lunes, abril 20, 2026

EL CORAZÓN GRANDE DE UN PROFESOR SEVERO

RUINAS DEL TEATRO del Liceo, donde se realizó la ceremonia de despedida del sexto año de humanidades y cuyo discurso pronunció el profesor Marcos Ramírez Cofré.








Era fácil confundir los nombres. El profesor se llamaba Marcos Ramírez Cofré. El otro Marcos Ramírez de la época era un regidor (concejal) por Concepción pero cuyo segundo apellido era Marchant. Y ahí se despejaba la confusión. Aquí recordaremos algunos aspectos de la vida del profesor de Física del Liceo Enrique Molina Garmendia de los cincuenta y los sesenta. Generaciones recordarán todavía sus dichos, su estampa, sus ironías para con sus alumnos menos aplicados, su inequívoca postura política, su ateísmo a ultranza pero también sus frecuentes actitudes de buena voluntad.

   Llegó a Concepción luego de titularse de profesor de Física y Matemáticas en la Universidad de Chile. Sin embargo sus raíces estaban en la bucólica isla de Chiloé, donde el apellido Cofré era muy frecuente. En paréntesis de sus clases contaba acerca de las dificultades para viajar a Santiago desde el sur y las estrecheces de su vida en pensiones en sus tiempos de estudiante. Cuando la suela de los zapatos no daba más, él ponía cartones a modo de plantillas para enfrentar el problema.

   Marcos Ramírez tuvo una cercana conexión con Penco, a través de sus amigos: la familia Díaz Alvarado, con residencia en calle Freire al llegar a el Roble. Sin duda la afinidad se fundaba en la militancia en el mismo partido. Los Díaz Alvarado estaban afincados fuerte en Penco a pesar de no ser originarios del pueblo. El tercero de la familia, el doctor Bernardino Díaz fue alcalde de la comuna. 

   Decíamos que Marcos Ramírez los visitaba en Penco y estacionaba su auto frente a la puerta de la casa, en lo que hoy es la entrada del actual supermercado. El profesor gozaba de enorme respeto en todos los círculos penquistas y muchos de sus colegas lo admiraban como a una eminencia. En el aula se destacaba por sus conocimientos en su campo que iban desde la física clásica hasta la teoría de las ondas.

   Podríamos escribir mucho acerca de las anécdotas asociadas a sus alumnos a quienes clasificaba entre estrellas, los mejores, y los más despreocupados o menos aptos para sus exigencias, los flojos, aunque usaba otros calificativos también. Para finalizar, retrataré su persona como alguien genuinamente de bien. Me centraré en su discurso de despedida de los sextos años. Eso que me quedó grabado no fueron las buenas palabras, los reconocimientos, los apusos. Fue su mensaje para aquellos que menos respondieron a sus exigencias académicas, porque comprendía que en el fondo ellos también querían salvarse. Dijo algo así:

   «Sus profesores les deseamos éxito en sus próximos estudios, pero por sobre todo, éxito en la vida que tienen por delante. El mundo no es fácil, el camino está lleno de trampas. Pero, nosotros desde aquí tenemos confianza en que les irá bien, porque los conocemos. Son buenos jóvenes. Sin embargo, si alguno de ustedes no pudiera avanzar, tropezara o no pudiera dar con la luz que pudiera guiarlos, no se abandonen al fracaso, no se dejen dominar. Y yo les digo hoy, vuelvan, vuelvan a su liceo para conversar con nosotros, sus profesores. Estoy seguro que juntos en un diálogo franco y fraterno encontraremos una solución para ganarle al destino.»

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