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| UN ARMONIO en el Convento de las Trinitarias en Penco. |
Aquel día, la iglesia estaba a plena capacidad. La aglomeración bloqueaba la puerta principal, que daba a la plaza. Por ese motivo, el silencio se hacía más imponente esa mañana de noviembre en que un grupo de niños de ambos sexos, de un promedio de diez años de edad, luego de aprobar su curso de catequesis, se presentaba para su primera comunión. El cura y sus acólitos, con sus relucientes indumentarias para la ocasión, observaban a la grey reunida y silente. Las niñas y los niños que comulgarían por primera vez lucían sus tenidas nuevas y cada cual mantenía en su mano, con el brazo semilevantado, un nardo de pétalos blancos. Las tripas vacías crujían ante el debido respeto al precepto de ir en ayunas a recibir la hostia.
Siguiendo el uso clásico anterior al Concilio Vaticano II, las mujeres cubrían sus cabezas con velos negros, las mayores, y con velos blancos, las jóvenes. Los hombres vestían dignamente sus trajes oscuros. Y aquellos que usaban sombrero lo sostenían en una mano, apegada a la costura del pantalón.
En ese ambiente de expectación, el sacerdote, el padre Francisco Blumel, miró a su derecha y todos miraron con él en esa dirección. Ahí estaba la conocida vecina Rosita Bravo, sentada frente a un hermoso armonio litúrgico de color castaño. El cura le hizo un gesto que pretendía ser imperceptible, pero que todos captaron. Era la seña que ella esperaba para presionar sus dedos contra el teclado, pues tenía las falanges apoyadas anticipadamente sobre él. El bello sonido del armonio, en modo forte, se oyó con todo su volumen en el amplio espacio de la iglesia. No había bombos ni baterías, instrumentos de percusión que, según se decía, eran considerados profanos en el rito litúrgico. El coro, que estaba cerca de Rosita, irrumpió con el Canto de Entrada y el conjunto de la música sacra, con su dulzura, se apoderó de los corazones. La ceremonia de la primera comunión de 1957 en Penco había comenzado.
Entonces, la parroquia Nuestra Señora del Carmen ocupaba el solar donde hoy está el auditorio parroquial junto al cuartel de Carabineros. Fue demolida después de los terremotos de 1960 porque había quedado en muy mal estado. De hecho, había sido dañada seriamente por el terremoto de 1939. Luego de su demolición, el armonio mencionado fue trasladado a otro recinto. Las ceremonias religiosas en la iglesia actual, que hoy es un ícono pencón y está colindante con el municipio, no cuentan con la sonoridad única de aquel armonio.
Quien ejecutaba ese instrumento con maestría era Rosita Bravo, una mujer de unos cincuenta años que vivía en la casa paterna de Las Heras con Alcázar. (En ese lugar ahora funciona un centro de diálisis). Ella trabajaba atendiendo el negocio de abarrotes de su padre, don Hipólito Bravo. Rosita era diligente y rápida detrás del mesón. En la esquina opuesta, en diagonal, había otro negocio, de propiedad de don Manuel Jesús Aburto, quien trabajaba en la Refinería. El local, menos surtido, eso sí, lo atendía su hija Elbita Aburto, una mujer un poco menor que Rosita. Ambas eran amigas, a pesar de la competencia comercial.
Al final del día, Rosita Bravo, quien usaba gruesos lentes ópticos, se arrancaba del negocio e iba a la iglesia a practicar en el armonio. Dominarlo exigía mucha coordinación. No hay que olvidar que un armonio funciona con fuelles a pedales. Sus conocimientos de música sagrada apta para la liturgia —no toda la música sirve para ese fin— y su entrega a las actividades pastorales hacían que Rosita Bravo fuera conocidísima en la comunidad católica local. Rosita estaba presente en casi todas las ceremonias de las fiestas religiosas importantes que requerían de ese sonido cargado de notas dirigidas al alma.
Existe en Penco un armonio antiguo (foto de abajo) de las características que hemos anotado. Está en el convento de las Hermanas Trinitarias. Quizá sea el mismo que conoció y tocó la Rosita Bravo.


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