Tuesday, November 10, 2015

UNA PATA DE PALO SOLUCIONÓ EL PROBLEMA DE UN LISIADO EN CERRO VERDE

El acceso sur de Cerro Verde que conecta con Penco.
Ese vecino de Cerro Verde debió tener una vida llena de problemas, por el hecho de haber perdido una pierna, en alguna circunstancia que nadie quería preguntar ni comentar. Pero, él no se complicaba. Esta limitación no alteraba su talante, no se le veía deprimido, porque el hombre tenía temple. Caminaba apoyado en una prótesis de madera que se la debió confeccionar él mismo. Por tanto, su pata de palo era singular, hechiza, sin copia en ninguna tienda de prótesis para lisiados. Era un hombre de un metro sesenta y cinco, ancho de espaldas y actitud resuelta. Usaba sombrero. Era habitual verlo caminar por la línea del tren entre Penco y Cerro Verde. 

Usted, estimado lector, dirá y qué tiene de extraño eso de usar una pata de palo. Es que la prótesis  tenía el aspecto de un cono invertido. Donde el diámetro era mayor descansaba el muñón sobre un cojín circular. Por los lados se proyectaban dos tablas hacia arriba algunos centímetros que eran parte de la estructura de la pata. De ese modo, el usuario amarraba su prótesis en torno al muslo. Sin embargo, corría el riesgo de estrangulamiento de la pierna si usaba cordones cilíndricos. Para prevenir eso, se valía de una correa de cuero crudo, que la gente del campo llama coyunda, de esas con que se enyugan los bueyes. La parte con diámetro menor incluía un regatón de goma. Su pata lucía brillante de color café porque seguramente le añadía pasta de zapatos. Se esmeraba este señor el lucir bien presentado, aunque la gente que lo miraba pasar, se imaginaba el  peso de esa prótesis de madera sólida con la apariencia de un tronco en el segmento superior.

Lo otro novedoso de esta persona era que llevaba la pierna respectiva de su pantalón arremangada, de manera que la prótesis permanecía expuesta, a la vista, al punto que nos ha permitido entregar detalles en este relato. Algunas personas con las que alguna vez hablamos sobre este personaje, nos comentaban que si bien la pata era pesada según la apariencia, la coyunda no bastaba para mantenerla pegada al muñón sin que se le cayera por gravedad. Así las cosas, nuestro caballero, me decían, debió tener un terciado que lo usaba debajo de la camisa a modo de suspensor. Sin embargo, la prótesis más bien parecía pesada, tal vez no lo era tanto porque su fabricante se las ingenió vaciando el centro y dejando todo el entorno con tablas delgadas, a modo de barrica. 

Allí iba caminando –decíamos--, sin la ayuda de nadie, con su terno azul claro con una pierna arremangada y un sombrero echado hacia atrás que no ocultaba su rostro de tez blanca y aquella amplia sonrisa. Eran los años cincuenta, tiempos en que la pobreza le negaba a los lisiados de la comuna acceder a prótesis técnicamente adecuadas.

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