Friday, June 19, 2015

ALGUNA VEZ PENCO ESTUVO LLENO DE ANTENAS DE RADIO

Típico receptor de radio analógico, a tubos y en amplitud modulada, de comienzo de los años cincuenta.

Escuchar radio era lo máximo de la cultura popular. Pero, para oír bien se necesitaba de buenos receptores de radio. Y muchas veces esa sola condición tampoco era suficiente. Se requería de una antena exterior para captar las emisiones con mayor claridad. Los equipos domésticos a tubos no tenían la capacidad suficiente para percibir las ondas portadoras, reproducían señal y ruido al mismo tiempo. Muchas veces la oreja y el cerebro tenían que “limpiar” el ruido acoplado a las señales. Esas interferencias sonaban como silbidos graves y agudos, otras veces como una chancadora de piedras, otras como roncos resoplidos de alguna bestia. Así oír las noticias significaba, por ejemplo, aceptar la presencia de estos ingredientes indeseados; por eso se necesitaba una buena antena para atenuarlos y limpiar la señal.
La gente compraba sus receptores de radio, los ubicaba en un lugar estratégico de sus casas y se ponían inmediato en campaña para instalar una antena. En ese tiempo, de la era pre-TV, se recomendaban las antenas tipo de Marconi. Había que contar con un alambre de cobre y un par de aisladores tipo huevos para cada uno de los extremos. El alambre se colgaba desde dos mástiles altos; era por tanto necesario ir al cerro y cortar dos eucaliptos jóvenes para obtener las pértigas o soportes donde amarrar la antena. El alambre elevado y tensado se unía a una conexión directa a la radio. Se recomendaba una bajada a tierra por si caía un rayo durante algún temporal, frecuentes en la ciudad. Las antenas Marconi estaban por todas partes en Penco, parecían tendederos de ropa pero demasiado altos para ese otro fin. Había también una soterrada competencia: quién tenía la antena más alta y más larga...
Imagen obtenida de Internet.
Cuando todo estaba tiqui-taca, se prendía la radio. Expectación de todos los miembros de la familia. Una vez en “on”, se requería a lo menos dos minutos para que el equipo se calentara y comenzara a recibir señales. Para eso estaba el dial que había que recorrerlo de extremo a extremo hasta sintonizar bien la señal de interés. La recepción mejoraba notablemente en las noches despejadas y quietas; entonces entraban como “cañón” emisiones de más lejos, por ejemplo en Penco se podían oír radioemisoras de Santiago (¡qué emoción!): radio Minería, Nuevo Mundo, Corporación, Portales… Pero, salía el sol al día siguiente y nos quedábamos con las emisoras locales: El Sur, Cóndor, Araucanía…
Comprar y tener un radio en aquellos años era una función, desde encender el receptor hasta sintonizar con el menor ruido posible, pasando por la fregatina de conseguir los palos para elevar una antena adecuada…

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