Sunday, November 10, 2013

EL PINTORESCO VIAJE EN TREN DE PENCO A CHILLÁN



Hagamos el ejercicio de viajar en tren a Chillán, como solíamos hacerlo en el pasado. Les advierto, eso sí, que el viajecito nos tomará cuatro horas y media. Desayuno abundante en Penco, antes de salir de nuestra casa. El almuerzo será en el mercado de Chillán. ¿Les parece? Entonces ¡vamos!

El ramal que sale de Concepción a las 7:20 de la mañana pasa por Penco a las 8:00. Ésa es su primera detención importante. El tren viene casi con su capacidad completa así que es una aventura encontrar asiento en el coche de primera clase, porque el convoy a saber tiene vagones de primera, segunda y tercera. Entre la locomotora a vapor y la primera clase va el carro de equipaje destinado para cargas enviadas por el servicio de correos o en forma directa a través ferrocarriles. Por eso, en cada estación importante había un carromato de cuatro ruedas para recoger los bultos desde el carro equipaje y depositarlos en la bodega de la estación adonde los destinatarios debían ir a retirarlos.

LOS RITUALES DEL FERROCARRIL
Cuando uno está parado ahí en la estación esperando el tren, puede adivinar los ritos que tiene la empresa de ferrocarriles: el jefe estación sale de su oficina a tocar una campa que cuelga cerca del andén. El tañido es para informar a los viajeros algo ansiosos que el tren está a sólo minutos de llegar. Después, el encargado se dirige a paso firme, portando una argolla, hacia un poste instalado a la salida de los andenes. El poste tiene un gancho donde el hombre instala dicha argolla que es de acero forrada en cuero la que tiene una cartuchera. El encargado deposita dentro de ella un testimonio de fierro. La argolla queda pendiendo del gancho hasta que el maquinista que guía el tren la retira con la mano o con el brazo. El testimonio es el pase libre de la vía hasta la próxima estación. A su vez el hombre de la locomotora arroja desde su ventanilla el aro recogido en el paradero anterior. Cuando la máquina entra en la estación, hace sonar una campana, como si el boche del tren fuera  insuficiente para anunciar su presencia. 

La línea; salida de la estación hacia Cerro Verde.

Pero, retomemos el viaje. Con el boleto en la mano Penco-Chillán subimos al carros de primera.

SE INICIA EL VIAJE

El silbato del conductor o del encargado del tren se escucha fuerte y claro. Acto seguido suena un pitazo de la locomotora accionado por el maquinista y el convoy comienza a moverse. Son poco  más de las 8:10 de la mañana.  El tren pasa acelerando frente a la cancha de Gente de Mar, los hornos caleros, Cerro Verde. Por el lado izquierdo  de la ventanilla se observa una hilera de casas. A la derecha –en ese tiempo---, se veían sólo las colinas suaves manchadas de retamillos floridos. Las lomas predominaban. Era posible distinguir varios senderos en ese espacio campestre que conducían al cementerio. De pronto el paisaje de estrecha. Al lado derecho están las instalaciones del Refugio, del Automóvil Club de Chile, entre añosos pinos enormes. Y tras un leve viraje a la derecha, el chillanejo pasa por el corte, con bosques a ambos lados, para desembocar en la explanada de Lirquén. Detención en Lirquén. 

EL TRAMO MÁS ESPECTACULAR

Vista desde la línea cerca de El Refugio.

El andén de la estación es de tierra y el paradero es  de madera. Bajan varias personas y suben otras tantas. Mientras el tren está detenido miramos hacia afuera y vemos que por encima de nuestro carro, cruzan el espacio aéreo unos cubos cargados de carbón colgando de un grueso cable. Es el teleférico que viene de la mina de Lirquén con su carga directo a las calderas de la fábrica de vidrios Vipla. Faltan veinte para las nueve de la mañana. Un pitazo precede al reinicio de la marcha.
 
Les advierto que aquí comienza el tramo más espectacular del viaje. Por el lado derecho los cerros caen a pique y por el lado izquierdo el mar se acerca casi hasta mojar las ruedas del tren. Esa sensación se observa desde los mullidos asientos de cuero color negro de la primera clase. La máquina avanza y avanza. De cuando en cuando se escuchan pitazos. Se ven las casas del sector de la Cata. El traqueteo de los rieles aumenta su frecuencia producto de la velocidad que va tomando el tren. Desde la ventanilla mirando hacia el sur podemos divisar el borde costero de Penco. Pero, de pronto, la hermosa vista del mar se interrumpe debido a la aparición de un enorme farellón de piedras color gris. El espectáculo es el mismo por ambos lados.

LLEGANDO AL PRIMER TÚNEL

Es la estrechez anterior a la entrada sur del túnel. La noche llega en un segundo, cuando el tren ingresa en ese túnel. La oscuridad es total en el carro, salvo dos luces débiles encendidas en el pasillo. Algunas ventanas que van abiertas dejan entrar el aire frío del interior del túnel cargado del humo bituminoso que arroja la locomotora. El humo arrastra diminutos trozos de carboncillo en grandes cantidades. Es conveniente cerrar los ojos para evitar que las partículas dañen la vista. La luz natural vuelve a la salida norte del túnel. Desde ese punto se ve claramente Tomé en la distancia y hacia el sector izquierdo, la isla Quiriquina, la boca grande y la punta de Cocholgüe. Luego de un breve zigzagueo, el tren detiene su marcha en el paradero de Punta de Parra. Un andén y una mediagua para refugiarse de la lluvia es todo lo que hay allí. Un par de militares con trajes azul marino y gorras blancas se bajan aquí e inician una caminata rápida cerro arriba por entre un bosque de pinos. Arriba, en lo alto hay un fuerte con cañones para proteger la bahía (no olvidemos que nuestra historia se desarrolla en plena guerra fría). En dos minutos el chillanejo zarpa desde Punta de Parra. Sólo entonces ingresan al carro vendedores. El de los bebestibles muestra a los viajeros las botellas que trae en un canasto. Viste pantalón negro y una chaqueta blanca de gabardina sucia a más no poder. “Refrescos, malta y cerveza-pilsen” es su cantinela. Yo invito: una cerveza (aunque es de mañana aún). El vendedor nos pasa las botellas de 250 centímetros cúbicos de color verde oscuro. Tienen unas etiquetas de papel remojadas. El expendedor con un movimiento maestro quita las tapas ayudado de una herramienta. El primer sorbo es con harta espuma mientras el tren avanza dando saltos y golpes a medida que toma una curva.  Más atrás otro vendedor con otro canasto ofrece galletas empaquetadas y tortillas curicanas. Gracias a nuestro buen desayuno lo dejamos pasar. Finalmente, un hombre mayor alto  y flaco ingresa en el pasillo cargado con ovillos de hilo de todos los colores, sobres de aguja y dedales. “Para las costureras, para las costureras”.

LA LOCOMOTORA BEBE AGUA
Sin darnos cuenta el tren para en la estación Carlos Werner o Bellavista. El punto lo marca una casucha de madera y un andén de tierra. Al otro lado de la calle se observa la robusta y elegante construcción de la fábrica de paños Bellavista. Hacia el lado de la playa se ven unas estructuras de hormigón de alguna empresa que lava arena de mar en el estero que trae abundante agua dulce desde los cerros. Luego de salir de Carlos Werner, el tren avanza hacia la estación de Tomé. La detención ahí dura unos diez minutos. Mucha gente hay en los modernos andenes embaldosados. Muchos pasajeros bajan presurosos a sus quehaceres programados en la ciudad y muchos más suben a ubicarse en los asientos que quedan. Los bultos del pasaje se instalan en largas bandejas ubicadas entre el techo y las ventanas. Ahí va de todo: maletas, canastos y bolsas originalmente destinadas a contener harina de trigo. El operador encargado de la máquina y su compañero el fogonero con un largo garfio de acero traen hacia sí la gigantesca llave de agua destinada al suministro de las locomotoras. Un grueso chorro cae directamente al estanque, cuya bocatoma está al final, detrás de la carbonera. Cuando el estanque está a full, el surtidor es empujado y devuelto a su posición original. En chillanejo está listo para salir de Tomé. Son las 9:00 de la mañana.

EL TREN COMIENZA A
SUBIR LA CUESTA

Una vez que el tren deja el sector de la estación avanza acelerando para enfrentar la primera cuesta de nuestro viaje. Luego de cruzar el estero de Tomé y pasar por una calle adoquinada bloqueada por barreras, comienza la subida. La locomotora cargada de carbón y agua arrastra el pesado convoy bufando y resoplando. A medida que asciende por la ladera del cerro Navidad, la marcha se va desacelerando. Es que la subida es muy pesada. Por el lado derecho podemos ver a través de la ventanilla la ciudad que se adentra en el valle. Allá, el estadio tomecino y más atrás los cerros abigarrados de casitas. El traqueteo se hace lento y a duras penas el chillanejo se mete en el segundo túnel del viaje. Es un agujero recto, es posible ver la luz de la salida. Pero, en el interior se nota que el tren sigue subiendo. La diferencia se advierte a la salida, porque la velocidad aumenta fuerte. Los campos se abren por lado y lado, algunos bosques de pinos y eucaliptos. Hasta que el tendido ferroviario alcanza el nivel del mar, un largo humedal nos anuncia que avistaremos en un par de minutos el hermoso balneario de Dichato. Bandadas de aves marina emprenden el vuelo a causa del boche y la presencia del tren. Luego de una serie de pitazos, el convoy dobla a la derecha y entra directamente en el ámbito de la estación de Dichato. 

En el andén se observan vendedores de pescados y mariscos, que llevan en canastos. Los viajeros de tercera clase se asoman por las ventanillas y compran y compran. En realidad son comerciantes que revenderán esos mismos productos en las próximas estaciones mediterráneas. La locomotora se quedó sin agua otra vez por el enorme esfuerzo de la cuesta de Tomé. Tendrá que cargar nuevamente porque ahora vine otra subida muy complicada.
EL RAMAL SE METE EN LA
CORDILLERA DE LA COSTA 
 
 
Ya son casi las 10 de la mañana.  A partir de este punto, el chillanejo deja la costa y apunta hacia el valle central, sin embargo, primero deberá cruzar la cordillera de la costa antes de alcanzar la orilla del río Itata. Por el pasillo pasa el mismo tipo de la cerveza ofreciendo sándwiches. Están tentadores. Pero, mejor sigamos atentos a nuestro viaje. Luego de pasar por las calles de tierra de Dichato y levantar una gran polvareda el tren comienza a subir y subir. La marcha se hace cada vez más lenta. La locomotora sigue bufando con su estanque de agua recién lleno en Dichato. El convoy avanza muy lento entre bosques de pinos por lado y lado. Poco antes de alcanzar la cumbre, aparece un tercer túnel, tal vez el más largo del viaje. Nuevamente la oscuridad inunda el carro y las ventanas abiertas dejan entrar el humo a raudales. El olor del humo es pegajoso, ácido. Por la ventanilla se ven pasar centenares de chispas arrojadas por la locomotora. Cuando salimos por el otro extremo del agujero se puede respirar de nuevo el aire limpio del campo. El encargado del tren, con su gorra negra y terno gris pasa pidiendo "los boletos: Menque, Ranguelmo, Pissis y sin revisar". Menque surge de pronto. Detención en una estación con andenes de tierra.
COMPRAMOS TORTILLAS EN MENQUE

Los viajeros se asoman por las ventanillas para comprar a vendedoras de blanco las renombradas tortillas de Menque. Ahí mismo ellas le añaden unas cucharadas de ají o pebre y extienden sus manos al comprador. También ofrecen huevos cocidos. Menque es un paradero de pura actividad  forestal. Las calles en pendientes pronunciadas son de tierra roja. Nueva carga de agua para la locomotora. ¡Qué máquina más sedienta! El viaje entre Menque, Ranguelmo y Pissis es a través de bosques de pinos. El tren sube y baja a marcha lenta. Estación de Pissis. Detención más breve esta vez aunque numerosos viajeros bajan aquí para seguir viaje a Rafael, un par de kilómetros más allá de esos cerros que están al lado derecho. El tren sale de Pissis rumbo a Coelemu. El reloj está marcando las 10:30 de la mañana. Un nuevo túnel en la ruta sirve al tren para alcanzar el punto más alto del trayecto por lo que a continuación la velocidad aumentará.
Efectivamente, luego de salir del paso subterráneo con los ya mencionados problemas respiratorios para los pasajeros, el chillanejo comienza a bajar hacia Coelemu. Avanza cada vez más rápido, los viajeros asoman sus cabezas por las ventanillas. Los peinados se desarman. Pero, en los niños se advierte la felicidad y el vértigo.  En su carrera, el tren levanta nubes de polvo. Advertimos que la velocidad implica un olor agregado. Es el olor de los frenos de fierro del tren rozando fuerte con la superficie rodante de las ruedas. Su presencia es tan fuerte que es mejor cerrar la ventanilla. Cuando alcanza el plan, surgen por el lado derecho enormes plantaciones de olivos. Los olivares están ordenados en largas hileras. Uno comienza a contarlas: una, dos, tres, cuatro… infinitas…

CRUCE DE TRENES EN COELEMU

En Coelemu, un par de minutos antes de nuestra llegada, el jefe de estación hace sonar la campana que anuncia el arribo inminente del tren. Detención en Coelemu. Ahora sí, medio pasaje del tren  desciende. La locomotora toma  agua nuevamente. En ese momento, otro tren de pasajeros entra en el ámbito de la estación. Es el ramal que viaja en sentido contrario, el que viene de Chillán hacia Concepción. O sea, cruce de ramales en Coelemu. Los pasajeros nos miramos desde la ventas por si viaja algún conocido.  ¡Hola, qué tal, tanto tiempo, saludos! Hay un comercio ambulante local. Vendedores ofrecen frutas a los viajeros. Y desde la ventanilla del tren revendedores muestran ristras de pescado y mariscos. Hay transacciones por ambos lados. El conductor del convoy hace sonar su silbato, seguido de un pitazo de la locomotora y el viaje prosigue. Son pasadas las 10:30 horas. Ahora la marcha es más veloz porque el tendido está al nivel del río Itata. Comienzan a aparecer en la escena interminables viñedos. El tren levanta polvo en su carrera debido al suelo arenoso junto a los rieles. Detención muy breve, en un paradero llamado Magdalena.
 
MÁS CERVEZAS A BORDO


La ex estación de Ñipas en la actualidad.
Un viaje Alameda-Chillán hoy en día (enero de 2015) visto desde
la locomotora. Imagen captada al sur de San Javier con mi I-Phone.

Como los vendedores de bebidas y galletas se surtieron de nuevo en el coche equipaje, vuelven a la carga por los pasillos ofreciendo refrescos y cervezas. Las viñas se hacen más extensas a la vista en el gran valle junto al río. Pasadas las 11 de la mañana el tren para en Ñipas. Recarga de agua. Sigue el viaje. Unos tres kilómetros al norte, parada en el Centro. Nueva salida, ahora para Nueva Aldea. Detención muy corta en este poblado. Cruce del puente sobre el Itata, nuevo paradero en Confluencia. Ya son las 11:30.  Ahora el trazado ferroviario tiene una suave pendiente luego de dejar la orilla del Itata. Parada en Quinchamalí. Vendedores alfareros caminan por los andenes ofreciendo trabajos artesanales en greda de color negro. Algunos viajeros compran pailas y chanchitos alcancías. El chillanejo sale raudo hacia su próxima parada: Colliguay. El reloj sigue avanzando son casi las 12. Después de Colliguay, parada en Rucapequén. En este punto la línea ensambla con el tendido del ferrocarril central. Ahora la trompa de la máquina apunta directamente hacia el norte. A toda marcha, el tren avanza hasta  llegar a Nebuco.

La línea central vista en una estación.
     DIRECTO A LA ESTACIÓN
DE CHILLÁN
 Algunos pasajeros bajan aquí y nadie sube. La línea en este tramo es  más importante que el ramal, se nota que hay más infraestructura en la estación. Otras locomotoras están operando con vagones cargados de envases de vino. El chillanejo sale de Nebuco rumbo al paradero José Almarza. Luego de cruzar el puente de acero sobre el río Chillán y avanzar cuatro kilómetros detención en Almarza, muy breve. Salida, ahora sí, rumbo a Chillán. Son casi las 12:40. Chirreando, echando vapor y haciendo repicar su campana, la máquina entra paralela a los andenes de la pintoresca estación de Chillán. El viaje termina, gran tumulto en el recinto ferroviario chillanejo. Afuera autos  y carretones tirados por caballos compiten para fletar cargas y pasajeros. Hay música chilena en la estación. Ya vacío de personas, el tren se desplaza a una zona de espera y de mantenimiento.


Fiesta en el coche del chillanejo. En la imagen,
alegra el viaje, el artista pencón Raúl Oliveros.
Nosotros, como lo había señalado al comienzo nos vamos a almorzar al mercado, después un recorrido por la feria y de vuelta a la estación. Porque luego, a las cinco de la tarde comienza el viaje de regreso a Penco en el ramal. Y ése es otro cuento.
La estación de Chillán, salida del Terra Sur a Santiago, enero de 2015.
 

8 comments:

Mia Lindi said...

Bello texto que te lleva de mente y corazón a esos lugares. Viejos tiempos que ya no volveran, lástima que las cuatro ruedas signifiquen más lucro para los empresarios y que una empresa pública como Efe sucumbiera ante malas administraciones.

Enrique de Penco said...

Gran relato. Recordé cuando viajaba de niño a Colliguay a puro comer cerezas.
La foto de don Raúl tocando en el tren es MAGNIFICA!!!
Saludos
Enrique de Penco
www.facebook.com/evalderrama

Richard Romero said...

Excelente relato, me hace viajar en el tiempo y recordar mi niñez cuando viajabamos en tren de chillán a Dichato, extrañé que no mencionaras los gritos instantáneos de la gente cuando el tren entraba a la oscuridad de cada túnel.
Saludos!

Sheppie said...

¡Maravilloso relato! Qué suerte y hermosos recuerdos deben tener quienes tuvieron ese lujo de haber viajado por este ramal y tantos otros que hubieron en la intrincada red ferroviaria de Chile.
Qué bueno que en Penco hayan decidido no sacar el letrero de su estación, es un recuerdo tan importante que conservar. Yo me sorprendí gratamente al descubrirlo cuando estuve en Penco.
¡Un abrazo!

Tuga said...

En los años '70s mi familia vivía en Concepción. Mis abuelos en Rancagua, practicamente al lado de la estación de ferrocarriles, por lo que era muy natural usar este medio de transporte cuando los visitabamos. De regreso a Concepción nos bajamos en Chillan y hacíamos transbordo al tren que salía un par de horas más tarde y que recorría este ramal.

Siempre recordamos con mucha emoción cada vez que hicimos este viaje. Los gritos de la gente cada vez que entrabamos a un tunel y la punta de los cigarros brillando en la oscuridad.

Algún día debiera volver todo esto.

Veronica yañez said...

Hola Soy Luis de Concepción , Te dire que fueron mas de 30 año vieajando en tren de conce estacion central a huarilihue por todo el que era un lindo ramal , recuerdo perfectamente todas la estaciones playas y campos de esos muchos viajes en el tren que le llamavan el ordinario en la radio ines de suares, realmente un maravilloso recuerdo . Tengo dos exelentes fotos originales , la que foto Mi viejito en los 80´s , Hoy descansa en Paz, Saludos Cordiales Luis

Ignacio Andrés Castro said...

¡Hola!

Quisiera felicitarte por este magnífico relato. Tengo 19 años, Soy estudiante de periodismo de la Universidad de Chile y ahora me encuentro recabando información en específico de la Estación Ñipas, de la que existe muy poca documentación y que fue, sin duda alguna, un tremendo aporte para el desarrollo del poblado (en el cual viví hasta el año pasado).
La verdad es que, como no viví aquellas épocas, leer esto me logró transportar a una realidad que me hubiese encantado conocer.

Para efectos de consultar y recabar datos acerca del trayecto (y el paso por Ñipas) me gustaría consultarte en algún momento. No quisiera que un patrimonio tan importante como la estación que, milagrosamente, aún existe en mi pueblo, desapareciera sin dejar rastros de la gloria que vivió.

Saludos cordiales, estimado y ¡mucho éxito!
-Ignacio Andrés

Boris said...

Una joya de relato.
Me trajo recuerdos cuando viajaba a Chillán desde Tomé a la U de C.
Fueronn4años de viajes 1973 a 1976.
Gracias.