Wednesday, September 10, 2014

MI NEGOCIO DE LOS VOLANTINES FUE UNA SORPRESA


Imagen: Tierra Adentro.
Un día cualquiera se me ocurrió hacer volantines. Disponía de un hato de varillas de caña de azúcar, que en esos años abundaba en Penco porque llegaban en los barcos que traían la materia prima para la refinería. La caña de azúcar tenía la elasticidad del acero y presentaba gran dureza. No había nada mejor para fabricar estos papelotes. Los sustitutos: las varillas de cañaveral servían poco.
Bastaba tener varios pliegos de papel colores, recortarlos y combinarlos para conseguir una superficie artísticamente interesante. Un tarro con cola caliente constituía el elemento final. Debido a que encumbrar era una fiesta y una destreza, me puse a fabricar varios volantines, unos cuatro o cinco. Así tendría material de repuesto para una tarde de viento en Penco al final del invierno. Puse un volantín en la ventana de mi casa y cuál no sería mi sorpresa que al día siguiente rápidamente aparecieron compradores. (Y vender, no era el propósito). Pero, la insistencia de mis pequeños amigos me convenció y los vendí. Después vinieron a preguntar por más. O sea, me puse a fabricar “con fines industriales”.  No fue mucho, pero gané algunos pesos.
Para los practicantes del juego del volantín había varias categorías que tal vez hoy hayan cambiado. Pero, veamos cómo era la cosa entonces:
El pavo, era el volantín de mayor superficie; podían superar el metro cuadrado. Enormes, se encumbraban  con mucha facilidad. Si bien grandes, los pavos hacían honor a su nombre: tenían poca gracia aérea. Permanecían quietos en el cielo, inmutables. Su único movimiento era acercarse o alejarse según el hilo que le administrara el encumbrador.
El volantín propiamente tal. Sin duda, la estrella de este juego aéreo con los pies en la tierra. Podían medir 40X40 cm. Si estaba construido de caña de azúcar podía brindar grandes alegrías por sus piruetas y charrasqueos. La inestabilidad del volantín en el aire lo hacía más entretenido aún porque exigía mucha concentración y movimiento para estabilizarlo. Controlar un volantín arisco bajo fuerte viento significaba maniobrar con mucha habilidad y entrenamiento porque se comportaban como caza-bombarderos multicolores. Un truco para domar un volantín era agregarle cola y aretes. De ese modo se quedaban algo más quietos danzando en las alturas.
La ñecla. Así se llamaba a la versión infantil de un volantín. Nunca más de 15X15 cm. En lugar de arcos de caña de azúcar, se las fabricaba con la fibra amarilla de las escobas. Aparte de su pequeñez, no lograban las hazañas de un volantín. La palabra ñecla se usaba también para significar debilidad, inconsistencia.
La cambucha. Quienes no tenían dinero para comprarse un volantín o carecían de elementos para hacerlos podían conformarse con estos chonchones invertebrados, porque no usaban estructuras. Se las fabricaba con una hoja de cuaderno convenientemente doblada, ¡y a volar! Las cambuchas eran divertidas pero estaban lejos de constituir motivo de orgullo. Encumbrar una era más bien una humorada que una acción para envanecerse.
Mi éxito comercial con los volantines tuvo un punto culminante un día que encumbraba en la playa. Estaba yo manejando las piruetas de mi volantín cuando se me acercó un muchacho algo menor que yo.  Y me habló en voz baja: te compro el volantín. Le dije: espera a que lo baje. Me dijo: no, lo quiero en el aire. ¿Pero y el hilo?, le pregunté. Lo quiero con hilo, me dijo con determinación. Lo miré y me enseñó un billete. Se lo entregué y me fui feliz con mis lucas. Cuando cruzaba la línea de regreso a casa  miré hacia la playa, allí estaba el muchacho jugando con su volantín. Negocio redondo. ¿Mi cliente? Un niño poco conocido entonces, apodado El Facha.

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