jueves, junio 21, 2007

DON DOMINGO, UN HOMBRE QUE PENSABA Y HACÍA


     Por algún motivo, Don Domingo (foto) decidió fabricarse una guitarra. Para eso, se consiguió unas lindas maderas nativas y luego de cepillar, pulir y barnizar tuvo en sus manos un hermoso instrumento de sonido armónico y templado. Pero, no la sabía tocar. Por tanto, se propuso aprender las posturas, el punteo y el afinamiento. También lo consiguió y, como consecuencia intuyó que debería meterse en la música a concho, de modo que no era raro oírlo hablar de corcheas, fusas y redondas. Soñaba con ejecutar una composición del folklore paraguayo: "El Pájaro Campana", para él, una melodía que sólo podían interpretar los guitarristas más pintados.
     Don Domingo Aqueveque era un obrero de Fanaloza. En la fábrica, se desempeñaba embalando baldosas. Trabajaba duro. Se iba y se venía de la loza al ritmo de los pitos horarios, unas veces de mañana, otras de tarde y también de trasnoche, como lo hacían todos los trabajadores de esos años.
    Era un hombre que pensaba y hacía. Nunca se quedó en proyectos. Un buen día se le ocurrió salir a cazar conejos y se compró una escopeta usada del 12. Pero, para tener éxito en la cacería, había que salir de noche sin luna por los campos y los bosques de Penco. Para ese fin se fabricó él mismo una lámpara de carburo. Consiguió una lámina de bronce, la moldeó y bruñó hasta obtener un perfecto foco, con el que encandilaba a los conejos y ¡bum! Había carne para el almuerzo. En el negocio de la Rosita Bravo, ahí en la esquina de Alcázar con Las Heras, don Domingo compraba las municiones y la pólvora. Con papel de diario reciclaba los cartuchos después de cada expedición ya fuera a Los Barones, cerro Copucho o las vegas de Playa Negra.
     Conversando conmigo, un día me dijo “voy a estudiar electricidad”. Y tomó un curso por correspondencia recortando un aviso que salía en la revista "Okey". Una tarde, el cartero le trajo un sobre grande y se lo entregó en la puerta de su casa. Don Domingo había obtenido su diploma de técnico electricista. Con toda la autoridad del título tiraba cables y hacía instalaciones menores.
          El patio de su casa daba hacia calle Alcázar. Calculo hoy día, unos doscientos metros cuadrados. Don Domingo preparó el terreno con pala y azadón. Plantó cebollinos, coles, lechugas, tomates, cominos, porotos, maíz, maravillas y arvejas. En la primavera, la huerta era un vergel: distintos tonos de verdes, aromas ricos, hortalizas apetitosas. La gente miraba las lechugas desde la calle, golpeaba la puerta y las venía a comprar. Don Domingo y su mujer regalaban a los felices clientes grandes matas de olorosas albahacas.
      Don Domingo Aqueveque ya no está. Su vida transcurrió mayormente en el reducido pero variado y multifacético espacio de Penco. Recuerdo de él a un hombre interesado por el conocimiento, lleno de actividades extra programáticas, pletórico de gentiles consejos. Debo haber contado apenas un diez por ciento de todas las otras cosas que Don Domingo hizo en su vida pencona. Han pasado ya varios años de su partida y siempre tuve la necesidad de recordarlo con cariño. Estas modestas líneas sean para reconocer todo lo que nos dio y aprendimos de él, cuando éramos niños.

lunes, junio 18, 2007

EL SINUOSO CURSO DEL ESTERO PENCO

El río Penco --o el estero, que cruza la ciudad-- se descuelga de los cerros cubiertos de pinos y especies nativas que dan forma al valle escondido del fundo Coihueco. Las aguas bajan cristalinas desde bien arriba. A lo largo de su curso están el tranque y más abajo, la poza. Hace algunos años, niños pescaban peces menores con anzuelos pequeños, una lombriz y un corcho en esos puntos. A fines de febrero los vecinos cosechaban sabrosas zarzamoras que se daban en sus riberas. No cabe dudas que el estero fue un factor vital, en la decisión adoptada por los conquistadores para instalar en Penco la capital del sur. El río proveyó el agua dulce a los encomenderos, que recibieron del rey de España, privilegiados solares en la antigua ciudad. Esta fotografía, captada en otoño, enfoca un breve tramo del estero y apunta hacia el noreste, mostrando parte del valle del Coihueco.

jueves, junio 14, 2007

PIN PUENTES: "EN PENCO COMÍ CHUMILCOS"

NOTA DE LA EDITORIAL:  Mi "encuentro" con Pin Puentes descrito aquí es ficticio, creado sólo en mi intento de hacer más entretenido un cuestionario con preguntas que le envié por mail y que él gustoso me envió de vuelta con sus respuestas. Así que esto queda claro desde el comienzo, yo no viajé a Australia. Espero, estimado lector que usted se sienta a gusto leyendo la descripción del contexto que es fruto de mi imaginación. Las preguntas y las respuestas son verdaderas).


    Bastó un contacto telefónico para concertar una conversación con Enrique Pin Puentes, un conterráneo radicado en Melbourne. A las 13:30 horas nos juntamos en el Food Court, un restaurant muy top, ubicado en la sexta planta del High Point, el centro comercial más concurrido de esa ciudad australiana.

     Cuando nos encontramos nos dimos un gran abrazo de saludo y nos dirigimos a una mesa que yo había reservado desde mi hotel. El lugar, algo bullicioso, tenía una excelente vista hacia río Yarra (foto 1). Yo pedí un martini, para empezar, y atún acompañado de papas doradas, como plato fuerte. Enrique se inclinó por un bloody mary, al que agregó un poco de pimienta molida, y de fondo pidió bife con ensaladas. Para beber, un carménère de Chianti. Es que Enrique tiene buen gusto y para él no hay como los vinos italianos.
--En Penco tomábamos puro pipeño de Quillón--, le dije a modo de inicio. Me respondió con una sonora carcajada. Y continué: --No tenía idea que fuiste amigo de Luciano Cruz. ¡Quién no lo vio durante las protestas estudiantiles en Concepción durante los sesenta!

 --Todo comenzó con el Partido Radical. (foto 2, Enrique en el restaurant). Yo fui presidente de la JR de Penco. Al mismo tiempo era director scoutivo, bombero, basquebolista del "Federico Carvallo" y atleta del cuadro refinero. También, director de la JR provincial. Fui a 13 convenciones del partido como delegado oficial. Dirigente del Centro de Alumnos del Enrique Molina Garmendia donde me echaron, Presidente del Liceo de Tomé, donde también me echaron y Presidente provincial de los Estudiantes Secundarios de Concepción, FEPRESCO, donde mi contrario en la lista era Luciano Cruz Aguayo, mi compañero de banco y secretario del curso donde yo era el presidente y más tarde fundador del MIR. Claro que lo conocí.

 --Enrique, veo que eras bastante dado a la política.

 --Te quiero decir que por mi actividad tenía muchos amigos, pero eran más mis detractores y enemigos declarados, entre ellos el cabeza de ratón Fuentealba, sempiterno candidato a alcalde. Espero que ya hayan canalizado el río Penco, porque ése era su único discurso. El jetón Jara del PANAPO tampoco me quería mucho. En Penco fui además el primer Presidente del GRUMIX, Grupo Mixto, donde la membresía era estrictamente de quince hombres y quince mujeres. Lo pasábamos re mal. (foto 3: Enrique Pin con su familia durante un paseo) Ahí estaban, el ponchera Fernández, quien era el sostenedor económico del grupo, el Beñe y el Nolly Careaga, el Omar "Pichula" Moreno, el Tito Boeri, el Enrique Barra, el Mario Sanhueza, el Quelo Bustos y todas las minas más bonitas de Penco y alrededores, como mi novia de entonces la Alicia Álvarez de Lirquén, un par de las hermanas Ocampo, la Rosita Careaga, la Shely casada después con Walter Müller…

--Veo también que eres bueno para hablar y que no tienes pelos en la lengua, mi estimado amigo--. Me aprovecho de su entusiasmo y la circunstancia del almuerzo, para pedirle que recordara alguna comidas penconas…

-- Mira, he comido todo lo que es posible recoger en Penco: frutos de boldo, de copihues, de coigües, maqui, pepas de piña de pino, callampas y frutillas silvestres, pencas y cardos. De la mar, pa’qué te digo, desde chumilcos, esos caracoles gigantes que se deban tanto en el Penco de antes, hasta una gran ballena que varó una vez en la playa cerca de Playa Negra y que yo mismo le saqué a medianoche con un machete tremendo bistec que me costó llevar a casa porque iba con cuero y grasa y pesaba unos cuántos kilos.

--Pero, dime algo gastronómico especial que recuerdes…

-- Si tengo que decirte la verdad, lo que más añoro o recuerdo o quisiera comer otra vez, es ese platacho del barrio chino, del negocio de Carlitos Moreno en sus inicios, que los habitúes del negocio bautizamos como consomé de reina, que eran por supuesto cholgas de Lirquén, longanizas ahumadas de Chillán y pollo de corral, de ese con enjundia y que corría suelto por la orilla del mar y los conventillos picoteando lo que hubiera.

--¿Por qué te viniste a este enorme país como es Australia, tan lejos de Chile y de Penco?

-- Un día debí abandonar Penco. Era una cuestión de sobrevivencia. Alguien me quería matar. Además en ese tiempo hacíamos demasiada política. Las elecciones cada cuatro años, de alcaldes, de diputados, parciales de senadores y Presidente de la República nos mantenía, a quienes nos gustaba la chuchoca política, pendientes de las campañas. Eso significaba trasnochadas, tomateras, peleas disputando las paredes a pintar, concentraciones, etc.

--Si bien me cuentas que te echaron de los colegios, ¿cuál fue tu profesión?

-- Imagínate, postulé a varios servicios públicos, con quinto año de humanidades y exámenes pendientes del sexto. Quedé en el Banco del Estado e Investigaciones.
Me presenté al examen en la Escuela de Investigaciones en Santiago. Estando mis padres separados, le metí mano a la recaudación de la matiné de un domingo del Teatro Crav, diciéndole a María, la boletera que me entregara a mí la plata. Mi papá administraba el teatro. Dos días antes de la fecha, tomé mi bolso de gimnasia y los 36 pesos o escudos de la recaudación y así me fui a presentar junto a Juan González Fuica. Juan tenía familia en Santiago. Yo no, así que pasé mi primera noche en el Hotel Albion cerca de la Estación Central en la Alameda.

-- ¿Y qué pasó entonces?.

-- De ahí salí con seis pesos rumbo a la Plaza Ñuñoa durante tres días consecutivos de exámenes, los que pasé sin comer, salvo algún trozo de pan que me convidaron, una malta, recuerdo, en el restaurante Las Lanzas y pare de contar. El último día dormí al lado fuera de la Escuela, arrimado a una mata muy fragante. Por suerte aprobé; se apiadó de mí el Director de la Escuela un hombre a quien respeté mucho por su calidad humana, don Oscar Lennon Salas y me firmó un vale para que viviera en una pensión sin pagar durante tres meses, al cabo de los cuales empezaría a recibir mi primer sueldo. Te imaginarás que la pensión no era muy buena y que todos los días durante tres meses debí caminar cuarenta y dos cuadras, de ida y de vuelta desde Brown Norte en Ñuñoa a la Plaza Brasil. donde estaba la pensión.

--Pero, dime, ¿te recibiste de detective?

--Bueno, me recibí de detective y empecé a estudiar leyes en la U. de Chile en Santiago, con muchos lapsos y postergaciones y congelaciones. Finalmente, aprobé Relaciones Públicas, que nunca ocupé, salvo un par de años, cuando fui jefe de RR.PP. de la Prefectura de Antofagasta.

-- Volvamos a Penco, tú eras del recinto de la refinería y te conocías los cerros como la palma de la mano. ¿Es cierto?

-- Nosotros íbamos frecuentemente hasta el retén Chaimávida a pie y una vez, fuimos con amigos mayores en un grupo de doce o catorce personas hasta Chillán, a un rodeo, donde estuvimos tres días antes de regresar en tren. Nunca fuimos para el lado del pueblo, sino hacia el sur. Primer Agua lo conocí después porque íbamos con mi padre a cazar y a las carreras de caballos a la chilena y a las peleas de gallos. Lo que te puedo decir, es que conocimos cada metro de ese bosque, cazando pajaritos y pequeños animales con nuestras hondas.

(foto 4: junto a leones en un zoo australiano)

--Oye Enrique, el almuerzo se nos pasó volando. Estaba delicioso. Fue increíble recordar a nuestro pueblo común desde un lugar tan remoto, como es Melbourne, Australia.

--Fue un agrado compartir este almuerzo contigo, Nelson, y espero que escribas estos recuerdos y los publiques en el blog que yo siempre leo, al igual que mucha gente.

-- Te garantizo que haré un extracto de todo lo que hablamos, porque los temas que abordamos fueron innumerables, de manera que será una edición…

En la puerta del Food Court nos despedimos con otro abrazo. Enrique Pin Puentes se dirigió a su auto y se alejó, yo me fui caminando a mi hotel cerca del mall High Point, para continuar mi programa de visita a Australia.

martes, junio 05, 2007

LOS SUTILES ANUNCIOS DEL TERREMOTO DE 1960

Por Wilfredo Artemio Cheíto Aburto Jara, un pencón que nos escribe desde Brasil.

...Y ERA MAYO DE 1960.


Hacía algunos meses que mi padre había fallecido, mi mamá, mi hermana Sandra y yo continuamos viviendo en la calle Membrillar en la ciudad de Penco, que iba desde los rieles del tren al lado de la estación de Penco, seguía por la clínica de la refinería Crav, cruzaba por el almacén de los Venegas (esquina), comenzaba a subir por el restaurante Radical, continuaba subiendo hasta terminar en el barrio Penco Chico. El número de nuestra casa no lo recuerdo; pero era al frente de la familia Nova, casi en la esquina donde estaba el almacén de don Chalita. Unos cincuenta metros más arriba se llegaba a la Ermita de Nuestra señora del Boldo; donde en los l700 y tantos hubo un monasterio con monjas y todo. Decían que la Virgencita era muy milagrosa.

Bueno, hoy apenas pasa por mi mente la vista hacia el mar y donde todas las casas tenían banderas, orgullosamente flameando con el azul de cielo, el blanco de la nieve, el rojo del copihue y la sangre araucana (era lo que sabía a los 8 años).

Era el mes de mayo en 1960, y esa época es más frío, era el día 20, o era otro día, no lo recuerdo bien; bueno para mi no interesaba porque yo estaba como de costumbre sentadito atrás de la radio, y nadie desconfiaba que yo supiera girar el botón para encender el radio, y éste era mi horario favorito. Los cuentos al final de la tarde (El Gato con Botas y otros, después Fortachín, ése del Milo), además de los cuentos, yo me entretenía imaginando aquella ciudad chiquita dentro de la caja del radio; calles chiquititas iluminadas con luces del mismo color que los postes de afuera que; también allí estarían viviendo la cantante infantil Vitrolita, y otras gentes pequeñitas. Un día me dijeron que esas casitas se llamaban “tubos del radio” tenían que encender y no eran callecitas.

Bien, esa noche mi madre volvió de la Crav junto con mi primo “Chamiza” (Juan Bustos Jara) que vino para protegernos y acompañarnos en la noche, con sus vigorosos 15 años.
Él propuso que desarmáramos unas lámparas viejas y usáramos los metales como campanitas. Decía que si venían (Cheíto, en la foto) ladrones, al abrir las puertas y hacer sonar las campanitas iban salir arrancando; y que nosotros despertaríamos con el ruido, lo que ahuyentaría a los amigos de lo ajeno. Así más tranquilos todos nos fuimos a dormir, el Chamiza en un cuartito al fondo, y nosotros tres en un cuarto, mi hermana en la cama de la pared del vecino, y yo con mi madre en el corredor.

Cheíto, Cheíto... Cheíto, despierta, despierta. Venga con su mamá.
Así bruscamente fui retirado de la cama, medio durmiendo pero; escuchando las campanitas tocando. Entonces despierto asustado, escucho ruidos extraños y que venían por debajo de la tierra. Las campanitas colgadas en las puertas no paraban de tocar, la casa se movía, las paredes crujían, oía la voz de mi madre gritando y llorando: “Cheíto quédese aquí debajo de la puerta,--me dijo-- y no se mueva de aquí, ahora voy buscar a su hermana que quedó acostadita”.

Yo permanecía parado en la puerta de la calle, estaba todo oscuro, no tenía luz, los vecinos gritaban, lloraban, los sentía corriendo por la calle, y yo no podía ver nada, estaba muy asustado. Cuando mi madre volvió con mi hermana, fue cuando oímos un gran ruido, medio demorado y después otro ruido final. Oí que el Chamiza gritó: “tía Sara, la pared del cuarto cayó en la cama de la Sandra”. Afortunadamente ella ya estaba a salvo con nosotros.

Fue entonces que mi madre comenzó a golpear el pecho con el puño cerrado y pidiendo en voz alta y clara “misericordia Señor, misericordia Señor. Padre Nuestro que estás en los Cielos.”

Ya amanecía y todos los vecinos estaban juntos en la calle, todos concordaron que éste fue el mayor terremoto, de los últimos años, los otros niños decían que un dragón gigante, mayor que un buque, volando y soltando fuego por la boca; había salido del mar cerca de la Cosaf, y que iba a aparecer nuevamente en la noche y comer mucha gente todavía.
Cómo no hubo condiciones de volver para la casa, nos fuimos hasta el recinto donde vivía mi tío Alfonso Navarro.

No sé cuándo o cuánto tiempo después, hicieron un acampamento con carpas del Ejército y algunas familias se quedaron viviendo ahí. Este acampamento era para los vecinos del recinto, lo que era una diversión para nosotros que no teníamos más clases, y teníamos que ocupar el día de ocio.

Casi todos los días había verdaderos campeonatos de “bolitas”, con derecho a barra de los adultos, nunca menos de diez jugadores y unos veinte o más haciendo apuestas. Nosotros teníamos nuestro propio dinero, eran los “cigarritos”, o sea las cajetillas de cigarro que eran doblados y alisadas como un billete y después hacíamos apuesta de dados, y donde los adultos jugaban dinero de verdad, y fue así que aprendí a jugar dados, otro rey de apuesta era el “pión” toma-todo. Los cigarritos extranjeros valían más, por ejemplo: Camel, Lucky Stricke, yo apenas conseguía el más barato que era el cigarro Opera.

Fue en el recinto que aprendí a ver el dragón, la mujer blanca, el sin-bola. Yo no les cuento mentiras, el dragón era gigante con siete cabezas y salía a la noche y nosotros lo vimos comiendo gente en la Cosaf, y también en Gente de Mar; dicen que en Lirquén fueron treinta en un días, y también.

El tiempo fue pasando, el terremoto también, el verano llegaba y nosotros fuimos sorteados con una casa en la población de emergencia , contruida en las tierras del fundo de Coihueco, antes del barrio Penco Chico, otras aventuras, nuevos amigos, nueva vida.