Sunday, January 17, 2016

LAS SENSACIONES NATURALES QUE PENCO DESPIERTA EN LOS VISITANTES

Trabajos de remodelación urbana en Penco.
Cuando el avión está muy próximo a llegar a Carriel Sur y si es de tarde, poco después de la puesta de sol, a través de la ventanilla se ve el suelo verde botella sembrado de luces… ¡es Penco! Se alcanzan a divisar decenas de vehículos circulando por las distintas calles y destaca el largo muelle con su inconfundible línea recta de ordenados faroles encendidos contra el fondo oscuro del mar. Sabemos que en sólo un par de minutos nuestra aeronave se posará en la pista apenas unos kilómetros más allá de la isla Rocuant. Tan pronto abandonamos el terminal aéreo en menos de veinte minutos llegaremos a nuestra ciudad ésa misma que vimos felices desde el aire. 
Si por en contrario, desde Santiago hubiéramos viajado en bus o en el automóvil, pasado el peaje de Agua Amarilla se aprecia el borde costero de Penco cuando la ruta del Itata se inclina fuerte por la pendiente del cerro Copucho a unos tres mil metros del empalme de la población Desiderio Guzmán. 
Si llegas de amanecida y desciendes del vehículo ahí en la plaza el impacto sensorial es inmediato. Una brisa que baja de los cerros inunda las narices con un suave pero perceptible olor a pinos y resina. Si en otra circunstancia llegas en medio de una llovizna persistente, te recibe ese aroma a tierra mojada. Si, por otro lado la situación fuera distinta, digamos cerca de la medianoche, al bajar del automóvil o del bus el pecho se llena de aire fresco con esa fragancia salina tan clásica del mar. Y en el silencio oscuro, el rumor de las olas rompiendo en la playa se deja oír a menos de dos cuadras de distancia. 
Ésas son las primeras sensaciones que experimenta un afuerino al arribar a Penco. En cambio, para quienes tienen un pasado pencón, aquel recibimiento sensorial se traduce en evocaciones familiares que asoman de repente y que dibujan rostros, personas, amigos, conocidos, historias, amores, infancia. Es la rica emoción de sentirse en casa otra vez, después de mucho tiempo aunque la casa y sus moradores ya no estén.
En esta casa ubicada en O'Higgins al llegar a El Roble, vivió alguna vez en su infancia el autor de esta crónica.
 
En seguida, un recorrido a pie por las calles –en Penco no se requiere de un auto para ir de un lugar a otro— para ver y observar los cambios que impuso el tiempo, para decir aquí vivía tal o cual vecino, tal o cual familiar. Imagino sus sonrisas a través de los visillos de las ventanas viejas al pasar por ahí. Hay que responder ese saludo fantasmal con otra sonrisa y seguir caminando, golpeando con los tacos de los zapatos las baldosas de otros tiempos. Este ejercicio de recorrer las calles de Penco lo practica mucha gente que de vez en cuando viene de paso, muchos años después de haberlo dejado para acercarse a otras esperanzas. Qué alegrón más grande es encontrarse con Patricio Ramírez Merino haciendo sus trámites por ahí o ser recibido amablemente en la casa de la hermanas Riquelme. 
Al caer la tarde del verano, cuando el sol de enero sepone por detrás del cerro Bellavista y el viento suroeste peina las hojas de los árboles y riza el mar en la bahía nos damos cuenta que la caminata llegó a su fin en cualquier lugar. Aunque Penco sí ha cambiado con nuevas construcciones y más adelantos, el pueblo de entonces –la ciudad de hoy—conserva su carácter: esas  sensaciones evocadoras que despiertan las fragancias de los cerros entrelazadas con los salinos olores que afloran del mar.

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