Tuesday, August 30, 2011

EL JARDÍN DE LOS SUÁREZ BRAUN




La señora Inés Braun de Suárez, a la derecha de la fotografía, departe con una
amiga a la hora del té, en el jardín de su casa (1950).
Manuel, el hijo menor del doctor Emilio Suárez, recordado médico local (cuya biografía publicamos en este blog el 4 de agosto de 2009) tomó un compromiso personal que ha cumplido: mantener intacta la casa familiar de los Suárez Braun. Vive en ella, pero no ha movido nada, no ha cambiado nada. Todo está igual, como en aquellos días de hermosos almuerzos con ricos postres de chocolate y helados de bocado u onces con té, café con leche y apetitosos strudels de frambuesa finamente preparados por Inés Braun, su mamá. Flora y Clara, perfectamente integradas a la familia por años, hacían el resto de manera que sentarse a la mesa era una fiesta cada vez. El doctor Suárez sonreía, intervenía muy poco y daba luz verde al placer de los niños por todas esas exquisiteces y golosinas desplegadas en la mesa de los deliciosos veranos de Penco.
Aspecto de ese jardín el verano de 2014.
Por la cocina se salía a un patio pavimentado donde había un sofá con balancín dotado de sombrilla. Una siesta allí era imposible, si se tiene en cuenta el trajín de los niños, sus gritos, sus risas y sus empujones. Había que cruzar una corta galería, de una segunda casa interior destinada a lavandería y planchado, antes de desembocar en una huerta y jardín de unos 30 metros de fondo que terminaba en un frontón de piedras, límite de un sitio vecino con el cerro.

Eje de ese segundo espacio era un abeto encumbrado que sigue allí todavía muy orondo, recordando que una vez fue el pino de navidad de los Suárez Braun. Lo más entretenido del jardín eran los triciclos y autos a pedales, sueños de los niños de entonces. Se podían recorrer todos los recovecos del jardín por los senderitos que serpenteaban entre los espacios destinados también al cultivo de hortalizas, flores y árboles frutales. Jugar allí era estar en un paraíso de aromas y fragancias desprendidas de tanta diversidad de plantas recién regadas. Uno de esos demarcados y cuidados senderitos era el “camino a Texas”, según imaginaba y decía Donato, hermano mayor de Manuel, al volante de uno de los cochecitos.
Copihues rojos en el jardín de los Suárez (2014).

Siguiendo en triciclo por una variante de esos caminos y siempre dentro del predio se llegaba a una casa vecina, también propiedad familiar. Estaba deshabitada. Su puerta de calle permanecía sellada. Se ingresaba por una puerta lateral donde remataba uno de los senderitos. Desde su interior y a través de los visillos de las ventanas se veía la plaza. Parecía que el lugar había sido destinado a bodega. Entrar allí era ingresar en un espacio mágico y misterioso, pleno de sorpresas: revistas acumuladas en viejos estantes, libros empolvados depositados en libreros, fotografías enmarcadas colgando de los muros, baúles, muebles olvidados, juguetes seguramente descompuestos por el trajín y el duro trato de los niños y las herramientas del jardín: rastrillos, palas, azadones. Sin embargo, no se podía permanecer en esa casa por mucho tiempo –prohibición autoimpuesta, por cierto-- y era mejor no tocar ninguna de esas cosas interesantes apiladas, que desafiaban los tiempos. Había que contener la tentación por hojear las revistas, tomar los libros y seguir respirando ese aire misterioso, encerrado y quieto.

Esos recorridos por aquella escondida disneylandia pencona eran interrumpidos siempre por los llamados en voz alta de Flora, --querida y respetada por los niños de la casa casi como una segunda mamá, al igual que Clara-- quien a eso de las cinco de la tarde, decía: “¡Ya niños, a tomar once!”. En la mesa de la cocina doña Inés Braun sorprendía a sus menudos comensales con tortas caseras. Un sabor increíble tenían aquellas que ella preparaba a base de avellanas penconas, sin mencionar otras hechas de manjar, natas y crema. Porque Inés creaba con acierto en la cocina. Pero, también tejía y bordaba con especial gusto manteles, sábanas y fundas de cabecera. Así --como decíamos--, a las cinco finalizaba, alegremente, el tour por los patios de la casa del doctor Suárez. Leche caliente, café y té acompañados de crujiente pan recién salido del horno. Por último un enorme trozo de kuchen o torta y galletas de miel abrochaban una tarde de aventuras en compañía de Manuel y Donato.

Doy fe que más de 50 años después todo está igual: los senderitos del jardín, la silla de balancín, las plantas y en la memoria el maternal llamado de Flora: “Niños, a tomar once”.
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