Saturday, April 02, 2011

TRES HINCHAS MUJERES EN VELADAS BOXERILES


En Penco el boxeo alcanzó un lugar preponderante en popularidad. El mundillo deportivo local giraba en torno a esa actividad no profesional por su tremenda e inusitada convocatoria. Los púgiles eran rock stars, gozaban de fama en el entorno social. Salían publicados con fotografías en las páginas de deportes de los diarios de Concepción, muy top. Un muchacho pencón bueno para los combos tenía un futuro esplendoroso en algunos de los clubes locales.

Pero, el foco de esta historia está en las veladas de boxeo que llegaron a ser un happening social. En cada jornada que se desarrollaba ya en el Deportivo de la Refinería o en el gimnasio del Sindicato de Fanaloza (foto) no cabía una aguja. Público hasta en los pasillos. Entre la gente de todos los pelajes había a lo menos tres mujeres de gran personalidad que no se perdían estos espectáculos, oportunidad los que ellas hacían su show aparte: les gritaban a los boxeadores, los alentaban o los mandaban a la punta del cerro.

La gente gozaba con la velada boxeril no exenta de situaciones dramáticas o divertidas arriba del ring ya fuera con los púgiles o por algún gazapo de los árbitros como con las tallas que salían de la galería donde destacaban las voces de estas animadoras. Dos de ellas eran refineras: Margarita Monsalve y Peta Cáceres. Lo menos que le gritaban a los boxeadores era: "¡córtenla con el tongo!, ¡puro tongo!" Así cuando la sospecha era compartida, el resto del público las seguía a coro.

O sea, con esas mujeres presentes, cada velada era una fiesta. Pero, había una tercera protagonista de estas citas del boxeo, que provenía de un medio más humilde: vivía a la entrada de Cerro Verde y vendía pescado y mariscos en un canasto. Era conocida en todo Penco como la Tuna, una mujer joven, de baja estatura, delgada, pelo negro. Su precaria situación económica y su pobre vestimenta contrastaban con su fuerte personalidad. Del mismo modo como voceaba sus productos por las calles de la localidad: “¡Pescada fresca, ulte y luche!” coreaba al borde del ring: “¡Ya Núñez, dale duro!” o “¡Sácale la mugre Vilugrón!”. Les hacía barra los conocidos púgiles Luis Segundo Núñez o Misael Vilugrón los que golpeaban fuerte arriba del cuadrilátero. Y gritaba con fuerza otras palabras, a las que la multitud le respondía con aplausos: “¡Buena, Tuna, mándate otra talla!” y la mujer no se hacía esperar y seguía la chirigota entre aplausos y risas.

Pero, la cosas no son para siempre. Me informaron que la Tuna terminó sumida en la pobreza, condición de la que nunca salió en realidad. Me contaron también que en más de una oportunidad la vieron vendiendo pescado con una guagua suya acurrucada en el canasto y que su larga exposición a los fríos y las lluvias voceando su pescado terminaron por llevarla a la tumba. Concluyó así la historia de uno de los más entretenidos personajes de aquellas inolvidables veladas del boxeo pencón.

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