Monday, November 14, 2016

CUENTO DE DESCARRIADOS Y CHANTADOS EN EL PASADO DE PENCO Y LIRQUÉN

El puente de la línea en Lirquén que conduce a La Cata. Imagen referencial.
Las drogas actuales que afectan tan fuertemente a algunos sectores de nuestra juventud, no se conocían entonces en Penco. El único escape hacia la falsa felicidad era el alcohol. Y aquí reinaba el pipeño suelto, porque el vino embotellado (filtrado le decían) no formaba parte de la cultura popular. Entre aquellos se conocían algunas variedades como el mangarral, el chacolí, el chichón. Y entre sus calidades: el vino firme, el bautizado (con agua agregada) y el picado. Este último estaba a una pizca de pasar a la categoría de vinagre.
Los obreros –no todos-- hacían vida social en sus horas libres en las bodegas en torno a una caña de vino de las características anotadas más arriba. A algunos se les pasaba la mano, cierto, y otros, los menos, tenían más problemas para dejar de levantar el codo. Entonces entre las familias o los amigos se buscaban soluciones a este problema. Y una de ellas, era dejar el vino drásticamente incorporándose a alguna congregación  protestante, que en Penco y Lirquén había (y hay) muchas. Así, de vez en cuando circulaba el comentario que tal vecino o conocido había abandonado el vicio en consideración a sus hijos, a su mujer, a su salud, a su trabajo, a su vida… Muchos comentaban lo bien que lucía esa persona ahora y cómo había cambiado su relación familiar. Las iglesias protestantes sirvieron para corregir conductas. Otra opción era cortar con la inclinación al alcohol sin incorporarse a ningún grupo necesariamente. En tal caso, se decía, el vecino o el conocido estaba chantado.

En muchos casos ambas decisiones eran firmes, de por vida. Pero, el ser humano es débil, y no todos perseveraban en la decisión de parar con el vicio. Así ocurría que los más débiles pisaban el palito y volvían a la antigua práctica de levantar el codo. Quienes habían celebrado la noticia de que tal o cual se retiró de las pistas  ahora ponían cara de sorpresa, primero, y de pena, después. Los que estaban chantados volvieron a ponerle, decían. Y los que habían ingresado a una congregación, bueno, ésos simplemente se habían descarriado. Y, en ese sentido, se sabía de casos lamentables de muchos descarriados en Penco y en Lirquén. 

2 comments:

Fu Ga said...

Fu Ga said...
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