Sunday, August 31, 2014

¿UNA PINTA DOMINGUERA SIN PLANCHA?... ¡QUÉ PLANCHA!

Cada tiempo tuvo su cultura. Durante esos años pencones (1950-1960); época de las sastrerías y de los trajes a medida, antes de la invasión de las tenidas por talla listas para llevar pret â porte de fines de los sesenta, los sastres eran los dueños del buen vestir. Y Penco se caracterizó por eso, por tener unos cinco modistos de muy buen nivel. Los obreros y empleados de las industrias locales acudían periódicamente a los sastres a elegir una tela, tomarse las medidas, ir a las pruebas y retirar su traje. Ese proceso tomaba una semana. Los trajes nuevos se estrenaban en domingo o en fiestas importantes. Porque en los días laborales, todos andaban con sus ropas de trabajo: overoles, cotonas, mamelucos. Los domingo la gente salía a lucir tenidas, los caballeros de terno, camisa blanca y corbata; las señoras los traje-sastre, las blusas y los peinados. En días de sol era un placer mirar a tanta gente haciéndose ver en la plaza de Penco o en las esquinas con sus mejores galas. La ropa nueva recibía el nombre de “la pinta dominguera”.
Baste decir que en esos tiempos nadie hubiera osado andar con los pantalones arrugados ni embolsados. La quebradura del planchado era una exigencia social. Tenía que ser impecable. Recto de la cintura a los zapatos. La herramienta que lograba esa perfección era la plancha de carbón. Entonces si bien se conocían las planchas eléctricas, tenían fama de peligrosas, poco prácticas y caras. Las de carbón, en cambio eran firmes, eficientes e insustituibles.
¿Cómo funcionaban? Primero, estaban hechas de hierro fundido y segundo, tenían una buena cavidad para contener el carbón de madera. Disponían de ventilación en la base con orificios redondos y en la parte superior con hoyos que se producían al cerrar la tapa dentada. Sin duda, estas planchas eran una excelente combinación de ingeniería y arquitectura, una herramienta perfecta. El carbón se encendía y la tapa de cerraba. Bastaba con agitar con los brazos acompasadamente la plancha de derecha a izquierda y viceversa para que el carbón se convirtiera en brasas ardientes. El calor se transmitía en forma directa al fierro plano de la base. Se le salpicaba agua a la tela, se le sobreponía un paño neutro de algodón y encima la presión de la plancha incandescente. No había nada mejor para dejar la ropa estirada y presentable.
En cada casa había una de estas planchas que gozaban de la autonomía que les daba el carbón. Terminado el proceso de planchado se eliminaban las cenizas y el rescoldo y quedaban listas para la próxima operación. La historia de estas planchas terminó cuando el flujo de corriente se hizo más estable y las planchas eléctricas más seguras, confiables y económicas. Estas últimas brindaron la opción de ajustar el calor a las distintas telas, mientras que las primeras irradiaban sin control la alta temperatura que emanaba de la combustión del carbón. Otra de sus desventajas eran las chispas que saltaban por sus diminutas troneras, cuando el carbón era inadecuado. Las brasas se podían derramar sobre la tela con todas sus nefastas consecuencias si por algún descuido se abría su tapa. Y eso era posible ya que el mango iba pegado a la tapa y se levantaba desde ahí. Una mala maniobra podía desencadenar ese inconveniente.
Esas planchas hoy en día son pieza de museo o de decoración. En internet las ofrecen a precios que oscilan entre 20 mil y 40 mil pesos (unos 70 dólares en promedio).

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