La extracción de tierras
raras en el mundo no ha resuelto ninguno de los graves problemas
ambientales que genera: la contaminación del aire en un radio
enorme, según los vientos; la pérdida del suelo para cultivos, y
las filtraciones de metales peligrosos en el agua, que hacen inseguro
su consumo. No existe una minería verde relacionada con las tierras
raras. Los costos para las personas que viven en los alrededores son
preocupantes.
Las tierras raras tienen
usos notables; por eso se las considera los minerales del siglo XXI.
Sus propiedades magnéticas, luminiscentes y electroquímicas las
hacen indispensables para su empleo en tecnologías de punta. Se
trata de 17 elementos químicos metálicos. También se los denomina
lantánidos, cuya etimología griega significa «escondido». Y es
precisamente esa característica la que hace tan compleja su
explotación. Los elementos de las tierras raras están dispersos o
enlazados químicamente con otros elementos. Extraerlos no es como
explotar carbón o cobre. Hay que remover tierra y descargarla en
piscinas de lixiviación para que los líquidos químicos disuelvan y
arrastren los componentes solubles de un material sólido. Así se
separan los elementos que interesan; después hay que purificarlos y
refinarlos. Todo el proceso es complicado y peligroso para el entorno.
Quienes están
interesados en el negocio de extraer tierras raras solo cuentan una
cara de la moneda: sus aplicaciones en el mundo moderno. Por ejemplo,
sirven para la fabricación de celulares; hay, a lo menos, 16 de esos
elementos en cada móvil. El neodimio (Nd), el disprosio (Dy) y el
praseodimio (Pr) hacen que los celulares vibren. El terbio (Tb) les
da viveza a los colores de las pantallas. Otro ejemplo: los imanes de
neodimio hacen funcionar los motores de los vehículos eléctricos.
Se necesita un kilo de ese elemento para las baterías y diez kilos
para los motores. Esos imanes también sirven para operar las
turbinas eólicas. Se dice, y con razón, que las tierras raras
tienen aplicaciones en la industria espacial, en la medicina, etc. Lo
que no se dice, y esta es la otra cara de la moneda, es que esos
elementos también se necesitan para fabricar sensores de precisión
para misiles balísticos. Su aplicación permite afinar la puntería
de esas armas estratégicas. De ahí el interés manifestado por
potencias como Estados Unidos y Japón. La extracción de estos
minerales tiene un contexto geopolítico.
Los procesos de
explotación —y
de ahí la preocupación de comunidades de Penco—
tienen efectos devastadores en el medio ambiente, plantean
consecuencias económicas y, además, generan un impacto psicológico
en la población circundante. Hay quienes defienden estos proyectos
con cierta frivolidad. Dicen que generan puestos de trabajo. Eso es
verdad, en algún sentido. Pero se olvidan de que los trabajos son
mayormente mecanizados o robotizados y de que los puestos son mínimos
en comparación con la historia minera de Penco. Destrozar la
naturaleza por un puñado de puestos de trabajo no merece la pena.
También dicen que quienes están en contra son unos flojos, que no
quieren trabajar. Eso es más ideología que argumento.
En Suecia se informó del
hallazgo de un gran depósito de tierras raras. Las autoridades han
dicho que les tomará a lo menos 15 años planificar y desarrollar
una extracción segura. Las piscinas donde se precipitan los
elementos con la ayuda de productos químicos se secan con el tiempo;
parte del líquido contaminado se filtra hacia las napas subterráneas
y, en la superficie, queda un polvo radiactivo. El viento completa la
tarea de transportarlo en todas direcciones. El impacto sobre la
salud humana y animal está demostrado.
Cuando la empresa Aclara decida trasladarse, por
agotamiento del recurso, para seguir explotando tierras raras en
otros lugares de la región, esa será la herencia que le dejará a Penco.

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