Friday, February 17, 2017

EL TSUNAMI DEL 2010 DESPARRAMÓ CARBÓN DE PIEDRA EN PLAYA NEGRA

Las algas sobre el arco revelan el nivel que alcanzó el mar a causa del tsunami del 2010.
Pasado el susto del terremoto y maremoto del 27 de febrero de 2010 o simplemente superado el impacto emocional del llamado 27f, don Iván Parada, un experimentado ex minero de Curanilahue, Pilpilco y actual vecino de Penco, sector cementerio, quiso ir a ver los efectos del tsunami en Playa Negra porque tenía una corazonada. La Cosaf acopiaba en sus canchas próximas a la desembocadura del Andalién y al mar una gran cantidad de carbón importado de Colombia y cuyo destino –se decía—eran las termoeléctricas que operan en la zona de Arauco sin descontar la posibilidad de servir también para alimentar una unidad generadora de energía que se planeaba instalar en Penco y que después se desechó por el rechazo de la comunidad. Para la gente era impensable una termoeléctrica contaminando en Playa Negra. Así que don Iván creía que la fuerza caótica de las olas producidas por el maremoto habría hecho lo suyo en aquellas expuestas canchas de acopio. Por eso, fue a echar un vistazo. Y sus sospechas estaban en lo correcto. Luego que el mar entrara y se recogiera sucesivamente en las partes bajas de Penco, arrastró objetos, casas de madera y un sinfín de cosas al tiempo que trajo a las calles de la ciudad los sargazos que se crecen en las aguas de la rada de Gente’Mar. Entre los objetos que el mar revolvió estaba una parte importante del carbón colombiano acopiado en las canchas de Cosaf. Así que la playa estaba sembrada de carbón de piedra, una situación parecida a la que ocurría en Cerro Verde en los tiempos del cerro la tosca, cuando el mar se encargaba de repartir a lo largo de la playa las sobras de carbón que se extraían de la ex mina de Lirquén y que eran arrojadas al despeñadero por el carro conocido como catango.
Así que don Iván inspeccionó la playa cerca del muelle y comprobó el desparramo de carbón entreverado con enseres sacados de las casas y convertidos en basura. Mucha gente de Penco se dio a la tarea de recoger el carbón. Era cosa de armarse de paciencia y en un par de jornadas la recolección se transformaba en una buena cantidad. Pencones con sentido práctico se llevaron para su casa el combustible sólido que estaba botado a merced de las mareas. Ese carbón de piedra satisfizo las necesidades domésticas al menos de dos inviernos. Gracias a su experiencia de minero don Iván reconoció las bondades del carbón colombiano: calidad superior, al quemarse no arrojaba azufre, producía ceniza blanca, con cero por ciento de residuo de alquitrán además de poseer un excelente rendimiento calórico. El carbón recolectado a la orilla del mar había llegado allí por el tsunami, pero se trataba de material en tránsito a través del muelle de Cosaf en virtud de su capacidad de desembarques de graneles.

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