Thursday, April 13, 2017

UN TERRÓN DE AZÚCAR PARA HACER CARAMELO

Cubos de azúcar en una imagen tomada de Internet. Los panes de azúcar de la Refinería eran más grandes y compactos.
          Un pan de azúcar fue una expresión familiar en todo Chile durante la mayor parte del siglo XX. No sólo por muchos cerros distribuidos en la geografía que llevan ese nombre, sino por el bloquecito dulce que se agregaba a la taza de café y que se disolvía al cabo de unos segundos. Sinónimo era la combinación terrón de azúcar.
           En una clase de filosofía en la Universidad de Concepción, el profesor Menanteau de esa facultad decía a sus alumnos en el capítulo de lógica formal: “hablamos de un pan de azúcar, por ejemplo, sin darnos cuentas acerca de todas las cualidades que encierra esa expresión. Así, cuando le echamos un pancito a nuestro té no analizamos el contenido y decimos aquí va la blancura, la dulzura y la dureza, decimos implemente ‘agrego un terrón de azúcar’ ”. El profesor se basaba en el elemento pan de azúcar para para ejemplificar que el razonamiento emplea abstracciones.
          Panes o terrones de azúcar eran la unidad básica producida por las plantas de CRAV en Penco, Valdivia y Viña del Mar para satisfacer las necesidades del consumidor. Ambas expresiones se usaban en el país con naturalidad. El trocito equivalía en contenido más o menos a una cucharada de té de la azúcar granulada de hoy. El pan de azúcar era el fruto final de los largos procesos de refinación del producto en bruto que llegaba a Penco de países productores como Perú, Ecuador y otros. El endulzante blanco precipitaba en pequeños gránulos que eran prensados en moldes; cuando habían endurecido en forma de bloques se los cortaba con guillotinas.
      Algunos consumidores hacían caramelos con la azúcar en panes. Bastaba con poner los terrones sobre una lata expuesta al fuego para que el blanco comenzara a ponerse dorado y marrón. Acto seguido se echaba el caramelo a las infusiones de hierbas con el fin de darles un tinte agradable. En los campos de Penco, la gente fabricaba dulces con la azúcar chamuscada. Y les daban a los niños los terrones dorados como sucedáneos de golosinas. Flora, quien trabajó en la casa del doctor Suárez, en aquellos años contaba que ésas eran las pastillas de los pobres, aludiendo a aquellos que no alcanzaban para comprar dulces para sus hijos con sus escasos recursos.
Un segmento de la portada del número 102 de la revista de octubre de 1964, cuyo tema fue el 35° aniversario del sindicato.
           Pero, Pan de Azúcar fue también el nombre de la revista que publicó por muchos años el personal de la Refinería de Penco que destacó por sus contenidos e historias y que alcanzó gran notoriedad. Hoy en día es posible reconstruir parte del pasado refinero gracias a sus textos muy bien elaborados por los comités de redacción a cargo. Son muy entretenidos los relatos impresos en sus páginas. Un siete para ese cariño por la cultura local que defendieron  sus editores responsables.
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* Contribuyó a la elaboración de este texto Manuel Suárez B., de la Sociedad de Historia de Penco. Uno de los directores de Pan de Azúcar fue Manuel Palma, padre del responsable de este blog.

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