Tuesday, July 16, 2019

LOS MINEROS SE DESPEDÍAN DE LA LUZ DEL DÍA EN LA BOCA DE LA MINA

Junto al muro recortado del lado derecho de esta foto estuve una vez mirando el quehacer en la boca de la mina de Lirquén.

      Había un penetrante olor a aceite industrial quemado. El ruido de la máquina que arrastraba un cable de acero a media altura sobre rieles de trocha angosta en pendiente no tenía ningún compás. El zumbido concomitante estaba en todas partes dentro de la edificación de ladrillos y hormigón bajo la cual uno de sus muros mostraba un enorme hoyo de medio arco donde se iniciaba el pasadizo del que emergía el cable: la boca de la mina. No sé por qué razón, entonces un niño como yo estaba ahí apegado a una muralla interior mirando con los ojos bien abiertos ese barullo de apariencia caótica. De pronto, en medio del traqueteo, oí que alguien me nombraba y saludaba desde una cierta distancia. Y ahí reconocí a mi amigo Juanito Montoya, quien con un manchado overol de mezclilla azul atendía la faena en la boca del chiflón. Llevaba puestos unos guantes de carnaza que parecían demasiado grandes para sus manos, pero que le servían perfectamente para desenganchar los carros del cable que los arrastraba en la subida y desviarlos por otra trocha a nivel. Así que las vagonetas de fierro seguían su marcha por inercia y se iban juntando varios metros más allá por el desvío. Si alguien no cumplía esa función, los carros de seguro irían directo a chocar contra la máquina empotrada cuya enorme rueda jalaba ese cable sin cesar.
       Aquel era un trabajo de esclavos, que exigía concentración, habilidad y rapidez para echar los carros por el desvío. En tal circunstancia yo no podía entablar una conversación con Juan como era mi deseo, ya que él era un tipo agradable y educado que siempre tenía tema y nunca segregaba a los niños en las tertulias. Vivía en Lirquén con sus padres y hermanos en la población del recinto mina al lado de la playa. Fuera de su trabajo vestía traje de calle, de tonalidad oscura a rayas de confección local, camisa almidonada y corbata angosta como era la usanza. Verlo allí cumpliendo esa labor no se parecía en nada al hombre bueno para la conversación. Así que ahí a la salida o a la entrada de la mina alcanzaba a decir sólo un par de palabras mientras desenganchaba un carro, lo empujaba por la segunda línea, y hacía lo mismo con los seguían. Parecía no tener descanso, porque la cordelada que salía desde abajo no paraba.
       Me pareció extraño que la carga que vi ese día no era carbón, como yo esperaba, sino material de desecho, vigas, maderas y otros objetos. Tampoco vi a nadie que hubiera venido de pasajero viajando a la superficie desde allá abajo. Me dijeron que los mineros usaban esos carros como medio de acercamiento hacia el frente de laboreo. También decían que los que bajaban se despedían de la luz del sol al ingresar en la eterna oscuridad, para ellos así era este mundo por dentro. Al poco rato me despedí por señas de mi amigo Juan, quien al parecer lamentó también no haber podido entablar una conversación por razones del trabajo. Para entonces él debió tener unos 35 años.
Por esta calle que ya no existe caminaban los mineros a la boca de la mina, que ya tampoco existe.
La entrada a la mina estaba bajo los techos de los edificios que se ven al fondo.
        Salí de ese lugar de regreso a Lirquén por una calle adoquinada en suave pendiente que por el lado poniente tenía casas muy sólidas que se erguían en altura sobre una terraza cuyo muro sería de unos 2 metros. Y por el otro lado había una hilera de árboles junto a la vereda. Los árboles estaban en la base de un talud de material proveniente del fondo de la mina y de escoria cuyo amontonamiento lo habían emparejado para habilitar arriba una cancha de fútbol, la cancha del club «Minerales», de la empresa. Esa calle empalmaba con un tendido ferroviario que se dirigía al muelle y si uno giraba a la derecha a poco andar cruzaba la línea del tren Concepción-Chillán y llegaba a la estación de ferrocarril de Lirquén. Por ahí transitaban los mineros del carbón, seguramente a lo ancho de la calzada de adoquines, a cada cambio de turno.
         Mientras caminaba por esa calle solitaria no olvidaba la imagen de los carros saliendo cargados de cachureos. ¿Tanto material inservible se podía juntar como consecuencia de la explotación carbonera? Un equipo de mineros recogía toda la basura en la oscuridad y aprovechaba el convoy metálico para despacharla a la superficie.
       Años después oí otros relatos tristes de trabajadores. Cuando un accidente fatal se desencadenaba en las profundidades, los cuerpos eran traídos afuera en esos carros, seguramente rodeados por sobrevivientes tal vez de las mismas tragedias. Allí en el punto donde se desempañaba Juan Montoya, probablemente los recibían los familiares, sus viudas en medio de escenas de llanto y desolación. Hubo explosiones por concentración de grisú en la mina de Lirquén, episodios que no sabemos que estén documentados hoy en día. Pero, nombres de víctimas se conocen, por ejemplo Luis Ramírez, un minero de Cerro Verde, muerto en un estallido subterráneo. El padre del ex jugador de fútbol de Penco Pedro Avendaño, murió en otro suceso parecido en la mina de Lirquén. Y así, con seguridad otros tantos.
         La empresa minera optó cambiar de giro allá por 1950 en vista del poco futuro del carbón, la alta competencia con su impacto en los precios y el avance de los motores alimentados por petróleo. Por eso, sus propietarios decidieron alargar el muelle por el que se despachaba el carbón en lanchones y remolcadores hacia los buques y abrirlo a actividades comerciales multi propósito. Por tal motivo en el mes de diciembre de 1958 la mina de Lirquén cesó sus actividades. La empresa tuvo una muy buena excusa para el cambio: la mina comenzó a inundarse. Se hicieron ingentes esfuerzos para retirar el agua con bombas y mangueras de los bomberos. En eso se trabajó por meses día y noche. Pero, la inundación de las galerías resultó incontrolable. Al poco tiempo la entrada del chiflón fue tapiada.
Las poblaciones de los mineros en el recinto mina junto al puerto de Lirquén.
        El cierre de la mina tuvo un impacto social muy fuerte en Penco. Centenares quedaron sin empleo, unos emigraron hacia los centros mineros en la provincia de Arauco y otros derivaron a las tareas portuarias. La transformación de la minería del carbón al funcionamiento del puerto tardó años en Lirquén, pero a la larga fue un acierto. Cambió el paradigma y cambiamos de era. Cuando todavía resonaban en mis oídos los chirridos del cable metálico engrasado y el entrechocar de carros de fierro en el cruce de líneas en la boca de la mina, recuerdo a Juan Montoya con su trajecito bien compuesto, sus zapatos lustrados. No se desdibujaba de su cara esa eterna sonrisa, a pesar del cierre del mineral. Había aceptado el plan de cambio de la empresa y desde hacía un tiempo era estibador. La mudanza de oficio no contuvo su entretenida manera de hablar, socializar y conversar sobre historias como recuerdo que siempre fue su costumbre.

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