Monday, February 22, 2016

CHASCARROS DE ESTIBADORES EN EL MUELLE ANTIGUO DE LIRQUÉN



En segundo plano, el muelle antiguo del puerto de Lirquén, al fondo las instalaciones modernas.
Los productos más variados han pasado por el puerto de Lirquén hacia los destinos más diversos. En algunas ocasiones se exportaba trigo a granel; en otras, ganado ovino. Las ovejas entraban balando en los espacios de los barcos destinados al transporte de animales. La cochambre dejaba mareados a los estibadores. Por años se importó a través de Lirquén azúcar cruda para su refinación en Penco, después que quedara inhabilitado el muelle que la Refinería tenía al final de la calle Talcahuano. El producto proveniente del Perú y otros países venía ensacado. Durante mucho tiempo ingresaron los insumos fosfatados para la fabricación de fertilizantes en Cosaf.
Toda la extensión del muelle estaba hecha con gruesos tablones. Sobre ellos había dos pistas demarcadas para el tránsito de tractores de reducida envergadura, los que arrastraban los carros que llevaban los productos.
Desde afuera era posible distinguir algunas de las funciones básicas entre el personal que atendía el muelle. Estaban los tractoristas, aquellos que manejaban los vehículos de arrastre; estaban los estibadores que se valían de su fuerza física para cargar o descargar los productos ya fuera desde o hacia las bodegas de los buques. Había supervisores. Y estaban los marinos que efectuaban labores de fiscalización en forma aleatoria en el acceso al muelle. Era la presencia de los uniformados lo que desencadenaba una serie de situaciones, algunas de ellas muy divertidas.
Pocos trabajadores conocían una forma ilícita para sacar productos y llevarlos a casa. Dejemos en claro que era un número muy reducido. La mayoría no realizaba esta práctica. La más socorrida era la “chancha”, que consistía en envolver aquello que interesaba para robarlo. Una “chancha” era un paquete cilíndrico hecho con papel. El bulto alargado podía tener hasta unos 40 centímetros de largo. Y se podía esconder con alguna dificultad entre las ropas, en los bolsillos o en bolsos personales. Lo más importante era que “la chancha” no se notara. Y su contenido dependía de lo que se estuviera embarcando: trigo, azúcar, etc.
El problema se producía cuando había fiscalización en la puerta. Pero, seguramente, los trabajadores comprometidos tenían alguna forma de “hacer sonar alarmas” cuando los marinos se presentaban para revisar. En esa circunstancia no había otra opción que deshacerse lo más pronto posible de la “chancha” prolijamente envuelta y escondida. Nadie estaba dispuesto a perder su trabajo de ser sorprendido con algo tan insignificante.
Me cuentan que en una oportunidad la voz de alerta la dio un estibador a quien apodaban “el cuco”, un trabajador solterón, seco para decir garabatos. Cuando oyeron los improperios en voz alta algunos de los que venían más atrás botaron las “chanchas”. Los expertos sabían desembarazarse de esos paquetes. Me cuentan también que esa vez más de uno de esos bultos voló por encima de las barandas del muelle directo al mar. Sólo “el cuco” se lamentó lanzando epítetos después de salir a la calle de Lirquén. Era la primera vez que intentaba sacar una “chancha” y debió tirarla al agua, ésa que llevaba tan bien guardada en sus anchos pantalones que  ajustaba con una correa a la altura de las tetillas. Dicen que pasado el susto nunca más intentó de nuevo.

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