Friday, February 24, 2006

LA ESPADA ESCONDIDA DE UN SOLDADO ESPAÑOL

UN TESORO EN EL FUNDO EL CABRITO

Cuenta esta historia que un joven capitán español de la guarnición de Penco gozaba de gran prestigio y cariño entre los soldados, que resguardaban la ciudad fortificada, bajo amenaza constante de ataques de indígenas y visitas non gratas por el mar, de piratas y corsarios al servicio de su majestad británica. Este oficial también era muy popular entre los habitantes peninsulares de la entonces capital del sur del Reyno.
Don Roberto Canales

Quien así contaba esta leyenda a mediados de la década de 1940, era don Roberto Canales, un distinguido vecino que vivía en la calle San Vicente. Atentas a este simpático relato escuchaban mi madre y sus amigas, que eran las dos hijas de don Roberto: la mayor, María, quien sería después mi madrina de bautismo, y su hermana Violeta. Mi mamá me narró este cuento, de la tradición oral que aún mantenía vivas historias y leyendas de Penco.

Aquel capitán, de cuyo nombre no hay registro –prosigue el cuento--, cumplía sus funciones. Su trabajo consciente y justo le habían granjeado el cariño de las tropas a su mando, del pueblo y de su jefatura en Santiago. Desde su España natal fue destinado a Penco, la ciudad militarizada del sur.

No había pasado mucho tiempo, cuando por alguna razón comenzó a sentirse enfermo. No hubo manera de conseguir una mejoría aquí, por lo que él pidió ser enviado a España para recibir atención médica.

"Cuando me recupere --habría prometido el joven enfermo a la autoridad española-- regresaré a Penco".

Y como prueba de su compromiso de volver, ordenó que su espada enchapada en oro, fuera envuelta en pieles, depositada en un cajón y enterrada en un sitio secreto. Él eligió el lugar en el sector del fundo El Cabrito, en los cerros al nororiente de Penco. Con uno o dos hombres de su confianza la colocó en una excavación. Y con el fin de recuperarla un día, anotó las coordenadas y se guardó el papel. Quienes lo acompañaron se comprometieron a no decir palabra. Además, ellos no tenían el registro.

Cumplida esta tarea, el capitán se embarcó en un velero que zarpó desde la bahía de Penco una tarde de otoño. Sus soldados lo despidieron con honores. El pueblo se acercó a la playa para agitar pañuelos en señal de adiós.

Pasaron varios meses, hasta que se supo en Penco la noticia que el capitán de la guarnición había fallecido en España debido a esa dolencia fatal. Los soldados y los habitantes de la ciudad lamentaron la pérdida de una persona tan querida, a quien todos deseaban ver de regreso, agregaba el relato.
Violeta y María Canales, quienes fueron testigos de este relato.
A partir de entonces, muchos intentaron encontrar la valiosa espada dorada del capitán. Hicieron hoyos en los lugares más difíciles e inimaginables del fundo El Cabrito, con la esperanza de hallar el tesoro. Pero, nunca nadie ha podido dar con el paradero de tan valiosa reliquia. Hasta el día de hoy su ubicación es un misterio.

La espada enchapada en oro del capitán español permanece escondida en alguna parte del fundo El Cabrito, terminó diciéndome mi madre, citando a don Roberto Canales, quien alguna vez oyó este cuento de algún otro vecino de Penco.

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