Thursday, January 02, 2014

LO VI Y LO ESCUCHÉ EN PRIMER AGUA


NO RESFRIARSE EN VERANO


Una vez oí decir a un campesino que residía en los campos cercanos a Primer Agua una advertencia fundada, seguramente, en su propia experiencia y que curiosamente tiene valor transversal, incluso hoy. Cuidado con el verano, decía el hombre a quienes lo escuchaban. Y a continuación agregaba que "si después del almuerzo usted quiere dormir una siesta, nunca lo haga debajo de un pino". ¿Y por qué preguntó uno de los que lo escuchaban y que realmente le estaba prestando atención? El narrador no se detuvo a responder, sino que siguió su cuento: "Elija otro árbol para descansar bajo la sombra y capear el calor. Si tiene la mala idea de dormirse bajo un pino de seguro va a despertar resfriado".
Esta advertencia puede tener una explicación y es que el pino es un árbol de follaje muy espeso y el color de sus hojas es verde oscuro. Esto significa que sus hojas con forma de largas agujas absorben gran cantidad de energía. Por tal motivo la sombra de un pino puede ser más fresca que el promedio de la que prodigan otras especies. De este modo el campesino a quien oí la historia tendría razón, si al frío que emana de la sombra de un pino sumamos el enfriamiento natural del cuerpo durante el sueño no sería extraño cogerse un soberano resfrío aún en una somnolienta tarde de 30 grados de temperatura bajo el sol veraniego.

EL CUENTO DE LAS LUMINARIAS

Por algún motivo de fiesta, sin duda, a la medianoche del 31 de diciembre, jóvenes campesinos de Primer Agua y Los Barones, con buenas dosis de vino pipeño en el cuerpo, armaban castillos de leñas en las lomas despejadas y les allegan fuego, para formar enormes piras que duraban un par de minutos encendidas a toda llama. Por eso a las 12 de la noche, cuando empezaban los abrazos, las gigantescas hogueras se veían de una loma a otra. Afortunadamente los campesinos se preocupan al final de controlar y extinguir el fuego evitando así el desastre de un incendio forestal. Esta costumbre fue llevada después a Penco y algunos enfiestados encendían estas llamadas luminarias en algunas calles penconas. (Ojalá, ya no.)

EL ORGULLO ULTRAJADO

La casa de mis amigos estaba situada a campo traviesa dos kilómetros al norte de Primer Agua, camino a la localidad de Rafael. Ellos habían comprado una escopeta de carga de segunda o tercera mano. Era un arma hechiza. Y lo único que querían era probarla. Los hombres jóvenes salieron al patio para cargar la escopeta no sin temor. Echaron una cantidad de pólvora mayor que la recomendable, agregaron las esferitas de plomo o munición también en cantidad por arriba del máximo y en la parte donde golpea el martillo, encajaron la estrella o fulminante. Había gran expectación por el primer cañonazo de la escopeta vieja recién comprada. Pero, nadie se atrevió a sostener el arma, apuntarla y accionar el gatillo. ¿Qué hacer? Entonces observé que mis amigos comenzaron a buscar un “valiente” entre los niños que mirábamos toda la escena. A mis trece años me ofrecí para disparar. Los muchachones me miraron y me pasaron el arma cargada. La sostuve con fuerza. Y en eso otro niño de mi edad, pero residente de Primer Agua dio un paso al frente y dijo que el primero quería ser él. Como yo era visitante, ellos optaron con mi competidor. Antes que yo pudiera protestar, me quitaron la escopeta y se la entregaron al otro muchacho. Y le dijeron que caminera en dirección a un árbol y que apuntara hacia el follaje. Le dijeron cómo tenía que echarse el arma al hombro y cómo disparar. El niño siguió las instrucciones de los “valientes” mayores. Todos nos arrojamos al suelo para presenciar con seguridad el tiro inicial. Silencio, emoción.
El niño jaló el gatillo y ¡cataplum!

Imagen referencial tomada de internet.
El cañonazo ensordecedor retumbó en los confines de los cerros cercanos. Se produjo una nube negra casi al unísono con la explosión. Varios ganchos del árbol se vinieron al suelo, mientras el pequeños artillero rodaba en medio de una polvareda. El arma lo golpeó en el pecho, en la cara y en el hombro y lo lanzó de espaldas por los aires. Se golpeó la cabeza, estaba mudo y le corrían  las lágrima de dolor. Los “valientes” corrieron a prestarle ayuda. Y el dueño de la escopeta fue a recoger su arma caliente por la explosión y llena de tierra. Estaba inservible. La sobrecarga de pólvora y munición destrozó el cañón el que quedó abierto como una  rosa retorcida. “Parece una mata de apio”, dijo el dueño no sin rabia por haber despilfarrado su inversión de esa forma tan poco digna, sin honor y sin orgullo. 


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