Monday, December 15, 2008

UN CUIDADOR DE BULTOS POCO AVISPADO


Flores o, si usted quiere, el señor Flores, era un personaje de la calle muy conocido en Penco, que tenía una limitación mental. Estamos hablando de finales de los años cincuenta (1950). Flores vestía pobremente aunque con corbata. Era querido por algunos, pero temido por otros, aunque nunca supimos el porqué de la repulsa de estos últimos. Más bien, había personas del pueblo que lo querían lejos y no rondando por ahí. Pero, como a nadie la falta Dios, nuestro personaje tuvo la suerte de caerle en gracia al administrador del Club Deportivo de la Refinería, quien todos los días le daba una merienda, hecho que le permitía a Flores vivir más o menos dignamente, aunque las noches las pasara a la intemperie o durmiendo al abrigo de los pinos de los abundantes bosques de los alrededores del pueblo.

El administrador del Deportivo manejaba un restaurante, famoso en el lugar por su cocina de muy buena calidad, destacando sus inigualables bistecs a lo pobre, con hartas cebollas fritas, carnes y huevos. Demás está decir que Flores hacía trabajos informales y menores en torno al restaurante, lo que agradaba al administrador.

El restaurante se abastecía de productos frescos que le traían proveedores de Ñipas, Coelemu o Dichato los que viajaban en el tren ramal o chillanejo. En una ocasión el administrador tuvo que ir a la feria de Concepción a comprar verduras en gran cantidad para satisfacer la demanda de una fiesta. La vega penquista se extendía por Caupolicán desde Maipú hasta la línea férrea. Como tenía que traer muchas cosas en sacos, se hizo acompañar por Flores y así, ambos partieron en el primer tren rumbo a Conce.

Hicieron las compras y cargaron los sacos. Harta verdura, como decíamos, pero también aves de corral y carne de cerdo. Flores y el administrador se dirigieron con su nutritiva carga al paradero de calle Caupolicán. Seguramente el tren iba lleno porque Flores subió por la última puerta del último vagón y el administrador lo hizo más adelante. Antes, Flores fue advertido que debía cuidar bien los bultos, incluido un saco de gallinas todas con las cabezas afuera. Este acogió la advertencia y se preocupó de viajar muy alerta.

Cuando el tren llegó a Penco y bajaron los pasajeros que iban al pueblo, la locomotora lanzó su pitazo y el convoy siguió su marcha. En el andén se encontraron el administrador con todos los bultos y Flores, quien tenía las manos vacías. ¿Y dónde están las cosas?, le preguntó preocupado el administrador, a lo que Flores le respondió con una sonrisa ida: ¡Y qué más, pues, ahí arriba quedaron!

El desaguisado de Flores obligó al administrador a conseguir rápidamente una camioneta y perseguir el tren. En Tomé pudo recuperar todos sus bultos.*

(*Esta historia me la narró don Fernando Silva Segura)

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