Tuesday, March 08, 2016

LOS OFICIOS QUE LOS NIÑOS ENCONTRABAN GLAMOROSOS EN PENCO


Una viña en el mes de abril cerca de Portezuelo.
Había oficios básicos que resultaban encantadores para los niños que miraban el futuro y se sentían en la libertad de escoger. ¿Cuál de ellos sería el que podría brindar más satisfacción? Nótese, la pregunta no se refería al que generaba más dinero. Nos era difícil elegir el más entretenido.  Para nosotros las personas que se desempeñaban en esos trabajos eran felices y, por tanto, queríamos ser como ellos.
 
Muchos de tales oficios ya no se practican por el avance de la modernidad y la aplicación de tecnologías. Los invito a que me acompañen a dar un vistazo retrospectivo.
 
Los viñateros: Recibían ese nombre quienes cuidaban los planteles, no sus propietarios. En un remoto verano conocí a uno de ellos y fue emocionante. Recuerdo que se llamaba Jaro. Pues bien, mi amigo Jaro era viñatero cerca del cerro Cayumanqui. Al lugar llegamos en compañía de un familiar quien se dedicó a escuchar mi animado diálogo con el viñatero. Aquel me explicó su trabajo, su misión consistía en cuidar la viña a pocas semanas de la vendimia. Para cumplir esa labor él se había construido una choza de paja en una esquina del plantel. Muy generoso era Jaro con las personas que lo visitaban, como era el caso nuestro. No habíamos iniciado la conversación cuando el viñatero sacó su cortaplumas y escogió unos enormes racimos que cortó y nos pasó a modo de atención, así que todo el rato fue comer uva y conversar. Desde mi perspectiva Jaro era un tipo admirable vivía en una choza hecha por él mismo, tenía una onda para cazar pájaros y el resto de la jornada consistía en vigilar el plantel. Podía servirse toda la uva que quisiera.
 
Los lustrabotas: No era yo el único que quería ser lustrabotas en mi entorno de amigos. Lo veíamos como un trabajo dedicado, entretenido y que se realizaba al aire libre. No recuerdo que hubiera lustrabotas en Penco, pero sí los había en Concepción. Era curioso ver toda la gama de escobillas, trapos y pequeñas botellas con anilinas que guardaban en sus lustrines y que ellos sacaban con destreza y prolijidad para cumplir su tarea. Además dejaban los zapatos como nuevos, recibían el pago ahí mismo y los clientes se alejaban mirando de cuando en vez el lustre de su calzado, orgullosos. Ser lustrabotas era una opción…
 
Maquinista de locomotora ferroviaria: Ya hemos hablado de este oficio en otro post. Ningún trabajo estaba más cargado de aventuras que el de un maquinista. Conducir un tren de día o de noche, guiar la máquina por los puentes de fierros, encender la luz cada vez que se entraba en un túnel, hacer sonar el silbato en cada cruce. Era soñado, por ejemplo, tomar desayuno en Concepción, almorzar en Chillán, cenar de vuelta en la ciudad penquista para retomar el recorrido al día siguiente. Ser maquinista era un trabajo excepcionalmente atractivo.
 
El labor de los temporeros de esos años tenía una situación que atraía a los niños, era su libertad para pasar la noche, lejos de un dormitorio formal. Ellos dormían en la troja desplegada en un rincón de los galpones, cerca del establo. Mirábamos eso como participar en un pijama party. Los trabajadores pasaban la noche arrebozados en la paja de trigo, casi a cielo descubierto, se levantaban al alba y después de trabajar toda la jornada volvían a su pijama party. Nada de eso era común en la rutina de la ciudad. La situación era atractiva.
 
Foto tomada de Internet.
El vendedor de helados, un comercio callejero que era apetecido sólo por el producto. Era considerado un juego de niños esa forma de hacer sonar el cuerno que el heladero usaba como una bocina. Sólo no era glamoroso ir empujando un carretón de mano. Pero, lo que agradaba era la oferta… El heladero podía consumir la cantidad de helados que le viniera en ganas. Y eso, era un privilegio.
 

 

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