Monday, January 18, 2010

HISTORIAS Y MITOS DE VINO PIPEÑO EN PENCO


En un pueblo de alto consumo de vino pipeño, como era Penco en aquellos años, donde las bodegas abrían en horarios de comercio y atendían por una puerta falsa en domingos y festivos, tuve la oportunidad de oír dos historias sobre el pipeño que limitan con el mito y que narro a continuación:

EL ÁRBOL DEL VINO. En una reunión social al aire libre en una casa de Penco con un gran patio trasero, donde había hermosos árboles frutales, los invitados compartían comida, carne asada, mariscos y vino. Los presentes eran del pueblo, todos vecinos ampliamente conocidos. Pero, entre estas personas había un hombre que venía de afuera. El desconocido para la mayoría, miraba, escuchaba y conversaba poco. No pasaba inadvertido por su barba y traje oscuro. Cuando escaseó el vino, el sujeto pidió al dueño de casa si tenía una llave de madera, de esas que se usaban en las pipas para sacar vino. Cuando le pasaron una que se consiguieron en la bodega de la esquina, el hombre invitó a los comensales a que lo acompañaran a un pequeño paseo por entre los árboles. Miró cada uno de los ejemplares y eligió el de más edad, el más grueso. Pidió un martillo y un cincel y se puso a esculpir un agujero en el tronco del árbol. Cuando consiguió hacer un pequeño forado acopló la llave de madera. La golpeó con cuidado para penetrarla en el árbol. En seguida tomó un jarro, abrió la llave y comenzó a salir un espeso vino tinto, para asombro de todos. El árbol dio vino durante todo el resto de la fiesta. La llave quedó puesta hasta que el dueño la retiró días después, porque ni una gota más salió del árbol. Nadie explicó cómo llegó el vino al tronco del árbol y tampoco se le pudo preguntar al desconocido que ya se había ido de Penco. Quienes contaron este cuento, mientras conversaban y bebían en una bodega, dijeron ¡eso sí!, que los participantes en la fiesta tuvieron que pagar lo consumido.

EL VINO CORTADO. La persona que atendía la bodega de vinos de calle Yerbas Buenas, vendía el producto a granel como en todos los negocios del ramo. Llenaba botellas litreras, de medio litro y hasta de cuarto de litro. Tenía las medidas para cada solicitud, unos jarros blancos con asa oscura y un embudo. A veces el consumo era directo en la bodega. El vendedor le extendía al cliente el litro de vino, el medio litro o el cuarto en esos jarros blancos, según el caso. Y así era todos los días. Hasta que en una oportunidad entró en la bodega un sujeto de feo aspecto, que pidió medio litro para bebérselo ahí mismo. Cuando le pasaron el "medio pato" sujetó el jarro con ambas manos y se lo empinó. Luego lo dejó sobre una pipa y se retiró silencioso. Cuando, el vendedor fue a recoger el jarro para lavarlo, se dio cuenta que el hombre extraño había dejado un resto. Cuál sería su sorpresa, al percatarse que el vino sobrante estaba cortado, separado en suero y cuajo gelatinoso. Entonces recordó haber oído que había algunas personas de malas vibras que ejercían ese efecto en las copas: cuando sus labios tomaban contacto con el vino lo cortaban como leche ácida.

¡Salud!

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