Sunday, July 08, 2012

LA IRONÍA DE LAS REBANADAS DE VIENTO

Un par de veces oí la expresión de personas quejumbrosas: “vamos a comer rebanadas de viento”, para significar que no había qué servir en la mesa. En tiempos difíciles, particularmente en invierno, en que las familias tenían que estirar los pesos para parar la olla, la cosa era un problema serio. Por fortuna, Penco no era el Puerto de Hambre, y ofrecía fuentes naturales de alimentos a sus habitantes.
 
Para no complicarse mucho, en el mar se podían capturar bagres, esos peces de piel babosa y oscura, que viven entre las piedras. Basta un alambre grueso con forma de gancho para atraparlos. Con la carne de bagre, las vecinas preparaban apetitosas cazuelas.
Cochayuyo donde revienta la ola.
Las marejadas invernales arrojaban en toda la extensión de la playa esos parientes de las almejas que en Penco se los conoce como changayes. La diferencia entre una almeja y un changay es que este último tiene una concha parda y se cría en la arena. El inconveniente es que hay que quitarles la arena pacientemente antes de echarlos a cocer.

A la mesa llegaban convertidos en sabroso pino acompañado de papas cocidas. En algunas casas los echaban a la olla con conchas a la que agregaban cebollas picadas. El resultado: un reponedor caldillo de changay.
Fuerte viento norte en Penco.
Las lluvias, las mareas y los temporales también lanzaban a la playa enormes matas submarinas de cochayuyo. La gente cortaba los trozos ahí mismo y se llevaba las hojas seleccionadas a casa para preparar ensaladas cocidas, agregar el cochayuyo picado a los porotos o servirlo como entrada aliñada con limón.

Si el mar era generoso –no sé si lo será hoy tanto como entonces—las vegas de los campos cercanos no eran menos. Los aguaceros las cubrían en su totalidad. Los camarones hacían nata y las gentes los recogía directamente entre el pasto sumergido o usaban un sifón para extraerlos de sus cuevas. Quienes se dedicaban a cosecharlos, los ofrecían en canastos por las calles de Penco. Era típico oír el grito del vendedor: “¡Camarones!” Se compraban por unidad y por docenas a precios bajísimos. En invierno era un plato clásico a la hora de la cena.

Podría seguir enumerando otros alimentos que ofrecía gratuitamente el entorno natural pencón: los changles, la romaza, los berros que crecían junto a las vertientes. Las ensaladas de berros y romaza eran una bendición.

A pesar que la expresión citada más arriba graficaba dificultades en tiempos de crisis, no creo que alguien haya “pasado por el alambre” por mucho tiempo con puras rebanadas de viento. Bastaba el ingenio y salir a buscar la comida.

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