Sunday, August 09, 2015

ORGULLO Y DOLOR BAJO LA PIEL: LOS TATUAJES EN PENCO Y LIRQUÉN

Vista del puerto de Lirquén
Los tatuajes eran un asunto exótico en Penco. Se tenía la idea que quienes se tatuaban eran los piratas, los filibusteros y los maoríes. No se sabía de alguna persona que tuviera el cuerpo tatuado en la comuna. El tema pertenecía al mundo de las revistas y de las novelas de Salgari. Incluso Ray Bradbury escribió el cuento El Hombre Ilustrado, que narraba la vida de una persona con todo su cuerpo lleno de dibujos bajo la piel. O sea, los tatuajes fueron una materia lejana. Hasta que asomaron los primeros. Entraron por el muelle de Lirquén. Marineros del otro lado del mundo con ropas extrañas y lenguas ininteligibles llegaron con los brazos tatuados. Llevaban los dibujos en la cara interior del antebrazo y lucían sirenas, anclas, serpientes, leones, murciélagos e insignias de sus países. Contrayendo los músculos creaban la ilusión de que esas figuras de movían. Los tractoristas y los estibadores del puerto de Lirquén que eran los primeros en tomar contacto con estos extranjeros los miraban y admiraban.
Uno de esos días, un comerciante que detectó este deseo trajo a Lirquén un tatuador ambulante y lo instaló con una mesa y una silla a la salida del muelle, cerca de las líneas del tren. Y allí  mismo el hombre comenzó a hacer su trabajo. Tractoristas y estibadores podían elegir qué imagen colocar bajo el pellejo de los brazos y lucir así como esos marinos de costas lejanas. El experto tatuador que trajeron a Lirquén tenía un equipo rudimentario y carecía de mano suave… Así quienes querían parecerse a Sandokán y pagaban, tenían que estar dispuestos a sufrir un rato…
Imagen de referencia tomada de Imagi en internet.
Las bodegas de vino, donde algunos trabajadores apagaban sus penas o manifestaban sus alegrías, se convirtieron en los escenarios para exhibir sus nuevos tatuajes: serpientes, buques de vela, escudos, banderas, etc. Hasta que un amigo que era tractorista  de Lirquén y que no quería ser menos, se atrevió y un día después del trabajo, se presentó donde el extraño tatuador que hacía su pega ahí en la calle a la vista de todos. Eligió un ancla rodeada por una sorpiente.
Me lo encontré en la estación de Penco, pálido, con cara de preocupación. ¿Qué pasó? Me mostró el brazo, hinchado y rojo, inflamado. Me dijo que sentía un dolor enorme, como que se hubiera quemado con agua caliente. El tatuador seguramente no tenía ninguna preocupación por la higiene y tal vez le inyectó una infección a mi amigo con sus agujas. Debió presentarse en el hospital de Lirquén para atenuar sus dolores. Sin embargo, pasada una semana se recuperó y él también pudo mostrar orgulloso su antebrazo serpiente incluida. Así comenzó la era de los tatuajes en Penco.

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