Friday, April 12, 2013

LAS EMOCIONES DE CIEN PENCONES ESPERANDO UN TREN


Una emoción única se vivía en la estación ferroviaria de Penco cada noche, ya fuera en invierno, otoño, verano o primavera. Decíamos en otro post que ese recinto era un paseo público con decenas tal vez centenas de personas caminando en el andén de aquí para allá y viceversa bajo las buenas luminarias del lugar. La gente iba a ver pasar el tren, en particular del chillanejo, el penúltimo del día que paraba en Penco a las 9:30 de la noche. El tren de seis vagones entraba resoplando y chirriando con su locomotora envuelta en humo y vapor hasta detenerse totalmente. Mientras el maquinista de un salto bajaba con una enorme aceitera a lubricar las bielas descomunales de la máquina, el conductor ingresaba en la estación a conversar cuestiones del viaje con el jefe y los pasajeros de mayor edad que llegaban descendían con dificultad las escalas metálicas quizá con las articulaciones trabadas por las largas horas sentados en duros escaños de madera. El andén era el punto donde los viajeros con los ojos largos miraban entre la multitud si alguien habría venido a esperarlos. Y a su vez los que estaban en la estación miraban con ojos más largos a sus parientes o visitas a través de las ventanillas. Luego de los abrazos, los besos y los saludos... a cargar los bultos para llevarlos a casa.


Pero, la emoción de la que hablábamos al inicio estaba más allá de estas escenas de bienvenida, se refería a la imagen del tren acercándose y serpenteando en la noche desde la boca sur del túnel de punta de parra en su camino a Lirquén. En efecto, desde la estación pencona la gente miraba este espectáculo distante de la máquina y sus carros iluminados avanzando en la soledad y en la oscuridad por la vía entre los cerros de Quebrada Honda y la playa. La gente veía esta imagen y miraba sus relojes tratando de calcular cuánto tardaría el tren en llegar a Penco. Hasta que el convoy se perdía detrás del morro de tosca de la mina para su primera detención en la comuna: la estación de Lirquén. Entre tanto, en la estación pencona la gente seguía mirando sus relojes no por apuro sino que para hacer sus propios cálculos del tiempo restante. Unos quince minutos después el potente foco de la locomotora a carbón arrastrando sus vagones asomaba en Cerro Verde, pasaba rugiendo por el cruce de calle Infante y entraba derechamente en el sector de Gente de Mar haciendo sonar su silbato de vapor característico en esos lluviosos inviernos pencones. La máquina era una hoguera cuyas lumbre rojiza y anaranjada se reflejaba de abajo hacia arriba en el humo negro despedido por su chimenea. Para los niños: un dragón mecánico temido y admirado.
La detención del chillanejo en Penco no pasaba de unos ocho minutos, tiempo suficiente para que descendieran los pasajeros y el personal bajara los bultos y las encomiendas desde el carro de equipajes. La gente se quedaba en el andén  hasta ver la partida. El conductor subía al final. Así el chillanejo reiniciaba su viaje a Concepción. Lo último que veíamos mientras el convoy se alejaba era el farol rojo instalado atrás en el vagón de cola. En dos o tres minutos se perdía de vista en la curva de Playa Negra. La gente partía de regreso, el espectáculo había terminado, calabaza, calabaza.
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NOTA EDITORIAL: Las fotos son referenciales, tomadas de internet.

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