Thursday, May 14, 2015

EL SUEÑO DE CASI TODOS ERA CONDUCIR UN TREN

Esta era la visión del maquinista de tren desde su puesto de conducción.
          Este texto no pretende ser nostálgico. Los trenes de antaño no existen, quedaron archivados en la historia. Aquí sólo queremos testimoniar cómo veíamos al personal ferroviario a bordo de los trenes. Intentamos no olvidar cómo lo vimos tantas veces viajando de Penco a Lirquén, Tomé o Chillán en esos vagones viejos. Fue lo que observamos como usuarios, no sabemos qué otros problemas o satisfacciones tuvieron los trabajadores del servicio. Pero, lo curioso era que casi todos los niños de Penco queríamos ser maquinistas porque viajar en tren era encantador y conducir la locomotora debía ser aún más.
El porta-testimonios en la estación, herramienta clave para dar seguridad en el derecho a vía de los trenes.
          En los tiempos de las máquinas a vapor para operar un tren de pasajeros se requerían cinco personas: el conductor y su asistente, el responsable del carro de equipajes, el maquinista y el fogonero. La pega más dura se la llevaban estos dos últimos.
En cada estación el maquinista bajaba a aceitar las bielas de la máquina.

          El conductor tenía que velar por la seguridad del servicio y controlar que los viajeros hubieran pagado sus pasajes. Revisaba boletos y los marcaba. Cuando los trenes tenían muchos carros el trabajo lo dividía con su ayudante. Iniciaban el control desde los dos extremos del tren. En cada estación era el conductor el que daba el ¡vamos! con su clásico pitazo de árbitro de fútbol. Y el tren de ponía en marcha de nuevo, rumbo a su próximo destino.
          El encargado del carro de equipajes era como el bodeguero. El vagón con las encomiendas iba pegado con la locomotora. Contenía los bultos despachados a distintos lugares por clientes que usaban este servicio de encargos del tren. Su labor consistía en cargar y descargas los paquetes, cajones, bolsas y sacos cuyo transporte había sido pagado en origen. Sólo tenía que ir atento en qué estación debía bajar tal o cual bártulo.
Una gráfica de época muestra a maquinista y fogonero en una locomotora a vapor.

          El trabajo duro era el de los hombres dentro del habitáculo de la locomotora. El maquinista tenía que cuidar de la velocidad del tren, estar atento a que la vía estuviera despejada. Si consideramos que su opción de mirar hacia adelante no era buena, porque tenía una visión lateral, conducir el tren era complicado. Imaginemos la visibilidad cero cuando ingresaba en un túnel largo o con curvas. Él debía aplicar los frenos, acelerar la marcha, ir atento a la señalética, hacer sonar los silbatos, accionar la campana cuando el tren ingresaba a la estación, recoger ahí el testimonio que le daba vía libre, etc. Y cuando el convoy estaba detenido, tenía que bajar con herramientas y alcuza. Siempre había un perno que apretar, aceitar las bielas. O sea, este hombre no tenía descanso.
Pasajeros en un vagón de primera clase. Nótese los asientos forrados en cuero y las cortinas en las ventanas.

          La otra tarea durísima era la del fogonero. Se requería de mucho físico y musculatura. Armado de una pala de acero, la responsabilidad de este trabajador era alimentar la caldera de la locomotora, echarle carbón todo el rato. Tenía que recoger la palada de carbón de la carbonera, girar en 180 grados y arrojar el combustible sólido al fuego. Así una y otra vez.  Esta función no podía detenerse porque con poco calor la máquina perdía fuerza. Era tal la exigencia de esta labor que el fogonero viajaba siempre con el torso desnudo así lloviera o la temperatura ambiente estuviera en el cero. Como se secaba la transpiración frecuentemente su cara estaba sucia con el carboncillo. En determinadas estaciones tenía otra tarea pesada: cargar los estanques con agua. Debía mover una enorme llave del ducto de suministro y dejar caer el agua. A veces la presión era tan grande que el hombre se mojaba entero. Y de ahí pasando sobre el carbón de la carbonera ir a su puesto, inclinarse, agarrar la pala de fierro y echarle carbón a la caldera. Debió ser un trabajo para enfermarse…

          Entre tanto, los pasajeros de primera clase tomaban desayuno o cenaban agradablemente en el coche comedor. Ni se imaginaban el drama y la responsabilidad arriba de la locomotora.
Los trenes de viajes largos: Conce-Stgo. o Stgo.- P.Montt incluían el servicio de coche comedor.


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