Wednesday, June 02, 2010

LA ÚNICA OPCIÓN DE UNA ENTRADA LIBERADA EN PENCO

El cine Alcázar de Concepción (en la galería universitaria) estaba pegado por semanas con alguna película mexicana o española. En realidad eran meses, que ese cine proyectaba una y otra vez títulos como La Violetera, Marcelino Pan y Vino y otras producciones de ese estilo. Sólo el teatro de la Refinería de Penco variaba su cartelera con acelerada frecuencia. Dos días o tres era lo máximo que una película permanecía disponible para el público. Y esto era una ventaja, porque quien quisiera repetirse el plato tenía la opción de ir al cine Alcázar, de la vecina Concepción.

De ese modo, los pencones amantes del cine disponían de un menú audiovisual variadísimo de lunes a domingo. La función que llenaba la platea y la galería era la nocturna por la comodidad de asistir cuando la jornada laboral había terminado y porque no había otro modo de matar el ocio de las horas finales del día salvo conversar en grupos, tomarse un trago o permanecer con la oreja pegada a la radio. Entonces el cine era una gran opción.

La última función finalizaba a la medianoche. Era increíble ver a esa hora una masa humana marchar en procesión a sus domicilios, caminando por el medio de la calzada. No había autos en Penco a lo más tres o cuatro y el transporte interurbano a Concepción quedaba reducido a un bus cada una hora en el trasnoche. En consecuencia, la calle pertenecía por completo a la gente. La procesión se iba disolviendo a medida que más se alejaba del teatro. Al llegar a calle Infante con Freire el grupo se reducía a unas veinte personas, las que en ese punto se bifurcaban entre las que seguían por el camino al sector del cementerio y Lirquén y aquellos que endilgaban rumbo a Cerro Verde. Todos caminando, por cierto. Y esto era así inverno y verano.

El cine anunciaba su cartelera en unos paneles de un metro ochenta de alto por noventa centímetros de ancho, superficie donde pegaba el afiche de la película y arriba en el cabezal del anuncio un enorme HOY en letras azules. Estos paneles con forma de pendones eran amarrados con alambre en torno a postes del alumbrado público en esquinas claves como Penco con Freire y alguna otra. El cine pagaba con una entrada liberada a quien llevara el panel de regreso al teatro a última hora del día. Era de imaginar las peleas que se armaban entre los adolescentes por llevar el letrero al cine. Siempre se imponían los más corpulentos y agresivos. Así la opción de una entrada liberada se reducía a uno o dos mocetones que se daban el gusto de ver cine gratis aunque repetido todos los días...
Me informan unos amigos pencones de la existencia de un personaje conocido como "el Curruncho", encargado por el teatro de dar explicaciones al público presente en la sala cuando la película no llegaba, pese a los anuncios. "Curruncho" daba la cara y a cambio recibía una lluvia de objetos y una sarta de garabatos. Acto seguido aparecía otro señor, don Carlé, quien informaba a los presentes de la exhibición de una película de reemplazo. El teatro tenía su cartita bajo la manga: una cinta sobre fantasmas. El plan B funcionaba y así no devolvía el valor de las entradas.

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