Friday, May 06, 2011

UNA ODISEA ORIENTAL ARRIBA DEL CUADRILÁTERO

Nota de la redacción: El siguiente es un cuento narrado por
nuestro amigo pencón Iván Ramos Castro (foto), quien reside en
Venezuela.

Por fin de vuelta, nos internamos hacia el centro del pueblo y estacionamos frente al Barrio Chino. Seguía igual de pintoresco, paradójicamente allí no vive ningún chino, de vez en cuando bajan como tripulantes de algún barco de bandera oriental, por lo general filipinos.

-¡Vamos a comer empanadas y le llevamos a la Chica!. El pater famili no olvidaba detalle. Nos sentamos en las banquetas dispuestas alrededor de la venta. Por allá, al final del pasillo donde hace cuarenta años apuñalearon al Care´Vieja, el pater famili divisó al Chucha Grande vaciando un saco de mejillones sobre una batea. Se conservaba mejor que muchos de su edad, quizás más gordito, pero entero. En otra época fue un auténtico ídolo del boxeo nacional. Enrique conocía su historial mejor que nadie. "De chiquitito le gustaba caerse a los puños", decía don Gervasio Montero, abuelo, papá y entrenador, y gran entusiasta del nieto, hijo y discípulo. Ni qué decir de doña Teo: "Mi cabro no perdió ni una pelea fíjese". Ellas, las incondicionales: “¿y de adonde sacó tanta energía este muchacho, doña Teo?”

"Y de dónde va ser puh, de estos pechitos, si nació pesando casi seis kilos mi niñito, me querían hacer la censaria pero yo se las canté clarito a la partera: si viene así, es porque tengo chucha pa´parir algo grande, en esa estaba, un médico flacuchentico él parado junto a mí con la cuchilla tiritándole en su mano, mis gritos sacudían el ambulatorio y el cabro atascado en la abiertura de mis piernas, entonces entró don Rafaelito, el practicante recién llegado al turno. ¡Epa Teo! me´ijo, hizo un ademán de pegar su oreja en mi panza inflada y ¡zuass!, se cargó sobre ella con todo su peso. Sentí como el descorcharse de una botella de sidra, era mi cabro que salía disparado hacia los brazos de la matrona, qué guagua más linda oiga, ¡Dios me lo bendiga..!”
“Y usted, ¿como quedó mi doña?”. Doña Teo miraba hacia el suelo, meneó la cabeza en gesto grave y la soltó:
“¡Y cómo iba a quedar puh, con la chucha grande!”
El Chucha Grande en su época gloriosa, quizá por su condición de niño mimado, era su carácter reservado pero con un ego que no le cabía en la pechuga, era notoria su mirada hacia los demás, como por encima del hombro.
“¡Ojalá lo jodan a este cabrito!, sí ¿pero por qué?” Yo no lo entendía, él era el único campeón del pueblo, después de la provincia, de la nación, del continente, del..., bueno, pudo haber llegado a Marte si hubiese querido, a no ser por...

El Chano Burgos andaba dando carreras, eran las dos de la tarde cuando le confirman que el contendor de su pupilo, un boxeador japonés que venía de bajada pues hace nueve años había figurado de número uno en el ranking mundial no ha dado señales de aparecerse por ahí. Era una pelea estelar pactada a diez asaltos, la de fondo pues. “Eso me pasa por bocón, quién me mandó a decir que esta pelea nos abriría las puertas al título miéchica”. El Chano estaba neurótico. Agarró a chuchadas al Poto Mocho quién oficiaría de second, por atreverse a pedir un anticipo. Se revolvía en la sala del gimnasio como alacrán acorralado. --¿Y vos que pensai Peneca? El Peneca Rivera era el entrenador del Chuchita, según los entendidos el más asolapado de los tramposos visto en la esquina de los cuadriláteros. “Llévame pal puerto y arreglaremos esto”, dijo.

En la parada de la estación de autobuses, había tres súbditos orientales. Por señas comenzaron a entablar conversación, el Peneca manoteaba haciendo fintas frente a ellos, luego paró y les dijo: yu anderstán? yo boxer, and yiustedes? Los chinos estaban encantados con la escena, entonces le pidió un par de billetes grandes a Chano y lanzando un par de jabs en zurda se los ofreció. Dos de ellos miraron al más viejo, algo le dijeron al oído y el chino viejo asintió con la cabeza, el asunto es que se concretó el trato, el chino viejo pasaba por un campesino maya. “¡No hay buey Chanito, además, estos chinos son todos igualitos”. Para asegurarse, ahí mismo los acuartelaron en una pensión próxima al lugar del evento.

“Oye Peneca”, dijo el Chano, “¿dónde aprendió a hablar tan bien el Inglés?
“¿Quién, yo?”, dijo dándose bomba. “Aprendí con las británicas”.
“¡Qué gilipollas!”, dijo el Ratón Pérez. “¿Britaniqué, las negritas de Yerbas Buenas? Ja,ja,ja”.
“Bueno púh, ¿Y qué paso con el Chucha Grande..?” Alberto preguntó más por diplomacia que por un interés real. Yo en cambio a la expectativa: “¡Mierda, sería lindo!”

“¿Lindo qué?”, el Beto creía adivinar en mí otra de mis jodas. Él no entendía un pito el significado.

“De tener por fin un Campeón, un Campeón de boxeo y de nivel mundial, ¿te parece poco?, bueno pues mi coronel, siga con el cuento”.
“¿Cuento?, la realidad suele ser más inverosímil que la ficción, ¿ustedes saben lo que es un gato afeitado?, bueno, el bululú que se armó al llegar la hora del Duelo Incontinente, nombre incorporado de facto por don Chano, pues él, creía que este encuentro desataría algo más que todas las pasiones juntas.

“Mañana, cuando las gentes de este pueblo se levanten, lo harán sintiéndose como verdaderos campeones”. La prensa de aquel día destacó la noticia: “Nuestro extraordinario prospecto en el arte de la fisteana, Romualdo Valderrama, más conocido como el ...Lechuza Grande, ahora a dos pasos del título”. Más adelante agrega: El rudo Campeón japonés del peso gualter Tomosake -O-ronzito viene de derrotar al número uno del ranking. Una victoria del criollo lo llevaría a una pelea por el título universal. Ni que hablar de la prensa, los fotógrafos ¿pero a quién buscar de reemplazante? Bueno, esto debía ser secreto grado treinta y tres.

“¡Peneca!”, grita el Chano y este se acerca arrastrando los cauchos y con un tufo como si hubiera oficiado cien misas al hilo. Le hizo un ademán de jeta “¿y?”, dijo como buscando aprobación.
“Menos mal que no son chinos, usté sabe, esos hijos de Fumanchú tienen fama de traicioneros, en cambio estos dicen venir de.. ¡ah, recuerdo! de Bancóng, de un lugar llamado Talanandia, Tialandia o algo así”.

Pero el Chano presintió algo raro en el ambiente. Tanta suerte no la veía completa.
“Mira Peneca, hay que andarse mosca, mira que hay tanto billete como prestigio en juego”. El estadio estaba abarrotado de fanáticos, éxito total en la taquilla, los financistas felices, el público, expectante. El Chano y el Peneca pegados al frasco para bajar tensiones.

LA PELEA

Suben los púgiles, Chucha Grande se sienta en la banqueta que le pone el Poto Mocho; el Peneca le ata los guantes y le da los consejos de rigor: “Hazlo durar cuatro, cinco asaltos, después lo sacas de circulación, ya sabes, recto de derecha al swiche con gancho al hígado y todos pa´la casa”. Por ahí salió una música extraña y todos de pie, según el Gato Maldonado era el himno del Sol Naciente, aunque según el profesor González era un trozo de la ópera Madame Butterflay. Luego el Himno Nacional, después el himno de los Rotarios y de los Leones Pencopolitanos. Después el silencio. Absoluta expectación. El púgil extranjero inició una extraña danza la cual terminó de rodillas y saludando hacia las cuatro esquinas. El árbitro los llama al centro del cuadrilátero, las advertencias de rigor, se dan la mano y regresan a sus esquinas.

“¡Este chinito es un show carajo! Penequita, te anotaste un poroto”. Al aludido se le infló la jeta de emoción.
“¡Saquen a ese pelícano de la esquina!”, le gritan al Peneca, “¡Anda a comer sardinas a otro lado gil..!”

Entonces el Gato Maldonado golpea la campana con el pomo de bronce de su bastón dando inicio al primer round. Ambos púgiles salen hacia el centro del cuadrilátero. El primer minuto fue puro estudio, después un intento flojo del asiático, quien intentó conectar un jab al rostro así como un par de hooks por los flancos del muchacho del patio. De pronto el criollo lanza una combinación certera al rostro, el asiático se estremece, sus piernas trastabillan y doblan, se agarra de las cuerdas, “¡Romualdito, --recuerda el consejo del manager--, de que juegues con él hasta el quinto!”

Fin del primer round, 10 puntos a 9 a favor de Romualdo, y así continúa la historia hasta terminar el cuarto. Hasta ahí solo había un prodigio que daba y un chinito que aguantaba. El Romualdo castigaba arriba, por las orejas y el mentón, el asiático cubriéndose para de cuando en vez, soltar uno que otro guantazo sobre la línea media del criollo. Al principio no le importó cubrirse, pero en el quinto asalto, comenzó a resentir los efectos de la medicina oriental en su cuerpo. Sentía un dolor cada vez más intenso al recibir tal castigo, pesadez en brazos y piernas y el chino, aun cuando había recibido de todo los primeros cuatro rounds, parecía renacer como el Fénix moviéndose entre las cuerdas, protegiendo cabeza y línea media, amarrándolo o traidoramente puyándole con la punta de los codos sus doloridas costillas. “¡En el sexto sales pajarito!”. Campanazo y fin de round. Pero ya Romualdo tiene la duda...”¡Que rápido pasa el tiempo en mi esquina!”, El Poto Mocho le hace aspirar amoniaco para reanimarlo, le exprime la esponja con agua fría por entre los genitales y Romualdito siente como un renacer. Vamos al sexto, con decisión y bravura, arrincona al chinito por su propia esquina con una seguidilla en combinación brutal, de jabs, cross, ganchos, todos tan fuertes que la defensiva del asiático se vio mermar ante la embestida del Romualdo. Fue entonces que el chino cae sentado y arañando las cuerdas junto a sus paisanos. Cuenta de ocho y las acciones se reanudan con más ímpetu. “¡Vamos Chucha Grande, remátalo!”. La fanaticada estaba delirante, el boxeador asiático baja las manos y él lo busca con un golpe en gancho al rostro, pero este lo burla con una finta hacia a un costado. El puño de Romualdo se pierde en al vacío, el asiático riposta con otro gancho en corto al hígado. Intenta salirse pero siente un dolor penetrante que parece rajarle desde el plexo a los riñones, un pertinaz entumecimiento le invade de sus genitales hacia abajo paralizándole las piernas. Cae de rodillas y boqueando sangre y baba espumosa se paraliza como una res después de recibir la mortal estocada de manos del matador.

“¡Párese mijito, levántese!”. Era la voz de don Gervasio Montero, su abuelo, pero él, seguía arrastrándose penitente por su calvario personal. Suena el gong el Poto Mocho brinca al centro del cuadrilátero y lo arrastra acomodándolo en la banqueta, le tiran agua por el vientre y por la jeta, le dan a inhalar un toque de amoniaco y medio lo devuelven al mundo. ¡Campana! comienzo del.. qué más da, a este chino lo voy a... “Ponte pilas Chucha Grande, muévete”. Si el asiático era una roca y su pegada era cada vez más poderosa, el séptimo asalto pasaba sin pena ni gloria. Una mano del criollo impacta al mentón del rival, éste se dobla e intenta agarrarse, Romualdo lo aparta y con renovados bríos descarga una furiosa ráfaga de golpes a la cabeza que impactan en la cerrada guardia del asiático. Acorralado en la esquina neutral, el chino se recuesta en las cuerdas oscilando el cuerpo hacia los costados, se sienta en una de las cuerdas del ensogado, baja las manos y Romualdo le envía un golpe recto de derecha al rostro, el chino esquiva con inusitada maestría y riposta con un jab que impacta en la punta de su barbilla y un gancho de derecha que al impactar en su sien lo tiró boca abajo en su propia esquina. Comienza otro conteo y de nuevo otro campanazo. El Chano se acerca al Peneca: “¿Que está pasando ahí carajo?”

“¿Que que está pasando, acaso estás ciego viejo? que los chinitos estos nos cagaron”.
El Chano puso la peor de sus caras, es decir todas. Entonces agarró el viejo maletín de primeros auxilios, lo vació y se fue directo a la taquilla. Otro campanazo y el Poto Mocho debe esta vez empujar al Chucha Grande al centro del huracán. Esta vez es el chino quien toma la iniciativa, el Romualdo intenta trabarlo, pero el chino le muele las costillas, los riñones, los bofes, todo.., Aquello era como el umbral de la muerte, intenta un último recurso, cabecea pero impacta con la frente del rival, un hilillo de sangre brota por el corte de una de sus cejas. “¡Campana, campana, toca viejo e´mierda!” El Chano había regresado ya sin maletín, sube a la esquina de su pupilo y le advierte: “Mira güeñe, párame oreja y no te desesperes, este round debe ser tuyo a como dé lugar, has ganado cinco de diez, uno más y el chino se entrega, déjalo que ataque, cúbrete y de pronto lánzale una de las tuyas”. Campana, el Romualdo se mueve indeciso, el chino se le viene encima, se cubre como puede, se enredan y él lo empuja y golpea por los costados, de repente el chino comienza a bajar el ritmo, éste le golpea el rostro pero siente que la potencia de los puños del asiático es débil. Escuchó tres palmoteos sobre la lona, señal ataque, lo busca y éste le enfrenta lanzándole una seguidilla de golpes por sus flancos, se protege retrocediendo e involuntariamente lanza un tímido recto de izquierda que siente apenas rozar la barbilla del chino, pero a quién ve caer, para su sorpresa sobre la lona. La cuenta pudo llegar a cien. En medio de pifias e insultos el árbitro levanta la mano al triunfante e invicto Chucha Grande, mientras el médico pide una camilla en la que sacan al chino en calidad de bulto hacia los vestuarios escoltado por la policía. Ahí resucitó fresco como una lechuga y de inmediato, acompañados por el Chano se fueron de allí bajando por la escalera de incendio esperando abordar el taxi que los aguardaba. Romualdo logró ver a uno de ellos llevarse el viejo maletín de cuero negro de los primeros auxilios: “¡Epa, chino, devuelve eso”, gritó. El Peneca le hizo un gesto conciliatorio: “¡Tranquilo muchacho, calma!, ¿te parece poco como lo dejaste?”. Y a falta de un doctor no quedó más remedio que darles el maletín.

1 comment:

ivan alejandro ramos castro said...

Los gladiadores orientales eran de nacionalidad filipina, el que zurció a tortazos a "Chucha Grande", era un marino de apellido Pacquiao, según una foto de familia y escrita al reverso con los nombres de los mismos que fue encontrada, dias después de tal pelea dentro del maletín de primeros auxilios que encontró el "Chenko" a la entrada del muelle de Lirquén. Si tienen dudas, pregúntenle al "Poto Mocho".