
ROBUSTA facha del antiguo Liceo penquista. Esquina de Víctor Lamas y A. Pinto.
Pues bien el rector había salido de la ciudad. Lo reemplazaba el vicerrector cuya función era más administrativa que académica. Tenía que ver con los alumnos del internado, el servicio, el presupuesto del ecónomo, etc.
Instalado en la rectoría, el vice atendió a un apoderado que vino por un asunto de su pupilo. Padre e hijo eran de Antofagasta. Le planteó el problema para que el liceo hiciera algo a fin de resolver y así él regresar tranquilo al norte. El rector subrogante (en realidad el vice) meditó el problema y comprendió que la situación no era académica como para que la decidiera el rector.
«Mire, señor», le dijo. «Usted está en la oficina equivocada. Esta es la rectoría, lo que usted me ha dicho tiene que ver con la vicerrectoría. Así que vaya a hablar con el vicerrector. Pídale a la secretaria, de parte mía, que lo acompañe. Hasta luego.»
La mujer guió al apoderado nortino. El vice salió rápido y corrió a su oficina en propiedad. Hizo el camino más corto e ingresó en su despacho por una ventana para evitar toparse con la persona. Se instaló en su escritorio, en el momento justo en que la secretaria entró y le presentó al caballero. El apoderado abrió tremendos ojos sorprendido, petrificado, no podía creerlo. «Buenas tardes, en qué puedo servirle, señor».
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Llovía como era habitual en la ciudad penquista. En la sala de clases del liceo, sexto año de humanidades, letras, el profesor de historia abordaba el tema de las guerras napoleónicas. En particular las decisivas batallas de Trafalgar (21 de octubre de 1805) y Austerlitz (2 de diciembre del mismo año). Los alumnos estaban concentrados en ambos episodios, pero al mismo tiempo, les preocupaba la lluvia, el tiempo había empeorado en Concepción.
Justo cuando el profesor de historia comenzó a hablar de la fiereza del enfrentamiento naval en Trafalgar, frente a la costa española de Cádiz, afuera se desató una tormenta eléctrica. Decía el profesor: «El almirante inglés Horacio Nelson resultó herido de muerte en medio de tantos cañonazos. A pesar de eso, el violento intercambio de fuego entre las flotas británica y la franco española continuó por muchas horas». Mientras el maestro narraba con energía este acontecimiento, los vidrios de la sala de clases temblaban por el bramido de los truenos como furibundas descargas de cañones.
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Aquel profesor de francés del liceo, muy compuestito, bien vestido con trajes oscuros y zapatos lustrosos, tenía otra actividad: fotógrafo. En una oportunidad montó una exposición de sus mejores fotos con la temática de las iglesias de Concepción. Quedó un recuerdo por largos años de la estética de su trabajo, muy bien logrado.
Sin embargo, en sus clases, por su delicadeza exigente tanto en lo visual como en lo auditivo, la prunciación era una cosa central. No aceptaba errores. En una oportunidad, molesto por las imperfecciones le vino un berrinche. Dijo iracundo: «En la calle me dicen "mis ojos", mis ojos" cuando me saludan, en vez de decirme "señor, señor"».
Dijeron que profesor continuó así: «No aprenden nunca, monsieur se pronuncia con los labios más bien cerrados y hacia adelante (muh siú), en cambio mes yeux (mis ojos) se prouncia con la boca más abierta (me zié). Por ese error cuando me saludan así pienso ¿por qué me dirán "mis ojos", "mis ojos?».



















