Friday, February 28, 2014

NAVE CONSTRUIDA EN PENCO FUE UNA EXCENTRICIDAD

Así pudo ser el Agustina de Félix Bustos en 1957.
(Esta imagen es una recreación.)
Imagino que sólo un uno por ciento de las personas que vive en Penco navegó alguna vez por la bahía. No creo que más, salvo los pescadores. Y las razones pueden ser dos: que a pesar de la vecindad del mar la gente le da la espalda y la segunda es que no hay facilidades para hacerlo. Es decir, no existen embarcaderos ni embarcaciones para dar un paseo seguro por el mar. Sin embargo, en el municipio de Penco me informan que la condición cambiaría pronto porque hay planes en marcha para construir un bonito muelle peatonal en la prolongación de la calle Talcahuano.
 
Los pencones adoran su bahía, pero no son navegantes y desconocen, por tanto, el agrado de un buen recorrido en bote o en lancha. Por eso, los pocos que alguna vez quisieron hacerlo y lo intentaron de verdad sin quedarse en las ideas cayeron en la calificación de pencones excéntricos.
Conocí a Félix Bustos, un mueblista que calzó perfectamente en la categoría de excéntrico, porque se le ocurrió navegar por la bahía con toda su familia. Y como la comuna no le ofreció ninguna facilidad: un bote para arrendar, por ejemplo, o un molo para abordarlo, decidió hacerlo con sus escasos medios. Para él, aquel sueño era muy superior a su escuálida realidad. En ese sentido su firme determinación fue…¡una locura!

La casa de Félix estaba en esta cuadra y el astillero artesanal daba a la calle Robles.
Año: 1956. Félix tenía su casa en Robles entre Freire y Las Heras. Un tipo flaco, huesudo, tez blanca-pecosa, colorín y  mostacho rojizo. Corto de genio, gruñón. Nunca le dijo a nadie que se moría de ganas de disfrutar a sus anchas de la bahía de Concepción, que para él se trataba de un lago y con toda razón. Quería navegar por la costa o hasta donde le fuera posible. Su íntimo anhelo: pasar un verano embarcado.
Cómo intentarlo si en Penco y Playa Negra sólo había botes a remo y a ningún pescador se le hubiera ocurrido arrendarlo por una temporada. Por tanto al empecinado Félix no le quedó más remedio que construir un barco. Su oficio de carpintero le daba una ventaja enorme, sabía muy bien como ensamblar firmemente maderas. ¿Y para mover el barco? Había disponible el motor de un camión viejo. Antes de poner manos a la obra Félix revisó sus posibilidades: tenía maderas de buena calidad, gran cantidad de clavos de cobre y varios galones de pintura, estos últimos, originalmente destinados a su casa. Sólo había dos problemas: carecía de conocimientos de ingeniería naval y, aunque no quisiera reconocerlo, no tenía vocación de marinero.
Construir su propio barco fue un tremendo desafío a la vez que una aventura. Las revistas de historietas de esos años, tan abundantes a falta de televisión, influían en los aventureros de carne y hueso como Félix. Algunos de esos comics narraban la vida y las peripecias de hombres y mujeres que vivían en pequeños barcos ya fuera en lagos o en ríos enfrentando situaciones fantásticas. El último refugio de esos héroes y heroínas era su embarcación. De seguro que esos comics Félix los vio y leyó hasta su último detalle. ¿Si esos personajes pueden, por qué yo no?, pudo haber sido su razonamiento.
Bustos tenía un tremendo patio que daba a la calle. Su casa de madera estaba al fondo y atrás, su taller donde trabajaba de mueblista, el oficio que le permitía subsistir. De modo que el astillero lo instaló junto al cerco de calle. Sin asesoría náutica, pero cargado de intuición, Félix trabó las cuadernas, engarzó las maderas con clavos de cobre y construyó su nave como un pequeño hotel flotante. Se tomó su tiempo, un año o más. ¿Qué habrá respondido a sus conocidos que le preguntaban para qué hacía eso? Porque el asunto no era un negocio ni había ninguna necesidad de usar transporte marítimo para ir a alguna parte, salvo la isla Quiriquina; para lo demás existían el tren y la micro. 

Félix siguió adelante con su proyecto. Agustina, su mujer, mayor en edad que él, le seguía el amén. El mueblista usó toda la pintura verde, decíamos, para la embarcación. Varios galones se necesitaron para el casco, la cubierta y el compartimento del capitán, elevado frente al palo mayor. Contaba además con una cocina, un comedor y cuatro camarotes sobre la línea de flotación con claraboyas. La eslora: ocho metros, calado: ochenta centímetros.
En el improvisado astillero, Félix controlaba cada día su proyecto y verificaba que fuera lo más seguro posible, no en vano tenía varios niños chicos. Cuando su obra estuvo lista, usó un coloso para trasladarla por Robles hasta la playa. Con la ayuda de vecinos voluntarios (o admiradores del mueblista) la nave cruzó la calle Freire, la calle Cochrane y finalmente la línea y quedó recostada sobre la arena. Como si fuera un canario recién salido del cascarón,  permaneció mirando con su proa las quietas aguas de Penco.
Félix debió estar exultante al ver su barco listo para salir a la mar. Calafateó el casco con arpilleras y kilos de masilla. Un domingo de febrero de 1957 le dio el último toque, le inscribió el nombre Agustina. Y ¡ya! Sin botellas de champaña, ni aplausos ni ceremonia la nave por fin fue botada al mar.
Dichato, foto de www.chile.cl
A bordo subieron su mujer, sus cinco hijos y dos hermanos. Cargó el estanque con bencina que alimentaría el motor, subió cinco garrafas de agua potable, harta comida no perecible, sedales y anzuelos y zarpó. Destino del viaje inaugural: Dichato hasta donde tendría que llegar siguiendo la línea de la costa. ¿Qué habrá pensado el capitán de puerto al ver una embarcación tan extraña y sin licencia pasando frente a Lirquén rumbo al norte? Dicen que Félix gozaba como un niño en los mandos del Agustina, consistentes en un volante, pedales y cambios (no había brújula a bordo). Sus hijos más chicos reían felices. Pero, el viaje se puso color de hormiga cuando el Agustina enfrentó mar abierto en el tramo  Cocholgüe - Coliumo.  Las olas golpeaban con fuerza por babor y el barco cabeceaba con fiereza en un mar áspero sin la protección de la bahía. Las cuadernas crujían y las cosas caían al piso en cada tumbo. Nadie se sostenía en pie. A menos de cien metros por estribor las olas azotaban sin piedad los acantilados. En medio del silencio absoluto de los viajeros, Félix maniobraba aplicando toda la fuerza del motor del camión. Los pasajeros se marearon y trataban de recuperarse recostados sobre sus camas. Unos vomitaban por la borda, otros no salían del único baño. Agustina no pudo cocinar nada esa tarde. Nadie tenía apetito por lo demás en medio de tanto vómito. Y los hermanos del mueblista, los únicos que no sufrieron mareos, intentaban pescar con los anzuelos. Hasta que por fin el barco pencón entró a duras penas en la rada de Dichato luego de aquellas interminables horas de odisea. Pescadores locales ayudaron con sus botes a Félix y su familia para bajar a tierra ya que el barco de Penco fondeó distante de la costa para no varar con los cambios de marea. Estos detalles me los contó uno de sus hijos meses después del viajecito.

Recordemos que el Agustina era una casa familiar flotante. Así que cada noche la familia dormía a bordo agotada de tanta actividad durante el día en la playa dichatina. Igual era difícil conciliar el sueño en camas estrechas y al compás de las olas. Los viajeros no estaban acostumbrados a vivir en el mar.
Félix regresó una semana más tarde siguiendo la misma línea de navegación de la ida. Todos saltaron a la querida arena de Penco y de inmediato volvieron a sus labores habituales. La embarcación fue sacada a la playa. Quedó en ese lugar seco por meses y ahí comenzó a deteriorarse. Félix se olvidó de su barco. Tres años después el Agustina no tenía vida, sin futuro y abandonado, tumbado en la arena cerca de la cancha Gente de Mar. Sus maderas se pudrieron y ningún pescador de Penco o Cerro Verde se interesó, porque la embarcación soñada por Félix no servía para las faenas. El Agustina no fue construido para trabajar, sino para cumplir un sueño.
Félix se dio el gusto, es cierto, pero también despertó a su realidad muy diferente a las historietas de las revistas, fuente --suponemos-- de su decisión. Por eso el mueblista excéntrico no volvió al mar. Me dijeron que hace muchos años se fue de Penco con su familia para radicarse en Santiago y que de ahí se trasladó a vivir a Buenos Aires.
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Esta historia está narrada en un post anterior, pero con menos detalles. Nuevas pistas permitieron reconstruir con más antecedentes ese inédito episodio de la historia reciente de Penco.

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