Thursday, November 06, 2014

EL YO-YÓ DESPLAZÓ AL TROMPO EN PENCO Y SE CONVIRTIÓ EN UN MITO


A la izquierda, un moderno yo-yó Russell. La derecha un plato griego del 500 AC muestra a un niño jugando al yo-yó.
Hay testimonios que confirman que el juego del yo-yo se practicaba en la Grecia antigua, en los tiempos de Sócrates. Existen otros registros que también sitúan al yo-yó en China en años remotos. Pues bien, baste decir que en los sesenta (1960) este juego curioso entró con furia en Penco, de la mano de Coca Cola. Todos queríamos tener un yo-yó de la marca Russell, por su cuerpo, su consistencia, su peso y su soga firme de algodón. En Penco el yo-yó rivalizó con el  trompo y lo desplazó. ¿Sus ventajas?: más limpio, más refinado y se podía jugar al yo-yo en cualquier parte, no requería de suelo de tierra ni que su púa de hierro estuviera suave como una pluma. El yo-yó no tenía clavos y daba categoría aunque su principio haya sido el mismo: bailaba al compás de una soga tensa y para volver a moverse había que enrollarlo, casi de la misma forma como había que hacerlo con un trompo que necesitaba de una soguilla. El yo-yó lanzado con fuerza y con técnica zumbaba como un trompo. Y además volvía mansamente a las manos del amo, a diferencia del trompo que había que ir a buscarlo al suelo si es que el jugador no tenía la habilidad de hacerlo bailar directamente en la mano. Nadie se ensuciaba jugando al yo-yó, en cambio con el trompo sí. Había que lavarse las manos.
Un chino --¡quién otro!-- haciendo demostraciones exóticas y simultáneas con dos yo-yó. (Imagen de Internet).
Aunque ningún jugador de los que conocí era capaz de esas destrezas increíbles con el yo-yó, como las que se encuentran hoy en día en youtube, había muchachos dedicados que lograban hacer chorezas con el juego, por ejemplo: el columpio, el trapecio, el paseo del perrito, la vuelta al mundo, el dormilón, la cascada, la torre Eiffel, el platillo volador, etc. Los ¡oh! se escuchaban en las esquinas penconas donde algún adolescentes exhibía su manejo diestro del yo-yó entre su círculo de amigos.
Mientras los jóvenes se entretenían con este nuevo juego (pero súper antiguo, por lo demás), las niñas dejaban de jugar al luche para cambiarse al recién llegado hula-hoop o hula-hula. Fue una lástima, porque el luche podía practicarse en parejas sin importar el sexo; contenía el reto de la precisión en los saltos sin pisar las líneas demarcadas. El competidor era penalizado si pisaba (quemaba) esas líneas. Sin embargo, la ventaja de hula-hoop (sin la larga historia del yo-yó) fue que los saltos del luche fueron reemplazados por el movimiento del cuerpo en un solo punto. El juego consistía en quién duraba más tiempo ondulando el hula-hoop en torno a la cintura. Dicen que era una buena gimnasia. Una competencia de hula-hoop entre niñas era un regalo para los ojos del espectador.
¿Una modelo bailando hula-hula en la playa de Penco? No, la imagen fue compuesta con Photoshop.
Sobre el yo-yó existen dos mitos: uno que se trata de un juego malévolo que no se debe practicar. Y la segunda leyenda, de la que mucho se habló en Penco entre los jugadores, era  que en China en tiempos muy remotos se utilizó el yo-yo como un arma de defensa personal. Respecto de esto último  no hay evidencias. Pero, igual en Penco se armaban las historias fantasiosas. Una de ellas, que fulano usó su yo-yó Russell como un látigo para golpear y dejar fuera de combate a un curado molestoso en plena calle. ¿Pudo ocurrir? Mmmm.

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