del recinto pendiendo del cielo raso por medio de un largo cordón. La claridad se concentraba gracias a una pantalla de enlozado como un lavatorio invertido, la que dejaba a oscuras el cielo y sus pobrezas como las tablas desclavadas de las vigas. Esa pantalla atenuaba también el molestoso color rojo de los carteles propagandísticos.
               Quienes fueron y fuimos clientes del señor Jiménez y don Crispín compartimos aún algunos recuerdos de sus modos y costumbres. Jiménez, por ejemplo, era un fumador empedernido. Hacía su trabajo con el pucho en la boca, el que tendía a desaparecer debajo de su espeso bigote. Descuidado como él sólo, porque la columna de ceniza de su cigarrillo caía sobre la capa blanca de la persona con el pelo a medio cortar. Si se disculpaba, no se le entendía. No tardaba un minuto en encender otro y la rutina se repetía. Con una mano sujetaba la peineta; con la otra, la máquina de cortar que se accionaba como una tijera (no eran eléctricas). Así, no podía sostener el cigarrillo mientras trabajaba. A ello, agregue usted el efecto del humo picante  en sus ojos. En esa condición aplicaba la navaja sobre las patillas del cliente con los ojos lagrimeando y semi cerrados. Jiménez tenía una voz pastosa y grave.
               El número 2 de la peluquería era don Crispín. Padecía de rosácea, que le alcanzaba la nariz y los pómulos. Su pelo ensortijado presentaba el aspecto de una permanente. Y sus ojos chicos tenían la esclerótica rojiza, como consecuencia de la enfermedad, cuyo origen los clientes atribuían a su hábito de beber. Incluso, decían, que mejor era no entablarle conversación para no recibir el impacto de su hálito. Pero, fuera de esas consideraciones menores, Crispín era un peluquero de mano firme y buen gusto en el corte.
               Hubo también otros peluqueros en Penco que merecen la pena mencionarlos, al menos. Estaban los hermanos Sanzana, con su negocio por Freire pasado Mebrillar. Por la misma vía había otra que la atendía Luis Bustos, hermano del sastre. Y, por cierto, el inolvidable peluquero de apellido Ochoa, que atendía en calle San Vicente. Cuando, en mi caso, mi pelo estaba muy crecido, mi querido tío Antonio, me decía con una cuota de disimulo y un sonrisa pícara apenas dibujada en su rostro: “¿Por qué sería que ayer mi amigo Ochoa me preguntó por ti?”. 
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* Ondero (a): (adj.) moderno, estiloso, "cool".

Relato preparado con el aporte de Manuel Suárez.