Tuesday, February 23, 2016

DON SANTOS DECÍA QUE NO QUERÍA PASAR POR SANTO

El mar visto desde Cerro Verde, villorrio donde ocurrieron estas anécdotas.
En mi reciente visita a Cerro Verde, un amigo me contó la historia de un minero de ahí de comienzo de los cincuenta (1950) que trabajaba en la mina de Lirquén y que no pasó inadvertida en el villorrio por las situaciones que protagonizó en la calle. El trabajador de estas anécdotas era lisiado, carecía de una extremidad inferior, por lo que en la pega realizaba labores de superficie. Usaba una prótesis de madera. Me dicen que se llamaba Santos y que el apodo de cajón que le tenían era “Santos pata de palo”. Aunque de personalidad común y afable, cuando bebía perdía compostura.
Me cuentan de dos situaciones que se pueden narrar porque se dieron en la vía pública. En más de una oportunidad bajo los efectos de la bebida se subió al torreón donde estaba el mástil de la bandera de la escuela 54 para imitar discursos como político en campaña. Por cierto que no había gente dispuesta a escucharlo pero igual lo observaban de lejos. Hablaba solo a todo volumen: “¡Campbell –habría dicho don Santos, algo irrespetuoso a pocos metros de la casa del ilustre profesor Eduardo Campbell--, tienes que ser el presidente de Cerro Verde!” Y caminaba de aquí para allá y viceversa dando fuertes golpes contra el cemento con su prótesis de madera. Y así proseguía diciendo otras tonteras. Me aseguran que sin duda el profesor Campbell al oírlo cufifo, se hacía el sordo y permanecía en la pieza más alejada del parlanchín hasta que aquel se iba. 
Afortunadamente, bebía a lo lejos. En otra ocasión, su señora tenía que ir a hacer diligencias a Penco. Como notó que el hombre andaba entonado, optó por salir escondida y se fue caminando por la calle central. Pero, don Santos la descubrió y la comenzó a seguir. Al percatarse ella que su marido venía detrás en esa condición, volvió para persuadirlo que mejor sería que regresara a la casa. Y el siguiente habría sido el diálogo, que algunos todavía  recuerdan de esos lejanos años:
ELLA: “Por favor, vuélvete, Santos”.
ÉL      : “¡Las h… que me vuelto santo!”

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