Friday, November 01, 2013

"LA CATA": UNA MUJER DIO NOMBRE A ESE LUGAR DE LIRQUÉN



La línea a Tomé termina en "La Cata".
La Cata, cuenta la historia, fue una mujer sola que llegó a instalarse en el recodo de la línea del tren a unos ochocientos metros al norte de la estación de Lirquén. La colonización de ese lugar por parte de la Cata, por así decirlo, debió ocurrir hacia fines de la década de 1940. Entre la curva del tendido ferroviario y la playa se creaba el espacio justo para levantar una rancha, hecho que la mujer logró, sin duda, a duras penas y con gran esfuerzo.
 
No sabemos cuál era su apellido y en Lirquén las nuevas generaciones sólo hablan de la Cata para referirse al lugar. La imagen de la persona, la mujer colonizadora de la pequeña caleta, nadie la recuerda. Los más antiguos confirman que su nombre era Catalina. Uno de esos testimonios los emite el artista popular pencón Raúl Oliveros, quien además fuera estibador y pescador. 
“La Cata era una mujer bajita, gordita, morena y de pelo largo y muy negro. Usaba trenzas. Se vestía a la antigua. Ella logró subsistir gracias a la abundancia del erizo que se daba en la pequeña isla que hay frente a la casa. Lo cierto es que ese islote de piedra que asoma y se sumerge con las mareas es rico en mariscos de toda especie. La Catalina era una mujer mariscadora. Iba a vender sus productos al barrio chino y a la estación, a la pasada del tren”, recuerda hoy don Raúl. 

"La Cata", lugar situado al norte de Lirquén.
Yo (el autor de esta nota)  estuve en ese lugar en una oportunidad con un grupo de personas. No recuerdo la circunstancia ni el porqué. Pero, entre algunas mujeres que había allí a ninguna la identificaron como la Cata. Sólo recuerdo que había un hombre mayor que desde una de las ventanas hacía aspavientos con un catalejo. Se acercaba el tubo de bronce a uno de sus ojos, lo apuntaba hacia el muelle y decía en voz alta el nombre del barco atracado en Lirquén. Yo, asombrado igual que los demás del grupo, juraba que el buque se llamaba así porque el hombre lo repetía, sin poder constatar a ojo desnudo por la distancia cómo se denominaría en verdad la susodicha nave.  
A la derecha, el islote donde mariscaba Catalina, la Cata.
La Catalina ya no está. Sólo que el lugar tan solitario como entonces mantiene su nombre: la Cata, aunque muy pocos, sólo la gente de más edad, guarden una vaga imagen de ella en la memoria. Lo que sí podemos rescatar es que la Cata fue una lirquenita a todo dar: sufrida, trabajadora y que no obstante la simpleza de su persona grabó su nombre en el lugar donde vivió y trabajó el que quedó registrado para siempre en los mapas de la comuna.
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Las fotos que ilustran este texto son de Jaime Robles.

2 comments:

karen sandoval said...

excelente!!!

mauricio said...

Yo la recuerdo muy bien cuando pasaba por Los Pabellones de Emergencia y vendía su Luche Calentito y así lo promocionaba"Catita lucheeee". Sí usaba trenzas, una faldita café y un chaquetón 3/4 verde y siempre andaba a pies pelado, no usaba zapatos. Mis recuerdos son de los años 1970 a 1974...