Sunday, January 24, 2016

TRABAJADORES DE PENCO ANSIABAN AUMENTAR SUS CONOCIMIENTOS TEMEROSOS DE LA ROBOTIZACIÓN



Calle El Roble con Cochrane en Penco.
Los obreros de Penco tenían sed de conocimiento. Quizá porque muchos provenían de los campos de los alrededores, un entorno social empobrecido y cargado de analfabetismo. Incorporados a las industrias, comprendían que necesitaban saber; de allí su inquietud por capacitarse. Por eso, algunos seguían cursillos por correspondencia. Recibían sobres con la materia que les interesaba: la electricidad, la mecánica, algún otro oficio, etc. Pero, necesitaban algo más, una mejor base en castellano, dominar las cuatro operaciones fundamentales de matemáticas, entender el arte, la música, comprender mejor la historia de Chile…
Los dirigentes sindicales buscaban fórmulas para atender a estas necesidades y las planteaban ante las gerencias. Este asunto estaba presente en el pueblo de entonces y era tema de conversación en las casas. Porque la gente temía al reemplazo de la mano de obra por los sistemas mecanizados y robotizados de los que ya se comenzaba a hablar por todas partes y que se anunciaba como una amenaza. “Es injusto que nos saquen del trabajo y ahí pongan máquinas. Eso es muy malo”, le oí decir una vez a Tito Gajardo, obrero de la loza. Por eso era urgente recuperar el tiempo perdido y capacitarse tanto para competir por nuevos puestos de trabajo, como para estar preparados en cultura general. La aspiración por el conocimiento existía.
El laboratorio químico de Fanaloza en 1954, aprox. Foto cedida por el señor Juan Arroyo.
Algo así era el perfil cultural pencón de esos tiempos. Cito un ejemplo. Un obrero amigo me pidió que lo ayudara a postular a un cursillo para estudiar electricidad por correspondencia. Lo hice. Pero, mi ayuda no terminó ahí porque debí continuar con él leyendo y comentando juntos los textos que le llegaban de Santiago, de modo que me introduje sin proponérmelo en el campo de la electricidad. Después lo ayudé a interpretar correctamente las preguntas del examen. Las respuestas las daba él. Fue así que en una oportunidad me involucré en una conversación sobre el tema con mi amigo y otro obrero de Fanaloza, que ya había obtenido el diploma. Recuerdo que su apellido era Chandía y que vivía en el barrio de Playa Negra. El señor Chandía gozaba de reputación entre sus pares por su saber y su cultura, un tipo amigo de las letras y de la técnica. Este trabajador le dio un consejo. En el acto comprendí que lo expresó para que también lo meditara yo. “Mira para ser un electricista completo, tienes que conocer y dominar la ley de Ohm”. Se lo oí clarito mientras estábamos sentados al comedor de su modesta casa. 
Georg Simon Ohm, físico alemán,
descubridor de la llamada  ley de
Ohm en electricidad. (Wikipedia).
Cuando regresamos con mi amigo obrero nos fuimos conversando, admirados e impresionados por los conocimientos de Chandía, quien parecía un ingeniero. Nos había dejado pillos. A partir de ese momento la tarea consistía en compenetrarnos en la ley de Ohm. Mucho tiempo después comprobé que no era una cuestión tan compleja, pero el problema que nos planteó Chandía tenía que ver con ecuaciones y entonces no teníamos idea de cómo resolver una igualdad algebraica… Tales eran las inquietudes que se manifestaban entre los obreros de Penco ansiosos de saber más. Soluciones académicas del más variado tipo llegarían más tarde pero el tiempo jugaba en contra de mi amigo trabajador quien no alcanzó a recuperar estudios de un modo formal como era su sueño.    

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