jueves, diciembre 02, 2010

EL ORO DE PENCO: PENCONES AFANADOS DETRÁS DEL VELLOCINO

La búsqueda de oro en las arenas de los esteros fue una actividad no ajena a la realidad de Penco, incluso desde la Colonia. Justamente Pedro de Valdivia intentó hallar oro y lo consiguió con gran éxito en el río Quilacoya, que desemboca en el Bío Bío. Tal fue la cantidad de metal que sus esclavos indios lograron extraer que pronunció su frase para el bronce: “Por fin, ahora voy a ser señor”.

Ya en nuestros tiempos, la gente trató de quebrarle la mano al destino y también buscó oro en los lechos de ríos y esteros. Bastaba con armarse de paciencia, meterse al agua, doblar la espalda y sumergir un plato de madera (challa) en los cascajos del fondo y enjuagar, esperar a que se fuera el barro y ver si en el concho algo relumbraba. No se requería de conocimientos mineros ni metalúrgicos. Todo consistía en agitar pacientemente la challa llena de légamo en cuclillas en medio del río. Vi a mucha gente hacer eso y yo mismo intenté lograrlo.

Todos buscábamos oro en los tiempos libres, por diversión o por la novedad. Nunca vi que nadie saltara gritando ¡bingo! en medio de esta actividad. Pero sí oí decir que más de alguien guardaba pepitas de oro obtenidas del río. En mis conversaciones con la gente simple de los campos cercanos oí historias que me dejaban con la boca abierta. Que fulano de tal un día buscando oro en el río se encontró con un enorme lingote dorado pero que cuando intentó apoderarse de él no pudo, porque la barra de oro resbaló y se introdujo en una piedra hasta desaparecer de la vista. “Es que la suerte no era para él”, decían quienes lamentaban que fulano no hubiera podido hacerse de la barra áurea en cuestión.

Otras personas me contaron que en los campos en las noches oscuras era posible distinguir luces en movimiento entre los montes o en el descampado, sinónimo claro de la existencia de entierros en esos sitios, según la tradición. Entierros significaba: una fortuna escondida bajo tierra por alguien. Pero, no valía mucho la pena seguir las luces o determinar su ubicación para dar con el vellocino, puesto que el premio gordo sólo tenía un ganador. Además había que ser valiente para seguir las señales de luz, a lo mejor de origen alienígena. ¿Con quién se podría encontrar uno ahí en la noche? Brrrrr, ¡qué miedo!

El gobierno de Pinochet incentivó este tipo de búsqueda de oro, como una forma de mantener ocupada a mano de obra sin empleo, alentando la esperanza que dieran el batatazo y se hicieran ricos de la noche a la mañana. Nuevamente no supe que nadie hubiera salido del río corriendo a comprarse un Porsche deportivo.

Debe haber pepitas de oro desperdigadas en el fondo del río Penco fruto de la acción del agua que lava y relava las piedras en su curso de millones de años. Pero, hay que saber la técnica, disponer de tiempo y tener algún dinero para instalarse a batir la challa esperando que el oro relumbre con el sol en el fondo del plato.

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