Este comprador a domicilio guiaba su carretela entonando una cantinela que, además, rimaba bastante bien:
“¡Compro huesos, vidrios blancos y fierros viejos…!”
Y hacía sonar un pedazo de metal para que los interesados despertaran de su siesta y salieran a vender. Pronto se abrían las puertas y los improvisados vendedores aparecían con canastos llenos con huesos de vacuno, guardados después de haber formado parte de sabrosas cazuelas, con el fin de destinarlos a la venta. Otros vecinos llevaban chatarras oxidadas con envejecidas telarañas colgando para que se las pesaran y recibir a cambio unos pesos. Los vidrios blancos eran un producto más escaso, a pesar de la cercanía de la fábrica Vipla. Pero, ¿cuál era el destino de tales efectos, cuyo fin natural debía ser la basura?
Cuando ya ha pasado un buen tiempo llegué a la siguiente conclusión, porque entonces nadie explicaba nada. Menos, el mayoral un hombre gris y misterioso sin más palabras que su conocida letanía. Pero, he aquí que tengo respuestas tentativas. Estoy dispuesto a recibir correcciones si mi razonamiento va por el camino incorrecto.
Los fierros mohosos podrían ir a fundiciones o a trabajos en fraguas. El hierro barato tenía, supongo, un mercado interesante considerado en grandes cantidades, teniendo en cuenta que Huachipato todavía no producía acero para satisfacer toda la demanda.
Los vidrios blancos, pudieron ser destinados al reciclaje en Vipla.
¿Y los huesos de las cazuelas? Me informaron que sus químicos servían para darle consistencia a la loza fina que producía Fanaloza. Durante un tiempo esa empresa
utilizó ingredientes de huesos en sus pastas de caolín para darle más consistencia al producto y evitar las saltaduras o picaduras de sus tazas y platos más finos. Incluso una “fábrica” de huesos funcionaba donde actualmente se levantan los edificios Cochrane, la que seguramente abastecía a Fanaloza.
El comprador callejero de esos desechos dejó de pasar. No volvió más porque el negocio terminó cuando se modernizaron las tecnologías. Con los años la mayoría se olvidó de este desconocido cantor en carretela y nadie podría recordar hoy cuándo fue su último recorrido. Lo que sí los antiguos pencones recordarán era que debido a su carga de huesos, el carretón apestaba y que avanzaba por las calles seguido por una nube de moscas. Como no apareció de nuevo, varios tuvieron que botar a la basura sus fierros podridos que habían guardado para la venta. Los menos se quedaron con el retintín en la memoria: “Compro huesos, vidrios blancos y fierros viejos…”
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