Friday, December 03, 2010

PENCONAS QUE QUEMARON SUS PESTAÑAS TRABAJANDO EN CASA


Trabajar en casa nos pareció un gran invento de la modernidad. Con el computador conectado a internet puedes trabajar en casa como si estuvieras en la oficina. Es lo mismo, nos decían los gurús y nosotros los mirábamos boquiabiertos. No puede ser –decíamos--, y ¿cómo el jefe va a monitorear nuestro trabajo, cómo nos vamos a mirar a los ojos con los demás? Y los gurús nos respondían: tu PC tiene una cámara y un micrófono por tanto puedes mirar y hablar con tus colegas. Trabajar en casa es mucho mejor.

Claro, experimenté después, se trabaja mejor, pero se trabaja mucho más, muchísimo más. Porque puedes estar produciendo hasta altas horas de la madrugada. Los que laboran en una oficina se van de la pega a las 5,30 de la tarde…

Pero, mucho ojo, este asunto no es un invento nuevo. Son muchas las personas en Penco que pueden dar testimonio que dicha modalidad tiene una historia maciza.

En los años cuarenta y cincuenta del siglo XX trabajar en casa era una cuestión del diario vivir. Como no se conocían las importaciones de ropa, en nuestro medio reinaban los sastres. En aquellos años estos señores de Penco se hicieron “la América”. Compraban las telas en Tomé y Bellavista. Las adquirían en las tiendas de las fábricas o se las pagaban directamente a trabajadores textiles que periódicamente recibían un corte de tela de su industria a modo de bono por horas de trabajo. Así se hacían de stock para ofrecer variedades a sus clientes.

Los sastres de Penco (Barrientos y Bustos mayormente) atendían en sus talleres a decenas de trabajadores pencones que se mandaban a hacer trajes. Bustos y Barrientos les tomaban las medidas, hacían los cortes siguiendo moldes de cartón y repartían las hechuras a vestoneras y pantaloneras. Es decir, la confección salía de la sastrería. Iba a las casas particulares de dichas trabajadoras las que se encargaban de encandelillar, coser y planchar las prendas. Eran esas mujeres las que tomaban el riesgo de llevar las piezas cortadas para sus hogares donde construían los pantalones y los vestones. Demás está decir que Bustos y Barrientos les pagaban lo que querían quedándose ellos con la parte infinitamente más gruesa de la torta. Ni previsión, ni contrato, ni salud para esas trabajadoras.

Las vestoneras y pantaloneras entregaban sus trabajos los viernes por la tarde después de quemarse las pestañas en sus máquinas de coser de manivela. Era la ocasión en que Bustos y Barrientos ejercían el control de calidad. La costura por aquí, los botones por allá, el planchado en la mira. Si el trabajo no recibía su aprobación, de vuelta para la casa a descoser y coser de nuevo. Una amargura, porque la paga quedaba diferida. Hechas las correcciones los obreros clientes de los sastres se llevaban su ropa nueva. Sólo entonces esas mujeres recibían su dinero tan escaso que apenas les daba para sobrevivir.

Bueno, pero el asunto era que esas mujeres trabajaban en sus casas hasta avanzada la madrugada sobrepasando con creces toda legislación laboral. Si ellas ahora estuvieran vivas no les vendrían con cuentos que es mejor trabajar en casa ni que es una modalidad nueva, propia del siglo XXI. No. Era una modalidad muy práctica para los sastres de Penco de aquellos años, pues la confección, el arte, la dedicación, el cariño por la confección no estaba en la sastrería, estaba en las casas de las costureras. ¿Hoy día alguien se acuerda de ellas?. Yo sí.

2 comments:

ivan alejandro ramos castro said...

como buenos profesionales del corte y confección también estaban los hermanos Latorre de la calle San Vicente y Genaro Martínez en la calle Robles. Creo que en cada calle o barrio había señoras o señoritas que se dedicaban al oficio de la costura, sus máquinas "Singer" de pedal o con manivela dieron tantas puntadas, como para remendar al Planeta (diario de Nelson). Creo que de los oficios manuales, uno de los que aun goza de buena salud, es el de las reparadoras de calzado con su maestro al frente. Sería interesante ubicar a los maestros más antiguosen este ramo artesanal.

rosa aqueveque rifo said...

cómo no recordar,también habían señoras no tan renombradas,pero expertas,"SASTRES",no sólo quemaron sus pestañas,sino su columna y la salud y la vida se les fue en ello,una de ellas fue mi madre, la señora ELENA RIFO BENITEZ,sé de largas noches prósperas a fechas como el 21 de mayo,septiembre,año nuevo y otras,no sólo ella trasnochaba,también la familia,sé de su paciencia y buen corazón para enseñar a toda señora o señorita que quisiera aprender el oficio.¿te acuerdas de ella Nelson?