Wednesday, May 07, 2014

POR LA FORMA DE HABLAR, SANTIAGUINOS Y PENCONES SE AGARRAN DE LAS MECHAS

Cerro Verde, escenario de la historia de una
"santiaguina" frustrada.
 Los pencones miran a los santiaguinos con un poquito de recelo. Les molesta su forma de hablar. Porque lo dicen todo tan rápido, se atropellan para expresar un par de ideas. Les cambian totalmente el sonido de algunas letras: la ele la transforman en ere y dicen: “argo” en vez de “algo” o “farta” en lugar de “falta”. O al revés, la ere en ele. Por ejemplo: “salil” en lugar de “salir”. Otras veces inhiben letras: dicen “arreilar” en vez de “arreglar”. Son algunos ejemplos de pronunciación que los pencones no perdonan. Del otro lado, cómo ven los santiaguinos a los pencones (y los penquistas). Dicen que hablan demasiado pausado y cantadito. Un santiaguino sabe de inmediato la procedencia de un interlocutor recién llegado del sur porque le adivina la música y el uso de algunas palabras. “Gánese por ahí”, dice algún pencón o penquista para significar “párese ahí”, “ubíquese ahí”. Eso, un santiaguino no lo perdona.
A los pencones les causa risa cuando un santiaguino dice “Tchile” por Chile. Consideran que anteponer una te fuerte antes de la ch es quebrarse, es una afectación. Un Santiaguino se sonríe con sarcasmo cuando un pencón dice “Sshile” por Chile.
Las diferencias se notan en las tallas que surgen de uno y otro bando porque un pencón hablando en Santiago se reconoce de lejos y un santiaguino hablando en Penco salta a la vista de inmediato. Estas faltas de coincidencias en el estilo de hablar y de decir las cosas son beneficiosas para la identidad de cada uno. La sonrisa irónica de los pencones frente a los santiaguinos y la mirada sobradora de estos últimos con respecto a los primeros marcan identidades, lo que es bueno. Así los pencones estarán siempre orgullosos de su hablar.
Siendo niño recuerdo de una situación que a este respecto se planteó en Cerro Verde. Una mujer joven del vecindario se fue a Santiago a trabajar, con el fin de establecerse en la capital. Sus familiares la fueron a despedir y cuando regresaron dijeron estar muy orgullosos, que alguien de la familia se iba lejos. No pasaron cinco semanas y la mujer regresó para reinstalarse en Cerro Verde. O no le fue bien o no le gustó Santiago y se vino de regreso a casa. Dicen –y este era el comidillo entre los vecinos—que había llegado muy cambiada, muy santiaguina. Y entre risas decían que ahora no conocía los patos. Y que en una ocasión preguntó en voz alta hablando con inconfundible acento capitalino que ella había aprendido a imitar muy bien. Toda quebrada, dijo lo siguiente: : “¿cómo se llaman ese pájaros que comen afrechillo con paletas?” La chanza se viralizó en Cerro Verde y la vecina en cuestión pronto debió reinsertarse en la cultura local cerroverdina para evitarse más burlas.  

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