Saturday, July 01, 2017

UN RECORRIDO DE TRABAJO POR EL RAMAL RUCAPEQUÉN-PENCO EN AUTOCARRIL

Un autocarril en la estación de La Calera. Foto captada  por Hart Preston en 1941 para la revista Life. Esta imagen fue facilitada a nuestro blog por ARPF.
Don Miguel Berríos, jefe de Transportes de Ferrocarriles del Estado, en Santiago debió efectuar una misión inspectiva a las vías ferroviarias del ramal Rucapequén-Concepción, tarea que inició el 18 de noviembre de 1955. Según consignó el diario El Sur de la fecha el señor Berríos tenía especial interés en la revisión del tramo Dichato-Tomé-Penco. Lo que a los lectores les pudo parecer curioso fue que esa tarea, el señor Berríos la efectuaría en un autocarril de la empresa. El diario tampoco entregó más detalles. Por lo que para construir esta historia significó suponer algunas situaciones y averiguar otras.
Consultamos a don Rodrigo Chávez, de la Asociación Regional del Patrimonio Ferroviario (ARPF) sobre el uso de este peculiar medio de transporte de los ejecutivos de la empresa de entonces. Pues bien, el autocarril, según nos dijo, era un automóvil adaptado para correr por los rieles. La única diferencia de aquellos que van por la carretera es que éstos no necesitaban usar el volante para la dirección, ya que ésta quedaba comandada por las pestañas de sus ruedas metálicas. Pero, en lo demás, todo igual. Agradecemos esa información técnica.
Sin embargo, volvamos al trabajo puntual del señor Berríos en aquel viaje de 1955. Si él venía de Santiago, lo más probable fue que llegara a Chillán en un tren de itinerario. Ahí, en la Tercera Zona de la empresa, dispusieron para él de un autocarril de los mencionados. Subió su maleta al vehículo menor y en compañía de algún ingeniero local se dirigió a Rucapequén para iniciar su labor de inspección. Digamos que en el ramal a Concepción en los únicos lugares donde había algún hotel para hospedarse era en Ñipas, Coelemu y Tomé. El recorrido, en todo caso, era por una zona cariñosa en agasajos, especialmente para autoridades de la empresa. Debió haber una que otra invitación a alguna mesa generosa. O sea, todo bien.
Finales de noviembre ya era una explosión de primavera en esta parte del mundo. El autocarril se detenía cada cierto tramo para que Berríos inspeccionara el estado de los durmientes, la condición mecánica de los puentes, las bóvedas de los túneles, los postes y el tendido de cables de las comunicaciones. En el sopor del medio día la tarea la realizaba rodeado del incesante canto de chicharras, los trinos de chercanes, lloicas y zorzales, además del bullicio de sorprendidos treiles sin contar el zumbido de abejas y el revoloteo de mariposas. Después, subir de nuevo al autocarril para seguir la marcha y detenerse en un desvío de la próxima estación  para dejar vía libre al tren ramal. Cada jefe de estación querría, sin duda, recibir a un representante de la jefatura lo mejor posible. Sabrosos almuerzos daban lugar a constructivos análisis para mejorar el servicio ferroviario. Bueno, también pudo haber convites a la caleta de Quichiuto, en Tomé, para un refrescante mariscal; al barrio chino en Lirquén donde las reinas eran las cholguas al vapor;  o al casino Oriente en Penco, justo frente de la estación.
Suponemos que una vez que terminó su visita de cuatro o cinco días, el señor Berríos llegó a Concepción en el autocarril donde estregó las llaves y se reportó con Santiago. La idea era embarcarse esa misma noche en el tren nocturno que salía de la estación Arenal, en Talcahuano con destino a Alameda en Santiago. Sin abundar en detalles lo más seguro fue que el almuerzo del último día de Berríos en la zona haya sido en el hotel Cecil cruzando avenida Prat desde la estación penquista.

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