sábado, marzo 07, 2020

ENTONCES, UN MUCHACHO DE PENCO SE SALIÓ DEL GUIÓN


          Al Pilo Domínguez le fluían con naturalidad su educación, su fineza en el trato y una madurez superior a su edad. Tales categorías lo colocaban sobre el promedio de los muchachos de nuestro barrio. Participaba en las actividades callejeras de los jóvenes, pero su presencia no era tan frecuente, estaría en otras cosas. Sin embargo, cuando se integraba al grupo, se notaba. Él subía el estándar de las conversaciones, el vocabulario se hacía agradable a los oídos, las opiniones adquirían asidero y sentido. El joven Domínguez vivía en una de las casas de 2 pisos de la población Perú en Penco por la calle Freire. Delgado, no muy alto, tenía tez blanca, nariz respingada, ojos castaños y pelo negro siempre con el corte preciso. Sus manos eran finas. Vestía con buen gusto. Se preocupaba de su aspecto. Sin embargo, no por eso se perdía las pichangas que armábamos ahí en plena calle Freire. Corría, chuteaba, trancaba contra los demás sin amilanarse. Nos abrazábamos todos felices por la conquista de un gol. Celebraba esos intrascendentes triunfos del juego a la pelota porque correspondía.  Y después volvía a ser el muchacho sensato, de voz varonil y sonrisa no afectada. Transcurrían los inicios de los años 60. 
       El Pilo añadía el plus de la pandilla. La diferencia entre él y el resto se establecía sola. Todos los demás del grupo compartíamos el trato, el aspecto; pero él era distinto, estaba en un nivel por arriba, fruto de su ascendiente social. Y no recuerdo que haya despertado envidias, más bien admiración. En silencio contemplábamos su autenticidad, humildad, su cultura. Pura clase. Hablaba correctamente y siempre le asistía la razón. En una oportunidad en que un carabinero nos interrumpió una pichanga en la calle, el Pilo le habló de frente, sin alterarse y en un lenguaje cortés. Al oírlo el policía se quedó sin palabras y aceptó el argumento que el grupo jugaba ahí porque no había otro espacio para hacerlo como se debía. Y el Pilo le agregó que despejaríamos la calzada. “El carabinero entiende porque es gente que seguramente también jugó en la calle. Con un oficial la cosa puede ser distinta”, nos comentó cuando el funcionario se retiró.
Calle Freire en Penco y la población Perú, a la derecha.

        Qué hacía un muchacho como el Pilo en Penco, pensábamos‒ si él parecía traído a nuestro grupo desde el barrio alto de Santiago. Al menos eso nos inspiraba. Cuando pasaron algunos años supe que trabajaba como vendedor en una zapatería ubicaba en Freire al llegar a Caupolicán en Concepción y que hoy en día no existe. En una ocasión decidí concurrir a esa tienda a comprar zapatos en pleno conocimiento que allí me encontraría con mi amigo. En efecto, grandes abrazos. Y me exhibió lo más nuevo de esos productos que disponía la tienda. Me los probé, los hallé bonitos, modernos y a buen precio, pero me sobrevino una inseguridad en mi decisión de comprar y le pedí que me trajera unos zapatos de diseño más tradicional. Entonces el Pilo me miró serio y me dijo con ese genio persuasivo que ya le conocía: “Tú eres un hombre joven --afirmó--. Son los jóvenes los rupturistas, los que están a la vanguardia en el vestir y en todo orden de cosas. No me puedes pedir a mi que soy tu amigo, que te traiga un par de zapatos tradicionales. Cómo se te ocurre vestirte como cualquiera de la calle. No. Tú tienes que ir a la moda. Tú eres moderno. Lucirás con orgullo estos zapatos y no otros. Déjate de provincianismos”. Parece que lo veo diciéndome eso, una lección para toda la vida. Fue también la última vez que vi al Pilo Domínguez. Murió en los años 70 víctima de una leucemia fulminante, según me dicen. Para entonces seguramente él no tendría más de 26.
          Pido perdón a mis lectores por enfrascarlos en la lectura de la memoria de un muerto. Pero, lo he contado sin otro propósito que recordar a un amigo. Es que escribir sobre él era algo que tenía pendiente y que siempre lo iba postergando. Los filósofos dicen que cuando recordamos traemos realidades pasadas al presente y hasta las imágenes de los que se han ido parecen recobrar vida. Fue nada más que eso.
Freire esquina Alcázar en Penco.
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₁ La comparación sólo aplica en un sentido figurado, considerando nada más que el refinamiento de algunos jóvenes santiaguinos. Sabido es que en el barrio alto de la capital hay de todo.

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